Buscar

De Jaisalmer a Delhi: dieciocho horas de tren | Día 17

La estación de tren de Jaisalmer

Reportando en condiciones precarias desde el tren que nos lleva de Jaisalmer a Delhi. Sí, volvemos a Delhi. Cambio. Ayer conseguimos dos billetes de última hora para un trayecto eterno, de casi un día entero, que llevaba tiempo que tenía todo vendido. Resulta, por suerte, que la compañía india de ferrocarriles guarda unos billetes de emergencia que solo se pueden adquirir el día de antes con un cargo extra de 300 rupias, unos 4 €. Nuestra emergencia no era tal: solo queríamos avanzar. Mientras abones el coste del billete, la naturaleza de la emergencia da un poco lo mismo. Cambio. Un fuerte más para la colección rajastaní: el de Jaisalmer Como el tren que estamos tratando de sobrevivir no salía hasta las 17.00 h, la mañana la hemos ocupado conociendo el fuerte de Jaisalmer. A diferencia de otros fuertes de la región, este tiene la particularidad de que alberga vida. Las callecitas de la fortaleza están llenas de tienditas de souvenirs, de restaurantes, cafés, hoteles y de viviendas. Unos 3.000 habitantes de Jaisalmer despiertan cada día dentro del fuerte y desayunan viendo pasar turistas. Y comen y cenan y se van a dormir viendo pasar turistas. Quizás por eso tienen un inglés mejor entrenado y un acento más depurado. Cambio. El encuentro con otro hombre del desierto Hoy nos hemos encontrado con la segunda persona que entabla conversación con nosotros, de manera muy amigable, interesándose por nuestra procedencia y nuestro viaje, con la voluntad de que le regalemos dinero de nuestros países de origen. La vez anterior zanjamos el asunto con un “solo tenemos rupias”, que era cierto. Hoy, con el monedero de los céntimos de euro encima, le hemos regalado una moneda de veinte céntimos al hombre. Nos ha dicho que vivía en el desierto y que venía a Jaisalmer a hacer la compra. La gente del desierto nos cae bien. Nos ha enseñado un billete de cinco dólares estadounidenses y nos ha explicado que unos chicos se lo regalaron el otro día, pero no sabía a cuánto equivalía. “A unas 400 rupias”, le hemos dicho. No le hemos contado que nuestros veinte céntimos de euro eran unas quince rupias. O quizás el hombre del desierto ya lo sabía todo eso y solo nos ha enseñados el billete de cinco dólares a modo de reclamo. “Ratas”, le ha faltado decirnos. Cambio. Una noche de ronquidos, y cucarachas Tenemos las dos literas de arriba de uno de los compartimentos del tren de Jaisalmer a Delhi de dieciocho horas. En cada una de ellas, además de nosotros, hemos encajado dos mochilas. Las literas son minúsculas: de sesenta escasos centímetros de ancho y de menos de metro noventa de largo. No sabemos exactamente qué postura vamos a tener que inventarnos para dormir. Estamos en ello. De aquí salimos contorsionistas. O más probable, lisiados. Lo cierto es que a nuestro vecino de delante la falta de espacio no le es inconveniente para roncar con el mayor ímpetu. Hemos visto un par de cucarachas tratando de compartir litera con nosotros. Cambio y corto.

Atardecer en el desierto de Jaisalmer | Día 16

El desierto a las afueras de Jaisalmer al atardecer, un imprescindible de cualquier viaje a Rajastán

Jaisalmer es el destino turístico de la India más occidental, no en su acepción blanca supremacista, sino cardinalmente hablando. Está muy al oeste del país, pegado a la frontera con Pakistán. La ciudad encaja girando tres ruedas muy distintas: la energía eólica, los militares y el turismo. De una manera u otra, la mayoría de los habitantes de la ciudad tienen relación laboral con alguna de las tres. Cerca de Jaisalmer, en dirección hacia Pakistán, se encuentra el desierto de Thar, el motivo principal por el que los turistas llegamos hasta aquí. La ciudad tiene otros atractivos, pero ninguno lo es tanto como la posibilidad de embarcarse en una memorable travesía por que acabe con un épico atardecer en el desierto de Jaisalmer. Una incursión rápida en el desierto de Thar, a las afueras de Jaisalmer La ciudad está llena de empresas que ofrecen circuitos por el desierto. La oferta es extensísima y las opciones innumerables. Lo habitual es hacer una noche en alguna de las dunas bajo las estrellas. Pero los hay que se adentran y le conocen al desierto todos sus horizontes, hasta en dos semanas; y los que, como nosotros, prefieren hacer una incursión rápida de unas cuantas horas para llenarse un poco los zapatos de arena, conocer a la gente del desierto, montar en camello, degustar la gastronomía local, ver el atardecer y partir de vuelta con un cielo lleno de estrellas. Todo eso hemos hecho en unas ocho horas intensas y muy disfrutadas. No era sencillo escoger compañía. Después de mucho informarnos, los comentarios hablaban muy bien de una de ellas. En realidad este tipo de circuitos organizados difieren en poco entre empresas; pero siempre las hay más serias y menos. Esta era fiable. Todo organizado con esmero: los guías activos, los camellos bien cuidados, la cena rica, el campamento donde se iban a quedar nuestros compañeros de viaje a dormir muy decente. Hacer turismo responsable, que impacte de manera positiva en la comunidad local, es una máxima que procuramos siempre seguir. El camellero de los pueblos del desierto Aunque todo es al final un poco raro: los precios son altos y uno se ve obligado a dar propinas por todo. El impacto de nuestra presencia no debe ser muy positivo cuando los guías y los camelleros acaban viviendo de las propinas. El empresario, un chaval embaucador y muy espabilado, se lleva la parte grande del pastel. Como siempre. Además, y pese a que están bien cuidados, los camellos están sirviendo de medio para lucrarse a los empresarios. En cualquier caso hemos podido conocer a Ganga, el camellero con nombre de adivinanza: “Mi nombre significa en español ‘barato y de buen precio’”. Nos ha preguntado a todos de dónde veníamos: Brasil, Italia, México y España; y entonces él nos ha explicado su procedencia: “Los pueblos del desierto”. Ese es su país. El desierto de Thar, a las afueras de Jaisalmer, es un poco de mentira. Tiene muchas plantas, algunos árboles, más roca que arena y unas pocas dunas. En una de ellas hemos desensillado nuestros camellos para tomar un riquísimo chai masala, comer unas patatas y cenar indio sin cubiertos. Además, hemos disfrutado de un inolvidable atardecer en el desierto de Jaisalmer, antes de despedirnos de nuestros compañeros de travesía, que iban a permanecer ahí esa noche disfrutando del cielo estrellado. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

India, la indiscreta | Día 15

El fuerte de Jaisalmer está integrado en la rutina de la ciudad

Pasar de puntillas, sin que nadie la advierta, sin que nadie la escuche, sin que a nadie le moleste. No, la India no cuenta con la discreción entre sus cualidades. Es constantemente ruidosa, a ratos escandalosa. Hasta el punto del agobio, del sofoco, de la asfixia. Tan incesante, constante, aparatosa, estridente. Desde las cinco de la mañana hasta las cinco de la mañana siguiente. Veinticuatro horas sin respiro. Ruido. Perros que no duermen ni dejan dormir, actividad frenética cuando el sol ni amenaza con despuntar, bocinazos de motos, y de coches, y de tuk tuks, y de autobuses. Más ruido. Tan molestos esos bocinazos de los autobuses, prolongados, con una musicalidad tan hortera. No hay día que no odies la India por su intensidad desmedida. Padecer a la India por no entenderla, porque es imposible entenderla si la aterrizas por primera vez. Pero a la India, tan indiscreta, la odias cada día y la admiras cada día. De lo contrario, saldrías corriendo de ella. La India indiscreta matutina de Jodhpur, y la nocturna de Jaisalmer Debe haber muchas más Indias que las que hemos visto hasta ahora. Y seguro que alguna será más pacífica, serena y prudente. La India  es indiscreta en todas las versiones que le hemos conocido hasta ahora, sin excepción. Cada una a su manera: con la música, con las llamadas a la oración, con los animales, con las personas, con los vehículos, con los mantras, con la fiesta. Hoy hemos despertado a las 04.30 h de la mañana en Jodhpur. El bus de Jodhpur a Jaisalmer salía pronto. Los perros encolerizados de ayer seguían en las mismas, ladrándole a todo. Ya por la noche, en nuestro nuevo destino, todo el pueblo —Jaisalmer es como un pueblo: los niños con las bicis, todos se conocen, todos se saludan— ha decidido ayudar a alguien que se estaba mudando en la callejuela de detrás del hotel. A las diez de la noche. Todo el pueblo ahí, gritando, subiendo muebles, haciendo ruido. Haciendo mucho ruido. El bus de Jodhpur a Jaisalmer El día prometía cuando el tuk tuk que nos ha llevado a la estación de buses de Jodhpur nos ha dejado en la dirección equivocada y nos ha cobrado 150 rupias. Un sablazo en toda regla para acabar caminando diez minutos hasta el lugar correcto. “Bus a Jaisalmer”, hemos ido preguntando a la gente que nos cruzábamos. Y te señalaban como hacia el horizonte. En el horizonte estaba ese bus que se caía a pedazos. “¿Jaisalmer?”, preguntas sin saber si quieres que te diga que sí o que no. “¡Jaisalmer!”, te contesta. El autobús, en teoría, tenía que conectar directamente Jodhpur con Jaisalmer en cinco horas. Pero las teorías horarias en la India no funcionan. Estos buses, aunque no debieran, hacen paradas constantes en el recorrido para recoger gente con el propósito de hacer el máximo de dinero posible. Al principio éramos cuatro, al final hemos acabado siendo cien, con el pasillo lleno de gente parada, con sus bolsas, mochilas, maletas, botellas y niños. Los cargan de cuatro en cuatro, a los niños. Un trayecto imposible para admirar Jaisalmer Dormimos un rato hasta que el vecino de enfrente decide que va a hacer de su asiento una cama y se reclina hasta que el asiento hace un ‘crac’ como de que se va a partir. Hasta ahí. Y uno, que es patilargo, no sabe cómo ponerse. El vecino de detrás regurgita con el ánimo de escupir cada dos minutos. ¿Traemos paraguas? A las dos horas empieza el show. El bus completa su aforo hasta en la cabina del conductor. Hay más gente de pie que sentada. El espacio vital se reduce, deja de existir, te lo guardas para otro día. Sin pedirte permiso invaden parte de tu asiento con su enorme panza. O se sientan en el reposabrazos. No sabes si mirarles mal, pedirles que se aparten un poco o encomendarte —una vez más— al dios hindú de los viajeros. Optas por esta última opción. Tus plegarias son escuchadas mucho rato más tarde. La gente se baja antes de llegar a Jaisalmer. Olor desmedido a humanidad, a orín, a comida, a especias. Llegas a Jaisalmer, con su aspecto arenoso, con el fuerte en lo alto, con sus calles de pueblo, con las sonrisas que te regalan, y vuelves a acordarte de que te encanta la India.

Entre selfis, fuertes y tortillas en Jodhpur | Día 14

El fuerte de Mehrangarh de Jodhpur, desde el que se ve toda la ciudad

Estar alojado en el centro de Jodhpur —como alojarse en el centro de cualquier ciudad india— tiene tantas ventajas como inconvenientes. Todo te queda a mano, a cuatro pasos caminado o a tiro de tuk tuk rápido. Por el contrario, hay que acostumbrarse a que el día dure veinte horas y que la paz, el silencio, solo protagonice un par de horas de la madrugada. Esto entre semana. Durante el fin de semana los ruidos son constantes. Los ruidos de motos, de la gente, de los bocinazos. El ruido, en cualquier caso, no iba ser impedimento para degustar la receta más insospechada, las tortillas de Jodhpur. Los perros indios Aquí, en Jodhpur, en nuestro guesthouse Blue Stay, destaca especialmente el ruido de los ladridos encolerizados de dos perros. Los muy perros, encima, escogen bien las horas en las que quejarse de todo: a primera hora de la mañana y a última de la noche. Es difícil entender a qué le ladran o por qué ladran. Sus arranques de ira no responden a un criterio claro. Y son arranques prolongados, de no menos de diez minutos. Los tapones solo ayudan un poco. Los perros de la India lo son en todas las acepciones de la palabra. Se tiran a la sombra y no se mueven en todo el día. Menos estos dos, los encolerizados. Entre ladridos hemos vuelto a despertar hoy, pues. Y hoy el desayuno iba a ser de homenaje porque la ocasión lo merecía: no se cumplen 31 años todos los días. Sobre todo, no se cumplen la India. Las tortillas de Jodhpur que recomienda la Lonley Planet Ayer decidimos que pasaríamos por otro de los lugares recomendados-por-la-Lonely-Planet, un puestito callejero de tortillas que se ha hecho famoso y que frecuentan —frecuentamos— todos los guiris que venimos a Jodhpur. De lo que llamamos en España tortillas, se entiende, no de las tortillas de maíz (o trigo) mexicanas. Omelatte Shop se llama el lugar. Con ‘a’, como para dotarle al negocio de personalidad. ¿Cuánto daño puede hacer una tortilla? Con esa pregunta tratábamos de autoconvencernos de que teníamos que ir a probarla. Lo cierto es que el secreto del éxito no existe. Son simples tortillas francesas, españolas (es decir, con patatas) y/o con queso, en las que la única novedad culinaria es la inclusión —si quieres— de masala. El masala es un conglomerado de especias que utilizan en la India para darle sabor a todo. Todo puede llevar masala. Como en España el aceite o en México el limón. El fuerte de Mehrangarh y selfis indiscriminados Con nuestras tortillas de Jodhpur degustadas, la siguiente parada del día era el fuerte de Mehrangarh, una fortaleza enorme que se erige por encima de toda la ciudad, presidiéndola y cuidando de ella. Todo el estado de Rajastán está plagado de fuertes, que eran las antiguas residencias de los marajás. Lo curioso es que muchas de las dinastías, ya despojados de sus nobles privilegios, continúan poseyendo estas enormes fortalezas y palacios y los convierten, con enorme acierto, en visitas interesantísimas. Más allá de las espectaculares vistas que proporciona de la ciudad, con el horizonte de las casas pintadas de azul, el fuerte de Mehrangarh se ha reconvertido en museo para permitir al visitante recorrer los principales pasajes de la historia de la ciudad. Para ello, como todos los fuertes y palacios que hemos visitado hasta ahora, se ponen a la disposición del turista unas audioguías muy pedagógicas, que te acompañan durante el recorrido y te contextualizan lo que ves. La audioguía, que siempre tiene la opción de idioma español (aquí con acento argentino, pero en Udaipur fue con acento español castizo), tiene un efecto mucho más sugestivo que cualquier programa de televisión. No te la puedes llevar a casa, porque has dejado el DNI como depósito. Los indios son personas a los que los turistas les despiertan mucha curiosidad. Pero ningunos como los indios de Jodhpur. Nos han hecho sentirnos famosos de la cantidad de veces que nos han pedido hacerse una foto con nosotros. Los famosos no somos nosotros, son los extranjeros. Por eso nosotros llamamos relativamente la atención, pero los que tienen los ojos rasgados, los negros y los rubios forman colas a su alrededor de la gente que quiere sacarse un selfi con ellos. Parece que compitan por ver quién es el que consigue más fotos con turistas en un día. Como la ocasión lo merecía, hemos acabado el día en un restaurante top del RAAS de Jodhpur, el hotel más top de la ciudad, desestructurando nuestro ajustado presupuesto diario. No se cumplen 31 años en la India todos los días.

El azul de Jodhpur es el color más cálido | Día 13

El mercado de Jodhpur y sus frutas

Jodhpur es la segunda ciudad en importancia, y en habitantes, de Rajastán. Si se la conoce por algo es por el azul con el que están pintadas las paredes de la mayoría de sus casas. Uno llega esperando deslumbrarse por el azul de Jodhpur. Pero no es tanto así. Es en su parte vieja de la ciudad donde el azul salta constantemente a la vista. Esta zona, sin embargo, es tranquila, discreta, poco transitada. Uno supone que el movimiento y los turistas deben estar aquí, y se sorprende cuando es el único —entre los turistas— que se ha aventurado hasta aquí. Se suceden entonces los “hello, hello” de sorpresa de los locales, como inhabituados a ver a alguien con una cámara en la mano y unas gafas de sol. Alguien, como nosotros, tan irremediablemente turista. Practicando el inglés de los indios Los niños son los más curiosos, porque saben un poco más de inglés y lo quieren practicar. Así, un chaval de unos doce años se ha acercado a nosotros con su padre al lado. “Es mi padre”, nos decía, para que entendiéramos por qué le iba traduciendo todo lo que hablábamos. Cuando uno piensa en la India da por hecho que el inglés, siendo como es idioma oficial, será de dominio público, de uso habitual. No es así, sin embargo. El hindi es la lengua de la calle, de los bazares, de las familias, de las parejas, de los tratos, de los desencuentros, de los gritos, de los susurros. El inglés queda aparcado para el turista. Un inglés casi siempre errático, roto, muy básico. Un inglés, además, complejo de entender, muy british en su vocabulario, con un acento intrincado, resbaladizo. El niño, con su padre al lado, nos ha pedido un selfi para cerrar la animada conversación que hemos mantenido. El suyo era un inglés de nota, debe ser de los empollones de la clase. El azul de nuestro alojamiento de Jodhpur, hasta en el nombre Aquí en Jodhpur ha llegado ya por fin el calor a nuestros días de aventura india. Por suerte, un calor todavía soportable que, eso sí, nos ha invitado a encender el aire acondicionado de la habitación. Porque nuestra habitación de la ciudad azul de Jodhpur, además de aire, tiene un colgador muy práctico y lucido tipo Ikea y dos sillones coloridos que le dan al cuarto un aspecto muy resultón. Con qué poco —y un mínimo de limpieza— se consigue un alojamiento decente. El guesthouse en el que nos alojamos es azul hasta en el nombre: Blue Stay. Está en el centro de verdad, a dos pasos de un enorme mercado que vende de todo: sandalias, frutas, hortalizas, especias, ropa, juguetes. Todo muy bien ordenado, todo medidamente caótico. “¿De dónde eres?”, te preguntan a cada paso, solo por curiosidad, quizás tratando de ganarse tu atención. En esta parte de la ciudad, alrededor de Gantar Ghar, se concentra todo el movimiento, toda la gente. Los que compran, los que venden, los que curiosean, los que mendigan, los que descubren: todos. También las moscas y las vacas. También la basura, el polvo y la mierda. Con una mano hay que apartarse las moscas, con la otra sostener la cámara. Y mientras, hay que ir dando saltitos, para no llevarte hasta la habitación un recuerdo que no quieres. Por la tarde visitamos un baori, el Toorji Ka Jhalra. Son pozos rodeados de escaleras que tienen forma de grada. Es una construcción habitual en todo el país, que habiendo perdido su sentido práctico de antaño, se han rehabilitado ahora como efectistas construcciones para disfrute de los turistas, encantados por lo fotogénico del espacio, y de los locales, que vienen simplemente a pasear, a juntarse o a citarse. De existir en España, estaría atestado de jovencitos haciendo botellón. En el baori de Jodhpur hemos pasado un muy buen rato inventando encuadres. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

El aroma de Udaipur a Jodhpur | Día 12

Las calles de Udaipur con su caos ordenado

Seguimos moviéndonos por Rajastán, por la India, por Asia. De Udaipur, que le cogimos cariño, tomábamos hoy un bus a Jodhpur, que no sabemos con cuánto cariño la abandonaremos en tres días. El listón está alto. Ha sido un día interrumpido, ni de allí, de Udaipur, ni de aquí, de Jodhpur. Hasta las cuatro de la tarde no salía nuestro bus, con lo que nos hemos tenido que inventar un par de horas de paseo matutino haciendo tiempo para la comida; para alargar luego la comida, con postre, cafés y sobremesa, con tal de no llegar demasiado pronto a la estación. Pero tiempo pasado en Udaipur es siempre tiempo aprovechado. Las últimas horas en Udaipur El Lago Pichola separa la ciudad en dos mitades y en las orillas es donde se concentra la vida turística. De un lado, donde queda el Palacio de la Ciudad, donde estábamos alojados, se siente el latir del ajetreo. Del otro, el ritmo es más pausado, el tráfico menos intenso, los turistas más escasos y el ambiente más local. Las calles están llenas de galerías de arte, que también, la mayoría, hacen las veces de escuelas. “Quieren ver mi arte”, te preguntan. Y les acompañas un rato, les dices que parece interesante y que quizás ya vuelves después. Y no vuelves, porque sientes que te van a querer vender gato por liebre. O porque a los dos pasos vuelves a encontrar otra galería, de la que también pasas de largo, mirándola de reojo, pensando que quizás esos eran los souvenirs más bonitos que vas a encontrar en todo el viaje. Entonces la gente, sin más pretensión que saludarte, te dice «hola». Hoy hemos pasado por franceses todo el rato: “Ça va?”. Y respondes “bian”, con ese acento tan francés de Tepic y Barcelona. Pero se dan cuenta de que no, de que todavía te quedan tres clases de francés, y te preguntan de dónde eres. Y entonces sí aciertan: “Hola, hola”. Y te desean un buen día. Para rematarlo, comemos en un café-restaurante que podría pasar por un duplicado de cualquiera de los cafés de Williamsburg, o de cualquier otro barrio hípster de cualquier ciudad del mundo. Con su café de especialidad, sus cuadros en la pared, sus libros de intercambio, sus juegos de mesa y su música indie-folk de fondo. La honestidad del tuktukero Camino del bus que tiene que nos iba a llevar de Udaipur a Jodhpur ha venido a toparse con nosotros el conductor de tuk tuk más honesto que hemos conocido hasta la fecha. Cuando le hemos dicho que el destino era la estación de buses de Udaipur, a solo un par de kilómetros, nos ha tarifado el trayecto en 50 rupias. El intento de regateo ha salido por defecto, como un tic contraído con los días. Pero era mejor desistir: 50 rupias era justo para dos guiris. En la estación, incontables buses en los que no quieres pasar más de diez minutos, lavabos en los que no quieres orinar (y menos defecar), asientos que te invitan a seguir de pie y limosneros intentando dar pena con sus hijos de la mano. Lo peor es que lo consiguen y te obligan a mirar hacia otro lado con un nudo en el estómago. Entre todos los buses que no quieres abordar aparece el nuestro, tan lustroso al lado de los demás. Tiene aire acondicionado, dos asientos por fila y no se cae a trozos. El lujo —“lujo”— se paga: este bus cuesta el doble que el ordinario, el que para en todos sitios, completa el doble del aforo permitido y transpira humanidad. El aroma que no queríamos oler Sin embargo, el lujo —“lujo”— no es necesariamente sinónimo de regocijo. En el asiento de detrás, justo en el asiento de detrás, se sube un hombre que le tiene declarada la guerra a la ducha desde hace al menos una semana. La contienda es dura, y la va ganando. Como en toda batalla, hay víctimas inocentes, afectados pasivos. Esos éramos nosotros. Durante cinco horas hemos tenido que improvisar de un papel una mascarilla. En estas, el conductor enloquece y acelera como si de repente tuviera prisa. El bus de Udaipur a Jodhpur recorre una carretera irregular, bacheada, incómoda. Sestea constantemente. Entre los movimientos y el aroma, que llega en oleadas constantes, el estómago protesta y te recuerda que esta mañana te has comida una pizza que todavía estás digiriendo. Nos encomendamos al dios hindú de los viajeros para que el camino se haga corto. Nuestras plegarias son desoídas a medias: llegamos 45 minutos tarde a Jodhpur. Pero llegamos.

Folclore de Rajastán | Día 11

Una mujer india en un espectáculo de folclore de Rajastán en Udaipur

En un callejón que parece que no existe, al lado de la calle principal de Udaipur, nuestro alojamiento, la Nandini Paying Guest House, es el mejor que hemos tenido hasta ahora en la India. La guesthouse es una suerte de oasis en medio del hermoso galimatías callejero de la ciudad, insonoriza —más o menos— los bocinazos de las motos y respira un ambiente de calma. Será que después de diez días y cuatro alojamientos hemos bajado por fin el listón y sabemos apreciar la limpieza, la tranquilidad y el orden en su acepción india. Pero el caso es que los dueños son irremediablemente encantadores siempre que te cruzas con ellos. Y además, todo nos queda a diez minutos caminando; con lo que hemos seguido desestimando cortésmente todos las invitaciones de conductores de tuk tuks. Mañana, después del espectáculo de folclore de Rajastán de esta noche, para ir hasta la estación de buses nos tocará lidiar con ellos otra vez. En bote hasta la isla de Jagmandir Hoy teníamos que volver al Palacio de la Ciudad por imperativo logístico. Desde dentro de sus instalaciones salen los únicos botes que te pasean por el Lago Pichola, el que delimita todo el centro de la ciudad a su alrededor, y te llevan hasta una de las islas que acoge: Jagmandir. El paseo ha sido de lo más guiri, que no por ello aburrido. La isla también está hecha para el uso y disfrute de los turistas: tiene un spa, un restaurante de lujo, dos barecitos en los que el agua te sale más cara que en las Ramblas de Barcelona y unas suites en las que alojarse debe costar el sueldo medio de tres españoles. Así que nos ha tocado mirar con envidia al grupo de turistas chinas que han celebrado la vida con una Mahou —la clásica, la misma que les encanta a los madrileños—. Debe ser la primera vez que sentimos envidia de alguien que se está tomando una Mahou. La Lonely Planet como motivo de orgullo Antes habíamos visto una especie de celebración en honor a no sabíamos qué. Un grupo de chicos jóvenes tocaban tambores mientras las chicas bailaban animadas. Podría haber sido una boda, pero no se veían novios. Esta es la gracia de Udaipur, lo rápido que pasas de lo turístico a lo local, y lo bien que conjuga lo uno con lo otro. Luego, a la hora de comer, hemos ido a un restaurante recomendado por la Lonely Planet. Es gracioso cómo los indios saben que para los turistas la guía entre las guías de viajes es una especie de biblia a la que religiosamente seguimos y adoramos. Por eso, salir recomendados en ella es un honor para el establecimiento, pero sobre todo la mejor campaña de marketing. Si sales en la Lonely tienes que alardear de ello. Y eso hacen: en los enormes carteles, además de explicarte lo que ofrecen, te cuentan que tienen “el sello de calidad” de la guía. El sitio servía un poco de todo, pero hoy no. “No tenemos fast food”, nos advertía la dueña, animándonos a volver a la senda de la comida india. Por fast food quería decir comida no autóctona. Al vernos cómo nos hemos mirado ha ido a la cocina a asegurarse. “Bueno, tenemos sándwiches y hamburguesas”, ha rectificado. “Pues serán dos hamburguesas de pollo y dos refrescos, por favor”. El espectáculo de folclore de Rajastán Ya por la tarde hemos ido a ver un show que cada día organizan en uno de los museos de la ciudad, el Bagore Ki Haveli, en el que en una hora se muestra la tradición artística y el folclore de Rajastán a través de varias danzas. Nos habían explicado que la función se pone siempre hasta los topes y era conveniente ir con tiempo para asegurarse entrada y un buen sitio. Pese a llegar una hora antes, se nos han colado quince personas —por torpeza propia— y hemos escogido los peores sitios. Pero aparte de eso, el show ha sido genial. Es una especie de recorrido por el folclore de Rajastán en varios actos. En cada uno de ellos las bailarinas, los actores o los animadores interpretan algún baile o alguna tradición concreta. Al ritmo de la música de dos intérpretes, las bailarinas, algunas más diestras que otras en el arte de moverse, llenaban de ritmo el escenario. Lo hacían con el exotismo de sus movimientos, pero también con el color de sus vestidos, que movían espasmódicamente dando vueltas. Un marionetista les cogía el testigo para interpretar el número más simpático. Su habilidad a la hora de mover los dedos para hacer girar a la marioneta a su antojo era de admirar. El golpe final ha sido el solo de una mujer de 72 años que se movía como una de 20, con el notable inconveniente de llevar hasta once jarrones en la cabeza, a los que tenía que acomodar en cada movimiento para que no se cayeran. La mujer se agachaba, se levantaba y giraba. Al final, después de un gran aplauso, la gente corría a hacerse fotos con ella. Cada noche, pese a sus sudores, debe sentirse la mujer más feliz de Udaipur. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Visita a Udaipur, ciudad de palacios y lagos | Día 10

El Palacio de la Ciudad de Udaipur iluminado en la noche

Confirmadas las pasajeras impresiones de la noche anterior: Udaipur es bonita y distinta. Tiene un talante más amigable, un ritmo más evocador. La vida del centro de la ciudad es vida turistificada. Las tienditas se dedican a vender lo que los viajeros buscan: papel de baño, agua, masajes, pañuelos, snacks, especias, coca colas y heena. Y como en el resto del país, le interpelan a uno cuando le advierten extranjero. Pero lo hacen de un modo diferente, con una sonrisa más sincera, con un fondo más humano. Por eso, la visita a Udaipur le pone a uno de buen humor desde el primer minuto. Quizás son simplemente mejores embaucadores. Sin embargo, y habiendo superado ya la primera semana en el país, nos aventurarnos a asegurar que la gente de Udaipur es más honesta con el visitante. Los habitantes de Udaipur Por ejemplo, el dueño del guesthouse en el que nos alojamos, la Nandini Payuing Guesthouse, una casa familiar de varias plantas sin ninguna pretensión más que ofrecerte una cama cómoda, una habitación decentemente limpia y una amplia sonrisa siempre que te cruzas a cualquiera de los miembros de la familia. El padre, Jithu, se ofreció a ayudarnos en lo necesario y nos enseñó las preciosas vistas de la azotea del edifico, además de darnos tres datos de información básica sobre la ciudad. O también, por ejemplo, el matrimonio que regenta dos de las tienditas pegadas a nuestro alojamiento. Les compramos una botella de agua y nos acabaron invitando a tomar el té con ellos y su familia. Les agradecimos el gesto y nos emplazamos a venir otro día. Su propósito legítimo era vendernos cualquier cosa que necesitáramos, y convenceros de la necesidad de que compráramos lo que no sabíamos que nos hacía falta, pero sus maneras y su trato cercano nos ganaron. También el conductor de tuk tuk que ha agradecido que le contestáramos —que no— a su oferta de llevarnos a algún sitio: “Gracias por responderme que no, amigo”. U otro compañero de gremio, que no nos ha insistido cuando le hemos dicho que no necesitábamos transporte, pero sí se ha interesado por saber de dónde somos. Igual que los que nos han vendido agua en otra tiendita: “¿De dónde sois?”. Y tras contestarles y cuando ya nos íbamos: “Que os vaya bien”. Quizás están simplemente listando el país de procedencia de la gente que visita la ciudad para operar en consecuencia. Primera retazos de nuestra visita a Udaipur Udaipur está rodeada de lagos que la circundan, la moldean y la condicionan. Para bien y para mal. El centro de la ciudad es de calles estrechas, casi callejuelas, en las que se crean enormes tapones de circulación cuando en lugar de dos motos se cruzan dos coches. El terreno es curvilíneo y tiene continuos sube y bajas. En lo alto de la ciudad, en una colina, está el Palacio de la Ciudad. Se construyó ahí precisamente por su posición privilegiada de vigía, para cuidarse de ataques enemigos. Detrás del palacio está el lago Pichola, el principal, que llena de romanticismo los atardeceres. En su corazón tiene un par de islas, una de ellas con un hotel lujosísimo. Solo pueden acceder a la isla los que prueban que se alojan ahí. James Bond a la hora del happy hour Udaipur es bonita en la forma en que está construida, en sus edificios y sus lagos. Es tan bonita como también es india: con sus templos, su jaleo relativo, sus tuk tuks, su comida picante y especiada. Con razón se la conoce como la ciudad más romántica de la India, una especie de París en la que la Torre Eiffel es el Palacio de la Ciudad, el Sena el Lago Pichola y los croissants el curry. Aquí, en el espectacular Palacio de la Ciudad, y también en varias localizaciones más de la ciudad, se rodó parte de la película de James Bond Octopussy. Pese a que la interpretaba el menos James Bond de todos, Roger Moore, el film es motivo de orgullo de la ciudad. Muchos bares y cafés de la ciudad proyectan a diario la película en grandes pantallas, mientras aprovechas el happy hour para tomarte dos mojitos en lugar de uno. Nosotros hemos optado por un plan que teníamos pendiente: comernos unos tacos. Hemos estado cenando comida mexicana en Udaipur en un restaurante regentado por un sueco. Arriba el cosmopolitismo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Paréntesis en el bus de Ajmer a Udaipur | Día 9

La guía Lonely Planet de la India en un bus de la India

La locura nocturna de Pushkar, de cánticos inconexos y mantras repetitivos que se escuchaban en todo el pueblo, parece justificarse. Resulta que hoy lunes era día de una importante fiesta religiosa hindú en honor al dios Shiva, el Maha Shivaratri. La tradición obliga a los fieles a ayunar el día anterior y a permanecer despiertos durante toda la noche. Se supone que esa noche sin dormir deben dedicarla a la meditación, aunque los pormenores de la festividad varían según la región. En Pushkar meditaron unos pocos, el resto se dedicaron a cantar a pulmón vivo y a tocar tambores nada discretos. Desde el bus que nos lleva de Ajmer a Udaipur podemos asegurar que no te vamos a echar de menos, Pushkar. Pero te recordaremos con el cariño que recuerdas a los sitios que no entiendes y que, además, sabes que no son para ti. O sea, te recordaremos con muy poquito cariño. El bus para salir de Pushkar Para llegar a nuestro cuarto destino en la India, el tercero ya en Rajastán, el día iba a ir de buses. Primero, para bajarnos de Pushkar hasta la cercana ciudad de Ajmer, más grande y mejor conectada. Después, desde Ajmer tomaríamos un bus de siete horas a Udaipur. Pero por partes. El primero de los buses era una suerte de gallinero, en el que el aforo era ilimitado: donde había 40 lugares entraron 60 personas. Por suerte hemos llegado con tiempo y hemos podido ocupar dos asientos. No tuvo la misma suerte una mochilera veterana —que por su errático inglés podría haber sido española— que se vio obligada a ir media hora de pie oliéndole el sobaco a un par de indios de aspecto poco aseado. La mujer, pese a todo, irradiaba felicidad y se notaba que no era su primera vez: la India ya la había desvirgado hacía mucho tiempo. Viajaba liviana, sonreía por todo, hacía amigos y preguntaba sin reparos. El bus de media hora nos ha costado 14 rupias a cada uno, menos de veinte céntimos de euro. El que nos ha llevado a Udaipur, unas 600, casi 8 €. Por eso, cuando hemos llegado a la estación y hemos visto que desde ahí mismo partía nuestro bus largo, y que todos los vehículos aparcados eran tan destartalados, incómodos y viejos como el que nos había traído hasta ahí, nos han dado ganas de llorar. La espera de tres horas no iba a ayudar a aliviar la incerteza. Así que mejor ir a aliviar el estómago con lo más neutro que hemos encontrado en el menú de un restaurante cercano: un sándwich de pollo y queso. En bus de Ajmer a Udaipur De vuelta a la estación, tras sortear una decena de conductores de tuk tuks ávidos de trabajo —“¿Dónde vais? ¿A dónde os llevo?”— y a algún taxista que ha visto la chance de su vida de hacerse rico —“¿Os llevo a Pushkar? ¿Jaipur? ¿Bundi?”— nos ha tocado apostar por cuál de los buses sería el nuestro. “Ninguno, todavía no ha llegado. Tenéis que ir a la plataforma uno”, nos ha explicado uno de los billeteros. Ya plantados en la plataforma uno han aparcado tres buses, a cual peor, que han amagado con amargarnos la existencia. Por suerte, ninguno era el nuestro. A la hora exacta en que debíamos partir ha aparecido el bus más lujoso que había transitado la estación en todo el día. Nos hemos mirado: “¿Será ese?”. Hemos caminado hasta la puerta del bus y le hemos preguntado al conductor, le hemos suplicado: “¿Udaipur?”. Y se nos abre el cielo: “Yes, Udaipur”. El viaje de 230 kilómetros y siete horas ha sido plácido —todo lo plácido que puede ser un viaje de bus en las carreteras de la India— y hasta nos ha dado margen para un par de siestas. Udaipur de noche impone, es hermosa, distinta. Udaipur promete.

El atardecer de Pushkar en el planeta de los simios | Día 8

Los monos de Pushkar

Hace ya una semana que llegamos a la India y todo parece empezar a fluir de otra manera. Todo lo que el primer día era raro ahora lo es menos. Ya no miramos a las vacas con extrañeza ni nos sorprendemos de la ausencia de orden y limpieza en las calles. Las maneras de la India, las particulares maneras de la India, descolocan al inicio. A la semana uno ya se sabe los trucos de supervivencia básica y no se estresa con tanta facilidad. En esas estamos, disfrutando del atardecer de Pushkar. Es cierto que este nuevo destino de la ruta, con su interés relativo, con su ritmo más pausado, con su ausencia de tráfico, han supuesto un respiro con respecto a Delhi y Jaipur. Pero sentimos que estamos aburridos del respiro y queremos un poco de movimiento, desorden y desconcierto. Noche no apta para el descanso Un poco más, queremos decir. Porque el desconcierto es constante, incluso durmiendo. La noche tuvo como banda sonora una especie de mantra hindú que llenaba todo el pueblo. A su lado, la música chumba chumba le competía al mantra en decibelios, creando una atmósfera sonora de sábado noche de lo más particular. En algún lugar no muy lejano al hostal los hippies debían haber montado un aquelarre de sandalias, ropa ancha, rastas interminables y muchas drogas. Sábado noche y Pushkar es una mezcla no apta para los que buscan descanso. Ya despiertos, hemos vuelto a pasear de arriba abajo, de derecha a izquierda, por el frente y por sus recovecos traseros la calle principal de Pushkar. La que cruza el pueblo, rodea el lago, se llena de gente, convive con vacas, escucha doscientos idiomas distintos y vende de todo. El templo Savitri Mata y los monos que lo habitan Esa misma calle lleva, todo recto, hasta el templo Savitri Mata, que se acredita como el mirador oficial de la ciudad. Hasta arriba, donde se encuentra el templo, hay que subir andando o, mejor, en un funicular. Un funicular no apto para aquellos que no les guste el aparato, porque se para un par de veces en la subida amagando con no volver a avanzar. Avanzó, al final, y llegamos a lo alto, donde se encuentra el templo. El recinto es minúsculo y no tiene ningún interés religioso siquiera para los hindúes, que solo suben por las vistas. En el templo y los escasos alrededores se extiende el territorio del planeta de los simios indio. Hay al menos un centenar de ellos, grandes, pequeños, bebés. Una enorme comunidad que se encarga de recoger las sobras que dejan los visitantes, de divertirse asustando a los turistas y de evitar al perro que parece que tienen ahí para proteger el templo. En el hostal es igual: tienen un perro para asustar a un par de monos que tratan de colarse en la cocina a robarse algo para desayunar. Es graciosos observar el comportamiento de los monos indios, tan parecidos a los humanos, tan observadores de lo que sucede, tan pendientes de todo. El bonito atardecer de Pushkar desde el lago La comunidad primate también aparecería después en la cena, en el restaurante en el que pedimos los típicos macarrones indios a la boloñesa. Para acompañarlos, una cerveza clandestina, que te traen envuelta en una servilleta para que no se vea lo que es. Han sido nuestras primeras cervezas en la India. Y nos han sabido tan bien. Como alimentarse del fruto prohibido. El alcohol no está prohibido en la India, las leyes —poco permisivas con su consumo en general— varían según el estado. Del mismo modo, son pocos los locales con licencia para servir alcohol. Sin embargo, muchos tienen una carta B, que solo se muestra si se reclama, en la que la lista de bebidas espirituosas disponibles es larguísima. Y tras la cena hemos conseguido reconciliarnos con Pushkar gracias a su hermoso atardecer a la orilla del lago. Los hippies se alinean haciendo malabares, los turistas y los que no lo son se sientan en las escaleras del Sunset Point, el sol empieza a posar su brillo fugaz en el lago y se esconde a lo lejos, justo detrás de los edificios que quedan al otro lado, al son de la percusión de un grupo de locales. Cuando el sol ya se ha escondido, empieza a sonar en la otra punta del lago el mismo mantra que anoche, que retumba con fuerza. Seguramente los monos observan también el atardecer desde lo alto de su templo, poseídos por el ritmo ragatanga.