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El momento de visitar Bishkek, fase final del viaje | Día 12

Para poderle ahorrar unos euros al presupuesto final del viaje, la última noche la iba a pasar en el aeropuerto, aprovechando que el vuelo de vuelta de Pegasus salía a las 05.30 h de la siguiente mañana. Era la elección más lógica no solo por el dinero, sino también por logística. El transporte público que conecta el centro de Bishkek con el aeropuerto, que está a casi una hora de distancia, deja de funcionar desde la noche hasta la mañana. Era, pues, día para visitar Bishkek de manera exprés.

De hecho, de haber hecho noche en el hotel, el taxi, mucho más caro que el transporte público, hubiera sido la única alternativa para desplazarse. Vaya, que no es por justificarse, porque a estas alturas 50 € arriba o abajo no iban a cambiar en mucho el gasto final, pero lo cierto es que era la elección más adecuada. Por todo eso, la última mañana para visitar Bishkek tenía que ser pausada.

Primero, desayuno lento desde el restaurante ubicado en lo alto del Smart Hotel Bishkek, desde donde la panorámica era inmejorable, con la ciudad de edificios bajos de frente y las altísimas montañas de fondo. Y segundo alargando al máximo el check out, tomándose la última ducha en muchas horas y acabando de encajar la ropa con los recuerdos en la maleta. Bishkek lucía por la mañana nublada y gris. Por fortuna, porque la temperatura era mucho más agradable que el día anterior y eso ayudaba a desperezarse ante la perspectiva de apuntalar algunas últimas visitas por la capital kirguís.

En Kirguistán sí hay turistas

De hecho, la planificación de la mañana estaba condicionada por el eventual calor sofocante, que había que evitar a toda costa pensando en la ausencia de desodorante y de ducha hasta más de veinticuatro horas más tarde. Por el bien propio y por el ajeno, tanto el de mis futuros compañeros de vuelo como el de la mitad de Cultura Nómada que se había quedado en casa y vendría al aeropuerto a recomponer el lote de dos. Por eso, tocaba visitar Bishkek esa mañana evitando el sudor.

Así, la visita al Museo Histórico de Kirguistán iba a suponer el cierre al viaje, aunque Bishkek bien hubiera merecido al menos unas horas más, u otro día, para conocer sus bazares y aventurarse más allá del centro. Será la próxima vez, seguro, porque Kirguistán es un país mucho más frecuentado por los turistas que Kazajistán, bastante más sencillo. Se nota en las calles de Bishkek, donde se ven muchos más rostros extranjeros, y también en cómo interactúan los locales: más habituados al trato con el extranjero, con mucho mejor inglés.

Kirguistán, destino de senderistas

Kirguistán, al revés que Kazajistán, ha conseguido situarse en el mapa del turismo mundial sacándole partido a su lado más natural, aventurero, montañero y salvaje. En un rato en Bishkek he escuchado hablar castellano a varios turistas, pero también italiano, inglés y hasta croata. Es un destino de viaje organizado pero también mochilero. La capital es la puerta de entrada y salida del país, por eso me cruzo con tantos turistas que empiezan y acaban sus rutas.

En el vuelo de la mañana siguiente, de hecho, son muchos los que enseñan su pasaporte español en el mostrador de Pegasus. En la visita al museo también me cruzo con visitante no-kirguises: con rusos, con alemanes, con británicos. Hace unos días, en Astaná, en la visita a un museo mucho más rico en cantidad y calidad de piezas y recursos, apenas si había algún otro extranjero. La comparación es inevitable tanto como sorprendente. Visitar Bishkek es rodearse de otros turistas, al contrario que cualquiera de las ciudades que he visitado en Kazajistán.

El Museo Histórico de Kirguistán

El caso es que la visita al museo es un acierto porque no desestructura el presupuesto, ya que solo cuesta el equivalente en som a 1,5 €, y porque me ayuda a entender de manera muy pasajera la historia del país. Porque de eso trata el museo, de repasar la historia de Kirguistán, una tierra habitada desde hace miles de años por distintos clanes y tribus que acabaron conformando una nación. El museo enfatiza esta cuestión: cómo el país es un pequeño rompecabezas tribal que se ha asentado como estado a golpe de conflictos y acuerdos con los poderosos vecinos, tanto con China como con Rusia como con Turquía, y de la unión de estas tribus ante esos agentes externos.

El museo repasa algunos hechos clave en la formación de la nación kirguís y le da un espacio central al Manas, una especie de poema épico del pueblo kirguís que sirve como representación de las estructuras patrióticas del país. Manas fue también un gran héroe local que en el siglo IX tuvo un papel clave en distintos conflictos con otros pueblos túrquicos y con los chinos.

La parte del museo dedicada a la URSS

La parte final del museo, distribuido de manera cronológica en tres plantas, es la que corresponde al período histórico más cercano, el que habla de su adhesión a la Rusia zarista y de cómo formó parte de la URSS posteriormente. Esta parte es la más interesante, con muchísimos datos y fotografías. El museo necesita seguramente una pequeña renovación en algunas de las explicaciones, que se evidencian desactualizadas, y un poquito más de cuidado, pero es desde luego una gran manera de pasar un par de horas conociendo mejor el suelo que se pisa.

El cielo gris se convierte en una tormenta pasajera que agita con violencia la enorme bandera que hay delante del edificio del museo. Perfecto para sacarle algunas fotos a una composición que incluye la estatua de Manas, que preside el centro de la plaza Ala Too donde se encuentra el museo. Toco visitar Bishkek bajo un pasajero chaparrón

Último paseo por Bishkek y hacia el aeropuerto

La lluvia es ligera, perfecta para pasear un rato por la avenida principal sin mayor pretensión que vagar a lo flâneur, sabiendo que el tiempo del viaje se acaba y que quién sabe cuándo volverá uno a contemplar la cotidianidad de Bishkek. Me paso por una librería muy esmerada que se llama Raritet, decido comer ligero en un restaurante bastante recomendado, que se llama Chicken Star, en el que uno de los menús del día me sale por unos 7 €. Me doy el último paseo por el centro comercial Tsum, que en la tercera planta tiene una decena de tiendas de souvenirs en las que no puedo evitar gastarme los últimos som que me quedan.

Vuelvo al hotel y recojo las maletas. Es momento de comprobar que la investigación hecha en Google es certera y confirmar que existe un bus que conecta el centro de la ciudad con el aeropuerto. El Go Bus, que así se llama el servicio, pasa por la parada del cine de la plaza Ala Too a las 17.30 h como aseguraba Yandex y por solo 200 som, unos 2 €, me deja en el aeropuerto en 45 minutos. Kirguistán es ciertamente económico.

Vida de aeropuerto a la espera del vuelo

El resto ya no es viaje, es simple espera para volver a casa y dar por cerrada esta primera incursión de Cultura Nómada por Asia Central. El aeropuerto de Bishkek es perfecto para una espera larga, con un puñado de cafeterías y tiendas abiertas 24/7 y muchas zonas en las que poderse estirar, e incluso dormir, hasta la hora en que haya que pasar al embarque. El vuelo sale puntual hacia Estambul e igual de incómodo que en la ida. Toca hacer escala eterna de cuatro horas en un aeropuerto atestado y desaseado, en el Sabiha Gökçen.

El segundo vuelo también sale puntual y por suerte Pegasus, que debe andar hasta arriba de vuelos en verano, parece que ha subcontratado el trayecto a otra aerolínea pequeña turca que tiene aviones y un servicio mucho mejores. La llegada a Barcelona deja atrás casi dos semanas recorriendo Kazajistán y Kirguistán, una experiencia intensa y muy viajera por lo ajeno y poco turístico del primero de los destinos, muy recomendable para los que quieran destinos alternativos y poco transitados, y que ojalá volvamos a recorrer pronto con dos cámaras y muchas más anécdotas, vivencias e historias.

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