Pushkar, la meca de los hippies de bazar chino | Día 7

Madrugón mediante, nos hemos plantado a las 06.30 h de la mañana en una pseudoestación de autobuses de Jaipur para tomar un bus camino de Pushkar, paraíso de los hippies. Adiós a Jaipur, la ciudad rosa, a la capital de Rajastán, a los fuertes, los monumentos y los tuk tuks. Hola a la ciudad en la que se congregan todos los aspirantes a hippies del mundo, fumetas de condición diversa, sesentones europeos que han hecho de este pueblito su lugar en el mundo, curiosos, perdidos, mochileros y, entre todos, algunos indios. Porque Pushkar tiene sentido en la medida en que hay turistas. De no haberlos, el pueblo sería otro: tendría otra configuración, la gente dedicaría su tiempo a ganarse la vida de otra manera y el hindi sería el único idioma que se escucharía en las calles. Un trayecto tranquilo, y eso es mucho decir El bus matutino ha sido mejor de lo esperado. Su aspecto roñoso y ajado hacía temer lo peor. Pero más allá de las bacheadas carreteras indias, el trayecto ha sido plácido. Hasta el punto de que lo hemos dormido entero, las tres horas. Los autobuses de la India, algunos de ellos, están diseñados para viajes entre largos y muy largos; por eso, en lugar de asientos tienen cubículos para poder dormir. Los hay también híbridos, que a los cubículos suman algunos asientos. Como era el caso del que hemos tomado. Nuestros lugares eran cómodos y amplios. Eso sí, la sensación de claustrofobia, debido a la estrechez de las ventanas, era considerable. En el trayecto nos acompañaban, en su mayoría, mochileros. Muchos de ellos cumplían con el cliché de Pushkar, aspirantes a hippies indudables. También había algún indio que hacía solo parte del trayecto y una mujer hindú mayor con mirada penetrante y los ojos muy hundidos, con un vestido amarillo de estampado chillón, que parecía que estuviera a punto de maldecirte. Llegada al hostal de Pushkar Evitadas las maldiciones a fuerza de mirar al suelo, hemos llegado a Pushkar antes de las 11.00 h y hemos comprobado que quizás los hostales son la alternativa a considerar. El alojamiento es de largo el más barato (hemos pagado menos de 3 € por noche cada uno), y de largo el más pulcro y cuidado. Aunque el descuido, como en todos los hostales, se acrecienta a medida que pasa el día. La única —otra— pega es que hay que dormir con doce personas más en el dormitorio. Pero todo bien, la buena onda fluye. Hemos dejado las mochilas, hemos comprobado que las camas son medio cómodas y las sábanas están limpias y nos hemos sentado un rato en el patio. Muy abrigados, porque en Pushkar corre un aire traicionero que te llena el cuerpo de una arena fina sumamente incómoda. Y uno de los aspirantes a hippie ha sacado su guitarra y se ha puesto a tocar temazos de rock clásico. No le vamos a negar a Pushkar que nos ha recibido con buena vibra. La vida en el lago de Pushkar En cualquier caso, Pushkar tiene poco interés turístico, y quizás por eso se han asentado los hippies. La vida se arremolina alrededor de un lago que parece un estanque. Y ahora es cuando la mujer nos maldice por decir esto, porque el susodicho lago, al parecer, es sagrado para los hindúes, que llegan aquí desde todo el país para bañarse en él. De esta espiritualidad, y de la ingenuidad de los turistas, se aprovechan todo tipo de predicadores a los que es mejor evitar, que venden motos y cuentan cuentos. A más de uno, se comenta, han engañado para que siga la tradición de comprar unas rosas que se deben tirar al lago —como muestra de respeto— y acabar donando a la fuerza varios cientos de rupias, o incluso de euros, a los que se hacen pasar por guías espirituales. El timo está a la orden del día, igual que los aspirantes a hippies de los que uno no sabe qué pensar. Se creen más indios que los indios, compiten por tener las rastas más largas y se creen unos campeones comiendo cualquier cosa en cualquier puesto callejero. Suerte para ellos y para sus estómagos.
El fuerte de Amber y el postureo indio | Día 6

Una noche más en el hotel de Jaipur. Por suerte, también una noche menos. De nuevo, tres galletas para desayunar, un poco de agua y pronto a la jungla de las calles rajastaníes —que no sabemos si es el gentilicio correcto, pues no lo hemos encontrado, pero suena bastante bien—. El primer objetivo del día era batallar duro por conseguir un tuk tuk que se prestara a no dejarnos la cartera tiritando. Lo medio conseguimos. Nuestra visita del día era el fuerte de Amber, a unos once kilómetros del centro de la ciudad. Tras algunas consultas en internet seguíamos dudando sobre cuánto teníamos que pagar por el desplazamiento. En el hotel una chilena que era la tercera vez que estaba en Jaipur, según contaba, dice que, para los dos, 200 rupias era un precio justo. Salimos del hotel con la firme convicción de pagar 150, a lo sumo. Y lo conseguimos: pagamos 150 rupias. El fuerte de Amber, antigua capital del estado Amber es una ciudad mediana que vive a la sombra de Jaipur desde que esta se fundara. Porque antes era precisamente Amber la capital del estado de Rajastán. Por eso es curioso que el más conocido de los monumentos de Jaipur no se encuentre en Jaipur, sino en Amber. El fuerte que lleva el nombre de la ciudad —aunque también se conoce como fuerte de Amer— fue construido a finales del siglo XVI para alojar a la familia de los Marajás de la época. El complejo es muy interesante en todas sus vertientes: arquitectónica, histórica, cultural y socialmente. Construido en una mezcla de estilos mogol, persa e hindú, a través de él se explican las relaciones entre los nobles del Rajastán de la época. Por eso, para que la visita sea más provechosa y didáctica, es recomendable abastecerse de un guía de carne y huesos; o, como en nuestro caso, de una audioguía. El fuerte de Amber también es famoso por los elefantes que cubren el trayecto de la empinada cuesta hasta lo alto del recinto. Ciertamente, es una actividad que hemos preferido ahorrarnos, porque nos parecía propia del turismo más irresponsable. Jaipur sigue sumando animales. A las vacas y los monos de ayer, los camellos, las cabras y los elefantes de hoy. Un zoo al aire libre. El postureo indio, una constante Hoy nos hemos hecho pasar por los estudiantes perpetuos que somos, acreditados por nuestra querida Universitat Autónoma de Barcelona. El descuento para entrar al fuerte se lo merecía: 100 rupias por cabeza en lugar de 500. Nos hemos paseado de arriba abajo el lugar, que está lleno de huequitos para hacerse la foto de Instagram. En realidad, da igual: en la India, para los indios, cualquier lugar amerita para hacerse la foto de Instagram. Todos llevan su móvil y van de tres en tres. Se saben todas las poses más antinaturales. Se pasan el móvil de uno a otro y todos repiten foto en el mismo punto exacto. Finalmente, se enseñan el móvil, se sonríen de lo guapos y favorecidos que salen y se apresuran a compartir la foto en las redes sociales. No se vuelven a girar para admirar ese lugar que en principio les había parecido merecedor de una fotografía; lo observan —se observan— en el móvil. La dictadura de la tecnología, del like, de las redes sociales, del postureo. En la India también existe el postureo. Y mucho. El regateo con el tuk tuk de turno antes de la cena Para volver a la ciudad tenemos que coger otro tuk tuk. El primero que nos engancha nos pide 500 rupias. “No, gracias”, le decimos, negándonos a negociar. “¿Para dos personas?”, te preguntan. Apetece responderle con otra pregunta: «¿Te parece que somos tres?». Es su manera de decirte que te van a plantear una oferta que no debes aceptar. Al final, le sacamos a uno el trayecto por 120 rupias. Al llegar, más de media hora después, reclama más dinero: “Hemos hecho 20 kilómetros, un trayecto muy largo”. El caso sería ponerse firme y recordarle que habíamos cerrado el trato en 120, que ya no había margen para renegociar. Pero no estamos para peleas, le damos 150 y no los 200 que pide y nos despedimos. Cenamos en un restaurante multicocina vegetariano, el Four Seasons Reaturant. Nada que ver con el hotel, lamentablemente. El concepto multicocina se gasta mucho aquí: restaurantes que tienen un mucho de comida india, un poco de comida china y un algo de comida internacional. Comida internacional, en la India, es invariablemente pizzas, algo de pasta y algún plato mexicano. Habrá que darse un homenaje a base de taquitos un día de estos.
Ciudades de Rajastán, ciudades de colores | Día 5

El hotel kitsch de Jaipur, hortera hasta el insulto, confirmó los malos presagios y las señales de alerta. Dormir no fue sencillo; ni lo será. Primero por tener que abrigarnos con la ropa de abrigo que no tenemos para evitar tocar de más las sábanas. La habitación y la ropa de cama está aproximadamente limpia para los estándares indios. El caso es que nosotros arrastramos todavía los estándares europeos. Y segundo, las paredes son papel y parece que compartimos habitación con todos los demás huéspedes del hotel. Escuchamos a los que llegan a la habitación y se explican el día, a los adolescentes que parece que están de viaje de fin de curso y no pueden contener la emoción y a nuestro vecino de al lado. El pobre padece de una tos severa que le lleva al borde de la muerte. Pero sobrevive toda la noche. Jaipur es la primera de las ciudades de Rajastán que visitamos. Toda la gama cromática para las ciudades de Rajastán Algunas de las ciudades de Rajastán, el estado occidental de la India en el que ahora nos encontramos, comparten epítetos cromáticos. Si Udaipur es la ciudad blanca y Jodhpur la azul, Jaipur, nuestra segunda parada del viaje por India, es la ciudad rosa. Así se le llama al centro histórico, que le envidia poco a Delhi en caótico, desordenado y agitado. Hoy, de nuevo, hemos estado a punto de ser atropellados doscientas veces: saliendo del hotel, caminando por el centro, cruzando calles imposibles de cruzar, volviendo de la cena. Pero donde uno ve caos, los indios ven orden disonante. Es maravillosa su capacidad para permanecer impasibles en situaciones que a uno le llevan al borde del colapso. Será la genética del hábito. Jaipur, la ciudad rosa de la Patrika Gate El caso es que los edificios del centro de Jaipur son rosas. No un rosa girlie, sino más bien un rosa rojizo. Jaipur también es la ciudad a la que Instagram utilizó para bautizar a uno de sus filtros: probad vuestras fotos con tonalidad rosa con este filtro y flipad con cómo quedan de resultonas. La capital de Rajastán convive muy bien con el turista. Está acostumbrado a él y no solo lo tolera, sino que lo integra. En cualquier caso, ser turista no es fácil en la India. “¿Tuk tuk?”, preguntan. “No, gracias”, respondes. “Barato, barato”, continúan. “No, gracias”, insistes. “¿No te gustan los tuk tuks?”, se sorprenden. Y nos reímos. Porque sí, porque los tuk tuks son divertidos, prácticos y baratos. Pero somos más de caminar. Hoy, sin embargo, hemos hecho récord de trayectos en tuk tuk: cuatro. Para ir al centro, para avanzar doscientos metros hacia la Patrika Gate, al monumento más instagrameable de la ciudad —hasta que el conductor nos ha bajado porque se ha dado cuenta que le habíamos regateado demasiado bien—, para avanzar los once kilómetros restantes hasta el monumento de marras y para volver de él y llegar al restaurante más guiri de la ciudad. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Los bazares de Jaipur La gracia de Jaipur no son tanto sus monumentos como los bazares. Hay que callejearlos, padecerlos, fotografiarlos. Hay que decir que no cuando te preguntan si eres hindú, decir que sí cuando te lo vuelven a preguntar: “Eres divertido, me caes bien”. Y hay que buscar gangas, rechazar proposiciones, sorprenderte porque te adivinan el idioma materno, caminar deprisa para alejarse del preguntón incómodo que da mal rollito. Hay que negarse a hacerle una foto a una mujer que te pide que la inmortalices por veinte rupias, denegar la oferta de subirse a un autobús que va hasta los topes, decir de carrerilla “no, gracias” a todos los vendedores, sortear un par de vacas, huir de una manada de monos asesinos y descubrir que el Che Guevara indio vive aquí, en Jaipur, y vivió diez meses en Chile. ¿Cachái? Muy raro todo, muy entretenido, muy estresante, muy diferente. La comida-merienda-cena del día se la debemos a la Lonely Planet, nuestro referente cuando de fiarse de alguien en la India para comer se trata. Hemos estado en un restaurante que se encuentra en la azotea de un hotel, el Peacock Restaurant. Aquí se gasta mucho esto de las azoteas de los hoteles convertidas en restaurantes. Un sitio muy cool que se escapa un poco del presupuesto mochilero, pero que se ajusta muy bien a los delicados estómagos de los turistas. Nos las damos de valientes y pedimos dos tipos de curry. Que estaban ricos, sí. Pero mañana volvemos a la pizza.
De Delhi a Jaipur en tren | Día 4

De momento y por ahora, Nueva Delhi ya no da más de sí para nosotros. ¿Nos ha gustado? Nos ha introducido a la fuerza en la India, en toda su crudeza, sin florituras. Y se le agradece que nos haya sido franca. Empezamos a entender por qué engancha este país por mucho que no debiera enganchar. Abandonamos nuestra casa en Delhi sin ninguna pena. Abhi es espabilado y sabe que le hemos calado, que sabemos que es un vendemotos; y él sabe que nosotros somos más de ir a pie. Somos, sin embargo, tan políticamente correctos como falsos: le damos las gracias por todo y nos despedimos con los mejores deseos. La próxima parada es Jaipur, doscientos kilómetros al oeste de la capital, en el estado de Rajastán, donde el país guarda sus esencias más auténticas. Es momento de la primera experiencia en tren en el país, para ir de Delhi a Jaipur. El medio de transporte oficial de India El tren es el medio de transporte estrella del país. Los hay para todos los destinos desde todas las procedencias. Y el mismo tren tiene clases para todos. En la segunda clase, los asientos no se reservan y se llenan hasta las topes por orden de llegada. En la clase ‘Sleeper’ no hay aire acondicionado, pero sí literas: hasta ocho por compartimento. Después están las tres clases con aire acondicionado: AC1, AC2 y AC3. En orden decreciente de comodidad. Para nuestro viaje en tren de Delhi a Jaipur, nuestro primer viaje en tren en la India, hemos escogido el estándar aceptable para el viajero primerizo: la clase AC3. Moderadamente económica y aceptablemente civilizada. El trayecto de tren de Delhi a Jaipur es aproximadamente placentero (no como este en China, por ejemplo). Nos sentamos en el mismo compartimento que una madre impertinente y su hija veinteañera, que va camino de ser una fotocopia de su madre, y con una mujer de mediana edad que viste un conjunto blanco impoluto a juego con su cabello canoso. A la salida de Delhi se encadenan los slums, los barrios miseria llenos de chabolas, llenos de basura, llenos de antenas de televisión para ver el cable, llenos de personas sosteniendo un teléfono móvil. Pronto se pasan las cinco horas, sin sobresaltos, sin que nadie acabe de percatarse de nuestra presencia. Segundo destino del país, llegamos a Jaipur La llegada a Jaipur nos obliga a ser bordes. Los conductores de tuk tuk legítimamente tratan de ganarse el jornal… pero son muy pesados. Uno nos ve a lo lejos, se acerca con una sonrisa y nos da la bienvenida a Jaipur: “¿Te gusta India?”. Jugamos al poli bueno y poli malo. Uno le contesta que sí, ingenuo, y la otra le ignora, consciente de lo que se viene. “Os llevo a donde queráis por muy poco”. No nos hace falta transporte, porque el hotel —“hotel”— está a solo cinco minutos caminando. Nuestros “no, gracias” no sirven. Pese a que parece que lo ha entendido, al minuto vuelve a aparecer al lado nuestro: “Señor, señor, yo les llevo”. Y ya no nos queda otra que ser impertinentes: “Que no, de verdad” (léase con tono contundente). Clases de geografía en el hotel más kitsch de Jaipur El hotel Vaishanavi tiene pinta de ser hortera desde la fachada. Por fuera es un edificio de cuatro plantas lleno de colores y luces. Todo muy kitsch, de un barroquismo innecesario y cantón. Una señal de alerta. En la recepción hay una chica cantando que nos dice que esperemos un poco, que ahora llega el jefe. Y al minuto llegan cuatro: el jefe, el subjefe, el jefecillo y un niño que hace de botones en sus ratos libres. Insiste en cogernos las mochilas y se lo concedemos. Nos pregunta de dónde somos y no acaba de situar España: “¿Está cerca de Inglaterra?”. Le damos veinte rupias de agradecimiento y nos suelta que prefiere alguna moneda de España, aunque no sabe qué moneda hay en España. “¿Euros? ¿Tienes algún euro?”. Lo cierto es que no, que no llevamos ningún céntimo. Entonces nos pide algo más sencillo, que le enseñemos fotos de España. Abrimos Google en el móvil, tecleamos España y le enseñamos lo que nos enseña el buscador: la Sagrada Familia, la Alhambra, la Gran Vía de Madrid. Todo le merece un sobresalto de admiración. “Gracias, adiós”, nos dice. Y se va, feliz de haber descubierto un nuevo país del mundo que está más o menos cerca de Inglaterra.
La Tumba de Humayun, arquetipo del Taj Mahal | Día 3

Vivir con las horas cambiadas resulta incómodo. Dormirse muy tarde, y por consiguiente despertarse tarde, no es el ideal del viajero aplicado. Pero no aspiramos a ser aplicados, solo a ser viajeros. El último día completo en Delhi —mañana partimos rumbo a otra ciudad— no era fácil de acomodar. Faltaba mucho por ver y había que priorizar. Entre los consejos de Abhi, las advertencias de la Lonely Planet y las intuiciones propias, acabamos acordando que dedicaríamos la mañana a visitar la Tumba de Humayun, uno de los monumentos más visitados de la ciudad, y que por la tarde ya veríamos. Turismo slow, le llaman. Turismo de tranquis, le llamamos. Desayuno ligero por temor a las consecuencias y primera experiencia en tuk tuk Desayunamos tres galletas por cabeza. Café mejor no, gracias. Que no sé cómo me va a sentar. Y así con (casi) todo. La comida india no parece habernos conquistado —aún—. Y llegamos a la Tumba de Humayun en tuk tuk. Aprendemos el arte del regateo y el trayecto nos sale por la mitad de lo que nos reclamaba el tuktukero: 50 rupias (unos 0,60 €). Hemos hecho dos ademanes de irnos caminando por 10 rupias de más, por 15 escasos céntimos. Hemos superado el nivel uno de ‘Sobreviviendo a la India mochileando’. Las siguientes pantallas no iban a ser tan sencillas. En la taquilla del monumento nos dicen que el datáfono no funciona y que solo aceptan efectivo. No llevamos suficiente efectivo porque nos habíamos informado de que la tarjeta servía. Así que caminamos un cuarto de hora en busca de un cajero que Google Maps dice que existe, pero no. Otros cinco minutos hasta el siguiente. Que ese sí existe, detrás de una mujer entrando por una puerta de rejas medio abierta. Retiramos el dinero, volvemos sobre nuestros pasos cruzando como kamikazes por una carretera abarrotada de vehículos y llegamos, orgullosos por nuestra victoria, a la taquilla. “Sí, claro, puede pagar con tarjeta”, le dice el taquillero al que nos precede. Qué bien. Una visita «padrísima» La entrada a la Tumba de Humayun discrimina positivamente a los nacionales: ellos pagan 40 rupias (0,50 €), los extranjeros 550 (casi 7 €). El complejo es enorme, con un par de tentempiés previos en forma de edificios adyacentes bonitos. “¿Por esto hemos pagado tanto dinero?”, le pregunta una de las visitantes al que lo acompaña, con acento mexicano. Estaban en uno de esos edificios adyacentes. “¡Esto está padrísimo”, le dice esa misma visitante a su mismo acompañante cuando pasa la puerta que da entrada al edificio principal, que alberga la Tumba de Humayun. Y realmente está padrísimo. Se comenta que el lugar, en el que fue enterrado el emperador mogol Humayun en 1574, sirvió de modelo para la construcción del Taj Majal. Lo cierto es que se le da un aire. La arquitectura mogola sí nos ha conquistado: solemne y suntuosa por fuera, austera y discreta por dentro. Le sacamos partido a la entrada, recorremos el complejo de punta a punta, le hacemos fotos desde todos los ángulos. Y en estas ya es la tarde y decidimos que hay que hacer algo más. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Visita a la Puerta de la India La Puerta de la India es una de las postales más emblemáticas de Nueva Delhi. Y nosotros, coleccionistas de postales, decidimos que queremos tenerla. La construcción recuerda a los soldados indios caídos en combate en la Primera Guerra Mundial y en las Guerras Afganas. El recinto parece el recreo para los habitantes de la ciudad. Es martes por la tarde y está llena de gente haciéndose fotos como si no la hubieran visto nunca. Como si un barcelonés decide pasarse cada tarde por la Sagrada Familia a inmortalizarse —de nuevo— con ella. La cosa en la Puerta de la India va de fotos. Hay varias decenas de autoproclamados fotógrafos profesionales que se ofrecen, a ellos y a sus cámaras, para sacar la instantánea perfecta para el recuerdo. Todos llevan encima su portafolio profesional: un álbum muy cutre en el que enseñan el revelado de su arte. Nos ven cargando nuestras cámaras y son pocos los que se nos acercan. Los que sí se atreven parecen haberse copiado el portafolio: todos tienen a la misma chica en la misma postura con la misma sonrisa. La hora de la comida-merienda-cena va a ser pizza. Tenemos hambre y las legumbres, el arroz, el curry y el picante no es lo que más nos apetece. Ya mañana, si eso. Y ya comidos-merendados-cenados volvemos en metro hasta la casa de Abhi, nuestra casa en Delhi. En el metro, como en casi toda la ciudad, la proporción es fácilmente de ocho hombres por cada mujer. ¿Dónde están las indias? Trataremos de descubrirlo, seguiremos informado.
Primeras impresiones de Delhi | Día 2

Después de decidir que la llegada a India merecía un largo descanso, el segundo día tenía que ser el de profundizar en las primeras impresiones pasajeras de Delhi del día anterior. Constatamos que España es el único país del mundo que sella sus sueños con persianas: en India la luz te despierta a las seis de la mañana. Por suerte —o quizás por desgracia— nos alojamos lejos del centro y el ruido matutino es escaso: el motor de algunas motos, el pitido constante de los tuk tuks y el rumor de muchos pájaros. La campaña de higiene bajo mínimos ha comenzado. La ducha sale helada y hacemos movimientos imposibles para que el agua nos limpie casi sin tocarnos. Nos lavamos los dientes con agua de botella porque llegamos sobreadvertidos: no probar el agua del grifo. “En ningún lugar de la India”, ha insistido Abhi, el dueño del sitio donde nos quedamos, y nos explica que mejor llenar nuestras botellas en el dispensador de agua purificada. Eso hacemos. Nuestro primer anfitrión, Abhi el vivo Abhi es un treintañero muy resuelto y charlatán. Vivió un tiempo en Brasil y por eso mezcla su inglés apresurado con palabras de portuñol roto. “Hablo muy deprisa, disculpadme”, nos dice mientras se convierte en el mejor primer guía que un recién aterrizado en la India quisiera encontrar. Nos cuenta qué no debemos perdernos, cómo debemos movernos, qué hacer, no hacer y deshacer. Y dónde comer, qué abre y qué cierra, cuánto cuestan las cosas, cómo interpretar el enorme mapa del metro, de qué manera comprar billetes de trenes y buses. Ya al final de su disertación intenta vendernos los tours que organiza hasta Agra y Rajastán. Todo con una sonrisa enorme y “sin compromiso”. A uno le sabe mal decirle que el colchón de nuestra cama tiene la consistencia de una tabla de planchar. Entre el caos y la espiritualidad Nuestro día en Delhi aúna dos antagonismos de la India: el caos y la espiritualidad. No sabemos cuál de las dos nos gusta más; ni cuál nos gusta menos. Por la mañana desayunamos lejos de Abhi —que cobra unos 5 € al cambio por un “desayuno continental”— en Paharganj, el barrio mochilero de la ciudad. Lo de mochilero no sabemos exactamente a qué se debe. Es cierto que vimos un par de turistas, pero ninguna mochila y muy pocos hostales. Paharganj tiene un par de vacas aquí y allí y un espíritu muy indio: despreocupado, hortera y simpático. Tiene rollo, tiene onda, no se lo vamos a negar. Luego, después de pasar por la estación de tren para comprar un billete a nuestro próximo destino, llegamos a lo que no estábamos preparados: Old Delhi. Old Delhi, la bienvenida más cruda a India El Viejo Delhi es una maraña de incertezas. La principal, si se va a conseguir salir vivo. Nunca habíamos visto nada igual. Motos, personas, animales, coches, tuk tuks, comercios, cables enormes enrollados de diez en diez a la pared, más personas, muchos más tuk tuks, aceras ocupadas, calles atestadas. Ni un metro para caminar; donde no cabe un coche entran diez tuk tuks, quince motos y dos hileras de personas que contraponen direcciones. Y uno no tiene tiempo de dudar, porque se lo comen. Hay que seguir caminando, paso firme, cruzar por donde los demás cruzan. O inventarse un cruce alternativo. No mirar atrás, sacar fotos sin enfocar, flipar a cada metro. Old Delhi es el espacio más superpoblado que hemos conocido. Superpoblado de gente, superpoblado de escenas, superpoblado de vida. Catarsis para los sentidos, agotamiento placentero. Pero ya: dame un respiro. Más primeras impresiones de Delhi También conocimos la Jama Masjid, una enorme mezquita en medio de Old Delhi, que congrega a muchos musulmanes y a más curiosos. Nos quieren hacer pagar trescientas rupias por entrar. Sabemos que no es así, que la tasa es solo para cámaras. Se nos cae la cara de ingenuos, y de guiris. Tomamos el metro para cambiar de religión: de islam a sijismo y tiro porque me toca. La religión, cualquier religión, está en todos sitios en Delhi. A los sijs les confiarías la vida, pero de momento les confiamos los zapatos. Para visitar el Gurudwara Shri Bangla Sahib —el principal templo sij de Delhi— hay que ir descalzo, sin calcetines siquiera, y cubrirse la cabeza. El lugar de culto respira paz, una espiritualidad sentida y sincera, en la que el amor al prójimo —pero de verdad— está muy presente. El día demandaba de un colofón culinario apropiado, para acabar de completar las primeras impresiones de Delhi. Comemos-merendamos-cenamos cerca de Connaught Place, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, en un restaurante que se llama Hotel. Acostumbrarse a las lógicas indias no va a ser sencillo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
Delhi con escalas | Día 1

Los aeropuertos son lugares de confluencia, que juntan y separan destinos, que se llenan de historias de lágrimas. El de Barcelona, el de casa, era nuestro punto de partida hacia la aventura. Llegar hasta Delhi requiere de al menos una escala, porque lo de estar directamente conectados no se da —de momento— entre catalanes e indios. Así compartimos nuestro trayecto con un montón de ucranianos rubios y de ojos azules, y algún otro que rompía con el cliché. La tregua antes de la llegada, el gris matizado al shock cultural, fue Kiev. Sólo durante un par de horas. Volamos con Ukraine International, la aerolínea de cabecera del país. Quién hubiera dicho que Kiev y Delhi, sin escalas, compartían conexión aérea varias veces por semana. Salimos puntuales con megafonía ucraniana que suena rusa. Adivino tres palabras: Kiev-tres-grados. El avión se las ingenia para despegarse del suelo y se tuerce hacia la izquierda para encararnos con el azul del Mediterráneo. A los dos segundos se pone recto y empieza a ascender. Dos minutos más tarde, es difícil distinguir el azul del cielo del azul del mar. Es divertido sentarse en la ventana y recordarse la insignificancia propia sobrevolándolo todo. Las dos horas de escala pasan volando. Y ya nos preparamos para el trayecto largo. Es de altos padecer los vuelos largos. La sorpresa llega para mal cuando nos subimos al avión que tiene que hacer el trayecto de siete horas entre Kiev y Delhi… ¡Es el mismo con el que venimos de Barcelona! A ver, no exactamente el mismo, sino uno similar pero del mismo modelo: un Boeing 737-800. Con dos filas de tres asientos, el típico avión pequeño que sobrevives a duras penas en vuelos de dos horas. Pues fueron siete, y sobrevivimos pese a la indignación. Al entrar nos convencimos de que habíamos embarcado una puerta equivocada. Pero al mirar al resto del pasaje, nativos indios la mayoría, la duda se despejó. En cualquier caso, al final el avión hizo la función, llegó —¡llegamos!— a Delhi con escalas… para dormir (mucho).
De Xian a Pekín: la experiencia de tren en China más surrealista

Estaba en Xian a punto de tomar un tren que me tenía que llevar, si sobrevivía, de vuelta a Pekín. Esta es la crónica de la experiencia de tren en China más intransferiblemente surrealista. El tren Z56, el tren con nombre de convoy con dirección a los gulags. El calor era horrible. Lo había sido desde que había llegado a China, cinco días atrás; y sobre todo desde que el AVE chino, mi comodísimo y más tarde añorado AVE chino, me había traído un par de días antes a Xian. Aquel tren, el AVE chino, me había costado 85 € al cambio. El que estaba a punto de padecer y sobrevivir, solo 18 €. Me había acostumbrado a sentirme observado. Pero la costumbre no erosiona las sensaciones: me seguía incomodando que me miraran constantemente, que me hicieran fotos. Y además, era incapaz de escrutar por qué me sonreían. Les debía resultar inaudito en la medida en que ellos me resultaban a mí enigmáticos. O simplemente me estaban simpatizando, sabedores de la experiencia de tren en China que me esperaba. Concedo que no debe resultarles habitual ver a un extranjero caminar más de media hora cargando una enorme mochila. No sabían que era una manera más de hacer bandera de los tópicos identitarios (los propios, me refiero). Si ya había decidido comprarme un billete de tren de doce horas en la más asequible de las clases del más asequible de los trenes, no me iba a gastar una fortuna en tomar un taxi desde el hostal hasta la estación. Los asientos duros Antes de partir, haciendo tiempo en el hostal, esquivando el calor infernal cerveza fría en mano, se me ocurrió googlear experiencias de temerarios que habían decidido hacer lo mismo que yo iba a hacer. —Evitad a toda costa los hard seat en trayectos de más de seis horas. Era la perorata repetida de viajeros mucho más avezados que yo. Qué más daba, ya no había marcha atrás, el error estaba cometido. Mi billete en hard seat estaba comprado desde hacía muchos días. Y si la experiencia de tren en China se prometía comprometedora, el recuerdo se aseguraba inolvidable. Los trenes que en China empiezan por Z —no debe ser azarosa la elección de la última de las letras del abecedario— son aquellos que cubren largas distancias, normalmente por la noche. Se caracterizan porque son lentos (no superan los 160 km/h) y paran solo en grandes ciudades. En China, gran ciudad es casi cualquier ciudad. Como en el resto de convoyes, los Z tienen distintas clases, entre las que destaca por divertida, incómoda y económica la hard seat. La literalidad de la traducción no podría ser más perfecta: asiento duro. Los hard seat se los pueden permitir los ciudadanos medios del país, los que aspiran a llegar a su destino sin más comodidades que un metro cuadrado en el que acomodarse. El resto de clases están destinadas a los locales pudientes y los extranjeros prudentes, no a los que buscan una experiencia de tren en China al límite. Advertencias desatendidas Unos pocos más de mil kilómetros separan Xian, la ciudad de los guerreros de Terracota, de Pekín. China es un país tan grande, tan inabarcablemente transitable, que necesita de una de las redes ferroviarias más extensas del mundo. El tren es el transporte más barato, y el que te asegura llegar a cualquier pueblo del país desde cualquier ciudad de la otra punta de la enorme geografía china. Los trenes de alta velocidad, en China, tiene sentido de ser. El universo trataba de contarme algo. A modo de advertencia, elementos disuasorios se cruzaban en mi camino hacia la estación antes de vivir mi memorable experiencia de tren en China. En una señal viaria un hombre corría despavorido hacia no se sabe dónde: ‘emergency exit’ rezaba el cartel en inglés, que traducía los incomprensibles caracteres del mandarín. Ya en la estación de trenes de Xian, no me sorprendí cuando era el único con rasgos decididamente no chinos. Estaba en mi salsa: el viaje, al final, consiste en estar allí donde uno se siente extranjero. La llegada a la estación de Xian Las estaciones de tren de China son submundos complejísimos. Tienen lógicas de funcionamiento que le son ajenas al mundo exterior. Es difícil entender dónde se compran los billetes, descifrar qué camino se toma para llegar a las vías. Normalmente siempre hay una de las filas de venta de tickets que se destina a los turistas. Normalmente esos turistas ya han reservado sus billetes por internet, en CTrip, con lo que sólo tienen que reclamarlos y retirarlos. Sin embargo, normalmente esa fila está llena de ojos rasgados, que le hablan en mandarían a la operaria. Cargan enormes maletas o cuatro niños. Al extranjero se le cuelan. Y él, haciendo acopio de empatía cultural, deja pasar la jugada dos veces. Tres, si es paciente. Cuatro si es un santo. A la quinta empieza —empiezo— a blasfemar en castellano. Y el interpelado contesta en mandarían. Y el malentendido tiene complicado arreglo. La entente es imposible, desisto en reclamar mi sitio. Sigo esperando. Así empieza mi experiencia de tren en China. Los inicios de la travesía Parte el tren en hora. No recuerdo haber estado tanto tiempo sentado en un espacio más incómodo. El respaldo del hard seat hace la función opuesta a la que debiera: le empuja al pasajero hacia adelante. Así, con la espalda encorvada, uno trata de convencerse de que en realidad la incomodidad es soportable, que el trayecto va a ser llevadero. En los pasillos la gente se queda de pie, busca un huequito en el que poder levantar las manos para pegarse a su pantalla. Hay billetes de tren para ir de Xian a Pekín de pie catorce horas. Hay gente que compra esos billetes. Visto así, mi experiencia de tren en China podría haber sido incluso peor (¿o mejor?). El pasajero más observado: yo Pasar desapercibido, en ese contexto, no es una opción. Mi presencia resulta incomprensible.