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Nuestra gran escapada griega a Corfú | Día 1

La Antigua Fortaleza de Corfú, en Grecia.

Como cada dos años, el desembarco mexicano ha llegado puntual este mes de octubre. Recibimos a la familia de la patria en la que no vivimos, pero que siempre añoramos, para insuflarnos de energía llena de tequila, y sentir el calor del cariño que durante tantos meses solo ha sido virtual. Con ellos, y con parte de la familia de aquí, vamos a pasar cuatro días en Corfú, improvisando la escapada griega menos guionizada. Parece que fue ayer cuando aterrizamos de nuestro viaje de verano de 2025, cuando recorrimos un salpicadito de destinos asiáticos: Seúl, la parte malasia de Borneo, Brunéi y Singapur. Pero el tiempo es un suspiro y nosotros preferimos marcarlo en viajes, la medida que mejor controlamos. Y este año lo estamos llenando de primeras veces: Islandia, Borneo y ahora Grecia. Es verdad que una ya había estado, hace ocho años, pero el otro solo la había soñado. Con lo que, para ser precisos, es nuestra primera vez juntos en Grecia. El madrugón para nuestra escapada a Corfú Son las cinco de la mañana y parecemos ese meme que se ha hecho tan viral últimamente… ¿en qué momento decidimos ahorrarnos un puñado de euros y tomar el vuelo más temprano hacia Corfú? En realidad, si queríamos que Corfú fuera el destino de nuestra escapada, tampoco teníamos opción. A estas alturas del año Ryanair es la única compañía que opera vuelos directos desde Barcelona a alguna de las islas griegas. Corfú, por lo tanto, no va a ser tanto una elección como una oportunidad. Y bienvenida sea. Nos hemos despertado a las tres y partimos a las seis. Pero los aeropuertos no entienden de horas y en El Prat todo está abierto antes de que embarquemos. Los mexicanos, que llegaron a Barcelona hace apenas cuatro días, tienen el jet lag metido en el cuerpo y andan norteados. No acaban de discernir en qué día ni en qué hora viven, con lo que zamparse una hamburguesa del Burger King para desayunar a las cinco resulta la más sabia de las decisiones. Los españoles somos más conservadores —y más aburridos— y pedimos cafés. El aterrizaje más poético Le teníamos miedo a Ryanair y, la verdad, no nos ha parecido que merezca la fama de enfant terrible de la aviación. Es cierto que hemos sido bastante obedientes llevando las mochilas al límite de su regulación, pero en todo caso nadie ha pesado nuestro (mínimo) sobrepeso ni ha medido nuestro (mínimo) exceso de dimensiones. Ryanair, con la que no volábamos desde hacía mucho tiempo, la preferimos mil veces a Wizz Air. Barcelona y Corfú están separadas por dos horas y media de vuelo que se nos pasan entre cabezadas. La isla aparece en medio del mar Jónico, pasada la parte del tacón de la bota de Italia y enfrente de las costas de Albania y de la Grecia continental. Montañosa y abrupta desde el aire, se despereza al ritmo de nuestro aterrizaje que en realidad parece una poesía, con el reflejo de la sombra del avión dibujada entre las montañas de Corfú y el mar. Los primeros pasos por Corfú Recogemos nuestro coche de alquiler y empezamos a comprobar que los griegos se ajustan perfectamente al estereotipo, tanto en su fisonomía como en su manera de ser llena de ambivalencias. Son pausados pero escandalosos, mediterráneos pero balcánicos, despreocupados pero intensos. No están para hostias, ni se esfuerzan por ser amables, pero tienen una simpatía involuntaria, un aura de autenticidad sin artificios que en realidad engancha. A la espera de poder entrar en la villa que hemos alquilado para estos cuatro días, nos desplazamos cinco minutos hasta el centro y dejamos aparcado nuestro coche para siete para darle una probadita a la rutina de los corfiotas. Las terrazas se comen la calle y están llenas de viejitos de mirada perdida tomando café. Nos tomamos algo en el equivalente perfecto al café para guiris de las Ramblas de Barcelona, en la plaza Sarako de Corfú, y empezamos a pasearle al centro sus calles principales. Somos siete turistas en un paisaje lleno de interrogantes. El rol de guías y organizadores se nos da por hecho, y lo asumimos con gusto. Para eso hemos hecho un itinerario con muchos planes aproximados y grandes dosis de optimismo. Es complicado movilizar a siete personas y movernos de aquí para allá, ajustar horarios, consensuar intereses. La sincronización perfecta es una utopía, por suerte, porque así todo es mucho más entretenido. El mariachi griego y los imprescindibles de la ciudad  En la isla de Corfú la capital y ciudad principal se llama también Corfú, Kerkyra en griego, y tiene un centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad desde 2007. El Old Town de Corfú es un entramado de callejuelas empedradas, cruceristas desconcertados por tanta belleza, restaurantitos entre los que es imposible escoger y edificios de ventanas coloridas y con reminiscencias venecianas y británicas al borde de la demolición. En la entrada de la ciudad vieja nos encontramos a una banda de músicos locales que tienen subyugados a un centenar de curiosos. Nos quedamos un rato para que la música del mariachi griego, una mezcla de sonidos balcánicos y mediterráneos, nos insufle de ánimo. Llegamos a la esplanada de Liston, que separa todo el casco urbano de la bahía. A lo lejos vemos la Antigua Fortaleza Veneciana, que se eleva sobre un promontorio en el mar. Justo enfrente hay sendas estatuas de Lawrence y de Geroge Durrell, dos célebres hermanos británicos, novelistas que hicieron de Corfú su hogar. Descanso en la villa, atardecer en Porto Timoni y cena de cumpleaños De camino al coche nos comemos un gyros por la calle y ya nos sentimos del todo griegos. Llegamos a la villa que hemos alquilado, quince minutos al norte de la capital, en una zona aislada repleta de casitas de ensueño, y después de celebrar nuestro acierto en la elección de la casa, y de lamentar que no haga tanto calor como para pasarnos las horas en esa magnífica