Pasar de puntillas, sin que nadie la advierta, sin que nadie la escuche, sin que a nadie le moleste. No, la India no cuenta con la discreción entre sus cualidades. Es constantemente ruidosa, a ratos escandalosa. Hasta el punto del agobio, del sofoco, de la asfixia. Tan incesante, constante, aparatosa, estridente. Desde las cinco de la mañana hasta las cinco de la mañana siguiente. Veinticuatro horas sin respiro. Ruido. Perros que no duermen ni dejan dormir, actividad frenética cuando el sol ni amenaza con despuntar, bocinazos de motos, y de coches, y de tuk tuks, y de autobuses. Más ruido. Tan molestos esos bocinazos de los autobuses, prolongados, con una musicalidad tan hortera. No hay día que no odies la India por su intensidad desmedida. Padecer a la India por no entenderla, porque es imposible entenderla si la aterrizas por primera vez. Pero a la India, tan indiscreta, la odias cada día y la admiras cada día. De lo contrario, saldrías corriendo de ella.
La India indiscreta matutina de Jodhpur, y la nocturna de Jaisalmer
Debe haber muchas más Indias que las que hemos visto hasta ahora. Y seguro que alguna será más pacífica, serena y prudente. La India es indiscreta en todas las versiones que le hemos conocido hasta ahora, sin excepción. Cada una a su manera: con la música, con las llamadas a la oración, con los animales, con las personas, con los vehículos, con los mantras, con la fiesta.
Hoy hemos despertado a las 04.30 h de la mañana en Jodhpur. El bus de Jodhpur a Jaisalmer salía pronto. Los perros encolerizados de ayer seguían en las mismas, ladrándole a todo. Ya por la noche, en nuestro nuevo destino, todo el pueblo —Jaisalmer es como un pueblo: los niños con las bicis, todos se conocen, todos se saludan— ha decidido ayudar a alguien que se estaba mudando en la callejuela de detrás del hotel. A las diez de la noche. Todo el pueblo ahí, gritando, subiendo muebles, haciendo ruido. Haciendo mucho ruido.
El bus de Jodhpur a Jaisalmer
El día prometía cuando el tuk tuk que nos ha llevado a la estación de buses de Jodhpur nos ha dejado en la dirección equivocada y nos ha cobrado 150 rupias. Un sablazo en toda regla para acabar caminando diez minutos hasta el lugar correcto. “Bus a Jaisalmer”, hemos ido preguntando a la gente que nos cruzábamos. Y te señalaban como hacia el horizonte. En el horizonte estaba ese bus que se caía a pedazos. “¿Jaisalmer?”, preguntas sin saber si quieres que te diga que sí o que no. “¡Jaisalmer!”, te contesta. El autobús, en teoría, tenía que conectar directamente Jodhpur con Jaisalmer en cinco horas.
Pero las teorías horarias en la India no funcionan. Estos buses, aunque no debieran, hacen paradas constantes en el recorrido para recoger gente con el propósito de hacer el máximo de dinero posible. Al principio éramos cuatro, al final hemos acabado siendo cien, con el pasillo lleno de gente parada, con sus bolsas, mochilas, maletas, botellas y niños. Los cargan de cuatro en cuatro, a los niños.
Un trayecto imposible para admirar Jaisalmer
Dormimos un rato hasta que el vecino de enfrente decide que va a hacer de su asiento una cama y se reclina hasta que el asiento hace un ‘crac’ como de que se va a partir. Hasta ahí. Y uno, que es patilargo, no sabe cómo ponerse. El vecino de detrás regurgita con el ánimo de escupir cada dos minutos. ¿Traemos paraguas? A las dos horas empieza el show. El bus completa su aforo hasta en la cabina del conductor. Hay más gente de pie que sentada. El espacio vital se reduce, deja de existir, te lo guardas para otro día.
Sin pedirte permiso invaden parte de tu asiento con su enorme panza. O se sientan en el reposabrazos. No sabes si mirarles mal, pedirles que se aparten un poco o encomendarte —una vez más— al dios hindú de los viajeros. Optas por esta última opción. Tus plegarias son escuchadas mucho rato más tarde. La gente se baja antes de llegar a Jaisalmer. Olor desmedido a humanidad, a orín, a comida, a especias. Llegas a Jaisalmer, con su aspecto arenoso, con el fuerte en lo alto, con sus calles de pueblo, con las sonrisas que te regalan, y vuelves a acordarte de que te encanta la India.