Buscar

Zadar, el atardecer más espectacular | Día 8

Una pareja y otras personas disfrutan del sobrecogedor atardecer en Zadar, en el Órgano de Mar

En nuestro dúplex de Zadar, en los apartamentos Villa Ida, nos hemos despertado con antojo de huevos revueltos para desayunar. Anoche, previsores, anticipamos el antojo y compramos una decena de huevos —sí, diez, en Croacia parece que los huevos no vienen por docenas— y algunos básicos más: queso y pan. El día de hoy nos lo íbamos a tomar con calma porque la ciudad no apremiaba. Sabíamos que podíamos ir a recorrerla un rato por la mañana, volver al alojamiento a descansar y, ya por la tarde, volver al centro para disfrutar del atardecer y cenar en algún restaurante rico. Dicho y hecho. Hemos llegado al centro de Zadar caminando, bajo un sol que no abrasaba pero te invitaba a buscarle las sombras. La ciudad parece estar en plena ebullición turística, atestada sobre todo de italianos, que la tienen cerca, y de alemanes, que están siempre en todos lados. En Zadar nació uno de los grandes mitos del madridismo moderno, Luka Modric. Y la ciudad es un poco como su juego: elegante, pausada, refinada. Las referencias a él en las tiendas de souvenirs son constantes, como también lo eran en Dubrovnik y Split. Las camisetas de Croacia lucen todas el 10 y su nombre, y también hay balones con su cara, y llaveros, cuadros y cualquier objeto que uno pueda imaginar. Paseo por el centro de Zadar Las calles angostas de Zadar dan a un par de grandes plazas que (nos) canalizan a los turistas, que paseamos tratando de evitar el mapa de Google porque es complicado perderse y muy sencillo acertar en el camino, porque todos son igual de sugerentes. El centro histórico de Zadar se encuentra en una pequeña península, en el centro de la cual están la catedral y el foro romano. En la parte del sur de la península hay un pequeño parque al lado del cual se encuentra una puerta del siglo XVI, que era la entrada a la antigua ciudad. Una vez dentro, la historia que rezuma la ciudad contrasta con su forzosa adaptación al turista, con decenas de bares, terrazas y restaurantes, todas ofreciendo cócteles a 6 €. Como no somos de piedra y el calor nos pedía algo fresquito, nos hemos dejado convencer. Nos hemos sentado en un pequeño bar de una callecita estrecha y nos hemos pedido dos Aperol Spritz. La dueña, que al principio nos había parecido una borde, al final ha sido generosa en la cantidad de alcohol de nuestros cócteles y además nos ha regalado unas patatas. En la terraza, al rato, ha llegado un local que parece que conocía a la dueña. Él la ha llamado, y ella ha llegado esta vez sí feliz, y le hemos intuido sus palabras: «Hola, no te había reconocido, creía que eras otro turista más». En cualquier caso, el hombre de Zadar sabía dónde iba, iba a dejarse ver. Se ha tomado su expreso con calma y ha empezado a entablar conversación con dos chicas alemanas que se sentaban en la mesa contigua. Al centro en barca para disfrutar del atardecer de Zadar Después de pasar un rato en el alojamiento descansando, y picando algo para cumplir con la rutina de tener que comer algo a mediodía, hemos vuelto a tomar esta tarde la barca para saltar los cuarenta metros que nos separan en línea recta del centro. El barquero era el mismo que ayer, y el mismo que unas cuantas horas más tarde nos devolvería al otro lado de la ciudad. El plan era similar al de ayer a la misma hora: ir a ver el atardecer a los escalones del Órgano de Mar. Pero esta vez, claro, con un par de cervezas. Hoy había menos gente que ayer pero la atmósfera era igual de especial. Los colores del atardecer han variado un poco, como para no quedarnos con la sensación de estar teniendo un déjà vu. La expectación con los últimos momentos del atardecer es sobrecogedora. Se siente en el ambiente que es un momento especial, único, como si el sol se estuviera poniendo para siempre y tuviéramos todos la certeza de que nunca más lo volveremos a ver. Cuando por fin se esconde en el horizonte, la gente decide aplaudir, reconociendo el fantástico espectáculo. La mejor sopa de pescado de Croacia está en Zadar No habíamos sido los únicos con cervezas para disfrutar del atardecer, y tampoco hemos sido los únicos en escoger la Trattoria Mediterraneo para cenar. Tras el atardecer nos hemos topado con una parada de elotes —que no hemos podido rechazar— y eso nos ha demorado lo justo para tener que esperar un rato para tener mesa en el restaurante. La espera, que al final ha sido corta, ha merecido la pena. Hemos comido un plato de quesos y embutidos locales, otro de pescados y conservas de aperitivo y luego hemos compartido una sopa de pescado y marisco, el plato estrella de la casa. La chica que nos ha atendido nos ha mirado con cierta incredulidad cuando le hemos pedido la orden, extrañada de que no incluyéramos pizza o pasta. Lo cierto es que no nos hacía falta tirar de clásicos italianos, porque hemos acertado de pleno con los tres platos. Especialmente con la sopa, un imprescindible de Zadar para todo el que lo visite, casi a la altura de su inigualable atardecer desde el Órgano de Mar.

De Mljet a Zadar pasando por Split | Día 7

La puesta de sol de Zadar desde el Órgano de Mar

La isla de Mljet es lo que es —tranquila, poco concurrida— porque, entre otras cosas, llegan y salen pocos ferris de ella. Se entiende que es una estrategia del gobierno, que la quiere así pero sin embargo la promociona en todos lados. Hoy el objetivo era llegar de Mljet a Zadar. El segundo ferri que zarpa cada día de Mljet para volver a la Croacia continental sale a las 09.00 h y nosotros, que no queríamos quedarnos fuera, hemos llegado pronto para asegurar una plaza para los tres: nosotros y nuestro coche. No éramos los únicos, delante nuestro había una veintena de coches ya esperando a que el barco de la compañía Jadrolinja, la que cubre todos estos trayectos hacia y entre las islas, nos abriera las puertas. Parecía que íbamos a tener éxito en nuestra primera etapa de la ruta de Mljet a Zadar. Tomando el ferri para llegar de Mljet a Zadar Para que un trayecto marítimo sea tranquilo, ahí os va una advertencia: evitad tener resaca. Eso es lo que le pasó a uno de nosotros la última vez que habíamos tomado un barco, a finales de diciembre pasado, entre Ibiza y Formentera. Lección aprendida. Anoche solo bebimos un par de vasos de vino indoloros y la media hora de trayecto ha transcurrido en la más apacible tranquilidad. Bueno, casi. La tranquilidad la rompían un par de niños croatas decididos a secundar el trabajo del café matutino, despertándonos a todos los pasajeros. Ya de vuelta en el puerto de Prapatno, una pequeña ciudad en la península croata de Pelješac, que es la que evita que uno tenga que cruzar una decena de kilómetros de Bosnia y Herzegovina para ir desde Dubrovnik hacia el norte del país, hemos emprendido viaje hacia arriba del país. Es lo que hay que hacer para ir de Mljet a Zadar. Un trozo de Bosnia y Herzegovina en Croacia Hasta hace no mucho, cruzar Bosnia era una maniobra necesaria para los que hacían esta ruta croata por tierra. Pero justo hace un mes se ha inaugurado un espectacular y modernísimo puente de más de dos kilómetros que salva la distancia que separa esta pequeña península en su parte más septentrional con la Croacia continental. En el sur, Pelješac tiene un pequeño brazo que evita que sea una isla y lo une con Croacia en su parte cercana a Dubrovnik. Hemos cruzado el puente, que todavía huele a nuevo, y hemos confirmado que los croatas son buenos construyendo infraestructuras. La carretera con la que seguiríamos camino al norte era nuevamente impecable, muy disfrutable de conducir. Hemos pasado un valle verdísimo salpicado de viñedos y bodegas que hemos lamentado no incluir en nuestra ruta, pero el tiempo apremiaba y la programación del día tenía poca cintura para incluirle planes no previstos. Split, parada intermedia para ir de Mljet a Zadar A eso de las 12.00 h, después de un par de horas de conducción, hemos llegado a Split, la segunda ciudad del país y nuestra parada técnica para almorzar. Split había estado siempre en nuestra ruta de este verano, pero al final hemos tenido que reducir nuestro paso por ella a un puñado de horas. Hemos comido en el restaurante Bokeria, una modernidad llena de encanto, decorado con botellas de Aperol y Campari. Por si fuera poco, tienen una comida riquísima aunque un poco cara. Hemos pedido un risotto negro sublime (aunque nos ha recordado más a nuestro arroz negro español que al risotto italiano, pero qué más da) y una pasta con trufa. La mitad mexicana de Cultura Nómada es una adicta a la trufa, pero casi siempre pierde escogiendo plato: pese a que la pasta estaba rica, el risotto estaba mucho mejor. Después nos hemos tomado un helado en Emiliana. Google aseguraba que los helados de ahí eran de los mejores de la ciudad, y la fila que había para conseguir uno parecía la constatación de ello. Nuestros helados de ricotta y limón han sido de los mejores que hemos comido en mucho tiempo. Un paseo por Split Con el estómago lleno hemos callejeado el centro de Split y su paseo marítimo, atestado de turistas. Split es la principal ciudad portuaria del país, a la que llegan y desde la que salen barcos a todas las islas y también a varios destinos internacionales. Como nosotros, muchos parecían estar de paso, tocando suelo antes de continuar trayecto. La ciudad tiene un casco antiguo muy cuidado y fotogénico, con fachadas castigadas por los años que ojalá nunca se conviertan en modernidades hechas en producción masiva, todas igual de aburridas. Además, Split cuenta con varios vestigios de la época romana, entre los que destaca el Palacio Diocleciano, y una catedral en el mismo recinto arqueológico. Antes de dejar Split atrás hemos comprado un par de trozos de queso locales para nuestra colección. El destino final del día, donde pasaremos las próximas dos noches, es la ciudad de Zadar, dos horas más al norte de Split y unas tres horas antes de llegar a Zagreb, la capital. Último tramo hasta Zadar Logísticamente nos convenía escoger Zadar como penúltima parada en el país, para evitar un trayecto larguísimo de Split hasta Zagreb. Además, como hemos comprobado más tarde, Zadar es justo lo que necesitamos en esta parte final del viaje: una ciudad abarcable, coqueta y sencilla de pasear y conocer. El Sr. Branko nos ha recibido en su edificio de apartamentos Villa Ida y nos ha dado las llaves de un dúplex que ya quisiéramos para nosotros en Badalona. Era ya tarde, casi las 19.00 h, y el día nos ha dado para ver lo mejor de Zadar: su memorable e incomparable puesta de sol. Para ello hemos tomado una barquita minúscula que mueve un barquero, un sistema de transporte centenario que sirve para salvar la zona donde nos alojamos, cerca de la Marina, con el centro histórico. Por siete kunas por persona (unos noventa céntimos de euro) nos hemos ahorrado un cuarto de hora de caminata.