Vivir con las horas cambiadas resulta incómodo. Dormirse muy tarde, y por consiguiente despertarse tarde, no es el ideal del viajero aplicado. Pero no aspiramos a ser aplicados, solo a ser viajeros. El último día completo en Delhi —mañana partimos rumbo a otra ciudad— no era fácil de acomodar. Faltaba mucho por ver y había que priorizar. Entre los consejos de Abhi, las advertencias de la Lonely Planet y las intuiciones propias, acabamos acordando que dedicaríamos la mañana a visitar la Tumba de Humayun, uno de los monumentos más visitados de la ciudad, y que por la tarde ya veríamos. Turismo slow, le llaman. Turismo de tranquis, le llamamos.
Desayuno ligero por temor a las consecuencias y primera experiencia en tuk tuk
Desayunamos tres galletas por cabeza. Café mejor no, gracias. Que no sé cómo me va a sentar. Y así con (casi) todo. La comida india no parece habernos conquistado —aún—. Y llegamos a la Tumba de Humayun en tuk tuk. Aprendemos el arte del regateo y el trayecto nos sale por la mitad de lo que nos reclamaba el tuktukero: 50 rupias (unos 0,60 €). Hemos hecho dos ademanes de irnos caminando por 10 rupias de más, por 15 escasos céntimos. Hemos superado el nivel uno de ‘Sobreviviendo a la India mochileando’. Las siguientes pantallas no iban a ser tan sencillas.
En la taquilla del monumento nos dicen que el datáfono no funciona y que solo aceptan efectivo. No llevamos suficiente efectivo porque nos habíamos informado de que la tarjeta servía. Así que caminamos un cuarto de hora en busca de un cajero que Google Maps dice que existe, pero no. Otros cinco minutos hasta el siguiente. Que ese sí existe, detrás de una mujer entrando por una puerta de rejas medio abierta. Retiramos el dinero, volvemos sobre nuestros pasos cruzando como kamikazes por una carretera abarrotada de vehículos y llegamos, orgullosos por nuestra victoria, a la taquilla. “Sí, claro, puede pagar con tarjeta”, le dice el taquillero al que nos precede. Qué bien.
Una visita «padrísima»
La entrada a la Tumba de Humayun discrimina positivamente a los nacionales: ellos pagan 40 rupias (0,50 €), los extranjeros 550 (casi 7 €). El complejo es enorme, con un par de tentempiés previos en forma de edificios adyacentes bonitos. “¿Por esto hemos pagado tanto dinero?”, le pregunta una de las visitantes al que lo acompaña, con acento mexicano. Estaban en uno de esos edificios adyacentes. “¡Esto está padrísimo”, le dice esa misma visitante a su mismo acompañante cuando pasa la puerta que da entrada al edificio principal, que alberga la Tumba de Humayun. Y realmente está padrísimo.
Se comenta que el lugar, en el que fue enterrado el emperador mogol Humayun en 1574, sirvió de modelo para la construcción del Taj Majal. Lo cierto es que se le da un aire. La arquitectura mogola sí nos ha conquistado: solemne y suntuosa por fuera, austera y discreta por dentro. Le sacamos partido a la entrada, recorremos el complejo de punta a punta, le hacemos fotos desde todos los ángulos. Y en estas ya es la tarde y decidimos que hay que hacer algo más.
Visita a la Puerta de la India
La Puerta de la India es una de las postales más emblemáticas de Nueva Delhi. Y nosotros, coleccionistas de postales, decidimos que queremos tenerla. La construcción recuerda a los soldados indios caídos en combate en la Primera Guerra Mundial y en las Guerras Afganas. El recinto parece el recreo para los habitantes de la ciudad. Es martes por la tarde y está llena de gente haciéndose fotos como si no la hubieran visto nunca. Como si un barcelonés decide pasarse cada tarde por la Sagrada Familia a inmortalizarse —de nuevo— con ella.
La cosa en la Puerta de la India va de fotos. Hay varias decenas de autoproclamados fotógrafos profesionales que se ofrecen, a ellos y a sus cámaras, para sacar la instantánea perfecta para el recuerdo. Todos llevan encima su portafolio profesional: un álbum muy cutre en el que enseñan el revelado de su arte. Nos ven cargando nuestras cámaras y son pocos los que se nos acercan. Los que sí se atreven parecen haberse copiado el portafolio: todos tienen a la misma chica en la misma postura con la misma sonrisa.
La hora de la comida-merienda-cena va a ser pizza. Tenemos hambre y las legumbres, el arroz, el curry y el picante no es lo que más nos apetece. Ya mañana, si eso. Y ya comidos-merendados-cenados volvemos en metro hasta la casa de Abhi, nuestra casa en Delhi. En el metro, como en casi toda la ciudad, la proporción es fácilmente de ocho hombres por cada mujer. ¿Dónde están las indias? Trataremos de descubrirlo, seguiremos informado.