Como no era en absoluto de esperar, nos hemos despertado a las 06.00 h de la mañana. Ha podido más nuestra inquietud viajera que el sueño acumulado. Y el acierto no podría haber sido más rotundo: hemos tenido Mostar al amanecer para nosotros solos —o casi—. Con unos 23 grados óptimos para el turisteo y muchas ganas de explorar sin aglomeraciones, hemos disfrutado mucho de nuestro paseo matutino por la ciudad más turísticamente masificada de Bosnia y Herzegovina.
Mostar tiene un par de kilómetros cuadrados de interés turístico, todo empedrado y preparado para lucir perfecto en cualquier encuadre que se le imagine. Como lo visitable se visita en menos de un par de horas, son muchos los turistas que aterrizan y despegan rápido durante el día en excursiones organizadas desde Sarajevo o algún punto de la cercana frontera con Croacia. Por eso, Mostar al amanecer está desierta.
Ganándole el partido a la lógica turística de Mostar
Los turistas llegan a eso de las 10.00 h o las 11.00 h, comen, pasean, se agobian con el calor y los muchos que han repetido su estrategia y se marchan de la ciudad con la impresión de que en todas sus fotos hay una cara ajena que las estropea. Lo recomendable, puestos a poder, es hacer una noche en la ciudad y verla cuando cae la noche y, sobre todo, justo cuando empieza el día.
Apenas hemos encontrado a una decena de turistas madrugadores, que han salido a la par que el sol para ver cómo la ciudad se desperezaba poco a poco. Los hosteleros y tenderos comenzaban a abrir sus negocios con apatía. El sol empezaba a iluminar las montañas de los alrededores y a sacarle su mejor color al puente viejo de Mostar al amanecer, que es la arteria que conecta las dos partes de la ciudad a la vez que salva el paso del río Neretva.
Su actitud es imponente, arqueado con elegancia, icónico por todo lo que representa. Hemos disfrutado mucho paseando Mostar al amanecer, antes que nadie, y nos hemos vuelto al hotel para desayunar, hacer las maletas y largarnos antes de que los (otros) turistas empantanaran su belleza.
La Dervish House antes de llegar a Croacia
Unos pocos kilómetros después de Mostar, en dirección a Croacia, hemos parado en el pueblo de Blagaj, donde se encuentra la Dervish House, un monumento nacional del siglo XIV impecablemente conservado. El recinto fue usado en su momento para recibir y acoger a derviches, que eran religiosos y mendigos de la fe islámica.
El interior de la casa es sobrio pero tremendamente sugerente por la disposición de sus estancias y la energía que se respira. Al valor cultural e histórico de la casa se le suma un emplazamiento tan imposible como hermoso, colgando casi de las rocas, en lo alto de una cueva sobre el río Bruna. Maravilla cómo el edificio se integra naturalmente en la estructura de ese abrupto paisaje. Después de verla por dentro y admirarla desde fuera, hemos dejado atrás la Dervish House y el calor que empezaba a sofocar el pueblo de Blagaj y nos hemos puesto en ruta para volver al país del que veníamos: a Croacia.
De vuelta a la Unión Europea, camino de Dubrovnik
En el trayecto hemos podido ver cómo las carreteras del territorio de Bosnia y Herzegovina están infinitamente mejor cuidadas que las de la otra gran región del país, la República Srpska. En esta segunda, la bandera nacional desaparece para dar paso con orgullo a la regional, que tiene los mismos colores que la de los hermanos de Serbia. Después de dejar Herzegovina atrás, con sus paisajes cuasi mediterráneos atestados de viñedos, la parte del país que colinda en el sur con Croacia es la República Srpska, con su panorama más seco y rocoso, menos estimulante, más árido.
El cruce de fronteras ha sido coser y cantar: nos han despedido con una sonrisa de Bosnia y Herzegovina y no nos han puesto pegas en la entrada a Croacia, de vuelta a la Unión Europea. Eran cerca de las 15.00 h y hemos llegado a nuestro hotel, el Vimbula, a las (muy) afueras de Dubrovnik. Aquí pasaremos las dos próximas noches, a media hora en bus de Dubrovnik porque nos fue imposible encontrar algún alojamiento en condiciones y medianamente asequible más cerca de la ciudad vieja.
Del turismo masificado de Mostar al de Dubrovnik
Dubrovnik es uno de los destinos de moda, especialmente desde que se convirtió en emplazamiento de muchas de las escenas de la serie Juego de Tronos. Es un poco como Mostar aunque con muchas salvedades. Aquí los turistas no aterrizan y despegan en el mismo día, sino que atracan y zarpan en esos enormes cruceros que recorren el Mediterráneo como si fuera un juego de tachar ciudades.
Nosotros la hemos visto por primera vez ya tarde, a eso de las 19.00 h, tras haber descansado un rato en el hotel. ¿La primera impresión que hemos tenido? Muy positiva pese a los muchos pesares: riadas de gente por todas partes. Pero la ciudad es de un atractivo difícilmente comparable. Uno entra a la ciudad vieja a través de la Pile Gate, construida en el siglo XV, y se siente transportado en el tiempo.
Las fachadas, los angostos callejones empinados hasta que la vista pierde el horizonte, el Adriático de fondo, las murallas. Todo en Dubrovnik es pura fantasía, un imposible, algo único. Por eso, pese a ver salir gente de todas partes, Dubrovnik nos ha parecido que se tiene la fama merecida y nos ha dejado con ganas de seguir descubriéndola mañana. Después de cenarnos una pizza sin gluten en la Pizzería Castro, y dar un rápido paseo, hemos vuelto a tomar el bus de vuelta al hotel. La voluntad es hacer mañana algo parecido a lo de hoy: madrugar mucho y adelantarnos a las masas de turistas.