Al rico pescado birmano de lago | Día 14

Nos hemos agarrado a una excusa ardiendo para permanecer un día más en nuestro hotel de Inle, el Spring Lodge Inn. A dos, de hecho. Las heridas es mejor que cicatricen antes de seguir caminando. Las ampollas de uno de nosotros se han puesto feas. Son las consecuencias de la falta de costumbre a las caminatas, y del uso de un calzado más apropiado para salir de fiesta que para pasear por el monte. Por eso, hoy no iba a ser posible devanear en exceso. Encima, el clima nos ha dado la razón: explorar el lago no era la mejor de las ideas. El día, eso sí, lo acabaríamos probando el pescado birmano. A eso de las 12.00 h, después de un desayuno insuperable a base de todo lo que pueda caber en un buen desayuno, el cielo ha empezado a oscurecerse. Y el viento frío, alarma perfecta de lo que ha de venir, ha empezado a agitar. Hemos dejado la hamaca de la zona de la piscina —sí, el hotel tiene piscina; y un servicio de habitaciones al que pusimos anoche a prueba para la cena— y nos hemos vuelto a la habitación. Tenemos un balconcito que da al exterior, y ahí nos hemos sentado a ver cómo azota el monzón en Myanmar. El lugar era ideal para ver la lluvia caer. Solo nos faltaban un par de cervezas, unas patatas bravas y unos berberechos. Esperando a que escampe para probar el pescado birmano de Inle Cuando parecía que empezaba a escampar y nos planteábamos salir a comer, el cielo nos ha invitado a esperarnos un poco más. Un halo de luz y, al medio segundo, un estruendo enorme. Ha sido un rayo que debe haber caído en la casa de los vecinos, pero ha parecido una bomba. No recordábamos un susto igual desde cualquiera de los días de la India con cualquiera de sus vicisitudes. Mucho después, en lo que era un evidente paréntesis entre aguaceros, nos hemos decidido a salir a la carretera. A falta de poder caminar bien, hemos tomado prestadas unas bicicletas en el hotel. Hemos comprado una pomada para que ayude en el proceso de cicatrizar las ampollas, hemos pasado por el único supermercado de la ciudad para comprar un poco de queso y un mucho de cervezas y hemos ido a comer a un restaurante en el que nunca nos habríamos parado de pasada. Pero íbamos a propósito: nos habíamos dejado recomendar por Google Maps. Que no será la Guía Michelin, pero suele acertar en qué sitios son los más adecuados para comer. Pese a roñoso y descuidado, el restaurante Sin Yaw, muy familiar y auténtico, ha resultado un acierto. En unas brasas poco llamativas cocinaban de todo. Nosotros hemos pedido un par de mazorcas de maíz —a las que le faltaba un poco de toque mexicano: crema, limón, chile—, un poco de pollo y un pescado birmano a la Inle. El pescado birmano estaba cocinado al estilo del lago y, lo más importante, pescado esa misma mañana en el lago. Estaba riquísimo con su poco de arroz y sus verduras de acompañamiento. Todo eso y una cerveza de las grandes por 6.700 kyats, que son 4 € según el cambio de hoy. Así compensamos el gasto del día extra del hotel. Quizás si comemos ahí todos los días podemos alargar —todavía más— la estancia aquí. Todo sea por el bien de nuestros pies, claro.
¡Llegamos al lago Inle! | Día 13

En el primer día del trekking hasta el lago Inle, anoche nos duchábamos al aire libre antes de irnos a dormir. A plena luna en un habitáculo inventado para la ocasión en la casa que nos daba cobijo nocturno. A falta de una ducha como tal, el cuenco y el agua fría hicieron el apaño. Sí, anoche nos quitamos el sudor del primer día de la caminata entre Kalaw y el lago Inle a cuencazos de agua. Nos fuimos a dormir cuando nuestros compañeros de aventura aún seguían bebiendo. Es un grupo joven: 23, 24, 25, 28, 19… Éramos claramente los más viejos del lugar. Compartimos dormitorio los diez. Tantos colchones minúsculos como personas éramos tendidos en el suelo, con una suerte de sábana y un par de mantas por si hacía frío. El calor humano iba a ser suficiente. Cuando tratábamos de alcanzar el sueño, los seis que se habían quedado subían medio borrachos y empezaron a hacerse los jóvenes: sin apuro alguno ni respeto por la tercera edad. Eso parecía un party hostel. “Jiji, jaja. No, duerme tú allí. No, vente aquí. Bueno, durmamos los seis juntos. Jiji, jaja”. Nosotros, claro, nos hicimos los dormidos odiándolos profundamente. O quizás envidiando su insultante juventud y mayor despreocupación. Esta mañana teníamos que estar desayunando a las 06.30 h para reemprender el camino una hora después. Uno de ellos, el más activo y charlatán, un australiano con ojos japoneses, nos preguntaba si nos habíamos enterado del jaleo de anoche. Le hemos restado importancia: “Bueno, algo escuchamos”. Anoche no quisimos hacer un numerito y hoy no hemos querido reprocharles nada. Nosotros, hace más de un lustro, también tuvimos veinticuatro años. Qué carcas sonamos. El desayuno ha ayudado poco. Fruta, fruta, más fruta y arroz. Nos hemos acostumbrado a que el arroz sea en Asia también desayuno… Pero igual seguimos prefiriendo nuestras tostadas con mantequilla y mermelada. Tanaka para protegerse del sol Nuestro segundo día de trekking, tercero ya del resto del grupo, nos iba a conducir hasta el lago Inle, el horizonte y objetivo de la aventura. Tan, el guía, nos ha mimetizado con la tradición birmana. Esta mañana ha preparado tanaka, un cosmético natural que también sirve de protector solar. Lo lleva todo el mundo en Myanmar y hoy nos ha tocado llevarlo también a nosotros. Parecíamos guerreros preparados para la batalla final. Con nuestro tanaka pintado en la cara, nos hemos despedido de nuestros anfitriones y hemos empezado a ascender. El primer tramo de la caminata de hoy no ha sido sencillo: subida, subida, subida. Hemos empezado a sudar. Ni los dos descansos bien premeditados por Tan han servido. Luego la cosa ha mejorado: terreno llano y bien asfaltado. Nos ha tocado pagar la entrada a la zona del lago Inle y entonces ha empezado lo (no) divertido. A lo lejos se divisaba el lago, como una especie de espejismo inalcanzable. “Solo nos quedan nueve kilómetros”, ha dicho Tan. No eran tantos. Ayer habíamos hecho veinte en total y hoy ya llevábamos al menos diez. Pero el terreno se ha vuelto agreste, se ha asalvajado. Las ampollas, compañeras inesperadas del tramo final Estábamos transitando una especie de montaña rocosa, que ha sido más sencilla de coronar que de descender. Entonces es cuando han aparecido las ampollas en los pies y urgía llegar. Por delante iba un grupo de cuatro de los chicos que han puesto el turbo. Por detrás, los tres más lentos seguían siéndolo. En medio, a un ritmo constante pero paciente, estábamos nosotros dos y una de las chicas holandesas. Tan, el guía, se había quedado cerrando el grupo, haciendo de coche escoba. Ante la duda de hacia dónde dirigirnos nos guiábamos por las huellas. Ha habido momentos críticos, descendiendo rocas, en los que parecía que escalábamos en lugar de caminar. Hemos tenido que ejercitar el sentido de la orientación —mirando al infinito y adivinando dónde estaba el lago— y pisar casi de talones todo el rato, para evitar que la parte delantera del pie, la de las ampollas, volviera a encontrarse con el suelo. Al cabo de un descenso que ha parecido eterno nos hemos juntado con el grupo delantero. Estaban sentados al final del sendero, en un par de bancos, casi reclamando nuestra impericia. Nosotros, en cambio, los mirábamos protestando por su imprudencia. El grupo se había partido y todos hemos tenido que tirar de instinto para seguir avanzando. Los reclamos no han sido verbalizados, solo reflexionados. La paz ha permanecido. Ha llegado Tan barriendo a la chica alemana, siempre la última, y nos ha indicado dónde íbamos a comer. Final del trekking al lago Inle Un plato de noodles algo ligero y un poco de fruta nos ha dejado listos para la siesta. En cambio, tocaba afrontar la última parte del trekking, ya sin caminar. Un bote nos iba a llevar hasta lo alto del lago Inle, donde se encuentra la concentración de población principal y donde están la mayoría de alojamientos. Ellos, los otros ocho, habían reservado conjuntamente un hostal. “¿Dónde vais a alojaros vosotros?”, nos han preguntado. Hemos hecho de menos a nuestro hotel, el Spring Lodge Inn, para no parecer más carcas de lo que somos: “Bueno, hemos reservado un hotel que se ve bien y que no es muy caro”. Es la arena que sigue a la cal —muy disfrutada, eso sí— de la cansadísima caminata. Nos vamos a alojar un par de noches en un hotel genial por un precio más alto de lo que acostumbramos a pagar, pero todavía aceptable: 25 €. Es el merecido premio a nuestro esfuerzo y el lugar perfecto para curarnos de nuestras ampollas. Ah, además nos tocará conocer el lago Inle y ver a sus famosos pescadores equilibristas.