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El ‘slow travel’ kazajo | Día 10

Es el día final de la ruta por Kazajistán. Mañana toca cambiar fugazmente de país para volver a Barcelona en un par de días desde Bishkek, la capital de Kirguistán. Estas dos noches en Almaty están ayudando a bajarle tres o cuatro marchas al ritmo frenético del viaje, a practicar ese concepto tan gastado y tan de moda, el slow travel (kazajo). Como la mayoría de lugares visitables ya están visitados en esta parte final del viaje a Kazajistán, le doy una oportunidad a las calles de Almaty sin la necesidad de fotografiarlo todo —solo algunas cosas— y sin las prisas de completar el puzle de monumentos.

Por eso decido desayunar despacio y salir del hotel cerca de las 11.00 h. Tomo el metro por última vez hasta la estación de Abay, dedicada al poeta y pensador kazajo que ya no sabe que le han puesto su nombre a casi todo en casi todas las ciudades del país. Esta estación también está construida con encanto, con el propósito de ser práctica pero también bonita. Las ciudades occidentales pierden la noción de la belleza, son ejemplos de funcionalidad desalmada. En los países exsoviéticos los metros son una forma de expresión artística. También una oportunidad de conectarse con su historia.

Último paseo en el metro de Almaty

El metro de Almaty tiene, precisamente, una utilidad relativa. Su única línea recorre lo más importante de la ciudad, es cierto, pero en realidad le acaba a uno dejando muy lejos de casi todo. Es mucho más conveniente tomar alguno de los cientos de buses que hay. El día se ha despertado de domingo. Los vagones van semivacíos y la gente se mueve con lentitud, como si hubieran decidido seguir mi ritmo pausado. Cruzo parte de la ciudad en un momento y me bajo en la parte del sur de la ciudad, la que tenía pendiente conocer. Paso por el Hotel Kazakhstan, un edificio con solera de la época soviética, y dejo atrás Kok Tobe, el funicular que sube al mirador. Lo dejo pasar porque el tiempo apremia y decido que ya lo veré en la próxima visita a Almaty, cuando Cultura Nómada venga en completo y pueda hacer buenas tomas desde lo alto.

Unos veinte minutos más allá está la Plaza de la República con el monumento de la independencia, el enésimo recuerdo a la conversión de Kazajistán en país. Detrás está el edificio del ayuntamiento de la ciudad, una construcción gris y soberbia coronada por la bandera azul del país. En los alrededores se ha improvisado un mercadillo dominguero. A los dos lados hay sendos jardines y dos grandes fuentes, en los que los locales parece que pasan el domingo con gusto. Siguiendo en dirección sur está el principal museo de la ciudad, que también dejo en la lista de pendientes para el próximo viaje a Kazajistán, y me adentro en uno de los tres distritos de Samal, los más pudientes de la ciudad.

Del Dostyk Plaza al Tsum, ruta de centros comerciales

En esta parte de Almaty los edificios se ven cuidados y los restaurantes tienen buenos sillones y menús que doblan los precios a los del resto de la ciudad. Es la Almaty adinerada, que se arremolina en los alrededores y dentro de Dostyk Plaza, el principal centro comercial de la ciudad. Me dejo llevar por la masa, buscando un poco de aire acondicionado, y recorro las tiendas sin mayor interés que buscar algunos souvenirs finales. Los encuentro en el supermercado. La bolsa pesa más de los previsto, con lo que busco el bus 12, que según Yandex es el que me va a dejar más cerca del hotel. Ya en mi habitación, me quedo. Es la hora de la final del Mundial femenino de fútbol de 2023, el que se juega en Australia y Nueva Zelanda, y no puedo perderme la victoria de España contra Inglaterra.

Después de ver todo el partido, en Kazajistán son casi las 19.00 h, así que todavía da tiempo para un poco más de turismo slow. La calle Arbat está muy cerca y vuelve a ser el destino escogido de este último día de viaje a Kazajistán. Primero, para disfrutar del ambiente de domingo en la ciudad. Y segundo, para subir a la tercera planta de Tsum, el centro comercial en el que es más sencillo comprar recuerdos kazajos, y ahora ya sí llevarme los últimos, los enésimos, souvenirs, que no sé dónde voy a meter en la maleta. Preocupado por ello, decido volver al hotel para jugar al Tetris con el equipaje y dejar todo preparado para salir pronto mañana buscando la frontera con Kirguistán.

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