Buscar

Atardecer desde el Marina Bay Sands | Día 5

El atardecer en Singapur desde el Marina Bay Sands

La jornada iba a empezar lectiva pero iba a acabar turística: viendo el atardecer desde el hotel Marina Bay Sands. Singapur tiene el segundo puerto más transitado del mundo, por detrás del de Shanghái. Es uno de los grandes activos económicos del país, si no el principal, y el elemento que caracteriza transversalmente todas sus épocas históricas. Es su leitmotiv constante. Sin embargo, la vida en la ciudad-estado de Singapur es muy poco portuaria, es un elemento adyacente retirado del distrito financiero y de todos los barrios donde las cosas pasan. Una de las secciones del puerto es la primera de las visitas de la jornada, donde se nos habla de manera muy generalista y desapasionada sobre logística y supply chain. El ponente, un ingeniero trabajador del puerto, explica cosas que me suenan incluso a mí, que soy un completo analfabeto en la materia, y olvida incidir en lo realmente interesante: en las particularidades del país, en ejemplos prácticos locales. La visita a Luzerne Desde ahí, y en bus, vamos a la segunda visita del día. Hoy no pisaremos la universidad y pisamos Singapur. Comemos con Hwee y Chung, los dos trabajadores de la SMU a los que les ha tocado hoy hacernos de cicerones. Nos invitan a almorzar en el mismo recinto donde hacemos la visita, en un café-restaurante con un rollo muy europeo, en el que comemos muy bien y bebemos muy bien. Es hora de empezar la visita a Luzerne, una compañía de vajillas local, en la que la CEO de la compañía, una mujer pequeñita y muy entusiasta, Elaine Lek, lidera la explicación junto a su responsable de marketing. Sus oficinas y su tienda son visualmente sugestivas, llenas de colores, de colecciones de platos y cubiertos, de meticulosidad y de orden. Es un placer para los sentidos, especialmente para los que padecemos de necesidad de armonía visual. Elaine nos habla de una empresa que se ha transformado como el país: era de esencia eminentemente china y ahora es internacional. Su hijo pulula por ahí, sonriendo, viéndose reflejado en esa treintena de jovencitos que llegan de España: él también estudia segundo de Business, precisamente en la SMU. La visita se corona con una avalancha de compras de platos, tazas y juegos enteros de vajilla. Los estudiantes aprovechan el 30 % de descuento que nos hacen y Luzerne hace el agosto a costa de nosotros, profesores incluidos. Qué más da: la experiencia ha sido satisfactoria, el recibimiento muy acogedor y todo lo que tienen es bueno, bonito y quizás no barato, pero sí asequible. En busca del atardecer en el hotel Marina Bay Sands Tomamos el bus de vuelta al hotel y los estudiantes rápidamente se dispersan para descansar; como nosotros, ellos también están aprovechando las tardes y las noches para conocer al máximo Singapur. Seguramente, eso sí, estamos conociendo distintas partes de Singapur. En nuestro caso, hoy buscamos las alturas para ver el atardecer. Y escogemos el más icónico de los lugares del país: el hotel Marina Bay Sands. En lo alto del hotel hay una infinity pool, solo para huéspedes, y también varias alternativas para ver Singapur desde las alturas de esos casi sesenta pisos. Desestimamos el observation deck, que cuesta 20 dólares y solo te da acceso a la plataforma de observación, justo en el borde. Las vistas desde ahí no tienen más obstáculos que una pared de cristal transparente. Aperol Spritz para el postureo, satay para la cena Sin embargo, y pese a que la panorámica ahí es excelente, la experiencia es seguramente mejor desde el SkyBar del restaurante Cé La Vi, donde pagas 35 dólares que puedes gastar en bebida y comida, con unas vistas también espléndidas de la ciudad solo mejoradas por las de la plataforma. Pero no cambio mi Aperol Spritz robándole el color al atardecer singapurense por un par de fotos sin gente alrededor. El bar tiene rollo y está lleno de gente divirtiéndose, riendo, pasándolo bien. Ojalá ser joven para siempre y tener dinero ilimitado. Mientras tanto, decidimos que ya hemos disfrutado bastante del momento y del lugar, al atardecer y de noche, y tomamos el ascensor para bajar a la velocidad de la luz la casi sesentena de pisos que nos separan de la calle. Cerca están los Gardens by the Bay y en la zona hay un patio de comidas, este al aire libre, llamado Satay by the Bay, donde comemos unos cuantos satay de cerdo, pollo, ternera y cordero. Ha sido un día largo, de nuevo, y volvemos en metro haciendo un par de transbordos. El subterráneo de Singapur funciona como un reloj suizo, y cuando queremos darnos cuenta ya estamos en el hotel.