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El atardecer de Pushkar en el planeta de los simios | Día 8

Hace ya una semana que llegamos a la India y todo parece empezar a fluir de otra manera. Todo lo que el primer día era raro ahora lo es menos. Ya no miramos a las vacas con extrañeza ni nos sorprendemos de la ausencia de orden y limpieza en las calles. Las maneras de la India, las particulares maneras de la India, descolocan al inicio. A la semana uno ya se sabe los trucos de supervivencia básica y no se estresa con tanta facilidad. En esas estamos, disfrutando del atardecer de Pushkar. Es cierto que este nuevo destino de la ruta, con su interés relativo, con su ritmo más pausado, con su ausencia de tráfico, han supuesto un respiro con respecto a Delhi y Jaipur. Pero sentimos que estamos aburridos del respiro y queremos un poco de movimiento, desorden y desconcierto.

Noche no apta para el descanso

Un poco más, queremos decir. Porque el desconcierto es constante, incluso durmiendo. La noche tuvo como banda sonora una especie de mantra hindú que llenaba todo el pueblo. A su lado, la música chumba chumba le competía al mantra en decibelios, creando una atmósfera sonora de sábado noche de lo más particular. En algún lugar no muy lejano al hostal los hippies debían haber montado un aquelarre de sandalias, ropa ancha, rastas interminables y muchas drogas.

Sábado noche y Pushkar es una mezcla no apta para los que buscan descanso. Ya despiertos, hemos vuelto a pasear de arriba abajo, de derecha a izquierda, por el frente y por sus recovecos traseros la calle principal de Pushkar. La que cruza el pueblo, rodea el lago, se llena de gente, convive con vacas, escucha doscientos idiomas distintos y vende de todo.

El templo Savitri Mata y los monos que lo habitan

Esa misma calle lleva, todo recto, hasta el templo Savitri Mata, que se acredita como el mirador oficial de la ciudad. Hasta arriba, donde se encuentra el templo, hay que subir andando o, mejor, en un funicular. Un funicular no apto para aquellos que no les guste el aparato, porque se para un par de veces en la subida amagando con no volver a avanzar. Avanzó, al final, y llegamos a lo alto, donde se encuentra el templo. El recinto es minúsculo y no tiene ningún interés religioso siquiera para los hindúes, que solo suben por las vistas.

En el templo y los escasos alrededores se extiende el territorio del planeta de los simios indio. Hay al menos un centenar de ellos, grandes, pequeños, bebés. Una enorme comunidad que se encarga de recoger las sobras que dejan los visitantes, de divertirse asustando a los turistas y de evitar al perro que parece que tienen ahí para proteger el templo. En el hostal es igual: tienen un perro para asustar a un par de monos que tratan de colarse en la cocina a robarse algo para desayunar. Es graciosos observar el comportamiento de los monos indios, tan parecidos a los humanos, tan observadores de lo que sucede, tan pendientes de todo.

El bonito atardecer de Pushkar desde el lago

La comunidad primate también aparecería después en la cena, en el restaurante en el que pedimos los típicos macarrones indios a la boloñesa. Para acompañarlos, una cerveza clandestina, que te traen envuelta en una servilleta para que no se vea lo que es. Han sido nuestras primeras cervezas en la India. Y nos han sabido tan bien. Como alimentarse del fruto prohibido. El alcohol no está prohibido en la India, las leyes —poco permisivas con su consumo en general— varían según el estado. Del mismo modo, son pocos los locales con licencia para servir alcohol. Sin embargo, muchos tienen una carta B, que solo se muestra si se reclama, en la que la lista de bebidas espirituosas disponibles es larguísima.

Y tras la cena hemos conseguido reconciliarnos con Pushkar gracias a su hermoso atardecer a la orilla del lago. Los hippies se alinean haciendo malabares, los turistas y los que no lo son se sientan en las escaleras del Sunset Point, el sol empieza a posar su brillo fugaz en el lago y se esconde a lo lejos, justo detrás de los edificios que quedan al otro lado, al son de la percusión de un grupo de locales. Cuando el sol ya se ha escondido, empieza a sonar en la otra punta del lago el mismo mantra que anoche, que retumba con fuerza. Seguramente los monos observan también el atardecer desde lo alto de su templo, poseídos por el ritmo ragatanga.

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