Cuando el Big Ben parece más grande | Día 2

Nunca hemos viajado con dos niños —bueno, tampoco con uno— y no tenemos claro cuánto podemos exprimirles. Por eso, hemos planificado un segundo día en Londres muy variadito y lleno de visitas. Menos ambicioso que si viajáramos los dos solos, desde luego, pero en todo caso un no parar grande, con el Big Ben como estrella del recorrido. Confiamos en que todavía no están cansados y que el momento de cansarlos es ahora. Y para darle un poco de emoción al recorrido, nos hemos inventado un juego: vamos a cazar colores en Londres. En el desayuno en uno de los cientos de cafés modernitos que hay en la ciudad, entre flat white, babyccino y tostadas sin gluten, hemos repartido colores entre la expedición. Vamos a buscarle a la ciudad sus tonos más morados, rosas, amarillos, verdes, azules y naranjas. La elección sencilla era el rojo, porque todo es rojo en la capital británica, y justo por eso la hemos descartado. La diversión del viaje también es desmitificar los destinos y encontrarle ángulos que no le pensábamos. Y el juego ha sido un acierto. Primeros pasos por Londres jugando a buscar colores Estamos alojados en el barrio de Fitzrovia, una zona residencial muy cercana al centro. En cinco minutos, después de desayunar, nos plantamos en Oxford Street y desde ahí paseamos por Soho y llegamos a Chinatown. “Anda, de repente estamos en China”. Los niños no entendían que en Londres, donde desde ayer solo escuchan inglés, también hubiera un barrio donde todo está escrito en mandarín. Y como siempre, también hemos estado escuchando mucho español todo el día, de muchísimos turistas y de algunos afincados. El juego de los colores ha empezado con mucha fuerza pero se ha desinflado un poco. Por eso, el recorrido lo hemos planteado como una secuencia de puntos fuertes que a los niños les ayudase a remontar el ánimo. Así, hemos entrado en la enorme tienda de M&Ms en Leicester Square, donde no me ha quedado otra que taparme la nariz para ahuyentar el olor intenso a chocolate. Los otros cinco, chocolateros como el 99 % de los mortales, han disfrutado mucho paseando entre los miles de tipos de M&Ms y todo su merchandising. Hemos comprado al menos uno de esos minúsculos chocolates de cada uno de nuestros colores, y a la salida de la tienda un taxista le ha invitado a nuestro sobrino a subirse a su coche vinilado de naranja, el color que le toca perseguir. Las calles de Londres son de una familiaridad solo al alcance de las de Nueva York.“Es como estar en una película”. Y es verdad. Ellos, que no han estado nunca, sienten que ya conocen la ciudad. Y para nosotros, que es nuestra tercera vez, sentimos que podríamos hacer el paseo sin necesidad del mapa de Google. Piccadilly y la National Gallery En cualquier caso, hemos aprovechado los datos de nuestra eSIM de Sim Local (aquí puedes conseguirla para tu viaje con un 5 % de descuento) y hemos navegado con perfecta conexión. La siguiente parada ha sido Piccadilly Circus, con sus míticos neones, y desde ahí hemos seguido caminando hasta Trafalgar Square, donde había una gran concentración de iraníes contrarios a los ayatolás. Trafalgar siempre es un ir y venir de turistas y trileros de toda condición. Nos hemos encontrado con unos cuantos, y hemos conseguido convencer a los niños de entrar un rato a la National Gallery. Una de las cosas maravillosas de Londres son sus museos, por los que pagaríamos gustosos la entrada, pero resulta que son gratuitos. La National Gallery es un sinparar de obras de arte mayores, con algunas piezas maestras, como Los girasoles de Van Gogh y El matrimonio Arnolfini de van Eyck. A nosotros nos han atrapado las pinturas de Canaletto, que ya hemos admirado en otros museos. Parecen fotografías llenas de detalles de la Venecia del siglo XVIII, en las que la perspectiva y la luz dominan frescos en los que uno podría perderse horas. Los niños han disfrutado de la visita a medias: él sí, y ella no. El 50 % de éxito ya es un éxito. El Big Ben que parece más grande y una ración de fish and chips En la era en la que los sobresaltos son constantes, necesitábamos darle un nuevo empujón al recorrido para que no resultase monótono. Por eso, la siguiente parada ha sido el Big Ben, que todos hemos saludado con un ‘Oooh’ que me ha sorprendido. Lo recordaba mucho más pequeño, incluso insignificante, pero la sorpresa de los demás ha sido también la mía. Los niños miraban hacia arriba y no se creían estar ahí, delante de ese monumento que tanto reconocían. Desde su altura el Big Ben se sentía mucho más grande, y nos han contagiado esa sensación. Le hemos hecho cientos de fotos, claro, incluso desde el ángulo en el que Marco Antonio Solís se fotografió para la portada de uno de sus discos. Había cola de mexicanos para sacarse la foto. Era mucho más de mediodía y estábamos llevando al límite la capacidad del grupo de alargar el almuerzo. Hemos tomado un bus de los rojos, de los clásicos, de los míticos, y en diez minutos nos hemos plantado en Borough Market, que los sábados es un hervidero de turistas. Y para no ser menos, hemos comido lo que hay que comer en Londres: fish and chips. Nos ha gustado y lo hemos acompañado con un aperol, con dos spritz con prosecco y de postre con wafles. La cola más larga del mercado era para comer paella. Quién vendrá a comer paella a Londres. Lo cierto es que mucha gente. Rodeando el Támesis hasta Tower Bridge, y acabando la jornada con el gancho Después de tomarnos un café hemos negociado la parte final del recorrido del día, pues todavía teníamos dos paradas. Todos han asegurado que se sentían con fuerzas para caminar todavía un rato más. Así, hemos seguido la ribera del Támesis para llegar hasta el Tower