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El tren de juguete entre las montañas de Darjeeling | Día 37

El Toy Train, a punto de partir de la estación de Darjeeling

Si ayer la lluvia nos fastidiaba, hoy solo han sido las nubes las que se han encargado de molestarnos. El escenario que rodea a Darjeeling ha continuado siendo decepcionante. Hoy, en algún momento del día, hemos conseguido intuir que detrás de esa neblina a ratos, nubes casi siempre, había enormes montañas que dibujan todo el horizonte de la ciudad en cualquier dirección. No acabamos de estar seguros si hubiésemos preferido que las nubes cubrieran el cielo todo el rato. Porque el ver un poquito, descubrir lo mucho que hubiésemos disfrutado de las vistas de haber hecho buen tiempo, ha sido una decepción mayor. En cualquier caso, el mejor clima sí que nos ha animado a primera hora para salir en busca de nuestros billetes —carísimos— para montarnos en el Darjeling Himalayan Railway, el tren de juguete que recorre un rato las montañas. Pasajeros, al tren (de juguete) que recorre las montañas Casi sin esperanzas de poderlos conseguir por habernos hecho un poco los remolones de más, hemos llegado veinte minutos antes de que el tren partiera… ¡Y premio! Aún había billetes. Nos hemos tomado un té y hemos empezado a hacerle fotos a todo: a los vagones, a la locomotora, a la gente, a la estación, al ritual de preparación del viaje. Era todo tan divertido. A las 10.00 h puntuales ha salido el tren, de dos vagones pequeñitos y una locomotora de vapor muy vintage y ruidosa. El viaje ha sido divertido, y lento. Pero de eso se trata el tren de juguete que se pasea por las montañas de Darjeeling, de hacer un rato el guiri acompañado de muchos más guiris. La mayoría, por cierto, eran indios. Todos bien preparados para combatir el frío que nunca tienen en sus ciudades y con cámaras buenísimas que parecían no saber cómo usar. El tren llega hasta el cercano pueblo de Ghoom y vuelve al punto de partida. Explicamos más sobre el Toy Train en este artículo. La última noche en la India A la vuelta hemos seguido haciéndole fotos al tren desde todos los ángulos y luego hemos ido a comer momos, dumplings a la nepalí, como para empezarnos a habituar a lo que va a venir. Estaban muy ricos. El futuro gastronómico del viaje resulta esperanzador. Por lo demás, no sabemos si ningún país de los que nos quedan por visitar va a ser tan intenso y emocionante —e impactante, complicado, incomprensible, abrumador— como la India. Nos atreveríamos a poner la mano en el fuego porque no va a ser así. La India nos ha dado muchos motivos para abandonarla, cada día. Pero ahora que estamos tan cerca de dejarla atrás, empezamos a echarla de menos. Nuestra última tarde en Darjeeling la hemos pasado cambiando el té por el café. Eso sí, acompañado también de bollería en cantidades muy generosas. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Cuando la lluvia de Darjeeling te estropea los planes | Día 36

La estación de tren de Darjeeling

Teníamos todo tan bien pensado y planeado, que estaba claro que algo iba a pasar que nos iba a obligar a replantearlo. Ayer llegamos a nuestra nueva parada en la India después de una larga travesía montañosa. El cielo amenazaba lluvia en Darjeeling desde que empezamos a escalar con el jeep; y a mitad de camino, se vino una tromba enorme de agua. Luego se quedó en chirimiri ligero y ya instalados, y cuando salimos a pasear el centro de la ciudad por la tarde, la gradación de los chubascos volvió a aumentar. Lo peor es que parecía que la cosa no iba a quedar ahí: la aplicación del tiempo —tan fiable cuando no quieres que lo sea, y viceversa— indicaba que nos iba a llover también hoy y mañana. Así que van a ser tres días en Darjeeling pasados por agua, acompañados por la lluvia. Pese al fastidio del clima, un poco de té Lo cual es un auténtico fastidio. Porque Darjeeling es un lugar para caminar de arriba hacia abajo, hacer excursiones, desplazarse y, sobre todo, admirar sus hermosas panorámicas. Cuanto hemos podido admirar ha sido una neblina espesa que no dejaba adivinar qué había en el horizonte. Por eso hemos tenido que cancelar el plan de ir a contemplar el amanecer a una colina cercana, desde la que aseguran que se ve a lo lejos el Kanchenjunga, la tercera montaña más elevada del planeta. Tampoco podremos hacerlo mañana, porque amenaza lluvia a esa hora en Darjeeling y sería un fastidio triple tener que madrugar muchísimo, pagar un taxi hasta allí y volverse de vacío. Pese a la lluvia, estamos procurando hacer lo que queríamos, aunque todo resulte deslucido. Por ejemplo, hoy hemos visitado una plantación de té que queda a media hora del centro de Darjeeling. La ciudad es mundialmente conocida por su té, cultivado durante todo el año y exportado a todo el mundo. Es un té de calidad, aromático, con sabor, al que no hay que añadirle nada. “Si acaso un poco de azúcar, pero nunca leche”, nos explica la guía. Es algo que no acaban de entender los indios, especialmente. Ellos siempre le ponen leche o crema a su té; por ejemplo en el riquísimo masala chai. Por eso, un chico de una tienda especializada trataba de explicarle a una clienta que la leche no le queda bien al té de Darjeeling: “Hay que degustarlo solo”. Otro indio le ha creído médico al vendedor: “¿Entonces el té es básicamente bueno para la salud?”. La paciencia del chaval era de admirar. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Del calor de Calcuta al frío de Darjeeling Aquí en Darjeeling, además de llover, hace mucho frío. Estamos a más de 2.000 metros de altura y las temperaturas no superan los quince grados. Esto, en comparación con Calcuta, es Siberia. Y no venimos preparado para este clima. Nuestra chaqueta-chubasquero del Decathlon se ha visto obligada a hacer horas extra. Darjeeling tiene aroma de té y forma de ciudad montañosa. Como lo sería cualquiera de los pueblos de los Alpes o de los Pirineos. La gente es amable, tranquila y se parece en algunas cosas al resto de indios, y muy poco en otras. Hasta la comida callejera parece apetecible. También su repostería. En Darjeeling abundan las pastelerías. Además de por todo esto, Darjeeling es reclamo turístico por su famoso tren de juguete, el Himalayan Railway, que está considerado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Desde Siliguri tarda más de siete horas en recorrer los ochenta kilómetros que hay de distancia entre las dos cuidades. Es un tren en la práctica poco útil, que tiene su sentido de ser como tren turístico. Hace recorridos de dos horas desde Darjeeling hasta Darjeeling, pasando entre medio por Ghoom, una localidad a siete kilómetros que presume de tener la estación ferroviaria más alta de toda la India. Mañana, con lluvia o sin lluvia, queremos montarnos en el tren de juguete. Si no quedan tickets puede que decidamos seguirle el trayecto andando a su lado; como se despiste lo dejamos atrás.

La India de los ojos rasgados | Día 35

Indios del norte del país, con sus rasgos tan característicos y los ojos rasgados

Un día más el despertador ha sonado temprano, porque hoy tocaba encarar la segunda etapa del viaje hasta nuestro nuevo destino, hacia las montañas, donde la India se transforma y tiene los ojos rasgados. Pero estábamos tan cansados que nos hemos permitido apagarlo, hasta tres veces. Un lujo del que luego nos hemos arrepentido un poco. Nos lo hemos podido conceder, el lujo, porque no teníamos un bus a una hora determinada; se trataba de salir a la carretera y buscar un jeep que nos llevara de Siliguri a Darjeeling. Habíamos leído mucho sobre cómo hacerlo pero hasta no estar ahí, ya subidos en el jeep, estábamos aturdidos por las incertidumbres. ¿En qué punto de la ciudad están los jeeps? ¿Cuánto nos costará? ¿Con cuánta gente iremos? ¿Cuánto tardaremos? El jeep de Siliguri a Darjeeling Todo ha sido sencillo. Si por sencillo entendemos, primero, tener que caminar media hora a pleno sol con dos mochilones por cabeza hasta la estación de autobuses. Segundo, hacernos entender, y que nos entiendan, que queríamos ir hasta nuestro nuevo destino. Tercero, y ya una vez encontrado el jeep, esperar a encontrar compañeros de viaje: éramos los dos primeros de diez asientos. Cuarto, tener que aceptar pagar dos asientos extra —que nuestro espacio vital ha agradecido— porque llevábamos más de una hora esperando y no había nadie que se apuntara al viaje. Ahí es cuando hemos visto que teníamos que haber hecho caso al despertador y salir del hotel a las ocho de la mañana, que es cuando la gente se junta para llenar los primeros jeeps. A los más rezagados, como nosotros, solo nos queda confiar en los de nuestra misma especie: los remolones. La carretera hasta Darjeeling El trayecto hacia el norte de la India enseña cómo el país es infinito en rasgos; aquí, los indios tienen los ojos rasgados. El jeep encara una subida eterna de sesenta kilómetros en casi tres horas, en el que los paisajes son hermosos, con montañas enormes y un verde que resplandece. Conforme se sube, mirar hacia abajo es vertiginoso. La carretera es estrechísima, de dos carriles, y apenas cabe un coche. Hay que frenar, acelerar, pegarse a un costado, dejar que pase el camión del otro lado, guardar el retrovisor y seguir avanzando. El terreno está lleno de curvas y de tanto en tanto aparecen poblados. Las casas, pintadas de colores, se incrustan en las colinas como si estuvieran a punto de precipitarse. La calle principal de esos pueblos es la misma carretera, con lo que avanzar resulta ahora todavía más difícil. Uno se da cuenta de cómo se matiza la India. Esos rasgos duros, el pelo negrísimo, la piel morena, ya no se ven tanto. Ahora los indios de esta parte de la India son menudos, delgados, con los ojos rasgados. Pasarían antes por nepalíes o por tibetanos. Sin embargo, son tan indios como lo son los de Nueva Delhi y los de Calcuta. El talante también es distinto: todo más relajado, menos bullicioso, más amable para el turista. Salir en dirección a las montañas ha sido tomarse un respiro de la India que tanto nos ha impactado (y agotado). Veremos si esta nueva India nos gusta tanto como la que nos agotaba.

De Calcuta a Siliguri, primera etapa hasta Darjeeling | Día 34

La guía de India en un tren camino de Siliguri

Esta mañana hemos dejado atrás Calcuta y nuestro hotel chistoso en el que no sabías dónde estabas ni cuándo estabas. El alojamiento se salvó porque tenía una ducha con agua muy caliente y el aire acondicionado muy frío. Pero era un lugar húmedo, en el que hicimos de nuestros pañuelos unas sábanas sustitutorias de las que venían de serie y donde acabamos encontrando —y matando— cuatro cucarachas. Encima, ha sido el hospedaje por el que hemos pagado más del viaje; de largo. Y pese a todo, ya tan acostumbrados a los estándares indios, hemos estado bastante cómodos. Dejamos Calcuta para viajar a Siliguri, paso previo necesario de nuestro asalto a las montañas. Otra indigestión superada Ayer, de nuevo, el que tiene el estómago más delicado de Cultura Nómada probó las mieles de la indigestión india. Por tercera vez en lo que va de viaje. Mal día el que ha escogido el estómago para protestar, contando que teníamos un trayecto de ocho horas en tren. Después de una mañana pasada por el baño, los medicamentos han funcionado y solo hemos visitado el baño del tren de Calcuta a Siliguri —que uno quisiera no tener que visitar nunca— para aguas menores. Después de que Uber nos fallara por primera vez, nos hemos visto obligados a tener que acudir a un taxi de esos tan molones de Calcuta. Tan viejos por dentro y tan calurosos. “Hasta la estación de Howrah”, le hemos indicado al taxista, esperanzados que pondría el taxímetro y no nos engañaría. Porque los taxis de Calcuta sí tienen taxímetro, y sí están obligados a utilizarlo. “Son 200 rupias”, nos ha dicho, obligándonos a regatear porque no iba a ponerle el taxímetro a dos extranjeros. Alam, el indio con el que hablar en español El tren era del estilo del que nos llevó a Varanasi, pero mucho más viejo y con mucha más comida. Hemos comido arroz, pollo, dal (legumbres), pan y un yogurt. Luego un helado de postre. A las dos horas, unos snacks: un sándwich, frutos secos, una samosa y un té. A las tres horas la precena: una sopita y bastoncitos de pan con mantequilla. Y luego ya la cena: más arroz, más pan, más legumbres, un revoltijo con paneer (una especie de queso fresco), un dulce y un plátano. Es el día que más hemos comido, y teniéndolo todo incluido por el precio del billete. En el tren hemos coincidido con un indio que hablaba español. Nos ha escuchado y se ha girado: “¿Habláis español?”. “Bueno, a veces también lo maltratamos”, le podríamos haber contestado. Nos ha estado contando que trabaja en español todos los días para renovar los anticuados sistemas tecnológicos de cadenas hoteleras de Latinoamérica. Y que antes había trabajado para varias empresas americanas, entre ellas IBM. Un coco en toda regla. Alam, que así se llamaba, nos ha preguntado por nuestro viaje. Y nos ha contado sobre dónde le gustaría ir a él: “Yo quiero viajar a Dubái y a España”. Llegada a Siliguri para hacer noche También en el tren hemos conocido a uno de los trabajadores que servían la comida, que trataba de simpatizarnos exageradamente desde el principio. “Anda, qué majo”, nos decíamos. Cuando ha acabado su servicio, ya llegando a Siliguri desde Calcuta, la ciudad en la que hacemos noche antes de seguir mañana hasta Darjeeling, nos ha venido a pedir propina. “Pero si en tu uniforme pone ‘no propinas, por favor’”, le hemos advertido. “Bueno, es política de la compañía”, nos ha explicado, esperando que nos reveláramos contra las políticas de su compañía. A nadie más le ha pedido propina. Le hemos dado 20 rupias y se ha ido cambiando su sonrisa de todo el día por una cara de decepción. Igual que la nuestra, cuando hemos descubierto que su simpatía era una impostura. Llegados a Siliguri, donde el Uber no funciona, nos ha tocado pelearnos por no ser engañados —en exceso— para que un tuk tuk nos llevara hasta el hotel pasajero en el que hoy hacemos noche. Nuestras expectativas regateadoras estaban muy bajas: no queríamos pagar más de ochenta rupias. Nos han pedido 400, más tarde 200 —y el chico se ha corregido para decir 300— y al final hemos conseguido sacarlo por 150. Una derrota menor. El tuk tuk lo conducía un chaval muy callado y tranquilo y a su lado se ha subido un colega suyo, su antítesis perfecta: preguntón, curioso, charlatán. Nos ha preguntado de dónde éramos, si íbamos a Darjeeling y si Cristiano Ronaldo era español. «No, no, portugués», le hemos corregido. Y entonces nos ha vuelto a hablar de Tik Tok, la aplicación del baile de ayer. Le hemos dicho que la conocíamos —desde ayer— pero que no la utilizábamos. Al llegar le ha pedido a la parte masculina de Cultura Nómada un baile, y nos ha perdonado 10 rupias que no teníamos. Todo sea por ayudar al chaval a conseguir likes en su Tik tok, y por ahorrar dinero.

Bailando en los jardines victorianos de Calcuta | Día 33

El Victoria Memorial de Calcuta

Después de más de un mes en la India, uno cree que debiera haberse inmunizado a las sorpresas hindúes. Pero nada más lejos de la realidad, la India te sorprende —cuando no te sobresalta— todos los días. También, claro, en Calcuta, la ciudad india que por tener incluso tiene jardines victorianos. Apostados en el pasillo de nuestro hotel con aire neoyorquino de los cincuenta, donde hay tres habitaciones más pero ninguna está ocupada, hay tres hombres que pasan las 24 horas del día ahí. Se sientan en unas sillas, hablan un rato entre ellos, se pasean para estirar las piernas y dedican la mayor parte de su tiempo a mirar sus móviles. Nos los encontramos siempre que salimos o entramos. Desde que llegamos, hace ya tres noches, no se han cambiado de ropa. Es como tener un séquito de empleados a nuestro servicio, porque han sido súper eficientes cuando les hemos pedido papel o les hemos preguntado cómo funcionaba el aire acondicionado. Ha sido todo lo que han tenido que hacer en estos tres últimos días: alcanzarnos un rollo de papel y presionar un botón para activar el aire. El Victoria Memorial de Calcuta y sus jardines  Lo de los empleados de nuestro hotel es una muestra más de la superpoblación de empleos, y empleados, sin funciones claras. Según varios estudios, está previsto que la India se convierta en el país más poblado del mundo a tres años vista. En 2022, China dejará de ostentar la primera posición para cedérsela a la India. El índice de fecundidad del país (el número medio de hijos por mujer) es de casi dos y medio; y lo curioso es que la cifra se ha reducido, porque en 1990 era de más de cuatro y en 1960, de casi seis. Por eso es tan difícil todo aquí; no es lo mismo tener que pensar en el bienestar de 40 millones de españoles, o incluso de 130 millones de mexicanos, que en el de 1.300 millones de indios. Después de unos cafés del Starbucks —segundo día que nos pasamos el presupuesto por el forro desayunando ahí— hoy teníamos la misión de conocer el Victoria Memorial, un enorme edificio que preside uno de los parques más grandes de la ciudad. El día ha sido duro por el calor, que se ha asomado como no lo había hecho hasta ahora. Un color sofocante de pleno verano a inicios de primavera. No corría nada de aire. El sudor nos ha acompañado todo el día. El descubrimiento de Tik Tok en Calcuta El Victoria Memorial de Calcuta y sus jardines será muy bonito en los días frescos; en los días de calor asfixiante, como hoy, ha sido una tortura. Rodeado por jardines nos hemos afanado en buscarle todas las sombras de todos los árboles. Saltábamos de uno al siguiente y desde ahí, bien resguardados, nos animábamos a hacer alguna foto. En uno de los árboles se han sentado al lado nuestro tres quinceañeros a los que se les veía a leguas que algo querían. A los muchos minutos de mirarnos uno se ha animado a acercarse. Un poco de “¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?” después, han pedido su tesoro: un baile con la mitad fémina de Cultura Nómada. Nos ha dicho que es para Tik Tok, una aplicación que hemos descubierto hoy pero que parece que es lo más del momento en India. Hace un poco como Instagram pero solo con vídeos, y poniéndole música siempre. De ahí lo importante del baile. Se le ha concedido el deseo y se ha marchado orgulloso con su tesoro. Quizás ahora mismo estamos siendo virales y no lo sabemos. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Calcuta de contrastes | Día 32

Los característicos taxis amarillos de Calcuta, con un aire muy británico

Para llegar a nuestro hotel de Calcuta, una ciudad de contrastes constantes, no hay que subirse en un taxi, tampoco en tuk tuk; hay que montarse en una máquina del tiempo. El Sunflower Guesthouse —que no tiene nada de girasol, y menos de guesthouse— es el hotel que sale en las películas americanas de los años 50 rodadas en Nueva York. Tiene una entrada amplísima, dos escaleras a cada uno de los lados y en medio un ascensor con ascensorista, en el que dos rejas hacen de puertas. Presionas el botón del piso —lo presiona el ascensorista, de hecho— y llegas a la tercera planta, donde está la recepción: una salita con ocho sillones, una mesa en medio y una televisión de tubo catódico más vieja que nosotros dividida en cuatro partes en la que se puede visionar lo que pasa en cuatro de las zonas del hotel. El recepcionista encargado, que perfectamente pudiera ser el dueño, nos pregunta por la diferencia entre el castellano de España y el de México. “Cambia el guay por padre y ya lo tienes”, bromeamos. No nos entiende la broma, y le explicamos que el acento y el vocabulario son un poco distintos, pero que en esencia nos entendemos —la mayoría de ocasiones— sin problemas. “¿Seguro que no tenéis ascendencia india?”, nos vacila ahora él. Asegura que uno parece que venga de una región norteña del país, de Himachal Pradesh, y que la otra tiene rasgos muy hindúes. “No que sepamos”, le contestamos. Alojados al lado de Park Street, donde Calcuta parece Londres Nuestro alojamiento se encuentra en la zona más acomodada de Calcuta. Encontrar algo bueno, bonito y barato para hospedarse aquí era un imposible; así que tuvimos que optar por algo que es más o menos bueno, no especialmente bonito y en realidad no muy barato. La ubicación es genial, eso sí. Estamos detrás de Park Street, una calle que a poco que le pusieras un par de luces más pasaría por una arteria del centro de Londres. Hay Starbucks, restaurantes elegantes, pubs para cervecear y supermercados bien surtidos. Esta Calcuta es culta, resabida, refinada, estilosa y habla en inglés en lugar de hindi —o de bengalí, el idioma propio de la región—. Es una forma de distinción: hablar inglés contra los que ni siquiera lo leen. De hecho, muchas partes de la ciudad resultan muy británicas en sus edificios, en sus formas y en sus costumbres. El té de la tarde, por ejemplo, es tradición. Sin embargo, Calcuta fue una de las ciudades que en su día se rebelaron con más fuerza contra el imperio británico, consiguiendo así la independencia. Por eso, de hecho, los british le quitaron la capitalidad del país en favor de Nueva Delhi, una ciudad mucho menos revoltosa y más sumisa. Hacia el norte, la ciudad muta A poco que encaras la zona de Park Street hacia el norte, por cualquier de sus calles, la cosa empieza a cambiar poco a poco, comienza la Calcuta de los contrastes. Al rato vemos a dos hombres tumbados en el suelo, en medio de la acera, que podrían estar perfectamente heridos —o peor— y a nadie importarle. Calcuta reafirma sus contrastes con una clase media-alta solvente, pero una clase baja muy baja: gente en la calle pidiendo, arrastrándose sin importarles si han perdido la dignidad hace tanto tiempo. Muchos llegan desde Bangladesh, el país vecino, que está a tiro de ocho horas de autobús. Para ellos la India es tierra prometida, pero no consiguen salir de la miseria más absoluta y se ven obligados a mendigar. Más hacia el norte aún la ciudad tiene un estilo mucho más reconocible, uno recuerda que sigue en la India. Casuchas hechas con cuatro maderas, niños con sus padres recogiendo basura, montones de suciedad acumulada por todas partes. Y también ardillas, perros, cabras mutantes, vacas y alguna rata, que campa feliz entre los desechos. Aquí la gente no está acostumbrada al extranjero. Los turistas no llegan casi nunca a Calcuta a conocer sus contrastes, queda demasiado lejos del Taj Mahal. Por eso los habitantes de Calcuta se sorprenden de vernos y nos miran sin despegar el ojo hasta que nos perdemos en el horizonte. La pizza, el alimento oficial del viaje en India En cualquier caso, no son de saludarte, ni hablarte, ni preguntarte. Ni tampoco de pedirte selfis. Solo dos hombres nos han interpelado. Uno nos ha señalado hacia la derecha para que visitáramos una estatua enorme de Krishna. “Ya la vimos, pero gracias”, le hemos dicho. Otro, más adelante, en uno de los ghats a orillas del río que corta la ciudad, nos ha preguntado de dónde éramos. “¿España? ¿Luis Figo es de España?”, ha continuado. Ha sido imposible no sonreírse, cómo habrá pensado en Luis Figo. “No, no, Figo es de Portugal. Pero jugó en España”, le corregimos. “Ah, de Portugal, como Cristiano Ronaldo”, se corrige. El hombre podría ganar el trivial indio de geografía y el de fútbol. Después de mucho caminar, sortear el bullicio de los bazares y conocer el irrespirable y atestadísimo metro de Calcuta —nada que ver con el moderno suburbano de Nueva Delhi— hemos vuelto a caer en la tentación de volver a comer nuestra comida preferida de la India: la pizza. Hemos comido más pizza en la India que cuando estuvimos en Italia. ¿Tendremos que volver a Italia para que nos guste la comida india?

Hogares itinerantes: de Varanasi a Calcuta | Día 31

Un tren que cubre el trayecto de Varanasi a Calcuta

Los trenes se han convertido en algo así como nuestro hogar principal aquí en la India. En ellos hemos pasado gran parte del viaje, para viajar, y a uno de ellos —eterno, cansadísimo— hemos vuelto hoy, para viajar de Varanasi a Calcuta. Seguimos moviéndonos hacia al este, alejándonos cada vez más de eso que hasta hace un mes conocíamos como casa. Despojados por decisión propia de una casa estructural, nos toca llamarle casa a los lugares donde pasamos las noches. Y sobre todo a la carretera, y a las vías. En este trayecto hacia el este del país la India se vuelve más verde, los paisajes que vemos por la ventana de nuestro compartimento son más selváticos, con palmeras, con lagunas. Mucho más bonitos. De tanto en tanto aparece un alto en el camino, cuatro casas que forman una barriada de la ciudad que se viene a continuación. La nota dominante sigue siendo la misma: pobreza y miseria. Despedida de Varanasi En nuestro tren de Varanasi a Calcuta vivimos una especie de oasis. Viajamos al lado de dos amigos veinteañeros que vienen desde Delhi, en una odisea de un día entero. Llevan iPhones, se preparan sus comidas y hablan un inglés muy decente. Nuestra odisea es menor, desde Varanasi son solo doce horas. Que han acabado siendo catorce. A mitad de trayecto se han animado a hablarnos, a preguntarnos de dónde éramos. “Nosotros somos de Calcuta, sí”, responden a nuestra pregunta. “¿Cuántos días vais a estar?”, se interesan. Les explicamos que tres, y que luego iremos hacia el norte. Luego nos han ofrecido chocolate. Hemos tenido un final de viaje afortunado en lo que a los compañeros de viaje se refiere. La cosa, sin embargo, empezaba regular. Varanasi se despedía de nosotros con un diluvio pasajero, que nos ha acompañado la primera parte del trayecto. El tren se ha hecho el remolón y, pese a llegar a tiempo a Varanasi, ha acabado saliendo con dos horas de demora con respecto al horario previsto de partida. Un madrugón —nos hemos despertado a las 04.00 h— de lo más inútil. En cualquier caso, hemos hecho nuestras literas, nos hemos vuelto a encomendar al Dios hinduista de los viajeros para que no hubiera bichos en el vagón —nos ha escuchado— y nos hemos dormido. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Llegada a una Calcuta inesperadamente sofisticada Hasta que a las 08.00 h, una hora después de haber partido el tren de Varanasi a Calcuta, tres hombres han decidido que harían de una de nuestras literas su asiento. Les ha dado igual que estuviéramos dormidos. Un par de chasquidos con la lengua han servido para indicar que no éramos indios y que no estábamos acostumbrados, ni estábamos dispuestos, a compartir con más gente una litera de sesenta centímetros que nos había costado casi 20 €. Deben haberse sentido violentados, porque la mujer que estaba delante nuestro le ha indicado a su marido que se moviera, y este, a su vez, ha echado a los otros dos a otro compartimento. Pero el mal ya estaba hecho, volverse a dormir ha sido un imposible. Y solo quedaban por delante diez larguísimas horas en las que hemos trabajado un poco, hemos perdido el tiempo un mucho y nos hemos alimentado a base de patatas y Pepsi. La llegada a Calcuta entrada muy la tarde, ya oscuro, nos ha pillado a contrapié; esperábamos ratas, basura, bullicio, caos. Y sí, nos hemos encontrado caos y bullicio, pero también una ciudad con una personalidad curiosa, luminosa, con un aire sofisticado. Será que nos hemos sabido alojar en la parte bien de la ciudad y mañana, a la luz del día, Calcuta se revelará como pensábamos.

Semilla para el Cambio, una ONG española en Varanasi | Día 30

Una de las clases de refuerzo de la ONG Semilla del Cambio

La miseria de Varanasi es endémica. Está en cada esquina, en cada barrio, en cada ghat del Ganges. Está a la vista de los turistas, en cada lugar que visita, en cada calle que pasea. Pero está, sobre todo, en los que no visita: en las zonas más retiradas de las fotografías, en los slums, las villas miseria de las ciudades indias. Ahí es donde la pobreza adquiere su estado más indigente, el del analfabetismo absoluto, la malnutrición y la falta de acceso a unos mínimos sanitarios. Es ahí, en esos slums, donde hace falta acción contra la inacción. Los organismos públicos y gubernamentales no llegan a todo, ni a todos. Son, al final, políticos. Como en todos sitios. En Varanasi hay una ONG española, Semilla para el Cambio, que lleva diez años accionando la palanca del cambio. Un cambio muy lento, pero muy estimulante. Las muchas razones de Semilla para el Cambio Semilla para el Cambio tiene sede en A Coruña, de donde es María, una gallega enérgica y entusiasta. Cuenta que llegó a Varanasi de viaje y lo que vio le marcó tanto que se convenció de que había encontrado su misión en el mundo: emprender un proyecto solidario que minimizara, en lo posible, la explotación infantil. Con el tiempo, Semilla para el Cambio se ha marcado nuevos horizontes, empoderando a las mujeres, enseñando la importancia de una dieta equilibrada y preocupándose por las condiciones sanitarias. Según explican, lo que buscan es “romper el círculo de pobreza en el que están inmersos los niños y niñas”. Esto pasa primero por una enorme y complejísima campaña de concienciación a las familias de los barrios pobres en los que trabajan: Sigra, en las afueras de la ciudad, y Dashashwamedh, donde se encuentra uno de los principales ghats de Varanasi. María dice que al principio iba detrás de los niños que veía por la calle, preguntaba por sus familias y los invitaba a unirse a las actividades que organizaba la ONG. El trabajo de María, y el de la ONG, ha sido de hormiguita: captando fondos, consiguiendo padrinos, convenciendo a instituciones públicas españolas y, especialmente, llegando a las comunidades locales. Ahora la tendencia se ha invertido, ahora son las familias las que llegan a Semilla. Buenos hábitos y un poco de español En nuestro afán —imposible— por no sobrevolar los sitios que visitamos, queríamos conocer de primera mano la labor que la ONG lleva a cabo. Por eso hoy hemos pasado unas horas en una de sus dos sedes, en la de Sigra, donde la mayoría de los niños son musulmanes y sus familias proceden de Bengala Occidental, una de las regiones más pobres de la India. Los niños van a la sede de Semilla cuando no están en la escuela. Ahí hacen clases de refuerzo, comen, aprenden hábitos saludables como lavarse las manos antes de comer y los dientes una vez han acabado e incluso hacen sus pinitos en español. Los niños nos sonríen a los seis visitantes. Son sumamente educados, no gritan, están sentados, se levantan para decirnos “hello” y se vuelven a sentar para seguir escuchando a la maestra. Semilla para el Cambio tiene varios trabajadores locales, que ayudan en todas las tareas, desde impartir las clases a cocinar. Son una familia a la que cada vez llegan más familias. Los más grandes, en pleno pavo de los quince años, se hacen los gallitos. Emilio, un voluntario, nos explica que ya hablan un poco de español, y llama a una de ellas. “Hola, ¿cómo estás?”, le pregunta a uno de nosotros con un acento perfecto. Es capaz de mantener una conversación básica de varias preguntas y respuestas, y se sonroja por su logro. Además de con niños, la ONG trabajo con mujeres La ONG incide en la vida de más de trescientos niños de Varanasi. Son tan pocos, pero a la vez son tantos. De no estar ahí estarían recogiendo basura, o pululando por los slums sin nada que hacer. En Semilla para el Cambio reciben una educación global, que les permite conocer y tener aspiraciones. La labor de la organización se ha ido expandiendo y uno de sus nuevos ejes de acción es el empoderamiento de la mujer. La mujer, tan maltratada, tan degradada en la sociedad india, tiene aquí la oportunidad de alfabetizarse —“ahora puedo leer y escribir”, cuenta una feliz— y de sentirse creativas. Una vez alfabetizadas se convierten, si quieren, en artesanas. Elaboran pañuelos, monederos, llaveros, coleteros, pulseras, collares. Todos preciosos, llenos de colores. Es imposible no querer comprarlo todo. Nos despedimos de las mujeres, que nos agradecen la visita y nos emplazan a volver. Con esto, y un hermoso paseo por el Ganges al amanecer, hemos pasado un último día en Varanasi emocionante. Las emociones seguirán fluyendo mañana con rumbo nuevo. Puedes visitar la web de Semilla para el Cambio y apoyar algunos de sus programas: apadrinar un niño, aportar una donación o hacerte voluntario.

Varanasi bendita | Día 29

Los barcos se amontonan en uno de los ghats de Varanasi

Los hostales son nuestro modo de compensar los excesos presupuestarios. Gracias a ellos nos sale más barato dormir que comer, dormir que movernos, dormir que visitar. Los hostales son una parte más del viaje del mochilero, donde crea comunidad y comparte espacios que a veces los aíslan. No somos fanáticos de ellos tanto como lo éramos antes, cuando los años de menos nos hacían relativizar sus incontables inconvenientes. Ahora nos gustan los hostales cuando nos alojamos en habitaciones individuales, solo para nosotros; tener que compartir baño no nos importa. Compartir ronquidos con dos chinos de sesenta años, sí. En Varanasi, bendita ciudad después de nuestro paso por Kanpur, nos alojamos por 5 € la noche por cabeza en un hostal que se les da de moderno, pero es un truño moderno. Compañeros de hostal de todo pelaje Exageraciones al margen —tampoco estamos tan mal—, el problema principal es que tenemos como compañeros de dormitorio a dos chinos que además de roncar se despiertan a las cuatro de la mañana y hacen todos los ruidos posibles: con la boca, con el culo, hablando entre ellos, escuchando las noticias chinas en sus móviles, removiendo sus maletas. El paradigma de la empatía. Es, además, un hostel de mucho parásito pretencioso. De los que se visten con ropas anchas, lucen greñas, no se duchan y no paran de hablar por los codos. El espécimen alfa es un español de Mallorca del que ya nos sabemos toda su vida: ha vivido en Australia, canta a Los Delincuentes con su guitarra, ha estado en Bangladesh y su siguiente parada es Nueva Delhi. Y todo esto sin haber cruzado palabra con él. Hasta aquí el modo hater. El laberinto de calles de Varanasi Varanasi, tan especial y bendita para los indios, nos ha vuelto a enseñar lo mejor de la India. En el día y medio que llevamos, la ciudad nos ha entusiasmado. Sus calles estrechas se retuercen hasta darte cuenta de que es la tercera vez que has pasado por ellas. No es un déjà vu. Varanasi es una especie de laberinto en el que hay que sortear a las motos, a las vacas, a los niños que te piden “money, money” y a los conductores de tuk tuk. Un poco como en todos lados, en realidad. Pero Varanasi es distinta, es carismática. Se cuenta que es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. Si en algún lugar de la India hay que hablar de historia es aquí. Pero Varanasi también es la ciudad más sagrada para los hinduistas, la más bendita. Por eso está llena de templos y por eso, cada día, cientos de cuerpos se creman en algunos de los ghats (escalinatas que dan a los ríos) del Ganges, el río sacro de los hindúes. Las cremaciones en el Manikarnika Ghat Es en el Manikarnika Ghat donde todos los hinduistas quieren venir a morir. A diario se llevan entre doscientas y trescientas cremaciones a la vista de todos. Bueno, de casi todos: las mujeres indias no tienen el acceso permitido. La escena es sobrecogedora. Traen a los cuerpos cargados y tapados, los bajan hasta los espacios dispuestos para la cremación, les sacan las telas de colores que lo cubren y lo dejan solo con una tela blanca, con la cabeza descubierta. Entonces hacen acopio de troncos de leña y prenden la hoguera. La normalidad con la que se celebra todo resulta extraordinaria. Para los hinduistas la muerte es parte de la vida, porque da paso a la siguiente etapa, a una nueva reencarnación. Los charlatanes pululan por la zona a la caza de turistas a los que sacar los cuartos. Es fácil quitárselos de encima con ochos noes. Pero la mayoría de la gente viene aquí a observar. Muchos son familiares, los hijos, los hermanos, los tíos, los padres, los sobrinos. Los turistas somos también multitud. Las mujeres extranjeras sí tienen cabida. De repente se escucha una especie de explosión leve. Es la cabeza de uno de los cuerpos que están siendo cremados. De no haberse abierto de manera natural, el hijo del fallecido debería haberla golpeado hasta que sucediera. Contemplar lo que sucede pone los pelos de punta. Incomoda, sí, pero a la vez se siente una indescriptible —e incomprensible— paz interior. El ritual del Dashashwamedh Ghat El protagonismo de los rituales se traslada conforme cae el sol a otro ghat, el de Dashashwamedh. Aquí se celebra cada tarde, tras el atardecer, una ceremonia que se conoce como Ganga Aarti. Varios sacerdotes hacen una performance de casi una hora entre mantras recitados por los altavoces. Se ofrece una plegaria al río Ganges. Cientos, miles de personas se agolpan en las escaleras del ghat y acompañan los rezos. Para los hinduistas es la ocasión que tienen a diario de darle las gracias a su río más sagrado. Para nosotros, turistas, el ritual es un espectáculo de sentimientos y tradiciones. Es turbador cómo todos se emocionan al unísono y te transmiten esa emoción. Al acabar los asistentes corren hasta los sacerdotes para poder tocar el fuego con el que han hecho el ritual, y se lo pasan por la cara y por todo el cuerpo, como para que les sirva de protección. Mañana volveremos a las calles y los ghats de Varanasi, para seguir desentrañando el alma de la India más emocional, bendita y mística. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

De Kanpur a Varanasi: trenes que ya quisiéramos en Europa | Día 28

La estación de tren en Kanpur, en India

La India nos ha dado hoy un poco de tregua en nuestro trayecto de Kanpur a Varanasi. No lo vamos a decir muy alto, porque sabemos que esto es momentáneo. Después del movido día de ayer, en el que evitamos por los pelos dormir con una rata, entre otras cosas, hoy hemos conocido la parte más aposentada y cómoda de la India. Que es menos fotogénica, pero mucho más llevadera. Si fuera así siempre, la India no sería la India. Pero hay tanta gente aquí, tantas realidades, que el rompecabezas del país no se soluciona encajando una sola pieza. Conseguimos dormir a gusto. No tuvimos visitas inoportunas y nuestro hotel carísimo de Kanpur resultó un buen refugio del resto de la ciudad. Por la mañana nos bastaba con caminar diez minutos para llegar a la estación de tren. De camino la gente nos miraba extrañada, como sin entender qué hacían dos turistas en su ciudad. Tampoco nosotros lo entendíamos. El tren ha llegado antes de tiempo. Nos hemos subido para disfrutarlo lo máximo posible. En relación a los kilómetros recorridos, este también ha sido de largo el tren más caro en el que hemos viajado en la India. Llegada a Varanasi en el mejor tren Nos han dado la bienvenida con un té masala (¿hemos dicho ya que nos encanta el té masala?) y unas galletitas. Solo nos ha faltado la copa de champán. Al cabo de un par de horas, nos han servido la comida. Lástima que el menú fuera tan indio, y que nosotros a la comida india no acabemos de cogerle el punto; nos hemos dejado la mitad. El tren es de alta velocidad, como los AVE españoles. Como este tren de Kanpur a Varanasi hay varios en el país, que cubren trayectos entre ciudades importantes en mucho menos tiempo que los trenes ordinarios. Lujos que se permite uno con tal de evitar los trenes nocturnos. Después de las cucarachas, nunca más. Al llegar a Varanasi, nuestro nuevo destino para los próximos tres días, hemos hecho acopio de los próximos trenes, así ya nos olvidamos de problemas de transporte, y nos hemos encaminado hacia nuestro hostal. Un sitio muy a la india: descuidado, hippioso, con rollo y barato. Nos vale porque no parece que tenga ratas, de momento. Mañana y pasado servirán para conocer Varanasi, la ciudad más sagrada por los hinduistas, donde a la orilla del Ganges se celebran los rituales más íntimos a ojos de todo el mundo.