Nuestra última mañana en Zadar la hemos pasado reorganizando maletas. Era, de nuevo, día de traslado. Esta vez, en dirección a Zagreb, la capital de Croacia, donde termina nuestra ruta por el país y última parada de nuestras vacaciones. La idea era conducir sin detenerse. Pero el depósito del coche nos ha obligado a hacerlo, y una cosa ha llevado a la otra. Hemos repostado en la gasolinera del centro comercial más grande de Zadar, que tiene nombre de sitio en el que perderse: Supernova. Y eso hemos hecho.
Nos hemos tomado un café en el McCafé, hemos explorado el supermercado (marca Spar) mejor surtido de lo que llevamos de viaje, hemos comprado algunos básicos para el camino —galletas sin gluten— y hemos vuelto al coche agradeciendo que la cercana vuelta a casa no sea en avión. De lo contrario, nos faltarían varias maletas para facturar todo lo que llevamos.
La carretera entre Zadar y Zagreb
El camino hasta Zagreb ha sido pesado y mucho más largo de lo esperado. Lo que estaba previsto que hiciéramos en tres horas se ha convertido en casi cinco. Primero, porque varios tramos de la autopista estaban en obras, lo que unido al mucho tráfico causaba congestiones intermitentes. Y segundo, porque ya en el tramo final antes de llegar a Zagreb, un peaje muy mal gestionado nos ha hecho estar detenidos durante más de media hora en la carretera.
La proporción de coches que veíamos por la carretera era de tres extranjeros por uno croata. Esta autopista conecta con Eslovenia y Hungría y, desde ahí, con Austria, República Checa, Alemania y Polonia. Por eso tantos coches de todos estos países, y de muchos otros todavía más lejanos: Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, Dinamarca e incluso Suecia y Noruega. El nuestro parece el único coche con matrícula española que ha pasado por aquí en muchos días. Por eso el operario del peaje que nos ha ayudado a que nos pase la tarjeta de crédito se ha sorprendido: «Vaya, desde España». Somos una anomalía. Parece que a los españoles esto de hacer tantos kilómetros en coche es una locura a la que no acostumbramos.
Llegada a Zagreb y un poco de exploración
Llegados a Zagreb, la entrada a nuestro hotel ha sido una pequeña yinkana que nos servía para rematar el pesadísimo trayecto. Nos alojamos en el Jagerhörn, un hotel muy céntrico de la capital de Croacia que tiene el encanto de lo clásico. Su ubicación es inmejorable y sus instalaciones, que quizás agradecerían alguna renovación, le trasladan a uno a esos hoteles que visitaba con sus padres cuando era niño, con sus sobres, hojas y bolígrafos con el logotipo del hotel, con un teléfono del siglo XVIII para llamar a recepción, con el minibar y sus bebidas y cacahuetes. Más que estar en Croacia, uno se siente en los Alpes austriacos; el nombre del hotel, de hecho, es una clara reminiscencia a ese origen germanófilo.
La tarde-noche en la ciudad nos ha dado para comprar un par de entradas para el gran espectáculo que veremos mañana por la noche, y que es el principal motivo de que hayamos dejado para el final la capital, y para pasear un poco las calles del centro antes de sentarnos a cenar. De primeras, Zagreb tiene encanto. Su plaza principal la preside la estatua de Josip Jelačić, el gran héroe nacional croata, del que seguro sabremos más mañana en el tour gratuito que haremos por la mañana. Esa plaza tiene un aire a la Puerta del Sol de Madrid y es semipeatonal, pues solo la cruza dos vías de tranvía. No muy lejos de ahí hemos cenado, en un restaurante que habla muy bien de la condición capitalina de Zagreb, que se nota una ciudad más europea, movida y variada.
Tapas alternativas y modernas en la capital croata
El restaurante se llama Kai Street Food y hay que estar buscándolo para encontrarlo, pues se encuentra en un callejón con el que hemos acabado dando después de más de diez minutos de no entender las indicaciones de Google. El dueño, un treintañero muy buena onda, nos ha explicado que ha creado un concepto de restaurante desenfadado con productos de calidad para la gente joven. Era la versión croata de Dabiz Muñox, el chef de DiverXO y del StreetXO, su restaurante de comida callejera gourmet.
Como en este último, la carta del Kai Street Food era muy corta pero llena de creatividad y platos ricos. Hemos comido unos tacos y un sándwich de pollo que suenan convencionales pero no lo eran en absoluto, y además estaban muy buenos. El helado de después en la heladería más cercana era bastante más mediocre que la cena, pero nos ha valido para cerrarla con un poco de dulce antes de tomarnos un Mojito y un Aviation (el mejor cóctel hecho con ginebra que se pueda probar) en el bar del hotel como unos auténticos señores.