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De Xian a Pekín: la experiencia de tren en China más surrealista

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Estaba en Xian a punto de tomar un tren que me tenía que llevar, si sobrevivía, de vuelta a Pekín. Esta es la crónica de la experiencia de tren en China más intransferiblemente surrealista. El tren Z56, el tren con nombre de convoy con dirección a los gulags. El calor era horrible. Lo había sido desde que había llegado a China, cinco días atrás; y sobre todo desde que el AVE chino, mi comodísimo y más tarde añorado AVE chino, me había traído un par de días antes a Xian. Aquel tren, el AVE chino, me había costado 85 € al cambio. El que estaba a punto de padecer y sobrevivir, solo 18 €.

Me había acostumbrado a sentirme observado. Pero la costumbre no erosiona las sensaciones: me seguía incomodando que me miraran constantemente, que me hicieran fotos. Y además, era incapaz de escrutar por qué me sonreían. Les debía resultar inaudito en la medida en que ellos me resultaban a mí enigmáticos. O simplemente me estaban simpatizando, sabedores de la experiencia de tren en China que me esperaba.

Concedo que no debe resultarles habitual ver a un extranjero caminar más de media hora cargando una enorme mochila. No sabían que era una manera más de hacer bandera de los tópicos identitarios (los propios, me refiero). Si ya había decidido comprarme un billete de tren de doce horas en la más asequible de las clases del más asequible de los trenes, no me iba a gastar una fortuna en tomar un taxi desde el hostal hasta la estación.

Los asientos duros

Antes de partir, haciendo tiempo en el hostal, esquivando el calor infernal cerveza fría en mano, se me ocurrió googlear experiencias de temerarios que habían decidido hacer lo mismo que yo iba a hacer.

—Evitad a toda costa los hard seat en trayectos de más de seis horas.

Era la perorata repetida de viajeros mucho más avezados que yo. Qué más daba, ya no había marcha atrás, el error estaba cometido. Mi billete en hard seat estaba comprado desde hacía muchos días. Y si la experiencia de tren en China se prometía comprometedora, el recuerdo se aseguraba inolvidable.

Los trenes que en China empiezan por Z —no debe ser azarosa la elección de la última de las letras del abecedario— son aquellos que cubren largas distancias, normalmente por la noche. Se caracterizan porque son lentos (no superan los 160 km/h) y paran solo en grandes ciudades. En China, gran ciudad es casi cualquier ciudad.

Como en el resto de convoyes, los Z tienen distintas clases, entre las que destaca por divertida, incómoda y económica la hard seat. La literalidad de la traducción no podría ser más perfecta: asiento duro. Los hard seat se los pueden permitir los ciudadanos medios del país, los que aspiran a llegar a su destino sin más comodidades que un metro cuadrado en el que acomodarse. El resto de clases están destinadas a los locales pudientes y los extranjeros prudentes, no a los que buscan una experiencia de tren en China al límite.

Advertencias desatendidas

Unos pocos más de mil kilómetros separan Xian, la ciudad de los guerreros de Terracota, de Pekín. China es un país tan grande, tan inabarcablemente transitable, que necesita de una de las redes ferroviarias más extensas del mundo. El tren es el transporte más barato, y el que te asegura llegar a cualquier pueblo del país desde cualquier ciudad de la otra punta de la enorme geografía china. Los trenes de alta velocidad, en China, tiene sentido de ser.

El universo trataba de contarme algo. A modo de advertencia, elementos disuasorios se cruzaban en mi camino hacia la estación antes de vivir mi memorable experiencia de tren en China. En una señal viaria un hombre corría despavorido hacia no se sabe dónde: ‘emergency exit’ rezaba el cartel en inglés, que traducía los incomprensibles caracteres del mandarín. Ya en la estación de trenes de Xian, no me sorprendí cuando era el único con rasgos decididamente no chinos. Estaba en mi salsa: el viaje, al final, consiste en estar allí donde uno se siente extranjero.

La llegada a la estación de Xian

Las estaciones de tren de China son submundos complejísimos. Tienen lógicas de funcionamiento que le son ajenas al mundo exterior. Es difícil entender dónde se compran los billetes, descifrar qué camino se toma para llegar a las vías. Normalmente siempre hay una de las filas de venta de tickets que se destina a los turistas. Normalmente esos turistas ya han reservado sus billetes por internet, en CTrip, con lo que sólo tienen que reclamarlos y retirarlos. Sin embargo, normalmente esa fila está llena de ojos rasgados, que le hablan en mandarían a la operaria. Cargan enormes maletas o cuatro niños.

Al extranjero se le cuelan. Y él, haciendo acopio de empatía cultural, deja pasar la jugada dos veces. Tres, si es paciente. Cuatro si es un santo. A la quinta empieza —empiezo— a blasfemar en castellano. Y el interpelado contesta en mandarían. Y el malentendido tiene complicado arreglo. La entente es imposible, desisto en reclamar mi sitio. Sigo esperando. Así empieza mi experiencia de tren en China.

Los inicios de la travesía

Parte el tren en hora. No recuerdo haber estado tanto tiempo sentado en un espacio más incómodo. El respaldo del hard seat hace la función opuesta a la que debiera: le empuja al pasajero hacia adelante. Así, con la espalda encorvada, uno trata de convencerse de que en realidad la incomodidad es soportable, que el trayecto va a ser llevadero.

En los pasillos la gente se queda de pie, busca un huequito en el que poder levantar las manos para pegarse a su pantalla. Hay billetes de tren para ir de Xian a Pekín de pie catorce horas. Hay gente que compra esos billetes. Visto así, mi experiencia de tren en China podría haber sido incluso peor (¿o mejor?).

El pasajero más observado: yo

Pasar desapercibido, en ese contexto, no es una opción. Mi presencia resulta incomprensible. Los turistas viajan en avión. En una clase mejor, en su defecto. Me mira una adolescente en pleno pavo, que se sienta enfrente. A su lado, me mira un hombre de cincuenta, de cara áspera, de sorprender sencillo. A mi derecha, me mira de reojo una veinteañera altísima, de piernas larguísimas, que hace ademanes imposibles para colocarse. Me mira su amiga que se sienta una fila por detrás, con la que se manda mensajes por la aplicación de mensajería. Me mira el padre que lleva al hijo al baño, que está justo detrás de mí. Todos los que van al baño me miran.

A mí experiencia de tren en China solo le hubiera faltado un pañal. Sin embargo, he salido del hostal con todas mis necesidades hechas. No he comido desde hace varias horas, no sea que la comida haga estragos cuando no debe. Llevo dos botellas de agua, de las que preveo beber lo mínimo imprescindible para no deshidratarme. No tengo previsto levantarme del asiento, no sea que me lo quiten. Ni siquiera sé cómo voy a dormir. No sé si voy a dormir.

Disonancias que desconciertan

Al rato de salir de Xian, ya noche cerrada por la ventana, siento que necesito ir al baño. Ese del que van y vienen todos los que me miran. Los asientos son incómodos, pero podrían ser peores. La adolescente habla por WeChat, el WhatsApp chino. Creo que les cuenta a sus amigas que tiene delante un chico de algún lugar lejano. Disimula muy mal para hacerme una foto. Hago como que no me entero. Y mira la pantalla y hace un signo de OK. No sé qué significa. Sonríe y se ruboriza. Creo que no voy a poder dormir. El asiento es muy incómodo. La chica de al lado es muy alta. Se sienta en diagonal dándome la espalda, trata de no molestar.

De repente la algarabía se adueña del sonido ambiente. Dos o tres mujeres empiezan a cantar una suerte de coplas chinas mal entonadas. Miro entre los asientos para tratar de ponerles forma. Son tres y tienen unos cincuenta años, aspecto chato y la cara enrojecida. No puedo asegurar que estén borrachas, puedo constatar que están felices. Me sorprende ser el único sorprendido. Yo las miro a ellas, el resto del pasaje me mira a mí. Mi experiencia de tren en China ya tiene banda sonora. Me pregunto qué pasaría si me aventuro a hacer del pasillo un karaoke. ¿El concepto viral habrá llegado a China?

Cómo sobrevivir en los hard seat chinos

Es curioso cómo se establece un tácito acuerdo de no agresión entre los pasajeros que tienen asignados un asiento duro. Cada milímetro cuenta e invadir espacios vitales extraños es involuntariamente necesario. En cualquier caso, los hard seaters de mi fila tratamos de no molestarnos. Todos hemos encontrado una posición que no molesta a los demás y que se ajusta a nuestras preferencias. La vida en el Z56 no da muchas treguas.

Hay que encontrar una posición y hacerse fuerte en ella. Convencerse que es la más adecuada para pasar doce horas y dejar notar a los vecinos que tendrán que reajustarse para no chocar. La adolescente de delante y la chica alta de la derecha son intachables. Sin embargo, el hombre que tengo en diagonal, el cincuentón que parece no haber visto un no-chino nunca antes en su vida, me acaba de pisar. Es culpa suya por no respetar el acuerdo que no habíamos firmado.

En estas, las mujeres cantoras vuelven a arrancarse. Ahora con más brío, como si hubieran repostado en el vagón cafetería. Las coplas suenan en el móvil de una de ellas, y tratan de cantarlas por encima. Aplauden —se aplauden— y ríen. Los compañeros de vagón dejan un segundo de mirarme disimuladamente y, sin disimulo, las miran a ellas. La gente necesita poner cara a la gresca. Ahora, una nueva mujer, parece que del mismo grupo, se levanta de golpe y vitorea algo con acierto: mucha gente aplaude y desata las más sinceras carcajadas. Dudo qué hacer, si reír o llorar, si mimetizarme a golpe de carcajada, si hacer como que no me entero de nada. Finalmente, decido seguir sentado, observar, dejarme sorprender, acertarle a la situación las palabras.

Compañeros de viaje

Me acompaño de un libro y de mi móvil. Con el uno me distraigo de lo que pasa, con el otro lo voy apuntando. Se suceden los minutos, pasan algunas horas. Entra más gente de la que sale. Trato de adivinar por la ventana el número de personas que vivirán en la siguiente ciudad. Y una vez llegamos, sé que me he equivocado: la ciudad es diez veces mi Barcelona natal. Abro en el móvil el Google Maps y me confirmo que nunca había escuchado hablar de esa ciudad. La apunto en una nota y más tarde, ya con internet, confirmaré que en efecto, que tiene tantos habitantes como diez Barcelonas.

Mi vecina la alta se hace la dormida. Tiene los brazos cruzados sobre sus rodillas, procurando que la luz no le moleste. A los diez minutos se mueve un poco, se inclina hacia la derecha, hace un gesto de desaprobación. Aquí no hay quien duerma. La adolescente de enfrente saca de su mochila un cargador portátil. Las baterías de los móviles chinos tampoco aguantan tantas horas de mensajería ininterrumpida. El cincuentón debe haberse aprendido cada milímetro de mi cara. Le he contado cinco minutos sin mirarme. ¿Se habrá dado cuenta que llevo cinco minutos mirándolo?

Al borde del hastío vital

A las 05.46 h de la madrugada he intentado tres veces dormirme —sin éxito—, he dado dos tragos a mi botella de agua, he avanzado hasta la página 346 del libro —la 287 marcaba la partida de Xian— y estoy a mitad de camino. Justo a mitad de camino. Solo a mitad de camino. Todavía a mitad de camino. El mapa de la aplicación del móvil no engaña, mi posición GPS se actualiza sin necesidad de datos ni internet. Me desespero. Quiero levantarme pero no debo. Sigo sentado, sigo leyendo, sigo observando.

¿De dónde habrán salido esos dos? Tienen poco más de veinte años, menos de veinticinco. Ella es menuda, cara afilada, semblante despistado. Luce dos ensaimadas en el pelo a los lados, como si fuera la Princesa Leia. Él es alto, de pose decidida y actitud complaciente. Cruza una riñonera en su pecho y gasta unas gafas muy de Harry Potter. Modelos de Hollywood para entender la China profunda. Es más fácil explicar lo desconocido oponiéndolo, o cotejándolo, con lo conocido. Acaban de entrar en el tren en la enésima parada, en la enésima ciudad grande de China. Los dos lucen con orgullo sendas camisetas del Arsenal. Se sientan del otro lado del pasillo. Son del tipo de tortolitos que jurarías que nunca se pelean. Los imagino animando a Özil y me parece que sí, que el Arsenal les pega bastante.

Se hace de día en China

Viajamos hacia Oriente, buscando el sol. Lo encontramos poco después de las seis. La luz despeja las sombras para que todo se vea un poco más claro. El puntito azul de la posición GPS se mueve en dirección correcta. El vagón sigue inalterable. El silencio es un bien despreciado. Los ojos de todos los que pasan se siguen posando en mí.

Después de diez horas sigo siendo el único de rasgos no orientales que ha pisado el cuarto de los vagones del Z56 esta noche. Mis tres vecinos, compañeros ya fraternales, siguen a mi lado. Nos hemos prometido acompañarnos hasta Pekín y acabar juntos esta odisea. ¿Cuántas odiseas de este tipo llevarán vividas? ¿En qué número de odisea deja esta de merecer tan insigne sustantivo?

Aparatos de cocina inverosímiles

En estas, entra un nuevo vendedor. La noche ha estado llena de voceros constantes, de emprendedores de bajos fondos. Hasta ahora intentaban vender bebidas varias, comida de aspecto poco apetecible; alguno parecía que llevaba a cuestas los encantes de Barcelona. Un hombre de unos cincuenta, camisa azul de manga corta, recitar decidido, trae el artículo definitivo: el sacapuntas de pepinos. Al principio me cuesta entender qué es. Pero el hombre, sabedor de la impericia de gente como yo, decide gastar uno de los pepinos que lleva en una bolsa en una suerte de demostración práctica.

Por un momento me siento en el metro de Ciudad de México, y recuerdo cómo el ingenio retórico de los vendedores ambulantes contrastaba con la inutilidad —aparente— de lo que vendían. Y es que uno no se da cuenta de lo necesario que le es algo hasta que no conoce de su existencia. Eso debieron pensar las seis personas que le compraron un sacapuntas de pepino al hombre. No les culpo, yo casi estuve a punto después de su demostración.

Y sigue. Vuelve a sacar otro pepino, lo corta por la mitad y empieza a mostrar la calidad del corte. El utensilio es ajustable, apto para todos los gustos: pepino ancho, pepino fino. El clímax de su actuación llega cuando se come un trozo de su pepino y se pone el resto en la cara. Y empieza a repartir tiras de pepino. La gente las coge, verifica la calidad del corte, y se lo comen. Y compran el aparato.

Pekín a lo lejos, se acaba mi experiencia de tren en China

La bruma de Pekín espesa las ideas. Aterrizaba, cinco días atrás, tratando de adivinar si el avión cruzaba por una nube o por un sucedáneo formado por partículas de contaminación. La frontera entre lo terrenal y lo celestial es gris. Aterrizaba sin saber qué esperar. Desde ahí arriba Pekín era inmensa, se la veía en su plenitud. Desde mucho más cerca, un rato después, Pekín me iba a parecer agotadora, una ciudad que no da tregua. El sobretodo nebuloso pekinés lo veía ahora también desde la tierra, a lo lejos, por la ventana. El horizonte empezaba a marcar el punto y final del trayecto, un punto y seguido del viaje.

Llego a la estación de Pekín en pleno momento de ajetreo matutino —¿habrá aquí momentos de no ajetreo?—, a las 09.00 h. Es martes, día laborable. El Z56 se para. Mis tres vecinos se bajan.

—Ha sido un placer sobrevivir a vuestro lado.

Me miran por última vez. La adolescente suelta una risita, como si me hubiera entendido. Me levanto y verifico que mis piernas siguen operativas. Cojo mi mochila de mochilero para seguir no pasando desapercibido. Me bajo del tren y lo miro con nostalgia. Le hago una foto.

Subo las escaleras mecánicas hasta la primera planta. Y de nuevo, otras escaleras mecánicas, para buscar la salida a la calle. Por error me meto en la zona de compra de billetes. En la fila de los extranjeros un treintañero negro de fácil cien kilos carga seis maletas y le escucho pedir en un inglés muy british un billete en hard seat para no sé qué ciudad. Qué envidia, qué aventura.

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