En nuestro dúplex de Zadar, en los apartamentos Villa Ida, nos hemos despertado con antojo de huevos revueltos para desayunar. Anoche, previsores, anticipamos el antojo y compramos una decena de huevos —sí, diez, en Croacia parece que los huevos no vienen por docenas— y algunos básicos más: queso y pan. El día de hoy nos lo íbamos a tomar con calma porque la ciudad no apremiaba. Sabíamos que podíamos ir a recorrerla un rato por la mañana, volver al alojamiento a descansar y, ya por la tarde, volver al centro para disfrutar del atardecer y cenar en algún restaurante rico.
Dicho y hecho. Hemos llegado al centro de Zadar caminando, bajo un sol que no abrasaba pero te invitaba a buscarle las sombras. La ciudad parece estar en plena ebullición turística, atestada sobre todo de italianos, que la tienen cerca, y de alemanes, que están siempre en todos lados. En Zadar nació uno de los grandes mitos del madridismo moderno, Luka Modric. Y la ciudad es un poco como su juego: elegante, pausada, refinada. Las referencias a él en las tiendas de souvenirs son constantes, como también lo eran en Dubrovnik y Split. Las camisetas de Croacia lucen todas el 10 y su nombre, y también hay balones con su cara, y llaveros, cuadros y cualquier objeto que uno pueda imaginar.
Paseo por el centro de Zadar
Las calles angostas de Zadar dan a un par de grandes plazas que (nos) canalizan a los turistas, que paseamos tratando de evitar el mapa de Google porque es complicado perderse y muy sencillo acertar en el camino, porque todos son igual de sugerentes. El centro histórico de Zadar se encuentra en una pequeña península, en el centro de la cual están la catedral y el foro romano. En la parte del sur de la península hay un pequeño parque al lado del cual se encuentra una puerta del siglo XVI, que era la entrada a la antigua ciudad. Una vez dentro, la historia que rezuma la ciudad contrasta con su forzosa adaptación al turista, con decenas de bares, terrazas y restaurantes, todas ofreciendo cócteles a 6 €.
Como no somos de piedra y el calor nos pedía algo fresquito, nos hemos dejado convencer. Nos hemos sentado en un pequeño bar de una callecita estrecha y nos hemos pedido dos Aperol Spritz. La dueña, que al principio nos había parecido una borde, al final ha sido generosa en la cantidad de alcohol de nuestros cócteles y además nos ha regalado unas patatas. En la terraza, al rato, ha llegado un local que parece que conocía a la dueña. Él la ha llamado, y ella ha llegado esta vez sí feliz, y le hemos intuido sus palabras: «Hola, no te había reconocido, creía que eras otro turista más». En cualquier caso, el hombre de Zadar sabía dónde iba, iba a dejarse ver. Se ha tomado su expreso con calma y ha empezado a entablar conversación con dos chicas alemanas que se sentaban en la mesa contigua.
Al centro en barca para disfrutar del atardecer de Zadar
Después de pasar un rato en el alojamiento descansando, y picando algo para cumplir con la rutina de tener que comer algo a mediodía, hemos vuelto a tomar esta tarde la barca para saltar los cuarenta metros que nos separan en línea recta del centro. El barquero era el mismo que ayer, y el mismo que unas cuantas horas más tarde nos devolvería al otro lado de la ciudad. El plan era similar al de ayer a la misma hora: ir a ver el atardecer a los escalones del Órgano de Mar. Pero esta vez, claro, con un par de cervezas. Hoy había menos gente que ayer pero la atmósfera era igual de especial. Los colores del atardecer han variado un poco, como para no quedarnos con la sensación de estar teniendo un déjà vu.
La expectación con los últimos momentos del atardecer es sobrecogedora. Se siente en el ambiente que es un momento especial, único, como si el sol se estuviera poniendo para siempre y tuviéramos todos la certeza de que nunca más lo volveremos a ver. Cuando por fin se esconde en el horizonte, la gente decide aplaudir, reconociendo el fantástico espectáculo.
La mejor sopa de pescado de Croacia está en Zadar
No habíamos sido los únicos con cervezas para disfrutar del atardecer, y tampoco hemos sido los únicos en escoger la Trattoria Mediterraneo para cenar. Tras el atardecer nos hemos topado con una parada de elotes —que no hemos podido rechazar— y eso nos ha demorado lo justo para tener que esperar un rato para tener mesa en el restaurante.
La espera, que al final ha sido corta, ha merecido la pena. Hemos comido un plato de quesos y embutidos locales, otro de pescados y conservas de aperitivo y luego hemos compartido una sopa de pescado y marisco, el plato estrella de la casa. La chica que nos ha atendido nos ha mirado con cierta incredulidad cuando le hemos pedido la orden, extrañada de que no incluyéramos pizza o pasta. Lo cierto es que no nos hacía falta tirar de clásicos italianos, porque hemos acertado de pleno con los tres platos. Especialmente con la sopa, un imprescindible de Zadar para todo el que lo visite, casi a la altura de su inigualable atardecer desde el Órgano de Mar.