Buscar

El bus con vistas de Katmandú a Chitwan | Día 5

Esta mañana hemos dejado Katmandú por unos días, para descubrir qué da de sí Nepal lejos de su capital. Volveremos porque nos hemos dejado muchas cosas por ver y porque desde su aeropuerto partiremos hacia un nuevo destino. Pero para eso todavía quedan días. Por lo tanto, no adelantemos acontecimientos y centrémonos en el ahora. Nuestro ahora es estar instalados dos días en Sauraha, una ciudad pequeña del sur del país, muy cercana a la frontera con la India, que sirve de campo base para explorar el Parque Nacional de Chitwan. Para ello toca volver a la carretera y tomar un nuevo bus, esta vez de Katmandú a Chitwan.

Todos los verdes de Nepal

Hasta aquí hemos llegado desde Katmandú en un bus que ha transitado una carretera en pésimas condiciones: estrecha, peligrosa, llena de saltos y rugosidades. Era, al mismo tiempo, una carretera para no dormir. No porque los baches no nos dejaran, que también, sino por sus imponentes vistas. Rodeando valles, avanzando por las laderas de montañas que forman una enorme cordillera de sierras de media altura cubiertas de vegetación. Una vegetación de decenas de tonalidades de verde, desde el amarronado al más vivo y saturado, que parece pasado por un filtro que no te terminas de creer.

Nos movemos a uno de los lados del río que sigue el curso de la carretera. Llueve y el agua se mezcla con la tierra para pintarle al río un tono marrón. Árboles y casas se concatenan, cediéndose el protagonismo. A veces se forman pueblos; pero, casi siempre, las casas se sitúan en medio de la nada, aisladas entre sí, presumiendo de rodearse solo de un verde infinito. Cada tanto aparece algún puente que cruza el río. Los de los vehículos parecen inseguros para peatones y los de peatones, que se mecen a cada golpe de viento, son solo aptos para valientes y equilibristas.

El trayecto de Katmandú a Chitwan, una ruta turística

El bus está lleno de turistas que, como nosotros, han tenido que madrugar con la esperanza de que se cumpliera el horario previsto. Pero ni hemos salido a las 06.30 h ni hemos llegado cinco horas después, a las 11.30 h. En Nepal los horarios del transporte son siempre aproximados, solamente estimativos, para que uno calcule varias horas de margen por delante y por detrás en las que no planear nada más.

En el bus van algunos nepalíes y dos niños, que siempre saben multiplicar el suplicio de los trayectos. Uno de ellos no deja de llamar a sus padres, parece que ha aprendido sus primeras palabras: “Babu, mamu”. El otro, un poco mayor, se sabe dos palabras en inglés: “Traffic jam” (embotellamiento). Es como si el país estuviera cruzado por cuatro carreteras, por las que hay que pasar inevitablemente para llegar a cualquier sitio. Esto provoca enormes caravanas de muchas horas en el más remoto de los puntos del país. No extrañar que los niños sepan traducir la expresión inglesa de embotellamiento.

Llegada a Sauraha, el pueblo de Chitwan

Nuestro trayecto de Katmandú a Chitwan acaba cuando llegamos a Sauraha, donde nos espera un hombre con nuestros nombres perfectamente escritos en un cartelito. Solo le ha faltado poner Cultura Nómada debajo. “Esos somos nosotros”, le confirmamos. Nos sube las mochilas en la parte delantera del jeep y nos invita a que nosotros mismos nos aupemos a los asientos traseros. Es una pick up como el de las películas de Indiana Jones. Nos falta el sombrero para sentirnos intrépidos exploradores.

Llegamos al hotel, un edificio coqueto y cuidado en medio de la nada. Sauraha es un pueblito de cuatro casas desperdigadas y medio centenar de alojamientos hoteleros. Sauraha vive por y para Chitwan. Los niños ya no se sorprenden de los viajeros y prefieren que no les importunemos con saludos protocolarios. Hemos arreglado el plan de mañana con la gente del hotel —sería feo no haberlo hecho, porque ya dejan la habitación muy barata con esa intención— y hemos paseado por la calle principal del pueblo.

Uno se sorprende de cómo el turismo puede cambiarle la cara a los lugares. Este pueblito a medio asfaltar es el mismo pueblito a medio asfaltar que hay en todos los rincones de Nepal. Sin embargo, en su calle principal se pueden encontrar media decena de cajeros automáticos, varias agencias que organizan excursiones por el parque y muchísimos restaurantes que desearías tener en Barcelona: buenos, bonitos y baratos. Sitios con mucha onda para que el turista se sienta un poco en casa estando muy lejos de casa. Nuestra habitación viene provista de mosquitera. Por la ventana se escuchan todos los animales. Parece que forman una orquesta bien afinada, que no se pisa, que sabe acompasarse. El entorno es ciertamente idílico. Veremos si conseguimos que el idilio perdure durante la noche.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.