El Templo Dorado de Amritsar nos dejó ayer tan impresionados que el plan de hoy pasaba solo por él. Hemos vuelto para dedicarle más tiempo, para encontrarle más motivos para admirarlo. Hoy no nos hemos fijado tanto en el edificio. Le buscábamos el contexto. Por ser sábado el templo estaba abarrotado de fieles sijs. Pero también de curiosos, turistas indios, turistas extranjeros y familias de paseo. A pleno sol, el Templo Dorado de Amritsar parece un reflejo mismo del astro, como si se miraran el uno al otro en el espejo. La imagen no la dejaba escapar nadie. Todo el mundo lo fotografía todo, por mucho que haya doscientos carteles diciendo que está prohibido tomar fotos.
El comedor comunitario del templo
Ni siquiera los guardianes del templo, unos hombres muy solemnemente trajeados, con una espada intimidatoria en uno de sus lados, le dicen nada a los fotógrafos ni a los fotografiados. Qué van a hacer, cómo impedir que la gente quiera tener la imagen no solo en el codificado rincón de los recuerdos.
El complejo del Templo Dorado de Amritsar tiene una parte que es un comedor enorme, en el que cada día dan de desayunar, comer y cenar a decenas de miles de personas de manera gratuita. Impresiona ver cómo voluntarios sijs cocinan, limpian, lavan, ordenan, saludan, indican, sonríen. Todo el mundo es bienvenido también en el comedor. Da igual la nacionalidad, la religión, la raza o la condición.
Nuestros conductores en Amritsar
Para llegar al templo hemos batallado con varios conductores de tuk tuk. Aquí, en Amritsar, regatear a un tuk tuk es deporte de riesgo. Tan pronto te atropellan como te desgastan por su intransigencia. En estas, se nos ha acercado un coche. El hombre al volante ha bajado la ventanilla y ha empezado a preguntarnos de dónde éramos y cómo nos llamábamos. De entrada, le hemos contestado por ser correctos, con el ánimo de quitárnoslo rápido de encima para seguir buscando tuk tuk.
“¿Vais al templo? Os llevamos, subid”, nos ha dicho entonces. En el asiento del copiloto iba una mujer con una niña, que han resultado ser la hermana y la sobrina del conductor. Y detrás, la madre de los dos, y abuela de la niña. Visto el panorama hemos aceptado la oferta. Nos hemos entendido regular. Él no hablaba inglés y su hermana le hacía de traductora. “¿Cuál es vuestra religión?”, han preguntado con curiosidad. Lo único que querían era coincidir con un par de viajeros. Ha sido una bonita anécdota de media hora. Al final, nos han dejado un poco lejos del templo, pero da lo mismo.
La otra cara de la moneda la hemos vivido al salir del templo y tratar de buscar transporte para volver al hostal. Nos hemos pasado más de una hora tratando de no ser engañados. Al final, un hombre ha dicho que sí, sin entendernos, a nuestra propuesta de pagar 60 rupias. Es desesperante tratar de negociar con los tuk tuks en Amritsar. Son pocos los que hablan inglés y menos los que son honestos con los turistas. Cuando ha llegado al destino, después de preguntar varias veces e inventarse rutas alternativas mucho más largas, nos ha dicho que eran 100 rupias. Sabíamos que eso iba a pasar y no nos queríamos pelear. Total, no vale la pena discutir por lo que son unos cincuenta céntimos de euro al cambio.