Hoy podríamos haber estado en África, quizás en Tanzania o en Kenya. Pero en cambio seguíamos en Nepal. Hoy hemos confirmado que los safaris no son exclusiva del continente africano. La tierra de los Himalayas, la de las montañas más altas del planeta, también cuenta con una de las junglas más espectaculares de todo el continente asiático. Es una cara que se le desconoce a Nepal, tan acostumbrada a pavonearse de ser la meca del alpinismo. El Parque Nacional de Chitwan es una impresionante muestra de las maravillas que encierra el mundo que desconocemos, el que solo sabemos que existe por los documentales.
Visitando en jeep el Parque Nacional de Chitwan
En su enorme extensión de casi mil kilómetros cuadrados, el Parque Nacional de Chitwan recoge un enorme abanico de especies animales y una flora no menos increíble. Hay muchas formas de conocerlo: a pie, en canoa, en elefante, en caminatas de varios días y en jeep. Esta última, la más concurrida, habitual y turística de las opciones, es perfecta para los que —como nosotros— lamentablemente solo tenemos el tiempo y el dinero justo para descubrir una ínfima parte de lo que es Chitwan. En cualquier caso, conocerle esa pequeñísima muestra, recorrer sus caminos, ha sido una experiencia para recordar.
Cabe decir que partíamos desde el recelo, desde una desconfianza justificable. Primero, porque ayer había llovido y el clima nepalí no parece acompañarnos desde que llegamos al país. Segundo, porque temíamos que el recorrido tuviera mucho de feria para turistas y muy poco de autenticidad. Y tercero, pensábamos, como habíamos leído, que no tendríamos la fortuna de ver ningún animal.
Hari, el mejor guía para recorrer Chitwan
Los recelos matutinos se confirmaban: llovía y el cielo no auguraba que dejara de hacerlo. Hasta las 13.00 h no empezábamos el safari y el margen para esperanzarse era escaso. En cualquier caso, hemos tratado de ponerle actitud al asunto. Habrá sido eso lo que ha espantado a las nubes, que justo antes de que empezáramos la aventura han desaparecido. No todo iba a salirnos de cara, por desgracia.
Cada guía, con su respectivo jeep y su respectivo conductor, acompaña a un grupo de diez personas. Nuestro guía se llamaba Hari y era impecable: un veinteañero nepalí que parecía que se había sacado la credencial hace una semana. Entusiasta, risueño y bromista, sabía darnos el contexto justo para explicarnos dónde estábamos y qué veíamos para luego, consciente de la magia del silencio, permanecer en un segundo plano para que le escucháramos a la jungla sus sonidos.
Sin embargo, nuestros compañeros de jeep parecían empeñados en arruinarnos la experiencia. No lo han hecho, porque la experiencia se ha sobrepuesto a su incordio insistente. Nos hemos sentado en la tercera de las tres filas que había en el jeep descapotable. A nuestro lado teníamos el guía, que con su impoluto inglés de academia de guías de Chitwan y su tono apacible parecía que nos quisiera formar especialmente a nosotros. “Cocodrilo”, ha acertado a decirnos en castellano.
Avistamiento de rinocerontes
En la fila de delante iba una rubia de cincuenta y largos europea —¿alemana?— a la que la vida laboral le ha tratado muy bien, pero que en algún punto de su recorrido por el mundo perdió la capacidad por respetar. Llevaba al lado a un nepalí con el que parecía haberse citado en el parque para cerrar un negocio. Hablaban de números y recursos humanos. “Señora, ¿se puede callar?”, le ha dicho en el más amistoso de los tonos el guía.
A lo lejos estábamos viendo el primero de los rinocerontes con el que nos hemos cruzado y no parecía momento para hablar del nuevo fichaje del equipo de ventas. A lo largo del recorrido hemos visto varios rinocerontes más. Uno de ellos, muy cerca de donde estábamos, se ha alimentado para luego darse un baño ante la concurrida audiencia. “Es la piscina de los rinocerontes”, bromeaba nuestro guía. Un poco más atrás se veía caminar pesadamente a tres rinocerontes. “Son una familia: el padre, la madre y el hijo”, nos contaba Hari.
Los compañeros de viaje chinos que no aprecian lo extraordinario
En la segunda fila iban tres chinos que no sabían qué hacían ahí. Su capacidad para sorprenderse debe haber llegado al límite, porque nada les sobresaltaba. Al lado izquierdo uno de ellos se ha pasado las cuatro horas de safari con la cabeza apoyada en el asiento de delante. Al lado derecho, una chica dedicaba todos sus esfuerzos en colocarse correctamente la camisa que usaba de protector solar. A su lado, el tercero de ellos se ha echado una larguísima siesta de dos horas en la primera parte del recorrido. Sus cabezazos eran constantes.
La segunda parte se la ha pasado de charla con la de la camisa. En esta segunda mitad del recorrido hemos avistado un par de rinocerontes más, varios ciervos, pájaros de todo tipo y un oso. Pero sobre todo, hemos podido disfrutar de las salpicadas explicaciones de Hari y de la increíble vegetación de Chitwan. La conversación en mandarín era una molestia que Hari, otro chico y nosotros mismos hemos acabado cortando en un momento en que el guía trataba —sin éxito— de tomar la palabra.
La vegetación del Parque Nacional de Chitwan
Chitwan nos enseñaba entonces cómo los árboles hacen contorsiones imposibles con sus raíces y forman aquí y allá lianas, cómo a lo lejos se vislumbran dos cadenas montañosas, cómo las plantas presentan hojas de todas las formas: secas, caducas, rojizas y sobre todo verdes. Chitwan es el escaparate perfecto para descubrir todos los matices posibles del verde, desde el más intenso hasta el más claro pasando por una gama infinita por medio.
Nos hemos despedido de Chitwan después de cuatro horas en que la naturaleza nos ha recordado lo bella que es en su estado más salvaje y natural, y lo mucho que vale la pena luchar por mantenerla así. Por eso, te cuentan el número de botellas de plástico con las que entras en el parque y siguen a rajatabla una política de prevención antiplástico. El safari en el Parque Nacional de Chitwan, pese a la rubia y los chinos, ha sido uno de los mejores momentos de lo que llevamos de viaje.