Buscar

La comida callejera de George Town | Día 5

Dirán los que leen nuestras muchas venturas y no menos desventuras que sabemos manejarnos en esto del viajar. Es verdad que nos familiarizamos rápido con los sitios. Aprendemos siempre un par de palabras de cortesía del idioma local, para hacernos los simpáticos, nos grabamos a fuego la conversión de la nueva divisa, para saber cuál es la equivalencia a euros, y nos adaptamos a los modos y maneras del país, para no desentonar y con el ánimo de resultar respetuosos y empáticos. En esas andamos aquí, disfrutando de la comida callejera de George Town.

No nos cuesta modificar el registro: entre la India, Nepal y ahora Malasia solo han pasado quinces días de distancia. Y todos son tan distintos entre ellos que llevaría varias vidas tratar de comprenderlos por separado; como para comprenderlo así, de seguido, a todos. Pese a todo, no nos cuesta pillar tres inputs, tirar de inteligencia cognoscitiva y con eso, y un par de errores de bulto en los dos primeros días, esbozar una composición de(l) lugar bastante certera.

Pese a todo, expertos en turistear de manera deficiente

Y siendo todo eso tan cierto, nunca podríamos aspirar a los turistas —y menos a los viajeros— del año. Ni siquiera del mes, ni del día. No tanto por lo que contábamos antes, sino por nuestra invariable propensión a escoger mal cómo hacer las cosas. Si ayer nos dormíamos de más, pese a saber que debíamos tomar un bus de varias horas, hoy nos ha pasado una parecida. Hoy teníamos pensado caminar las calles principales de George Town, para reconocer sus edificios principales, observar las vidas de la ciudad y encontrar sus murales de arte callejeros más representativos. Una jornada tan cargada de turisteo implicaba salir pronto del hotel. No tanto para que la jornada cundiera, que también, sino para evitar las horas centrales del día, en las que el calor —suponíamos bien— iba a ser insoportable.

Sin alarma que nos alarmara, y con un horario del desayuno en el hostal The Frame Guesthouse tan flexible —de 08.00 h a 12.00 h—, nos hemos despertado tranquilamente a las 10.00 h. Hemos desayunado a las 10.30 h, hemos repetido tostadas y café cuando eran casi las 11.00 h y hemos vuelto a la habitación, con la intención de cambiarnos, siendo casi mediodía. “Uf, a esta hora tiene que hacer un calor en la calle”, nos hemos dicho. Y en la habitación, con el aire acondicionado, se está tan bien.

Así, engañándonos en ser productivos un rato montando la ruta, se han hecho las 13.00 h. “Es muy tarde, ¿no? Quizás deberíamos salir ya a turistear”, nos hemos convencido. Hemos cruzado el umbral del hostal y una avalancha de aire calentísimo, casi abrasador, se nos ha tirado encima. “Vayamos por la sombra, por ahí se está bien”, nos hemos mentido. A los cinco minutos estábamos sudando más que cuando uno de nosotros acaba de jugar su partidito de fútbol semanal de casi una hora. La humedad isleña hacía subir los 33 grados reales a los 39 de sensación térmica.

Las primera visitas en George Town

Pese a todo, hemos cumplido con parte del itinerario que nos habíamos propuesto. Teníamos que hacerlo, casi como penitencia. Íbamos cambiando de calle buscando la sombra y cuando encadenábamos varios comercios con aire acondicionado, nos parábamos a mirar: “Vaya, qué lavadoras tan bonitas tienen en Malasia. Anda, y mira las muñecas de esa otra tienda”. Entre sombras y aires no hemos podido ver una de las imágenes más reconocibles de George Town, la de la fachada azul de la Blue Mansion, una casona enorme de reminiscencia china y británica. Bueno, la hemos visto de lejos, porque no se podía entrar. Hoy, justo hoy, celebraban un evento especial que la tenía cerrada al público.

Luego hemos visto un par de murales magníficos en las paredes de otra parte del barrio y hemos llegado a una antigua estación de buses que ahora es el centro de la movida alternativa y hípster de la ciudad, con cafecitos veganos, un mercadillo de ropa de segunda mano, algunas piezas de arte, un par de grafitis y mucho modernillo dejándose ver. El Hin Bus Depot extracta de algún modo lo que es George Town, juntando lo vintage con lo actual, remodelando solo algunas partes de la ciudad porque queda cool que las fachadas enseñen los cimientos con recubrimientos a medio despintar. Todo muy bien, pero dame aire acondicionado. Hemos hecho caso a la Lonely Planet y hemos ido a un cafecito a la malasia con nombre chino, el Joo Hooi Cafe, donde nos han servido unos zumos muy fresquitos.

La mejor comida callejera, la de George Town

Ya de tarde-noche, tras otro paso por el hostal, nos hemos encaramado en un Grab —el Uber del país— para ir a Gurney Drive. En principio íbamos para conocer la zona de comida callejera de George Town, una de las más grandes del mundo, pero se nos ha cruzado por medio la celebración del Penang International Food Festival (PIFF), el Festival Internacional de Comida de Penang. Así que hemos hecho dos por uno. En el festival, situado a la entrada de un enorme centro comercial, había no menos de cincuenta puestos de comida un poco caretes pero de aspecto muy resultón. Nos hemos paseado, hemos caído en la tentación de probar unos pinchos de cheesy satay (pollo salseado con queso) y nos hemos encaminado a la zona más barriobajera de Gurney Drive, la del mercadillo de comida callejera tradicional.

Aquí todo era mucho menos lujoso: frituras, grasas, sartenes suprautilizadas, aceite que sirve para cocinarlo todo… Era nuestro lugar, ahí hemos acabado de saciarnos con una ración de fritanga mixto: pollo, cerdo, cangrejo, gambas y patatas fritas. Con un aderezo de salsa picante y un refresco con mucho hielo. Veremos cómo amanecemos mañana del estómago. Al menos, si amanecemos regular, tendremos una excusa para justificar que volvamos a ejercer de pésimos viajeros apagando la alarma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.