Los hostales son nuestro modo de compensar los excesos presupuestarios. Gracias a ellos nos sale más barato dormir que comer, dormir que movernos, dormir que visitar. Los hostales son una parte más del viaje del mochilero, donde crea comunidad y comparte espacios que a veces los aíslan. No somos fanáticos de ellos tanto como lo éramos antes, cuando los años de menos nos hacían relativizar sus incontables inconvenientes. Ahora nos gustan los hostales cuando nos alojamos en habitaciones individuales, solo para nosotros; tener que compartir baño no nos importa. Compartir ronquidos con dos chinos de sesenta años, sí. En Varanasi, bendita ciudad después de nuestro paso por Kanpur, nos alojamos por 5 € la noche por cabeza en un hostal que se les da de moderno, pero es un truño moderno.
Compañeros de hostal de todo pelaje
Exageraciones al margen —tampoco estamos tan mal—, el problema principal es que tenemos como compañeros de dormitorio a dos chinos que además de roncar se despiertan a las cuatro de la mañana y hacen todos los ruidos posibles: con la boca, con el culo, hablando entre ellos, escuchando las noticias chinas en sus móviles, removiendo sus maletas. El paradigma de la empatía.
Es, además, un hostel de mucho parásito pretencioso. De los que se visten con ropas anchas, lucen greñas, no se duchan y no paran de hablar por los codos. El espécimen alfa es un español de Mallorca del que ya nos sabemos toda su vida: ha vivido en Australia, canta a Los Delincuentes con su guitarra, ha estado en Bangladesh y su siguiente parada es Nueva Delhi. Y todo esto sin haber cruzado palabra con él. Hasta aquí el modo hater.
El laberinto de calles de Varanasi
Varanasi, tan especial y bendita para los indios, nos ha vuelto a enseñar lo mejor de la India. En el día y medio que llevamos, la ciudad nos ha entusiasmado. Sus calles estrechas se retuercen hasta darte cuenta de que es la tercera vez que has pasado por ellas. No es un déjà vu. Varanasi es una especie de laberinto en el que hay que sortear a las motos, a las vacas, a los niños que te piden “money, money” y a los conductores de tuk tuk. Un poco como en todos lados, en realidad.
Pero Varanasi es distinta, es carismática. Se cuenta que es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. Si en algún lugar de la India hay que hablar de historia es aquí. Pero Varanasi también es la ciudad más sagrada para los hinduistas, la más bendita. Por eso está llena de templos y por eso, cada día, cientos de cuerpos se creman en algunos de los ghats (escalinatas que dan a los ríos) del Ganges, el río sacro de los hindúes.
Las cremaciones en el Manikarnika Ghat
Es en el Manikarnika Ghat donde todos los hinduistas quieren venir a morir. A diario se llevan entre doscientas y trescientas cremaciones a la vista de todos. Bueno, de casi todos: las mujeres indias no tienen el acceso permitido. La escena es sobrecogedora. Traen a los cuerpos cargados y tapados, los bajan hasta los espacios dispuestos para la cremación, les sacan las telas de colores que lo cubren y lo dejan solo con una tela blanca, con la cabeza descubierta.
Entonces hacen acopio de troncos de leña y prenden la hoguera. La normalidad con la que se celebra todo resulta extraordinaria. Para los hinduistas la muerte es parte de la vida, porque da paso a la siguiente etapa, a una nueva reencarnación. Los charlatanes pululan por la zona a la caza de turistas a los que sacar los cuartos. Es fácil quitárselos de encima con ochos noes. Pero la mayoría de la gente viene aquí a observar. Muchos son familiares, los hijos, los hermanos, los tíos, los padres, los sobrinos. Los turistas somos también multitud. Las mujeres extranjeras sí tienen cabida.
De repente se escucha una especie de explosión leve. Es la cabeza de uno de los cuerpos que están siendo cremados. De no haberse abierto de manera natural, el hijo del fallecido debería haberla golpeado hasta que sucediera. Contemplar lo que sucede pone los pelos de punta. Incomoda, sí, pero a la vez se siente una indescriptible —e incomprensible— paz interior.
El ritual del Dashashwamedh Ghat
El protagonismo de los rituales se traslada conforme cae el sol a otro ghat, el de Dashashwamedh. Aquí se celebra cada tarde, tras el atardecer, una ceremonia que se conoce como Ganga Aarti. Varios sacerdotes hacen una performance de casi una hora entre mantras recitados por los altavoces. Se ofrece una plegaria al río Ganges. Cientos, miles de personas se agolpan en las escaleras del ghat y acompañan los rezos. Para los hinduistas es la ocasión que tienen a diario de darle las gracias a su río más sagrado.
Para nosotros, turistas, el ritual es un espectáculo de sentimientos y tradiciones. Es turbador cómo todos se emocionan al unísono y te transmiten esa emoción. Al acabar los asistentes corren hasta los sacerdotes para poder tocar el fuego con el que han hecho el ritual, y se lo pasan por la cara y por todo el cuerpo, como para que les sirva de protección. Mañana volveremos a las calles y los ghats de Varanasi, para seguir desentrañando el alma de la India más emocional, bendita y mística.