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Astaná, un capricho aparatoso, una ciudad impensable | Día 5

Pese a no tener muy claro si el early check-in del hotel Best Western Plus de Astaná incluye el desayuno del día de llegada, he preferido no preguntar, llegar al restaurante, sentarme en una mesa y empezar a hacer acopio de víveres. Varias veces. La camarera me ha dado los buenos días y ni siquiera me ha preguntado el número de habitación, con lo que la operación desayuno clandestino ha sido un éxito rotundo en el primer día en Astaná, la ciudad impensable.

La jornada ameritaba alimentarse bien desde pronto. Primero por la larguísima ruta ferroviaria de ayer y segundo por la larguísima jornada turística de hoy. El buffet del hotel de Astaná es más completo, y además está más rico, que el del hotel de Almaty. También la habitación está mejor y la ubicación es perfecta, a tiro de caminata de las principales visitas de la ciudad.

Los muchos nombres de Astaná

Astaná, que significa ‘capital’ en kazajo, se llamaba Akmola antes de que en 1997 le quitara a Almaty la capitalidad del país. Después, entre el 2019 y el 2022, la ciudad pasó a llamarse Nursultán en honor al presidente Nursultán Nazarbayev, el hombre que lideró el país desde su independencia en 1991 y durante casi 30 años. Ahora, otra vez oficialmente Astaná, la ciudad sigue creciendo a lo ancho y a lo alto con el propósito de comandar el desarrollo del país, de ser su punta de lanza y su mejor escaparate.

Astaná es una ciudad inimaginable, impensable, incomparable con cualquier otra, un delirio. Actualmente viven en ella más de 1,3 millones de personas, la mayoría de origen kazajo y de religión musulmana. Si en Almaty era raro ver turistas, aquí todavía más. Y es difícil entenderlo, porque la ciudad merece ser visitada por su carácter de pieza única.

Una ciudad impensable con un punto marciano

La ciudad viene siempre acompañada de una retahíla de adjetivos que le hacen del todo justicia: es megalómana, futurista, grandilocuente, excesiva. Es ideal para percatarse de cómo la incidencia del hombre puede moldear paisajes difíciles de imaginar. Todo es muy grande aquí. Los edificios de apartamentos son de veinte y treinta pisos. El palacio presidencial, que recuerda a la Casa Blanca, está justo enfrente del bulevar principal, pero en un oasis custodiado por decenas de policías y militares.

A su alrededor están la mayoría de ministerios, que compiten entre ellos para que el edificio que los acoge sea el más espectacular. A los dos lados del palacio presidencial hay dos grandes torres doradas a las que los locales se refieren como las jarras de cerveza. Todo esto está justo delante del hotel y es un primer impacto que uno supone que ya no se podrá superar, pero Astaná es un festival abrumador continuo. Las expectativas son tan altas que uno espera que en cualquier momento los coches empiecen a cruzar volando esos edificios altísimos, o que los extraterrestres posen por fin su nave espacial en tierra y expliquen que todo esto es obra de ellos. La ciudad, que a primera vista resulta impensable, tiene un punto ciertamente marciano.

Una ciudad construida para combatir el frío

Por su ubicación en medio de la estepa, aquí el frío forja el carácter de los astaneses y obliga a que todo esté planificado adecuadamente para combatir temperaturas bajísimas, de hasta -40 grados. De hecho, Astaná es la segunda capital más fría del mundo, solo por detrás de Ulan Bator, en Mongolia. Por eso las calles están pensadas para ser conducidas y no para ser caminadas. Las avenidas son enormes y es a ratos complicado encontrar los senderos habilitados para los peatones. Es mejor moverse en una de las muchas líneas de bus.

El frío también moldea los espacios de ocio y de negocio de la ciudad. Astaná está atestada de centros comerciales para que los habitantes puedan salir de sus casas durante el invierno y no tengan que pisar la calle. El más célebre de los edificios de la ciudad es el Khan Shatyr, una construcción con forma de yurta o de tienda de campaña que aloja un centro comercial en el que, además de tiendas y restaurantes, hay parques de atracciones y temáticos. El proyecto es obra de Norman Foster, uno de los arquitectos estrella del nuevo siglo, que también es el autor de otro de los edificios más inauditos de Astaná: el Palacio de la Paz y la Reconciliación.

Esta pirámide de más de sesenta metros de altura podría ser un homenaje a las pirámides egipcias o a la del Louvre, y fue construido con el propósito de albergar una reunión periódica de los principales líderes religiosos y políticos del mundo. La última tuvo lugar en septiembre de 2022 y contó con la presencia del Papa. Su simbología, diseño y propósito tienen evidentes reminiscencias illuminati.

Mezquitas, museos y muchos más edificios

Justo delante de la pirámide está la Plaza de la Independencia, donde hay una enorme columna de mármol decorada con bajorrelieves que describen la historia reciente del país desde su independencia. De hecho, la columna mide 91 metros en honor al año en el que el país empezó a serlo: 1991. Detrás hay otros dos edificios que tienen ahora mismo tapados por renovación y a los dos lados de la plaza se erigen dos de los grandes must turísticos. Primero, el Museo Nacional de Kazajistán, que hoy no he tenido tiempo de visitar pero que espero conocer mañana por dentro.

Y segundo, la mezquita Hazrat Sultan, un templo gigantesco —¿qué no es grande en Astaná?— y muy bonito por fuera, con su mármol blanco y sus cúpulas y minaretes con detalles en verde, pero especialmente bonito por dentro. Unas pocas personas estaban dentro de la mezquita en ese momento, rezando a solas. La moqueta era verde y los techos altos, abovedados, decorados de manera sutil y poco ostentosa. Me he sentado en un rincón simplemente a disfrutar de la paz del momento antes de volver a la locura arquitectónica del exterior.

Un transformación vertiginosa

Astaná empezó a sufrir esta transformación hacia el futuro y hacia el cosmos a partir de su nombramiento como capital. Nazarbayev y su gobierno lanzaron en 1998 un concurso para la planificación urbana de la ciudad que ganó el arquitecto japonés Kisho Kurokawa, el artífice principal del paisaje urbano actual de la ciudad, que buscaba una simbiosis entre la historia y el futuro.

Seguramente muchos de los edificios buscan respetar la idiosincrasia de su emplazamiento, pero lo cierto es que a ratos esta ciudad no solo parece impensable, sino que además parece estar fuera de lugar. Es poco armónica con la tradición y la cultura del país. Eso no la hace menos interesante, desde luego, pero seguramente los arquitectos disfrutarían debatiendo sobre si el conjunto de las construcciones respeta el entorno natural e histórico.

La torre Bayterek y pilaf para cenar

El más icónico de los monumentos de Astaná es la torre Bayterek, que se encuentra en el centro del gran bulevar peatonal. Tiene 105 metros de alto y es una representación del árbol de la vida coronado por una gran esfera dorada que representa un huevo. Se puede acceder al huevo, que es una gran plataforma que hace de mirador, y sentirse a punto de ser cascado. En los alrededores de Bayterek se juntan los locales ahora en verano, aprovechando el buen tiempo. Los niños juegan y es habitual que se ubiquen aquí muestras o se realicen actividades de ocio.

Hacia uno de los lados, a unos 200 metros, otra gran torre de reciente construcción llama la atención por su enorme altura. Y eso, aquí, es meritorio. Es la torre de la Abu Dhabi Plaza, que tiene 311 metros de altura y es el edificio más alto de Kazajistán y de toda Asia Central. En Astaná el tamaño importa.

Abrumado por tanta arquitectura y edificios, decido que ya va siendo hora de probar por fin la gastronomía kazaja antes de retirarme al hotel. Escojo, y acierto, el restaurante Saksaul que se ubica muy cerca de Bayterek. Me la juego y voy con todo: pido una ensalada con picante y pilaf con carne de caballo. Está riquísimo. El pilaf es un arroz cocinado con verduras y especiado, al que esta vez acompañan de carne de caballo, la más consumida en el país, que tiene un sabor fuerte pero muy sabroso. La primera incursión seria en la gastronomía kazaja resulta un éxito, aunque he ido sobre seguro: es uno de los mejores restaurantes de esta ciudad impensable. El precio es alto para los estándares locales, pero ridículo comparado con Barcelona, donde estos 14 € no darían más que para una hamburguesa mediocre con un refresco.

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