Reykjavik, la capital del sol y la nieve | Día 1

Los mejores almuerzos son los que acaban en un viaje… a Islandia. A principios de año, como tantos otros días a lo largo de los últimos años, quedamos con tres de nuestros mejores amigos, con Ángela, con Diana y con Marc. Fue un almuerzo tranquilo hasta que soñamos con viajar juntos a Islandia esta Semana Santa. Ni siquiera hubo tequilas de por medio, culpado habitual de los planes más impensables. Tres meses después estamos los cinco en Reykjavik tratando de entender la capital islandesa, una ciudad de bolsillo en la que el sol y la nieve, en nuestro aterrizaje al país, se ceden constantemente el testigo y juegan a alterarnos los sentidos. Aquí, en Islandia, vamos a pasar diez días recorriendo la isla y todas sus maravillas naturales, y la expectativa es tan alta que solo el clima, traicionero y juguetón, puede interponerse en lo que seguro será: un viaje para el recuerdo. Llegamos a Reykjavik después de un transbordo de noche entera en Ámsterdam, donde celebramos que una de las integrantes del equipo, Diana, suma 32 abriles y que los demás, afortunados, apareceremos para siempre como actores de un cumpleaños inolvidable. Esta película empieza con un clímax que va a tener que prolongarse más de una semana, porque en Islandia todo lo que nos espera son guindas del pastel. Bienvenida a Reykjavik con nieve La llegada a la capital islandesa es de esos platos fuertes que sabemos que nos servirán para contar batallitas a los que nos quieran escuchar. Después de intentar tomar un bus público y barato, que pese a existir apenas circula, y de desestimar pagar más de 200 € por un trayecto de taxi, una hora y media más tarde asumimos nuestra derrota y nos disponemos a abonar casi 30 € (cada uno) para viajar en el bus exprés que conecta el aeropuerto de Keflavík con Reykjavik. El trayecto es de una hora por un paisaje lunar, yermo, desposeído de verde y de vida, que ya se intuía desde el avión. Aparcamos las maletas en el hostal, porque es muy pronto y todavía no tenemos habitación. Y vamos al centro de la ciudad a robarle horas a la espera. La mejor manera de hacerlo, claro, es comer. Acabamos en 101 Reykjavik Street Food de la famosa calle del arcoíris, la más fotogénica y fotografiada de la ciudad. Pedimos sopas para calentarnos y un par de especialidades con pescado. Que se note que estamos en un país isleño. Todo muy rico. A decir verdad, y sin quitarle mérito alguno al chef, era sencillo satisfacer a cinco estómagos tan necesitados. Mientras procesábamos la satisfacción de haber comido un plato caliente y rico, la calle se ha teñido de bolitas de aguanieve. Pronto han tornado en una ligera granizada y finalmente en una abundante nevada. La felicidad ante lo ajeno ha llevado a dos de las integrantes del grupo a salir corriendo a encontrarse con esos copos finos y constantes, a bailar con el blanco de la nieve. Reykjavik ya había conseguido ser memorable. Cinco minutos más tarde ha escampado y hemos empezado una ruta exprés por la ciudad. Hemos conocido algunas de sus librerías más cool y una cafebrería, Iða Zimsen, en la que nos hemos maravillado del poder de la amistad con la mesa vecina, ocupada por seis octogenarios animosos y entusiastas. Visita al Harpa, y al supermercado Luego hemos llegado al Harpa, el edificio que acoge la ópera del país, un entramado de hormigón y cristal que juega con los elementos: con la luz, con el agua del mar, con el fuego de la lava de la exposición que tiene en la planta baja. Dentro, jugamos un rato con los encuadres del edificio. Y fuera, nos proponemos viralizarnos con un vídeo que solo estropea la torpeza de la mitad catalana de Cultura Nómada. Continuaremos intentándolo. Reykjavik sigue con su clima cambiante, que alterna la nieve con el sol, y sus caras de alegría contenida. El inglés se escucha en las calles y en las tiendas más que el islandés. Sorprende que las dependientas hablen entre ellas en inglés e interpelen a los clientes, también a los locales, con un inglés de orígenes inciertos. Volvemos al hostel para acomodar las cosas por fin en nuestra habitación y planeamos lo que tiene que venir a partir de mañana. La única desilusión del día nos la llevamos cuando salimos a comprar la cena y el desayuno. Bueno, en realidad son dos: en los supermercados comunes solo venden cervezas de gradación ridícula, de 2’5 grados, y los productos sin gluten son prácticamente inexistentes, al menos en el supermercado que hemos visitado esta tarde. Mañana empezamos la ruta para darle la vuelta a la isla y el primer gran reto será conseguir cerveza en condiciones, y pan sin gluten.