Buscar

Lujos frugales en Bali | Día 6

When in Bali… Cuando en Bali, había que permitirse un desajuste —otro— en el presupuesto mochilero. Los lujos frugales, en Bali, son posibles y recomendables. Indonesia no está siendo sencilla de manejar en cuanto a la pretendida rigidez de lo que gastamos. Sobre todo en lo que a transportes se refiere. El escaso desarrollo de un transporte público válido nos está costando un gasto extra considerable en taxis. La alternativa económica, la moto, no era opción.

Por lo tanto, solo queda el taxi, el conductor privado y los sucedáneos de Uber que operan aquí. Pero todo es sumamente complejo. El sector taxista veta la entrada a los conductores online al centro de las ciudades. Sin embargo, ellos siguen trabajando. Pero una vez pedido el servicio, llega la parte complicada. El conductor te explica que debido a la situación debes moverte varios cientos de metros, a un lugar seguro, para que te pueda recoger. O que te esperes en el alojamiento, pero le digas a los dueños del mismo que esperas a un conductor personal.

La compleja movilidad en Bali

Por eso nos hemos encontrado ya con varias situaciones incómodas, y muchos sobrecostes. Los trayectos con Grab o Gojek (las Uber de Bali) son más económicos que los de los taxis oficiales, que piden cifras desorbitadas para carreras de muy pocos kilómetros. Transportarse en taxi en Bali es más caro que en España, y lo peor es que casi no hay alternativa. Es ridículo hacer la comparación con Malasia, por ejemplo, donde también opera Grab. Ahí por 2 € hacías un trayecto de media hora. Aquí, por el mismo trayecto, pagas cinco veces más. Y eso con el mismo sistema, con Grab.

El caso es que ayer, por ejemplo, un taxista sospechó de nosotros, que esperábamos en el banco en el que el conductor de Grab nos había dicho que nos recogería. El hombre se acercó y se ofreció a llevarnos. “No, gracias”, le respondimos. “¿Dónde vais? ¿Esperáis un shuttle de algún hotel?”, nos inquirió, enfurruñado. “No, tenemos moto, gracias”, mentimos. Así nos lo quitamos de encima. También esta mañana, en el homestay, hemos tenido que tirar de eufemismos: “No, no hemos pedido un conductor online, es un conductor personal”.

Los establecimientos, y de hecho todo Ubud —y gran parte de la isla—, se oponen frontalmente a estos servicios de conductor online, y estigmatizan a los que se ganan así la vida, pero también a los turistas que los utilizamos. Para evitar situaciones incómodas hay que mentir y guardarse el móvil para que no vean que utilizas la aplicación. Estos servicios no están expresamente prohibidos, pero sí que están muy mal vistos. Lejos de normalizarse la situación, como en la India y en Malasia, donde cada uno sabía dirigirse a un sector de público concreto, aquí el conflicto late con fuerza. Y el que lo paga es el turista, al que se le complican las cosas.

El hotel y la villa que nos merecemos

A la postre la culpa es nuestra, en realidad. Deberíamos haber aprendido a montar en moto. Alquilarla cuesta unos 5 € al día. Haremos los deberes para la próxima vez que volvamos —¿para quedarnos?— a Bali. El caso es que el coste de los transportes nos está complicando mantener la media de gasto diario marcada para todo el viaje. Y los sobrecostes vienen también de las entradas a las visitas, las muchas cervezas que no podemos evitar tomarnos y algunos caprichos que decidimos que Bali merecía que nos tomáramos. Como venir a una villa en medio de los arrozales, en la parte oeste de la isla, muy cerca del templo de Tanah Lot, uno de los más importantes para los hinduistas isleños.

La villa del De Moksha Eco Friendly Boutique Resort, que debe ser más grande que todos los alojamientos en los que nos hemos hospedado hasta ahora juntos, tiene un baño exterior con aceites corporales, bañera, piscina privada —pequeñita, eh; da para un pequeño remojón— minibar, televisión con Netflix y otras pijadas que no sabemos cómo utilizar. Evidentemente, no hemos venido a la villa más cara de Bali. Las hay de varios miles de euros al día. No hemos juntado tanto dinero, entre los dos, en nuestra vida. En la que estamos hemos pagado 65 € la noche. Que dicho así no suena tanto, pero en rupias indonesias son más de dos millones. Como decíamos, los lujos son frugales en Bali, y accesibles.

Paseo en bici, comida en un warung local y vuelta a la villa

El hotel es espectacular, pero asequible para alguien que —como nosotros— quiera darse un capricho de dos noches. Y el entorno no le va a la zaga. Estamos en medio de los arrozales, en una suerte de asentamiento con varias casas separadas por varios centros de metros que no sabemos exactamente si sustantivar como pueblo. Al llegar, y después de flipar con nuestra habitación, hemos aceptado el ofrecimiento de tomar prestadas —¡gratis!— unas bicis.

Hemos paseado por los bellísimos alrededores, saludando a los balineses que están menos acostumbrados a ver turistas, pedaleando calles a medio asfaltar con horizontes verdes de arroz y comiendo en un warung en medio de la nada, el Cafe Merta Sari, donde una mujer no ha sabido entendernos pero nos ha invitado a que nos sentáramos. Luego, mientras ojeábamos la carta, ha llegado otra mujer, de sesenta, sonriente, que nos ha ofrecido arroz con pollo en un inglés muy solvente. Le hemos pedido, además del arroz, un mie goreng, uno de los platos indonesios por excelencia, y dos zumos: uno de sandía y otro de aguacate. Los zumos indonesios están riquísimos. Y nos hemos vuelto a nuestra villa a ver Netflix, comer patatas y beber cerveza. Otro día menos en la oficina.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.