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Visitar Kanpur, la India que te agota | Día 27

Un tuk tuk para visitar Kanpur, en la India

—¿Sabéis por lo que es famoso Kanpur? ¿Sabéis qué visitar en Kanpur? —No, dinos. —Por nada. No hay nada que visitar en Kanpur. Moses, uno de los dueños del hostel en el que nos hospedamos en Agra, no entendía qué veníamos a hacer hoy a Kanpur. “Es que nos resultaba la opción más sencilla de llegar a Varanasi, haciendo ahí una noche”, nos justificamos. Después de estar muy bien hospedados en el Zigzag Homestay de Agra, en un hostal cuidado y lleno de buen rollo, se pagaba a muy poco que hoy el día nos saliera cruz. “Ni siquiera yo he estado nunca en Kanpur”, seguía Moses, con ánimo de hacernos ver de lo ilógico de nuestra decisión. “¿Preferís que os ayude a buscar un bus directo hasta Varanasi?”, se ofreció. “No, es que ya tenemos el billete de tren desde Kanpur hasta Varanasi”, le explicamos. Moses —católico en un país en el que nadie lo es, hijo de un padre que vivió en México cocinando y una madre que colaboró con la Madre Teresa de Calcuta, veinteañero, viajero y contador de historias de la historia de la India— se despedía esta mañana de nosotros con sorna: “Disfrutad de Kanpur”. Visitar Kanpur no es una opción ni para los indios Kanpur es una ciudad de casi tres millones de habitantes que no tiene ningún aliciente, que ni siquiera a los indios interesa. Es un lugar anclado en el medio de la nada, entre Agra y Varanasi, al que solo se viene de paso a hacer negocios o a convencerse de que la cara B de la India es un lugar bastante desolado. No es tierra de aventureros intrépidos ni viajeros alternativos, es un lugar al que se llega por error y del que se quiere partir pronto. Kanpur es una ciudad polvorienta, sucia, incapaz y fea. Es una ciudad a la que nadie parece quererle poner un poco de cariño ni empeño. Es, además, un lugar en el que nadie habla inglés y donde las lógicas aplastantes no lo son: los selfis sin sentido alguno —una constante en el país— alcanzan otro nivel y los cajeros de supermercado necesitan que le repitan veintiuna veces el número de teléfono porque las veinte anteriores lo ha apuntado mal. Los baños de Etawah en el bus de Agra a Kanpur Estas solo han sido las gotas que han seguido rebosando de un vaso que ya estaba colmado. Para empezar, el trayecto en bus desde Agra, de casi seis horas, ha sido horrible. El concepto autopista ha adquirido hoy un nuevo sentido, el del sinsentido. La autopista —“autopista”— estaba llena de badenes —sí, sí, de los mismos que en España ponemos para aminorar la velocidad en la entrada de los pueblos— que hacían que a cada doscientos metros el bus diera un bote exagerado que lo dejara al borde del desguace. En estas, nosotros mirándonos aterrados mientras el resto del pasaje dormía inmutable. El bus ha hecho una parada en medio de la nada, más en medio de la nada todavía. En Etawah, que así se llamaba el pueblo, la gente todavía llevaba el Holi de ayer en las caras y un grupo de hombres había montado un partido de cricket en medio de la estación de autobús. El McDonald’s que se nos ocurrió comer ayer había hecho estragos en uno de nuestros estómagos, con lo que hemos tenido que probar cómo era eso de visitar los baños de la estación de Etawah. No ha sido una experiencia bonita. El primer hotel de Kanpur Lo peor, sin embargo, aún estaba por llegar. Ayer reservamos un hotel del que no nos fiábamos, pero era la opción más aceptable ante la ausencia de opciones. Era un hotel de la cadena OYO, una especie de franquicia hotelera que tiene al menos una decena de hospedajes en cada ciudad de la India. Pero son hoteles muy desiguales entre ellos, que tan pronto rozan el lujo como están sin limpiar desde que se abrieron. ¿Cuál nos ha tocado? Uno de los segundos, claro. Hemos llegado al hotel, donde había cuatro personas en la recepción sentadas en unos sofás conversando. Al vernos llegar con las mochilas se han sobresaltado. Se han levantado todos y han hecho un check-in a ocho manos. Miraban el pasaporte como sin entender. Uno, que era el más espabilado, se las ha dado de geógrafo con el resto: “España está en Europa”. El resto ha soltado un “Oooooh” de admiración. Otro nos ha cogido las mochilas y nos ha acompañado al ascensor para subir a la habitación, que estaba un piso más arriba. El hotel estaba desierto, como de no haber recibido un huésped en meses. Hemos llegado a la habitación 203 y hemos inspeccionado por encima. “Bueno, no está tan mal”, nos hemos autoconvencido. Las típicas manchas en las sábanas, los típicos pelos en el baño, los típicos agujeros en la pared, la típica pastilla de jabón en la pica sin recoger desde hace varias semanas. Pero aparte de eso, bastante bien. Una compañera de cama inesperada Cuando ya estábamos preparándonos para salir a visitar Kanpur e ir a comer algo hemos movido una de las almohadas. Y todo ha dejado de estar bien. Hemos importunado el sueño de una rata que había hecho de esa almohada, en la que iba a ser nuestra cama, su hogar. Ha dado un brinco y se ha escondido detrás del mueble. La rata ha empezado a moverse y a hacer ruidos, escondida, avergonzada por haber sido descubierta. Debajo de la almohada había una mancha enorme de suciedad que coincidía con el tamaño de su cuerpo. Nos ha resultado tan repugnante todo que, evidentemente, hemos salido corriendo del hotel. “Hay una rata viviendo en esa habitación”, y les hemos devuelto las llaves. Ha parecido no importarles, les ha sorprendido que nos haya molestado la presencia de una rata. Después de esperar más de media hora a un conductor de Uber incapaz de entender cómo va la aplicación, y

Happy (crazy) Holi | Día 26

El templo de Mathura durante el Holi

La llegada de la primavera trae consigo la desinhibición más absoluta, y alocada. El (happy) Holi es la manera que tiene la India de desacomplejarse, lanzando al aire polvos de colores, mostrándole al mundo que por encima de todo está la alegría. La fiesta es la expresión de la felicidad en su sentido más pleno, expresado a través de esa lluvia de colores infinitos que llegan de todos lados y colorean las calles y las caras de los que las pisan. Estar en Holi en la India es una experiencia sin comparación con ninguna otra. Hoy era Holi, y hemos tenido la oportunidad de que esa experiencia sin parangón ya haya sido vivida. Todo ha sido tan intenso, tan excesivo, tan desmesurado, que no tenemos previsto volver a la India por Holi. O, al menos, volver a la ciudad de Mathura por Holi. La diversión se malentiende; y puede que lo que resulta divertido para unos, no lo sea en absoluto para otros. Holi es una expresión absoluta de alegría, pero también de egoísmo: si yo estoy alegre, me importa poco si tú lo estás. Así ha sido nuestro no tan happy Holi. Lo contamos con más detalle también en este post. En tren de Agra a Mathura Como no teníamos cómo ir a Mathura, nos hemos tenido que despertar muy pronto —de nuevo— para llegar a la estación de Agra y ver si podíamos comprar billetes para cualquiera de los muchos trenes que hacen a diario el trayecto entre las dos ciudades. El trámite ha sido mucho más sencillo de lo esperado. Ha bastado con comprar el ticket, esperar cinco minutos a que llegara el tren, subirse, sentarse y esperar. Bueno, entre medio hemos padecido la mordida india. Nuestro baratísimo ticket de 50 rupias (unos 0,60 €) nos validaba el viaje en segunda clase, donde la gente se sube encima de otra gente para viajar. Nosotros que somos muy finos, y no nos veíamos encima de nadie, hemos decidido ir a un vagón dos clases superior a la que nos tocaba. Hemos pensado —mal— que no habría revisor y que de haberlo no nos diría nada; total, éramos dos extranjeros extraviados. ¡Y era Holi! Craso error, el revisor ha aparecido, ha tratado de hacernos pagar casi 1.000 rupias por no ir en la clase que nos tocaba y ha acabado insinuando que dándole la mitad (500 rupias) se arreglaba el asunto. El Holi de Mathura, la fiesta de los excesos Una vez en el destino, uno se da cuenta que el Holi tiene poco de festividad religiosa y mucho de fiesta de excesos. “Happy Holi, Happy Holi”, era el soniquete constante de hoy. Se lo decían entre ellos, pero sobre todo se lo decían al que veían extranjero. Al principio la cosa tiene gracia, porque a uno le saludan efusivamente, como tratando de integrarle, y le pintan la cara de color. “Happy Holi, Happy Holi”, siguen. Conforme se llega al centro de la ciudad los niños empiezan a importunar: unos se encargan de tirarte los polvos y los otros de mojarte. Todavía resulta gracioso. Pero ya empiezas a entender que hay gente que malentiende, tergiversa y confunde el sentido de la fiesta. Una perversión alevosa, motivada por el alcohol —que llevan tomando desde la noche anterior— y de la incapacidad por respetar. Por suerte siempre conoces a gente buena. Dos amigos veinteañeros nos han pedido la enésima selfi del día, pero se han acabado convirtiendo en nuestros cicerones: explicándonos, guiándonos, protegiéndonos. Hasta que los hemos perdido entre la multitud. Una fiesta para el objetivo El Holi de Mathura es el más famoso de cuantos se celebran en la India. Por eso llegan indios de todas partes del país, pero sobre todo extranjeros de todas partes del mundo. Vienen cargados de sus cámaras, porque Holi es un festival para el objetivo. Eso sí, hay que asegurarse de cubrir bien la cámara, para que no acabe multicolor. En medio del jolgorio de los gritos, las danzas, los rezos, los bocinazos, enfocar es una tarea hercúlea. Las fotos salen movidas y apenas tienes tiempo de corregir el error, porque tienes que volver a disparar. Holi es el paraíso para la fotografía callejera. Tanto color, tanta gente, tantos gestos, tantas situaciones. En Mathura la celebración principal se lleva a cabo a partir de las 10.00 h de la mañana en un templo. La gente se quita los zapatos, que quedan amontonados en enormes pilas. Dentro la locura llega desde todos los costados: rezos, ofrendas, bailes, colores, polvos, agua, familias, niños, hombres, grupos de amigos. Y siguen: “Happy Holi, Happy Holi”. Y ya no te ponen polvos, te los tiran. Los extranjeros somos el blanco al que apuntar. Todos vamos con la ropa, la cara, los brazos, los pantalones tiznados de un arcoíris improbable, de un mejunje exagerado. “Happy Holi, Happy Holi”, respondíamos por cortesía, pidiendo al final que ya, por favor, no nos tiraran más polvos de colores. “Ya hemos tenido bastante Holi”, nos excusábamos. De hecho, vamos a tener Holi por días: el color todavía permanece después de una larguísima ducha en la que hemos frotado con entusiasmo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

El «estrés» del viajero: preparativos para el Holi en India | Día 25

Una pintada de bienvenida en un hostel de Agra

En nuestra rutina paralela, alternativa a la establecida, también nos encontramos con momentos de dificultad. De dificultad relativa. De problemas que lo son solo en nuestro contexto, incomprensible e intransferible. Después de nuestro día de Taj Mahal, tenemos el calendario venidero un poco removido, como nuestro estómago cuando el olor del curry se acerca peligrosamente. Mañana es Holi, la fiesta más internacionalmente conocida de la India. Tanto que se ha exportado a todo el mundo. Estar en la India durante Holi era uno de nuestros objetivos a la hora de diseñar el viaje. ¡Y aquí estamos! Y en esas estamos, en los preparativos para vivir el Holi en India. Después llegó la necesidad de resolver en qué ciudad pasarlo. Tras bastante estudiarlo, llegamos a la conclusión de que Mathura era el lugar donde la tradición adquiría una dimensión superior. Mathura es una ciudad en medio de la nada, a una hora de Agra, a la que los turistas solo se aventuran en Holi. Reservas sin trayectos intermedios Decidido esto, nos dimos cuenta que habíamos decidido demasiado tarde. Todos los alojamientos decentes estaban reservados desde hacía tiempo. Todos los viajeros con los que nos cruzábamos se jactaban de que iban a Mathura a pasar Holi. Entonces tuvimos que considerar si asumíamos pasar dos noches en un cuchitril en el que no sabíamos con cuántas especies de bichos y animales íbamos a dormir, o quedarnos en nuestro hostal de Agra, en el ZigZag Homestay —en el que estamos muy a gusto— e ir a pasar el día a Mathura, saliendo pronto por la mañana y volviendo por la tarde. Los chicos del hostel nos han dicho que es totalmente posible. Es una hora para ir y otra para volver. El problema es que tenemos cómo volver, pero no cómo ir. Bravo por nosotros. El día de hoy había de ser pausado, de gestiones sencillas. Hemos ido a la estación del tren a comprar el billete de vuelta de Mathura a Agra. El de ida no, porque ya no había trenes, y por tanto hemos dicho que iríamos en bus. Pero el de bus no podemos comprarlo, porque la web en la que hemos comprado todos los tickets de bus hasta ahora ha decidido tomarse el Holi por adelantado y no trabajar. Por si fuera poco, también hemos comprado un billete de tren desde otra ciudad hasta Varanasi para dentro de dos días. Pero tampoco tenemos cómo llegar hasta esa ciudad. Confiábamos igual en la web de los buses.  Antes de llenarnos de colores, el atardecer del Taj Mahal A todo esto, mañana nos vamos a llenar de colores. Los preparativos para vivir el Holi en la India empiezan por asumir lo que va a venir: lanzarse agua y polvos de color para celebrar la llegada de la primavera. Lo que implica tener que decir adiós a las prendas de ropa que te vayas a poner. Entre las gestiones del día estaba adquirir una camiseta y un pantalón de usar y tirar. Pero todo estaba cerrado. Todo. Al parecer la festividad del Holi incluye el día de hoy, y por eso la mayoría de comercios cierran. Al final hemos acabado en una tienda de souvenirs comprando una camiseta del Taj Mahal y otra de Ghandi. Mañana por la mañana nos levantaremos pronto e iremos a la estación de tren a tratar de adquirir billetes de segunda clase para viajar con las gallinas hasta Mathura. Todo muy incierto, todo está en el aire. Por suerte, hemos cerrado el día con la certeza de la belleza, apreciando el Taj Mahal desde una nueva perspectiva, justo al atardecer, en un spot escondido que solo conocen los chicos del hostal. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Embriagador Taj Mahal | Día 24

Amanecer en el Taj Mahal

Y en el día 24, conocimos el Taj Mahal. Muchas sensaciones y sentimientos, encontrados todos, han pasado desde entonces. Muchas historias y personas. Muchos monumentos y bazares. Muchos buses y trenes. Mucha India: polvo, suciedad, pobreza. Mucha India: esperanza, sonrisas, belleza. Es imposible reducir la India al Taj Mahal. La India son tantísimas cosas, y tantísimas cosas más que nos quedan por ver, sentir y vivir. La India es un país revelador, que te enseña la crudeza del mundo desde una perspectiva nueva. Radiante y miserable a la vez. Como lo es la vida. Además de todo eso, en la India está el Taj Mahal. Que es tan perfectamente indio en todo, aunque uno pudiera creer que no. El Taj Mahal al amanecer Para no perder la costumbre, hoy hemos vuelto a madrugar. Nos habían explicado que el mejor momento para visitar el Taj Mahal era a primerísima hora, cuando amanece, para ver cómo los primeros rayos de sol le ponen tono naranja al impoluto blanco del edificio. Se comentaba también que es un momento de relativa paz, en el que había menos gente. Mentira. O verdad. Pero nos deben haber contado a todos la misma verdad hasta convertirla en mentira. A las 06.00 h las colas para comprar los billetes están abarrotadísimas. Se tarda al menos media hora en adquirirlos. A las 06.15 h abren las puertas del recinto. Pero uno sigue en la cola viendo cómo el amanecer ya ha amanecido. Y se enfada, porque no va a estar dentro para verlo. El caso es que una vez adquiridos los tickets hay una segunda cola larguísima, todavía más larga, en la que los guardias llevan a cabo un cacheo exhaustivo y validan la entrada. Se hacen dos filas: a la derecha, los hombres; a la izquierda, las mujeres. La de los hombres avanza rápido. La de las mujeres es mucho más lenta. En el Taj Mahal no se puede entrar con casi nada. No se puede entrar con trípode, por ejemplo. Nos lo han confiscado. Tampoco con micrófono. También confiscado. Resultado: media hora más. Desesperados, asumimos nuestra derrota: no vamos a poder ver el Taj Mahal en su momento más mágico. Entonces se llega a la entrada y se ve al fondo. El Taj Mahal es siempre mágico. Un enamoramiento para siempre El mausoleo con su enorme cúpula, con sus cuatro torres, parece una ilusión óptica. Es como un imposible, no puede existir tanta perfección. Está suspendido, en realidad elevado, pero se presenta levitando por encima de los jardines que lo rodean. La imagen es surreal. Uno se imagina viéndolo en directo y admirarlo. Pero no se imagina algo tan embriagador. El Taj Mahal cautiva desde todos los ángulos. Su perfección simétrica, el juego de perspectivas de sus torres, los arrebatadores reflejos que se dibujan en el agua de los jardines. Todo tan perfectamente estudiado que cuesta imaginar que sea obra del hombre, tan dado a los errores, a las imperfecciones, a los defectos. Es tan hermoso, tan simbólicamente impecable, que el enamoramiento dura horas. Uno no quiere dejar de mirarlo, ni de fotografiarlo. El enamoramiento durará para siempre. El Taj Mahal es muy caro, cuesta casi el triple que los monumentos más caros de la India. Está, además, atestado de gente. Hace un calor horrible, y eso que aún no estamos en verano. Pero da lo mismo, es el Taj Mahal. Y hay que felicitarse porque lo hemos podido conocer, y ya nunca lo vamos a olvidar. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Madrugando, que es costumbre: otro tren en Amritsar | Día 23

La pintada en la pared de un hostel de Amritsar

¿Quién dijo que estar de viaje era sinónimo de calma? Estamos en la India, aquí la calma no existe. Como tampoco existen los desplazamientos sencillos. Hoy hemos tenido la enésima prueba de ello, tomando un tren (otro tren) en Amritsar. No será la última. Nos hemos descontado en las veces que hemos tenido que madrugar de manera exagerada para tomar un bus o un tren, con tal de movernos hacia la siguiente de nuestras paradas. De todos esos madrugones ninguno supera al de hoy: las 03.30 h de la mañana. En el global de nuestra vida son muchas más las noches que se han alargado hasta esta hora, al menos, que los días que han empezado tan temprano. En la India nos estamos esforzando en invertir la cuenta. Puestos a escoger, escogemos madrugar Es verdad que somos nosotros los que escogemos madrugar. Es temprano cuando salen los trenes, o los buses, que más nos convienen. Preferimos llegar a nuestro nuevo destino a mediodía que a medianoche, después de los precedentes. Es verdad, y hoy lo comentábamos con otros viajeros, que la sensación de inseguridad en este país es muy baja. Por mucho que las preconcepciones que trajéramos indicaran lo contrario, la India es un país que nos ha sorprendido para bien en este sentido. Uno no siente que le vayan a robar, ni que le puedan asaltar; ni siquiera en los lugares más remotos y menos accesibles. Pero no es menos cierto que amedrenta que los conductores de tuk tuk te persigan a las tantas de la noche tratando de ganarse tu favor. O que te miren, te hablen, te interpelen constantemente. Preferimos todo eso a plena luz del sol que a plena luna. El cansancio del regateo Antes de tomar el tren en Amritsar, y después de estos días aquí, hemos confirmado que Uber es nuestro nuevo mejor amigo en la India. Resulta tan placentero entrar en el móvil, teclear el destino, que te marque una tarifa —justa—, que la aceptes, que te recojan en dos minutos y que te desplacen en cinco. Uno se ahorra tanto tiempo, y sobre todo tanta energía. Regatear en según qué sitios es agotador, cuando debería ser un divertimento. Está bien que nos cobren un poco de más por no ser locales, pero no que nos engañen de manera descarada. Ante ello, Uber. Hola, conductor; adiós, conductor. Y en la pantalla del móvil te aparece lo que te ha costado el trayecto. El tuk tuk saldría quizás veinte rupias más barato (unos 0,25 €) después de batallarlo largo. Hemos aprendido a preferir pagar un poco de más y estresarnos un poco de menos. El tren de hoy solo ha durado nueve horas. Y no tenía cucarachas. O no las hemos visto. Nos ha dado tiempo de estirarnos en tres camas diferentes y a pasar el tramo final del trayecto mirándole la cara a nuestros compañeros de compartimento. ¿Dónde estamos? Pues estamos en un sitio que desvelaremos a partir de mañana. Solo podemos avanzar que, de nuevo, nos va a tocar madrugar.

El show de la frontera entre India y Pakistán | Día 22

Los guardias indios en el show del cierre de frontera entre India y Pakistán

Nuestro último día en Amritsar lo hemos pasado a unos treinta kilómetros de Amritsar. Además de por el Templo Dorado —como si hiciera falta un además— los turistas venimos hasta este punto tan remoto del país, tan alejado de todo lo demás, para ver cómo la India y Pakistán se miran cada tarde a la cara para ver quién la tiene más grande. La bandera, nos referimos. Aquí se encuentra uno de los principales pasos fronterizos entre estos dos vecinos irreconciliables, tan parecidos en tantas cosas —¿a alguien más le gustará el cricket?— y sin embargo tan incapaces de llevarse bien. El show de la frontera entre India y Pakistán es una muestra de su enemistad (¿impostada?). La relación entre India y Pakistán Lo de India y Pakistán viene de lejos. Y no es el momento de ponerse en plan historiador, ni indagar en los motivos, pero abreviando: los dos países no se aguantan. La discordia es constante. De hecho, hace menos de un mes India bombardeó territorio vecino en respuesta a un ataque de un grupo terrorista paquistaní que acabó con la vida de más de cuarenta de sus soldados en la región de Cachemira. Desde que eso pasara, a finales de febrero, la hostilidad se ha elevado un par de grados. Cuentan los analistas internacionales que el momento presente es el más convulso desde hace casi cuatro décadas. En este contexto de inestabilidad diplomática nosotros nos hemos acercado hasta la frontera de Wagah. Tan oportunos siempre. No se trataba de hacerse el reportero de guerra. Tampoco evangelizar la tendencia dark tourist, por mucho que seamos un poco seguidores de ella. Palomitas para ver cómo se cierra la frontera El caso es que cada tarde se lleva a cabo una enorme pantomima que simboliza el cierre de fronteras diario entre los dos países en este paso concreto. Uno se imagina un acto solemne, al estilo del cambio de guardia en el Buckingham Palace. Nada que ver. Lo que se realiza aquí es un espectáculo en toda regla. A la llegada a la frontera te ofrecen gorras, paraguas y banderas con los colores de India. “Es una competición: India contra Pakistán”, tratan de convencerte. O vas con ellos o contra ellos. Y le enseñas la camiseta que llevas: “Yo soy más de México”. Una vez dentro puedes comprar patatas, refrescos y palomitas. Ojalá tuvieran nachos. La gente se pinta la cara de verde, blanco y naranja, los colores de la enseña nacional. Llegan familias enteras, grupos de amigos, personas mayores, jóvenes, niños. También turistas. El show de la frontera entre India y Pakistán es el acontecimiento de la semana, del mes, del año. Hay que confirmarse indio en oposición a los pakistaníes. Porque uno es algo en oposición a lo que es el otro. Es un juego de exaltación nacionalista que es ridículo. Pero a los dos, a Pakistán y a la India, la representación les va bien: reafirman a los suyos y, a la vez, los enemistan a los otros. Un teatrillo nacionalista La ceremonia dura una hora y es puro teatro. Los guardias de uno y otro lado hacen como que se retan, marcando los pasos con precisión estudiada. Hacen ademanes exagerados con los brazos, con las piernas, zapatean. Caminan hasta encontrarse frente a frente. Hacen una especie de baile. Se dan la espalda. La gente grita, corea “India, India”, se emociona. Del otro lado de la verja los pakistaníes hacen lo mismo. Su parte del estadio —sí, la ceremonia se realiza en un estadio— es más pequeña. Pero son igual de fervorosos. Antes de todo esto uno de los miembros de la BFS (las fuerzas de seguridad fronteriza) se ha erigido en improvisado speaker y animador. Alienta a la grada a gritar, a gritarle a Pakistán. A cantar, a demostrar que son más grandes y más fuertes. Entonces llama a las mujeres para que se acerquen hasta la parte central del estadio. Reparte unas enormes banderas y las mujeres empiezan a correr con ellas, pasándoselas entre ellas, sonrientes, felices de estar portando ese trozo de tela. Al rato se amontonan todas y empieza a sonar música que exalta al público. Bailan, cantan, saltan, sonríen, se divierten. Es como venir a pasar el domingo por la tarde al fútbol, pero en la frontera; con militares en lugar de futbolistas y banderas en lugar de pelotas. Ya quisieran el Madrid y el Barça aficiones así de entregadas. Ha sido un espectáculo tan incomprensible como divertido. En el minuto 89, como en el fútbol, los que ya saben el final se han ido para evitar las colas.

El Templo Dorado de Amritsar | Día 21

En el Templo Dorado había que descalzarse del todo: ni zapatos ni calcetines

El Templo Dorado de Amritsar nos dejó ayer tan impresionados que el plan de hoy pasaba solo por él. Hemos vuelto para dedicarle más tiempo, para encontrarle más motivos para admirarlo. Hoy no nos hemos fijado tanto en el edificio. Le buscábamos el contexto. Por ser sábado el templo estaba abarrotado de fieles sijs. Pero también de curiosos, turistas indios, turistas extranjeros y familias de paseo. A pleno sol, el Templo Dorado de Amritsar parece un reflejo mismo del astro, como si se miraran el uno al otro en el espejo. La imagen no la dejaba escapar nadie. Todo el mundo lo fotografía todo, por mucho que haya doscientos carteles diciendo que está prohibido tomar fotos. El comedor comunitario del templo Ni siquiera los guardianes del templo, unos hombres muy solemnemente trajeados, con una espada intimidatoria en uno de sus lados, le dicen nada a los fotógrafos ni a los fotografiados. Qué van a hacer, cómo impedir que la gente quiera tener la imagen no solo en el codificado rincón de los recuerdos. El complejo del Templo Dorado de Amritsar tiene una parte que es un comedor enorme, en el que cada día dan de desayunar, comer y cenar a decenas de miles de personas de manera gratuita. Impresiona ver cómo voluntarios sijs cocinan, limpian, lavan, ordenan, saludan, indican, sonríen. Todo el mundo es bienvenido también en el comedor. Da igual la nacionalidad, la religión, la raza o la condición. Nuestros conductores en Amritsar Para llegar al templo hemos batallado con varios conductores de tuk tuk. Aquí, en Amritsar, regatear a un tuk tuk es deporte de riesgo. Tan pronto te atropellan como te desgastan por su intransigencia. En estas, se nos ha acercado un coche. El hombre al volante ha bajado la ventanilla y ha empezado a preguntarnos de dónde éramos y cómo nos llamábamos. De entrada, le hemos contestado por ser correctos, con el ánimo de quitárnoslo rápido de encima para seguir buscando tuk tuk. “¿Vais al templo? Os llevamos, subid”, nos ha dicho entonces. En el asiento del copiloto iba una mujer con una niña, que han resultado ser la hermana y la sobrina del conductor. Y detrás, la madre de los dos, y abuela de la niña. Visto el panorama hemos aceptado la oferta. Nos hemos entendido regular. Él no hablaba inglés y su hermana le hacía de traductora. “¿Cuál es vuestra religión?”, han preguntado con curiosidad. Lo único que querían era coincidir con un par de viajeros. Ha sido una bonita anécdota de media hora. Al final, nos han dejado un poco lejos del templo, pero da lo mismo. La otra cara de la moneda la hemos vivido al salir del templo y tratar de buscar transporte para volver al hostal. Nos hemos pasado más de una hora tratando de no ser engañados. Al final, un hombre ha dicho que sí, sin entendernos, a nuestra propuesta de pagar 60 rupias. Es desesperante tratar de negociar con los tuk tuks en Amritsar. Son pocos los que hablan inglés y menos los que son honestos con los turistas. Cuando ha llegado al destino, después de preguntar varias veces e inventarse rutas alternativas mucho más largas, nos ha dicho que eran 100 rupias. Sabíamos que eso iba a pasar y no nos queríamos pelear. Total, no vale la pena discutir por lo que son unos cincuenta céntimos de euro al cambio. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

De Delhi a Amritsar, que bien vale otro tren | Día 20

El Templo Dorado de Amritsar, el gran santuario de los sij en India

Viajar en transporte público en la India es una aventura siempre. Da igual lo que dure el trayecto o cuál sea el destino, como hemos comprobado de nuevo en nuestro viaje de Delhi a Amritsar. El comprarse un billete en una clase mejor solo asegura un poco más de orden: la gente ocupa su asiento, coloca su equipaje en los espacios habilitados para ello y permanece sentada la mayor parte del tiempo. Después de nuestro reciente trayecto Jaisalmer-Delhi, decidimos evitar trenes nocturnos. Por eso, el de hoy, el que nos ha viajado de Delhi a Amritsar, era diurno; muy diurno. Tanto como que salía a las 06.40 h. No era momento, a las 05.00 h de la mañana, de comprobar si el metro de Delhi es diligente a primera hora. Así que hemos confiado en Uber, que es de uso frecuente en la India. Nuestro efectivo conductor de Uber ha llegado a la hora, nos ha llevado hasta la estación en veinte minutos y si ha pecado de algo ha sido de prudente. Qué bien coincidir con gente prudente y discreta. En la India, no abundan. Lo íbamos a (re)comprobar en el tren de Delhi a Amritsar. El inicio del trayecto hasta Amritsar Algunos trenes, los que operan trayectos moderadamente cortos y durante el día, tienen asientos en lugar de camas. Después de la experiencia de las literas ir sentados nos parecía una idea fantástica. La cosa empezaba bien. Hemos llegado con tiempo a la estación, hemos comprobado que los asientos eran cómodos y espaciosos y hemos visto que nuestros compañeros de viaje eran normales. Nos sentábamos en el centro de uno de los vagones, donde hay una mesa grande y tres asientos confrontados. Hubiéramos preferido ir un poco más resguardados, pero no nos íbamos a quejar. La gente estaba todavía dormida, afortunadamente, y el sueño ha vencido a la mayoría. También a nosotros. Pero conforme avanzaba el tren y las horas, el barullo ha ido en un crescendo continuo. Nuestros compañeros viaje, una miscelánea de personajes Al lado se ha sentado una niña que tenía a sus padres al otro lado del pasillo. Nos ha tocado hacer de intermediarios en los dos sentidos: toma el móvil, devuélveme el móvil, pásame el cargador, y los auriculares, tengo hambre, quieres un poco de yogurt, mejor dame unas palomitas. Nuestros vecinos de delante eran muy tranquilos: un empresario, un chaval que escuchaba música y una chica que se la pasaba durmiendo. Pero a las dos horas ha llegado una mujer a echarlos a los tres, aduciendo que necesitaba tres asientos para su madre, su tía y ella. A los tres, tan prudentes, no les ha quedado otra que asumir la orden. Detrás iba un hombre y una mujer mayor con su hijo cincuentón. No paraban de moverse, de tirar de los asientos, de molestar. De repente, el hombre mayor ha empezado a cantar a pleno pulmón. Durante mucho tiempo. A ratos se unía la mujer. Eran canciones con un tempo muy religioso. El hijo, animado, se arrancaba a utilizar uno de nuestros asientos de tambor. Al otro lado, detrás de donde estaban los padres de nuestra vecina, una jovencita veinteañera se ha pasado el viaje hablando por teléfono. De entender hindi nos sabríamos toda su vida. Dos filas por delante estaba la mujer más escandalosa de la India. Cada vez que hablaba lo hacía voceando, riéndose exageradamente, haciendo videollamadas para presumirle a alguien del viaje. Algunas filas por detrás iban un puñado de niños, que corrían, iban y venían, saltaban. En estas, constantemente pasaban vendedores ambulantes con comida: desayunos, patatas, agua, frutos secos, té, refrescos, sándwiches, comidas, más té, café, sopa, helados. Todo lo anunciaban con cantinelas exageradas y molestas. Hay que meterlo todo en una batidora para sacarle el concentrado: la niña de al lado, los padres, la mujer mandona, la mujer escandalosa, la niñata del teléfono, el hombre mayor cantando, su hijo con el tambor, los niños corriendo, los vendedores, gente subiendo y bajando, veinte móviles a todo volumen. Uno cree que está al borde de la locura. Ni los auriculares a todo volumen mitigan la escandalera. Entonces pensamos en las cucarachas y respiramos: no estamos tan mal. El Templo Dorado de Amritsar, qué lugar El viaje ha valido la pena un rato más tarde. Amritsar es más India: más suciedad, más caos, más tuk tuks, más gritos. Y más belleza, y más vida, y más religión, y más espiritualidad. La ciudad es feota, pero tiene uno de los edificios más espectaculares que existen en el mundo: el Templo Dorado. A eso hemos venido hasta aquí, tan fuera de la ruta natural por la India, tan a desmano de casi todo. Pero queríamos comprobar en directo si la belleza del templo más sagrado de los sijs era tal. Y lo es: es bellísimo. Uno se puede quedar embobado horas admirándolo, absorto en su color dorado. Es un poco más pequeño de lo que lo imaginas, pero mucho más emocionante. No se trata solo del edificio, la atmósfera es sobrecogedora. Los rezos con soniquete del interior del templo resuenan en todo el recinto y en todo el centro de la ciudad. La música te envuelve y te eleva. Te sientas y presencias la emoción de los devotos y te emocionas tú también. Hemos venido a Amritsar para ver el Templo Dorado. Mañana volveremos a verlo.

Comiendo tacos en Delhi | Día 19

Las puertas cerradas de uno de los monumentos de Nueva Delhi

El plan estaba claro: tomarse el día en Delhi con calma. Por muchas razones. Porque a nuestra visa por la India le resta más de un mes de validez, porque no tenemos reservado nada en ningún sitio, porque nuestra ruta va cambiando sobre la marcha, porque no tenemos prisa por llegar ni por irnos, porque no tenemos billete de vuelta. Y sobre todo, porque necesitábamos dormir largo, descansar mucho y alterarnos poco. Eso hemos hecho. Y ya puestos, hemos degustado los tacos de Delhi. Nos hemos despertado tarde, cuando en la habitación de nuestro dormitorio del hostal ya hacía rato que todo el mundo había despegado con rumbo incierto. Hemos ido al supermercado del barrio. Un supermercado de verdad, como los que existen en Barcelona, como los que existen en Guadalajara. Un lugar donde hay de todo. Los supermercados al uso, los supermercados que nosotros conocemos, son una rareza aquí. Por eso encontrar un supermercado nos hace felices: porque podemos hacer acopio de provisiones de todo tipo. Somos reincidentes: ya tenemos billetes para otro tren Tras el supermercado, un café en una cafetería a la europea con nombre español: Buena tierra. Nos hemos sentado en una especie de terrazita, hemos abierto las madalenas que hemos comprado en el supermercado y nos hemos tomado un café y un té. Somos unos cutres. Las vistas eran fantásticas: una polvorienta calle de Delhi sin mayor encanto que ver cómo aparcaban los coches. Así se nos ha pasado la mañana, procrastinando el gran propósito del día: comprar los billetes de los dos próximos trayectos. Sí, pese a nuestra experiencia precedente en el tren de las cucarachas vamos a volver al tren. Eso sí, trenes diurnos, en los que dejaremos las ventanas bien abiertas para que entre mucha luz y las cucarachas, que estarán ahí seguro, se escondan hasta la noche, cuando ya no estemos ahí. En la estación principal de Delhi hay una oficina de venta de billetes para extranjeros. La visitamos ya al principio del viaje, cuando compramos el trayecto Delhi-Jaipur. Entonces todo fue muy rápido. Hoy hemos tenido que esperar dos horas. La burocracia funcionarial india se parece a la española. Había solo dos personas para atender a un centenar de turistas. Los dos, poco colaborativos y menos diligentes. Al final nos tocó el turno y compramos los dos billetes de tren. ¿Adónde? Habrá que estar pendiente de las próximas entradas del Diario de ruta. Y a nuestro Instagram. El Taco Bell, los tacos de confianza en Delhi Si la oficina de venta de billetes anda corta de efectivos, lo contrario pasa con el resto de establecimientos. Es sorprendente la cantidad de personal que tienen algunas tiendas y la mayoría de restaurantes. En el supermercado, por ejemplo, no exageramos cuando decimos que hemos contado cincuenta trabajadores, uno a cada dos pasos. Todos haciendo que ocupan su tiempo arreglando algo. Lo mismo en el restaurante en el que hemos cenado. Bueno, “restaurante”. Guilty pleasure del día: hemos cenado en un Taco Bell. Había cuatro camareros, tres cajeros, dos supervisores, dos personas sirviendo bebidas y al menos una veintena en la cocina. Esto en un espacio de veinte metros cuadrados. Uno se pregunta cuánto cobrará cada uno de ellos. Si tienen un sueldo digno, el negocio, ningún negocio, puede ser rentable con tanto personal. Lo que en España haría una persona aquí la hacen diez. Si en España somos 40 millones de personas aquí son 1.300 millones. Hay que emplearlos a todos. Nuestra idea preliminar del día incluía la visita a un espectacular templo con forma de flor de loto que se encuentra cerca de la zona del hostal. Sin embargo, donde hemos cenado hemos visto una oferta que no podíamos rechazar: tacos y una jarra de un litro de cerveza por 290 rupias (unos 4 €). La cerveza no es precisamente barata aquí. Así que cuando hemos visto la oferta, y recordando nuestros sufrimientos recientes, hemos optado por pedirnos una. Sabía a agua; a agua caída del cielo. Entonces hemos decidido salir corriendo a ver si llegábamos a ver el templo. Como temíamos, ya estaba cerrado. El error ha sido no pedirnos otra cerveza y otra ronda de tacos en Delhi.

Adiós, tren de las cucarachas de India | Día 18

Las literas de un tren de Jaisalmer a India

Un par de cucarachas asomaban anoche tímidas a la hora en que colgábamos nuestra nota en el diario de ruta. Parecía que no tenían que pasar de una pasajera anomalía, pero se acabaron convirtiendo en el motivo de nuestro desvelo más prolongado en lo que llevamos de viaje. Hay que imaginarse el vagón. Ocho literas por compartimento, dos del lado del pasillo y seis en la parte más amplia, montadas en tres niveles. Nosotros, por voluntad propia, porque pensábamos que eran las mejores para pasar desapercibidos, ocupamos las literas del tercer nivel, las de arriba del todo. Así empieza la historia del tren de las cucarachas de India. Se montan las literas, es hora de dormir (o no) Seguimos con el ejercicio de acertar la descripción. Las literas del medio se pueden subir y bajar. De entrada, están bajadas. Con lo que las literas de abajo sirven de asientos para todos los que ocupan el compartimento. Pero cuando llega el momento de dormir —que puede ser en cualquier momento— se monta la litera del medio y cada uno ocupa la que va a ser su cama. Antes de que nos echaran de los asientos, nos fuimos. Trepamos hasta lo alto con nuestras mochilas —mejor pecar de precavidos que lamentarnos por confiados— y colocamos las sábanas que te proporcionan en el tren. El espacio ahí arriba es reducidísimo. Es imposible erguirse y tratar de sentarse. Resulta un poco claustrofóbico. Una vez ahí hay que dormir o mirar al techo o mirar a la pared. Es cuando miramos a la pared cuando vimos aparecer a la primera de nuestras amigas. Vaya, se habrá perdido. Trata de quitártela de encima y hagamos como que no ha pasado nada. Al rato, del otro lado aparece otra. Bueno, esto ya no hace gracia. La pared del compartimento está abierta hacia arriba, donde hay una rendija por la que parece que las cucarachas campan a sus anchas. Por la noche, con la oscuridad, salen al exterior. Entonces se apagan las luces de todo el vagón y ellas se sienten en casa. Las cucarachas, invitadas inesperadas de nuestro nuevo trayecto de tren en la India Uno trata de mantener la linterna del móvil encendida para que no le sorprenda ninguna. Pero salen. Y empiezas a pensar si quizás están también por la parte de la cabeza o de los pies, donde no alcanzas a ver. Ante tal perspectiva, bajamos de nuestras literas de arriba y nos sentamos en una de las de abajo, que por suerte estaba sin ocupar. Desde lo bajo vimos que no era cuestión de altura: las cucarachas estaban por todas partes, trepaban por todas las literas, se paseaban por todos los compartimentos. No era una plaga, pero afinando la vista era sencillo distinguirlas por todos lados. No nos quedó otra que hacer guardia toda la noche para asegurarnos que no se acercaran mucho. Mientras, todo el mundo en el vagón dormía plácidamente. Ya con el amanecer y la luz, las cucarachas se escondieron hasta la noche y nosotros dimos un par de cabezadas. Decidido, se acabaron los trenes nocturnos En suma, habremos dormido una hora de las dieciocho de nuestro viaje en tren desde Jaisalmer hasta Delhi. Conclusión: no volveremos a tomar trenes nocturnos. Los evitaremos a toda costa, al menos. El día, ya llegados a Delhi, lo hemos dedicado a comer después de 24 horas en las que habíamos sobrevivido con una bolsa de patatas. Teníamos más snacks en la mochila, pero el panorama no alentaba a consumirlos. Así que hoy a comer pizza, para celebrar que llegamos a Delhi enteros. El día también lo hemos dedicado a dormir una siesta merecida y muy necesaria. Mañana queríamos irnos hacia otra parte. Pero el tren de las cucarachas nos ha obligado a bajar el ritmo y a tomarnos un par de días de asueto. Pasearemos un poco por Delhi y plantearemos bien los próximos días, en los que no incluiremos trenes nocturnos.