Una casa con ruedas en Islandia | Día 2

Hoy cambiamos de alojamiento en nuestro road trip por Islandia, y ya lo vamos a mantener hasta que cerremos el viaje. Nuestro alojamiento va a ser también el medio de transporte con el que vamos a recorrer esta isla estremecedora, que en el segundo día ya nos ha impresionado más allá de nuestras expectativas. Hay una palabra castellana viejuna para designar este invento motorizado, que se debe haber creado con el propósito de conducirse aquí, en Islandia: casa rodante, maravillosa traducción literal de motorhome. En Islandia, nuestra casa por lo que resta de viaje lleva ruedas incorporadas. Ruta exprés por la Reykjavik menos transitada Antes de que nuestra nueva casa sea una realidad, la mañana la dedicamos a recorrer un rato más de Reykjavik. Nos damos tiempo libre como hacen en los viajes guiados y cada quien va a lo suyo un par de horas. Es una maravillosa manera de encontrarnos luego con más ganas de continuar juntos el camino. Nosotros nos dividimos para cubrir más terreno. La una le saca todos los encuadres posibles a Hallgrimskirkja, la iglesia con forma de órgano —o de quién sabe qué— que preside la capital. El otro se aleja del centro, y camina en dirección opuesta a la lógica turística. En la otra parte de la ciudad están la Casa Nórdica, el Museo Nacional de Islandia y el edificio principal de la Universidad de Islandia. Este último, de estilo brutalista, tiene una gran explanada de césped enfrente, vacía hoy sábado pero que es sencillo visualizar llena de estudiantes. El centro de ese parque lo ocupa la estatua Sæmundur á Selnum. Ese elemento indeterminado parece un elfo pero en realidad es un homenaje a un sacerdote que le tendió una emboscada al diablo después de haber cabalgado sobre su lomo. Lo divino, lo humano, lo terrenal, lo místico, lo diabólico y lo esotérico definen por igual este país misterioso, a la vez oscuro y luminoso. Desandando el camino hacia Hallgrimskirkja para reencontrarnos, la ruta tiene como siguientes paradas el Ayuntamiento de Reykjavik y el Alþingishúsið, el edificio del parlamento, una construcción antigua del siglo XIX ubicada a pie de calle, que convierte a los ciudadanos y a los políticos escogidos en vecinos. Recogiendo la casa con ruedas que recorrerá Islandia Nos reunimos todos de nuevo en BSÍ, la estación de autobuses de la capital. Desde ahí tomamos el primero de los dos buses que nos llevan a Indie Campers, cerca del aeropuerto, la empresa con la que alquilamos nuestra van. Ahí nos atiende João, un portugués treintañero políglota que aguanta nuestras preguntas y justificadas quejas. Nos explica el centenar de entresijos de nuestro nuevo hogar y vehículo y nos entrega las llaves para que partamos hacia nuestro primer destino: el supermercado. En Bonus, la cadena del cerdito, la más económica del país, hacemos acopio de casi todo lo imprescindible para los próximos diez días. Y lo único que nos falta, las cervezas normales y las sin gluten, las conseguimos en el Vínbúðin de al lado, uno de los locales regulados y regentados por el gobierno que vende alcohol. Ni lo uno ni sobre todo lo otro nos sale barato. Pero asumíamos que Islandia iba a ser un destino poco agradecido con nuestros bolsillos. Por fin, a las mil de la tarde y con la nevera bien llena, iniciamos la ruta por Islandia en nuestra flamante casa con ruedas. La primera parada, Þingvellir Tomamos dirección hacia el centro del país, hacia el Parque Nacional de Þingvellir, patrimonio de la humanidad por su belleza natural y lleno de significación para el pueblo islandés. Es tarde y vamos con prisa, pero nos da tiempo a ver de cerca Þingvallakirkja, una anodina y hermosa iglesia luterana que tiene detrás un círculo enorme con dos tumbas. Aquí descansan los restos de dos de los grandes poetas islandeses: Jónas Hallgrímsson y Einar Benediktsson. El lugar es sobrecogedor, tiene un punto inquietante. Esta sensación amenaza con convertirse en una constante durante el viaje. Vemos la zona rocosa de Lögberg, donde se encuentra el parlamento original islandés, el Alþingi. Aquí se reunían los ciudadanos del país para discutir y recitar anualmente sus leyes entre el año 930 y el 1798. El cierre a este primer día de ruta islandesa no podríamos haberlo planeado mejor. En el punto de observación de Hrafnagjá vivimos un atardecer inigualable. El cielo se pinta de un rosáceo intensísimo con el que nos emocionamos y perdemos la noción del tiempo, y nos obliga a llegar tarde a nuestro primer camping. Ahí, nos peleamos con la electricidad de nuestro aparcamiento, que nos conceden, casi de milagro, porque hemos llegado pasadas las diez de la noche. Hace un frío intenso y vamos y venimos tratando de acertar con el problema, que acaba resultando el más evidente: la toma donde hemos conectado nuestra corriente no funciona. Nos demoramos más de dos horas en establecernos, guardar todo nuestro equipaje y preparar las camas. Y pasada la una de la madrugada nos vamos a dormir. El viento sopla fuera con tal fuerza que la amenaza de que tumbe nuestra casa con ruedas durante el primer día de ruta por Islandia es real. Por suerte, no sucede y conseguimos descansar, sintiendo lo intimidante y cruda que resulta la naturaleza islandesa.