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La belleza salvaje de la isla Espíritu Santo | Día 10

La playa de Balandra en Baja California Sur, en México

La Paz es un suerte de oasis en México, o eso parece. Es una ciudad bastante segura, en la que apenas ocurren incidentes, en la que transitar sus calles a pie después del atardecer, de su espectacular atardecer, no implica ponerse en riesgo. La Paz también es una anomalía turística en México, un país habilísimo a la hora de explotar todas sus bellezas, todos sus rincones memorables. La Paz practica un turismo mucho más respetuoso con el entorno, al que las etiquetas de sostenible y ecológico, tan manoseadas, le hacen de verdad justicia. Aquí se cuidan mucho los parajes naturales, como la isla Espíritu Santo que vamos a visitar hoy, tan bonitos que se pueden comparar sin problema a cualquier destino costero bonito que uno pueda imaginar en el mundo, desde Bali hasta las Maldivas. La Paz, mucho más ignorada, juega en esa liga. Día de marejada camino a la isla Espíritu Santo El tour que hemos contratado, que es el paseo estándar que hacen todas las compañías de La Paz para visitar la isla Espíritu Santo, nos va a ocupar todo el día. Partimos a las 11.00 h y la previsión es volver hacia las 18.00 h. Vemos al Madrid ganar la Copa Intercontinental contra Pachuca antes de salir, en un garito nocturno que por la mañana también sirve cafés, y salimos puntuales rumbo al mar. Capitanea la nave Ema, un treintañero que conduce barcos como si estuviera jugando a la PlayStation. «Es el capitán más borracho de La Paz», lo presenta Valeria, la bióloga marina que hace de guía de la expedición. No estamos seguros de si son las mejores credenciales para confiarle la conducción de ese barquito, en el que entramos una quincena de turistas. Ya nos lo habían advertido ayer y Valeria abunda en la idea: «El mar está hoy agitado, con lo que tenemos dos opciones: hacer la excursión habitual, lo que implicará mucho movimiento, o sustituirla por una versión más amigable y exprés, que nos evitará posibles malos ratos». Agradecemos la sinceridad y por abrumadora mayoría gana la segunda opción: queremos seguir vivos después de nuestro paseo hasta la isla Espíritu Santo. Así, la primera parada es una lobera artificial en la que viven una veintena de lobos marinos. Valeria nos ofrece bajarnos a nadar con ellos. Se animan un italiano con pasado de salvavidas y un padre y un hijo mexicanos. Nosotros preferimos ver la acción desde el barco. El agua está fría y los dos cafés de esta mañana solo nos dejan pensar en la necesidad de hacer pis de modo urgente. La bahía de Balandra, antes de la isla Espíritu Santo La primera parada no la habríamos hecho de haber seguido el itinerario estándar, en el que se visita una lobera mucho más grande, con casi un millar de lobos marinos, en el extremo más alejado de la isla Espíritu Santo. La segunda parada sí que está incluida en el tour habitual: la bahía de Balandra. Esta serie de siete playas semivírgenes, pura ensoñación, es uno de los grandes reclamos para venir a conocer La Paz. Se puede llegar a una de ellas con coche, de manera muy ordenada, solo en dos momentos del día. Mañana lo haremos. Pero hoy, el barco nos deja en una de las playas a las que no se puede acceder por carretera. Es la que tiene una piedra tallada con forma de hongo, una de las imágenes más reconocibles de la zona. Esta vez sí nos bajamos después de habernos contorsionado de manera imposible para hacer pis en el baño improvisado que tiene el barco. El agua está efectivamente fría, pero es peor el viento que corre. Estamos a más de cien metros de la orilla de la playa y el agua apenas nos cubre hasta las rodillas. Nos tomamos un par de fotos en ese paraíso improbable, un par de fotos más con el hongo y nos emplazamos a mañana para disfrutar de la bahía de Balandra con más pausa. Las fotografías no le hacen justicia a ese azul clarísimo, casi transparente, evocador, inigualable. Con ese impacto visual nos encaminamos, ahora sí, a la isla Espíritu Santo. Llega el momento más duro de la travesía: media hora a mar abierto dando saltos, en medio de una marejada que amenaza con tumbarnos la embarcación. Por suerte, Ema, el capitán, además de borracho, es un auténtico maestro en el arte de la navegación. Cevichito, chelas y tranquilidad antes de volver a La Paz El destino de la travesía es una playa en medio de la isla Espíritu Santo, una playa pequeñita en la que nos juntamos tres o cuatro embarcaciones a pasar el día. Es la hora de comer y la excursión nos incluye el ceviche, riquísimo, que sienta mucho mejor en ese entorno único. También nos tomamos unas cervezas y le hacemos a la isla Espíritu Santo, a ese pedacito hermoso de isla, todas las fotos que podemos. Nos hemos dejado la cámara y el dron nos lo han prohibido volar, con lo que el móvil es el único testigo de nuestra presencia aquí. Algunos de nuestros compañeros de viaje se animan a hacer snorkel. Nosotros no le acabamos de ver el sentido, pues, de nuevo, hay que caminar muchísimo, cientos de metros, para que el mar cubra un mínimo. Paseamos de aquí para allá y nos sentamos en la arena a disfrutar del paisaje. Valeria nos advierte que, por favor, no dejemos basura y que no toquemos nada, que dejemos intacto todo el ecosistema de la isla Espíritu Santo. Todos los que trabajan alrededor de este destino están perfectamente concienciados de la importancia de cuidar y respetar el entorno, y se esfuerzan en trasladar el mensaje a los turistas. El tiempo pasa sin darnos cuenta, entre platos de ceviche y cervezas, y llega la hora de volver. El camino de regreso amenaza con estar igual de agitado que el de ida. Ahora, sin embargo, no habrá paradas intermedias, con lo que vamos a