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El Jardín Botánico de Singapur en plena ola de humedad | Día 7

Orquídeas en el Jardín Botánico de Singapur

El penúltimo día en Singapur es el último lectivo, en el que los estudiantes presentan sus proyectos sobre posibles iniciativas en el país a partir de lo que han conocido; también es el día que me servirá para conocer uno de los grandes reclamos turísticos de la ciudad-estado: el Jardín Botánico de Singapur. Por la mañana, repartimos premios a los alumnos más aplicados cada día, y un galardón especial al más sobresaliente de la semana. Huyo fugazmente de la universidad para ir a buscar un regalo a Raffles City, uno de los centros comerciales más céntricos y bien surtidos del país. Allí encuentro una de las sucursales de Bengawan Solo, una cadena de repostería local, en la que nos preparan un surtido de pastelitos que ya habíamos probado un par de días atrás en una de las visitas. El estudiante ganador, en un alarde de generosidad y sapiencia, reparte los pasteles con sus compañeros. Los alumnos son aspirantes a empresarios y ya son expertos en el buen networking, el eufemismo en inglés preferido de los que saben quedar siempre bien. Almuerzo de despedida con nuestros anfitriones Toda la tropa de cicerones locales nos espera a la salida de la clase para despedirse de nosotros de la mejor manera: invitándonos a comer, también a los alumnos, a un restaurante de barbacoa coreana. Ahí están Cheryn, Hwee, Claire y Chong, cuatro singapurenses de origen chino, que hablan entre ellos en mandarín y se dirigen a nosotros en el más impecable inglés poscolonial. Nos han acompañado siempre y en todo momento a todas las visitas, y han sido los mejores embajadores de su universidad y también del país. Compartimos mesa con ellos y en las demás se sientan los estudiantes, que cuando acaban muestran que los españoles, además de ruidosos, también podemos ser educados. Uno a uno pasan por nuestra mesa y dan las gracias por la comida y por todo el programa a nuestros anfitriones. Fanáticos de la Premier League La comida está muy rica y la conversación navega entre el ocio y los negocios. Quieren saber cómo de contentos estamos con el programa, a lo que la profesora que lidera la expedición responde con recomendaciones de mejora y muchos agradecimientos. Hablamos con ellos de costumbres, gastronomía y cultura, contrastamos lo nuestro con lo de ellos y ratificamos lo que acostumbra a pasar cuando viajas y conoces a personas de otros países: te das cuenta de que son muchas más cosas las que nos unen que las que nos separan. Chong, por ejemplo, es un apasionado de la Premier League; la EPL la llaman aquí. “Soy del United, últimamente somos un equipo perdedor”, se lamenta. Le digo que soy del Real Madrid y él asegura que le gusta la liga española y la sigue, aunque no con tanto fervor. “¿De qué equipo de Singapur eres?”, le pregunto. He hecho mi labor y me sé todo lo que hay que saberse del campeonato de liga local. Sé que son ocho equipos y que hay uno de Brunéi, que la mayoría juegan en el estadio Jalan Besar y que apenas se llevan cuatro o cinco jornadas de campeonato. “Ui, no, yo no sigo la liga de aquí”, me dice Chong y me desmonta el momento de futbolero friki. El mejor postre de Singapur Después de la comida nos llevan a Ah Chew, uno de los lugares más visitados por los locales cuando quieren quitarse el antojo de dulce, especialmente después de comidas copiosas y bien saladas. Es un local especializado en postres chinos en el que el mango sago es la especialidad pero yo, que no soy muy de mango, me pido el watermelon sago, pese a no ser tampoco mucho de sandía. En cualquier caso, el pedido aleatorio es todo un acierto: está delicioso. Es realmente estimulante desbloquear nuevas preferencias gastronómicas que no sabías siquiera que existían. Nos despedimos de nuestros cuatro compañeros singapurenses deseándonos lo mejor y emplazándonos a vernos alguna otra vez, aquí o allí o en cualquier otra parte. Su compañía ha sido muy agradable y me ha ayudado a tomar la temperatura a la personalidad de los singapurenses: amables, educados, hospitalarios, discretos, prudentes, sonrientes. Les decimos adiós para siempre y hacemos un parón en el hotel, que se alarga por un chaparrón que nos obliga a posponer una hora el plan de la tarde-noche: la visita al Jardín Botánico de Singapur. Tras la lluvia, el Jardín Botánico de Singapur Cuando finalmente escampa, porque siempre escampa aquí, tomamos el metro y en veinte minutos nos plantamos a la entrada del Jardín Botánico de Singapur. Es uno de los grandes alicientes turísticos del país. Está situado bastante al norte y ocupa más de sesenta hectáreas. Es un espacio verde inabarcable al que los locales parece que acuden en masa para hacer ejercicio. El Jardín Botánico de Singapur es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y además de visita gratuita. A ratos frondoso, está lleno de plantas y flores endémicas. Es agradable de pasear si no fuera por la humedad que se respira, que se te mete en los huesos, que te hace romper a sudar sin remedio. Pasamos un lago y seguimos el camino que nos lleva al jardín nacional de orquídeas, el principal highlight del jardín. Aquí sí hay que pagar por entrar (unos 7 € al cambio) y poder admirar una colección de más de 3.000 tipos de orquídeas. “La pesadilla para el taxonomista”, reza uno de los carteles. Y no podría ser más acertado: todas son tan parecidas pero llenas de matices que las hacen únicas. Después de inmortalizar decenas de orquídeas con la cámara, aprovechamos una de las cafeterías que se encuentran en el recinto para refrescarnos con una limonada, la bebida que se inventó para mitigar el calor en los viajes. De vuelta hacia el metro pasamos por una senda que discurre por una selva pluvial, mucho más frondosa y oscura, en la que se cuela por las copas de los árboles la luz