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¡Llegamos al lago Inle! | Día 13

En el primer día del trekking hasta el lago Inle, anoche nos duchábamos al aire libre antes de irnos a dormir. A plena luna en un habitáculo inventado para la ocasión en la casa que nos daba cobijo nocturno. A falta de una ducha como tal, el cuenco y el agua fría hicieron el apaño. Sí, anoche nos quitamos el sudor del primer día de la caminata entre Kalaw y el lago Inle a cuencazos de agua.

Nos fuimos a dormir cuando nuestros compañeros de aventura aún seguían bebiendo. Es un grupo joven: 23, 24, 25, 28, 19… Éramos claramente los más viejos del lugar. Compartimos dormitorio los diez. Tantos colchones minúsculos como personas éramos tendidos en el suelo, con una suerte de sábana y un par de mantas por si hacía frío. El calor humano iba a ser suficiente. Cuando tratábamos de alcanzar el sueño, los seis que se habían quedado subían medio borrachos y empezaron a hacerse los jóvenes: sin apuro alguno ni respeto por la tercera edad. Eso parecía un party hostel. “Jiji, jaja. No, duerme tú allí. No, vente aquí. Bueno, durmamos los seis juntos. Jiji, jaja”. Nosotros, claro, nos hicimos los dormidos odiándolos profundamente. O quizás envidiando su insultante juventud y mayor despreocupación.

Esta mañana teníamos que estar desayunando a las 06.30 h para reemprender el camino una hora después. Uno de ellos, el más activo y charlatán, un australiano con ojos japoneses, nos preguntaba si nos habíamos enterado del jaleo de anoche. Le hemos restado importancia: “Bueno, algo escuchamos”. Anoche no quisimos hacer un numerito y hoy no hemos querido reprocharles nada. Nosotros, hace más de un lustro, también tuvimos veinticuatro años. Qué carcas sonamos. El desayuno ha ayudado poco. Fruta, fruta, más fruta y arroz. Nos hemos acostumbrado a que el arroz sea en Asia también desayuno… Pero igual seguimos prefiriendo nuestras tostadas con mantequilla y mermelada.

Tanaka para protegerse del sol

Nuestro segundo día de trekking, tercero ya del resto del grupo, nos iba a conducir hasta el lago Inle, el horizonte y objetivo de la aventura. Tan, el guía, nos ha mimetizado con la tradición birmana. Esta mañana ha preparado tanaka, un cosmético natural que también sirve de protector solar. Lo lleva todo el mundo en Myanmar y hoy nos ha tocado llevarlo también a nosotros. Parecíamos guerreros preparados para la batalla final.

Con nuestro tanaka pintado en la cara, nos hemos despedido de nuestros anfitriones y hemos empezado a ascender. El primer tramo de la caminata de hoy no ha sido sencillo: subida, subida, subida. Hemos empezado a sudar. Ni los dos descansos bien premeditados por Tan han servido. Luego la cosa ha mejorado: terreno llano y bien asfaltado.

Nos ha tocado pagar la entrada a la zona del lago Inle y entonces ha empezado lo (no) divertido. A lo lejos se divisaba el lago, como una especie de espejismo inalcanzable. “Solo nos quedan nueve kilómetros”, ha dicho Tan. No eran tantos. Ayer habíamos hecho veinte en total y hoy ya llevábamos al menos diez. Pero el terreno se ha vuelto agreste, se ha asalvajado.

Las ampollas, compañeras inesperadas del tramo final

Estábamos transitando una especie de montaña rocosa, que ha sido más sencilla de coronar que de descender. Entonces es cuando han aparecido las ampollas en los pies y urgía llegar. Por delante iba un grupo de cuatro de los chicos que han puesto el turbo. Por detrás, los tres más lentos seguían siéndolo. En medio, a un ritmo constante pero paciente, estábamos nosotros dos y una de las chicas holandesas. Tan, el guía, se había quedado cerrando el grupo, haciendo de coche escoba.

Ante la duda de hacia dónde dirigirnos nos guiábamos por las huellas. Ha habido momentos críticos, descendiendo rocas, en los que parecía que escalábamos en lugar de caminar. Hemos tenido que ejercitar el sentido de la orientación —mirando al infinito y adivinando dónde estaba el lago— y pisar casi de talones todo el rato, para evitar que la parte delantera del pie, la de las ampollas, volviera a encontrarse con el suelo.

Al cabo de un descenso que ha parecido eterno nos hemos juntado con el grupo delantero. Estaban sentados al final del sendero, en un par de bancos, casi reclamando nuestra impericia. Nosotros, en cambio, los mirábamos protestando por su imprudencia. El grupo se había partido y todos hemos tenido que tirar de instinto para seguir avanzando. Los reclamos no han sido verbalizados, solo reflexionados. La paz ha permanecido. Ha llegado Tan barriendo a la chica alemana, siempre la última, y nos ha indicado dónde íbamos a comer.

Final del trekking al lago Inle

Un plato de noodles algo ligero y un poco de fruta nos ha dejado listos para la siesta. En cambio, tocaba afrontar la última parte del trekking, ya sin caminar. Un bote nos iba a llevar hasta lo alto del lago Inle, donde se encuentra la concentración de población principal y donde están la mayoría de alojamientos. Ellos, los otros ocho, habían reservado conjuntamente un hostal.

“¿Dónde vais a alojaros vosotros?”, nos han preguntado. Hemos hecho de menos a nuestro hotel, el Spring Lodge Inn, para no parecer más carcas de lo que somos: “Bueno, hemos reservado un hotel que se ve bien y que no es muy caro”. Es la arena que sigue a la cal —muy disfrutada, eso sí— de la cansadísima caminata. Nos vamos a alojar un par de noches en un hotel genial por un precio más alto de lo que acostumbramos a pagar, pero todavía aceptable: 25 €. Es el merecido premio a nuestro esfuerzo y el lugar perfecto para curarnos de nuestras ampollas. Ah, además nos tocará conocer el lago Inle y ver a sus famosos pescadores equilibristas.

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