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De Tijuana a Los Cabos: rumbo a Baja California Sur | Día 7

Nos podríamos haber quedado un par de días más en el Valle de Guadalupe y habríamos sido felices bebiendo vino, comiendo rico y transitando sus caminos de tierra. Nos despedimos de Boskenvid, el hotel con los árboles en la habitación, y de sus riquísimos desayunos para los que hay que abrigarse en esta época del año. La señora que nos atiende nos cuenta sus miserias por última vez y la compadecemos con una botella de mezcal que no nos hemos acabado. Vamos a volar de Tijuana a Los Cabos y no vamos a facturar equipaje. El mezcal es menos prioritario que todas las botellas de vino que hemos comprado, que encajamos en la maleta que sí enviamos facturada a Guadalajara con el quinto integrante (temporal) de la ruta, que no nos sigue en nuestro trayecto de Tijuana a Los Cabos por obligaciones laborales.

La caperucita de Tijuana y comida china para llevar

Volvemos a Tijuana para dar el salto a los casi 2.000 kilómetros que separan esta ciudad al límite de México con la punta sur de la península. De Tijuana a Los Cabos son poco más de dos horas de vuelo. Vamos a dejar atrás el frío y vamos a volver al calor. Antes, manejamos dos horas desde Valle de Guadalupe hasta Tijuana y ya en el centro de la ciudad, de nuevo, uno recuerda que México es el país de lo inesperado. En un semáforo aparece una caperucita chaparrita y feliz, que sortea coches y nos saluda. Al rato llega el lobo, perfectamente caracterizado, y nos indica que nos hagamos ruido, que no avisemos a caperucita. Empieza a correr y la alcanza poco antes de que el semáforo cambie a rojo.

El teatrillo es un divertimento que echaremos de menos cuando volvamos a Barcelona, con su tráfico también insoportable pero además aburridísimo, sin caperucitas ni lobos ni vendedores de cualquier cosa que uno pueda imaginar. Estamos casi en Navidad y se nota en el ambiente. La Navidad de Tijuana, en la ciudad y en el aeropuerto, es muy yanqui y peliculera, con todas las canciones que le pondrías a la banda sonora de la Navidad de Nueva York. Tenemos medio hora de espera para partir de Tijuana a Los Cabos y decidimos que queremos comida china de aeropuerto para paliar uno de los debes del viaje: no haber probado la comida oriental en esta parte del país, famosa por su numerosa comunidad china.

Del frío de Tijuana al calor de Los Cabos

Nuestro ritmo europeo nos condiciona constantemente cuando volvemos a México. Aquí se camina más lento, se habla más pausado y se sirve sin prisa. Es de agradecer cómo México le baja dos marchas a la vida para paladearla mejor, con más atención. En Europa la vida es todo urgencia. En el aeropuerto de Tijuana, pidiendo nuestra comida china, vivimos sin embargo el primer momento del viaje en que sentimos que esa manera de vivir está llevada al extremo. Al extremo de la desesperación.

El cajero le cuenta sus planes de fin de semana a la compañera, mientras cobra a un cliente y recuenta el cambio, reconfirma el cambio y pasan cinco minutos de reloj, en los que la cola aumenta. Pasa otra clienta. El cajero se equivoca cuatro veces de orden y le da el cambio mal repetidamente. Le sigue explicando a su compañera que llega la Navidad y tiene que comprar regalos. Detrás de nosotros una mujer le comenta a su compañera que se va a poner ella a cobrar, que qué desesperación. Nos alivia comprobar que no es cosa nuestra, de los europeos, y que lo de ese cajero, incapaz de agilizar sus funciones, desespera también a los mexicanos.

Conseguimos nuestra comida cuando comienza a abordar el vuelo de Tijuana a Los Cabos, que nos va romper la lógica climática de la ruta. En esta parte de México el invierno lo es de verdad: hay que ponerse manga larga todo el día y la chaqueta es obligatoria ya por la noche. Después de las dos horas de vuelo comprobamos que en Los Cabos el invierno lo es menos. Hace calor. Aquí tenemos familia y nos vienen a buscar para acercarnos al hotel, tras recibirnos con una cerveza. ¡Que no falten las chelas!

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