Se acerca el final del viaje y hoy es el penúltimo día lectivo. Por la mañana nos recoge Cheryn, otra de nuestras cicerones de la universidad local, un torbellino de eficiencia y diligencia. Nos cuenta que acaba de llegar de un viaje de tres días de Indonesia con estudiantes de intercambio, y que por eso no la habíamos visto desde el día en que llegamos. La sesión lectiva matutina es un hawker centre muy particular: se llama Dignity Kitchen y da apoyo, trabajo y dignidad a personas con riesgo de exclusión social. La sesión turística vespertina transcurrirá por el Chinatown de Singapur.
Dignity Kitchen, la cara B de Singapur
Seng Choon es un emprendedor local que podría venderle una moto a un niño de cinco años. Sus dotes comerciales son excepcionales y su discurso muy inspirador. Nos explica que montó su emprendimiento para ayudar a la gente, a personas enfermas, mayores y con problemas de toda índole, pero sobre todo para ganar dinero. “Esto que veis aquí es un negocio, mi negocio”, explica.
Lo que vemos es una nave industrial reconvertida en hawker centre, en la que atienden, cocinan y sirven trabajadores con “capacidades diferentes y desfavorecidas”, cuenta, a los que quieren “restaurar la dignidad a través de la vocación con pasión”. Su discurso es apasionado y nos llega. Después, nos enseñan los básicos en lengua de signos para poder pedir una bebida, y nos regalan un cupón para escoger algo de comer. Singapur es una ciudad que tiene una fachada impecable: es imposible ver personas sin hogar o desvalidas. “Esas personas existen, pero las escondemos. Aquí regalamos comida regularmente y se forman colas enormes de personas”, cuenta Seng Choon, desmitificando lo que creíamos perfecto.
Siguiendo los consejos de Anthony Bourdain
La visita acaba antes de lo previsto y hoy me toca tomarme la tarde libre, saltándome la clase de la tarde en la universidad. Y me dedico a aprovecharlo al máximo. Tomo el metro hasta Tiong Bharu, un barrio residencial y local, algo alejado del centro neurálgico, en el que mi objetivo es empezar a probar las recomendaciones culinarias de Anthony Bourdain, el malogrado chef viajero. En el Tiong Bharu Market, un hawker centre al uso, eminentemente local, pruebo el chwee kueh, unos pasteles de arroz que se sirven con rábano encurtido y una salsa picante. Aprobadísimos, están realmente ricos.
Desde ahí camino por la sombra hasta la zona cercana a Chinatown. Singapur es decididamente postbritánica en sus calles, tiene un aire british en los edificios, en la disposición de la ciudad, en los carteles, en casi todo. También está llena de murales aquí y allá, la mayoría de escenas cotidianas de la vida local. Le hago algunas fotos a los que me voy encontrando, en los que aparecen como elemento central el durián, los pájaros, los noodles o la caligrafía en mandarín.
Un paseo por el Chinatown de Singapur
Singapur también está atestado de grandes centros comerciales, hay prácticamente uno cada dos o tres manzanas. Son centros comerciales enormes, de cuatro o cinco plantas, muy convenientes para desperezarse del calor agobiante. Aprovecho uno de ellos para tomarme un refresco de coco antes de pasar por la librería Grassroots y llegar al Chinatown de Singapur. Ahí vuelvo a comer, ahora en Hawker Chan, un puesto de comida callejera que obtuvo en su día una estrella Michelin. Pido el arroz con pollo, que es la especialidad de la casa, y sí, está bueno, pero no es en absoluto extraordinario. Pero bueno: tic marcado.
En Chinatown está el Buddha Tooth Relic Temple, el principal templo budista del país. Es hora del rezo y la imagen, y sobre todo los cantos, me sobrecogen. El templo es ciertamente bonito, la atmósfera es atrayente y la dedicación de los creyentes hace el resto. Es, sin duda, una de las visitas imprescindible del país. El Chinatown de Singapur es bastante pequeño, apenas tres o cuatro calles, pero tiene de todo: hawker centre, souvenirs a precios imbatibles, bebidas callejeras, bares, murales y un par de templos además del ya mencionado.
Sin móvil toca intuir el camino
La batería de mi móvil desfallece y me encuentro ante el desafío de intuir mis siguientes pasos. Por suerte, más o menos tengo en mente el mapa de la ciudad y acierto en encontrar el camino a la próximas paradas. Primero, paso por la Old Hill Street Police Station y dedico un rato a sacarle fotos desde todos los ángulos. Justo al lado está el Fort Canning Park, un pequeño oasis verde en medio del barullo urbano. Aquí se cuenta parte de la historia contemporánea del país.
Hay búnkeres y también un par de spots instagrameables. En el principal de ellos hay una pareja de casados sacándose fotos para su álbum de bodas y una veintena de curiosos los aprovechamos como modelos para nuestras propias instantáneas. “Me siento una celebridad”, dice la novia, que a los pocos minutos obliga al novio y al fotógrafo a cambiar de spot.
El Merlion y cena india
Acierto el camino hasta el hotel con sorprendente facilidad. Son cerca de las 18.00 h y hay que llegar a ducharse antes de la cena nocturna y el paseo de rigor. Escogemos la zona más animada del río Singapur, donde hay un par de museos y la Mirror Balls Sculpture, un conjunto de espejos en el que es divertido jugar a hacerse fotos con el skyline detrás. Llegamos hasta la zona del Merlion desde donde se ve el Marina Bay Sands. Es difícil encontrar un centímetro sin gente para hacer una foto del momento.
Desde ahí vamos a comer a un restaurante indio en el que el picante está bien modulado, y las cervezas (con gluten) se sirven a 2×1, y caminamos de vuelta al hotel por el Boat Quay, un paseo lleno de turistas y de restaurantes y bares para turistas, el equivalente perfecto de las Ramblas barcelonesas en versión singapurense. El día ha sido largo y muy completo, con lo que se agradece llegar a la habitación para la tercera ducha del día antes de dormir.