Segunda visita a Katmandú para cerrar la etapa en Nepal | Día 12

Estamos de vuelta donde empezamos Nepal, en su capital. Donde empezamos Nepal va a ser donde la acabemos, con una segunda visita a Katmandú. En tres días tomaremos un vuelo para saltar un par de husos horarios y emprender una nueva etapa del viaje. Hasta entonces, nos quedan algunos días para acabar de sacarle a Nepal las últimas lecturas. Después de la India, el país de las montañas más altas del mundo ha supuesto un descenso de las revoluciones. Aunque, como buenos vecinos, también saben compartir cosas. Aquí, por ejemplo, también hemos tenido sobresaltos —algunos menos— y trayectos en transporte público difíciles de digerir. Despedida de Bandipur para tomar el bus en Dumre Desde Bandipur, donde habíamos pasado las dos últimas noches, teníamos un doble trayecto en bus para encarar la segunda visita a Katmandú. Teníamos que deshacer el mismo camino que habíamos hecho para llegar: primero descender hasta la polvorienta Dumre y ahí tomar un bus hasta Katmandú. En el primero de los buses hemos coincidido con un holandés que estaba en su sexto mes de viaje por el continente asiático. En un par de días se dirige a Irán para luego volver a su Róterdam natal. También hemos coincidido con él en siguiente bus y luego, en el taxi hasta la zona turística de Katmandú. Éramos los tres turistas estrella del día, a los que todos los nepalíes han tratado de engañar. En el bus de bajada de Bandipur a Dumre no había engaño posible: la tarifa es de cincuenta rupias por persona. Corrección: de cincuenta rupias por extranjero. A los locales les cobran diez rupias menos. Privilegios de ser local. Una vez en Dumre, lo que hay que hacer es esperar a que lleguen los buses que hacen el trayecto Pokhara-Katmandú para subirse a uno de ellos. Con tal de ahorrarnos unas pocas rupias decidimos no reservar en Bandipur un bus turístico, porque nos hubieran cobrado el billete entero haciendo solo la mitad del recorrido. Esperábamos que los buses locales fueran más benignos y nos recogieran por una tarifa más justa. Regateando la tarifa del bus a Katmandú Una vez en Dumre, dos hombres han corrido a ayudarnos con las mochilas, indicándonos dónde esperar el bus. Mala señal. A los dos minutos ha llegado un bus. “Ese, ese, rápido”, nos han dicho los dos hombres. Del bus se han bajado otros dos a recogernos las mochilas y las han metido rápidamente en el maletero. “¿Cuánto?”, se nos ha ocurrido preguntar. “650 rupias”, se les ha ocurrido exagerar. Hemos cogido una de las mochilas indignados por la tarifa y hemos pedido que nos dieran la otra. Y el conductor ha arrancado, pese a que su compañero daba golpes para indicarle que parara. Teníamos que haber interpretado mejor la señal. Por detrás llegaba otro bus, mucho más moderno, del que se ha bajado otro chico rápidamente. “Venid, venid, 500 rupias”, nos ha dicho. Y los del bus primero han empezado a ponerse nerviosos: “No, no, 500 nosotros, venid con nosotros”. Otro se ha pasado de honesto: “350 rupias, vamos”. El jefe casi llega y le da un azote por rebajar tanto la oferta. Por otro lado al holandés ya le habían convencido con las 500 rupias, y viendo que no había manera de bajar la segunda de las mochilas hemos decidido aceptar la oferta del bus más destartalado que, de hecho, nos podría haber salido 150 rupias más barato. Bravo por nosotros, expertos viajeros. Al subirnos, hemos visto un par de asientos al fondo y hemos corrido a ellos. En una de las filas delanteras un hombre llevaba atada una cabra a una cuerda, como si fuera su animal de compañía. El autobús podía haber sido más cómodo, pero los hemos conocido peores. El conductor demente nepalí A quien hemos conocido gracias a este trayecto, encarando nuestra segunda visita a Katmandú, ha sido al conductor de autobús más enajenado de toda Asia. Y mira que es difícil, porque parece que todos los conductores de bus de Asia pasen controles de suficiencia en enajenación. En esas carreteras de paisajes tan bonitos pero asfalto tan mal asfaltado, el tipo se ponía a conducir como si estuviera escapando de su propia boda. Adelantaba a camiones, buses, coches, motos y todo lo que se le pusiera por delante. En recta o en curva, daba lo mismo. También le daba igual si de frente venía otro bus o un camión. Él se tiraba y luego, si acaso, frenaba. Y pitaba como un descosido, para hacer notar que él era el que marcaba el orden de los vehículos en esa carretera que tiene la desvergüenza de llamarse a ella misma autopista. Era mejor cerrar los ojos y rezarle a Buda para que tuviera compasión de nosotros. Porque tener los ojos abiertos implicaba empezar a sudar frío, temiendo en cada curva lo peor, anticipando cómo el bus se caía por cualquiera de los precipicios sin fondo del camino. Como siempre, la lógica tan ilógica que rige estos países se acaba imponiendo, y hemos sobrevivido, ya estamos a punto para la nueva visita a Katmandú sin mayores percances que haber temido por no seguir conociendo el mundo.
Conociendo a la abuela de Asma en Ramkot | Día 11

Bandipur es encantadoramente remoto, el típico pueblecito en medio de la nada que nos encanta visitar para confirmarnos que somos irremediablemente urbanitas. No está mal, ni que sea a veces, cambiar la luz de las farolas por la de las estrellas; y el ruido de los coches por el de los grillos. En los lugares que visitamos buscamos eso: contrastar sus maneras de vivir. Y uno se da cuenta que la gente de ciudad lo es en todas partes de una manera más o menos parecida; y la de pueblo, igual. Por si Bandipur no nos hubiera parecido suficientemente remoto, alejado a media hora en bus de la carretera más cercana, hoy hemos querido conocer Ramkot, un pueblito de un par de decenas de casas al que se tiene que llegar —desde Bandipur— por un sendero contorneado en las laderas de las montañas. El trekking de Bandipur a Ramkot El camino, a tenor de lo que habíamos leído, tenía que ser un apacible paseo de dos horas de ida y otras dos horas de vuelta. Como hacer una excursión por las montañas nepalíes parecía un plan mejor que caminar la única calle de Bandipur arriba y abajo todo el día, nos hemos lanzado a la aventura. El terreno pronto ha pasado de asfalto a tierra. Nada grave. Luego hemos ascendido un par de colinas exigentes y las hemos bajado. “Vaya, quizás es un poco más duro de lo que se comentaba”, nos hemos dicho. Y lo era, sobre todo a la vuelta. No es una caminata solo apta para expertos, porque es cierto que está al alcance de cualquiera con forma física aceptable, pero hay que prepararse mentalmente para ella. De ida nos han pasado dos turistas sesentones, hemos pasado a una pareja francesa jubilada y hemos llegado a la par con un matrimonio de cincuentones expertos en esto del senderismo —a tenor de lo bien vestidos y equipados que iban para la ocasión—. De vuelta nos ha pasado un chico alemán de veintitantos y nos hemos cruzado con una pareja de franceses de nuestra edad, aproximadamente. Compartiendo el camino con turistas y con locales También a la vuelta nos hemos vuelta a encontrar con los franceses jubilados. “Hemos pedido un jeep para la vuelta, ya no podemos más”, nos han explicado. “Si queréis compartimos el viaje”, nos han dicho. Hemos declinado la oferta por amor propio: teníamos que acabar lo que habíamos empezado. También hemos coincidido con muchos locales, que parecía que hacían la ruta a diario. Los había con rebaños de cabras, cargando arbustos o simplemente paseando. Todos nos saludaban a golpe de “Namaste” y muchos trataban de entablar conversación de manera infructuosa. Al final nos entendíamos señalando hacia un lado y diciendo “Bandipur” y luego hacia el otro para confirmar que veníamos de “Ramkot”. Sonrisas mutuas y despedidas. La ida ha sido llevadera, pero la vuelta se ha hecho dura. Las nubes han destapado al sol y el terreno cada vez parecía más empinado. Parábamos en cada árbol al cobijo de su sombra y nos hemos declarado inexpertos, meros principiantes, en la realización de trekkings: no nos hemos puesto crema solar, no llevábamos gafas ni gorro, nuestro outfit de instagramers no era el más adecuado para patear las montañas y el medio litro de agua que llevábamos se ha demostrado insuficiente cuando ha acabado convertido en caldo. Pese a todo, somos de cumplir con nuestro propósito y, como no podía ser de otra manera, hemos conseguido acabar el recorrido. La motivación para llegar a Bandipur de vuelta no podía ser otra que la comida. Y nos han sentado tan bien los momos y la carne que nos hemos comido, y los dos litros de agua que nos hemos bebido. Estábamos listos para hacer el segundo trekking del día, el que nos ha llevado hasta la ducha y después a la cama. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Conociendo a la abuela de Asma La excursión hasta Ramkot, quitando la dureza de la caminata, ha sido una experiencia para recordar. Primero, por los hermosos paisajes que hemos tenido la suerte de conocer. Desde esa ladera de la montaña se ve todo lo que queda al otro lado, en el valle, debajo: algunas casitas, vegetación en su estado menos perturbado y perfectas terrazas de cultivos que lucen preciosas a la vista del ojo, y de la cámara. Pero el día ha sido especialmente bonito por haber tenido la suerte de conocer a Asma, a su familia y sobre todo a su abuela. En Ramkot, cuando ya estábamos decididos a encarar el camino de vuelta, una mujer mayor se ha dirigido a nosotros. Estaba sentada sobre sus piernas, en una posición incomodísima para alguien que no la practica a diario. Tenía la cara arrugada, los ojos minúsculos, el pelo gris y desaliñado y un desparpajo que la reivindica como la más molona del pueblo. Nos ha invitado a sentarnos con ella en la terrazita de su casa, junto a otras seis mujeres que estaban colocadas a su alrededor. Las casas de Ramkot, como las de toda esta zona del país, son muy pequeñas, de plantas muy bajas y puertas menudas. Están hechas para los habitantes de la zona, todos tan bajitos, capaces de entrar por esas puertas minúsculas. Compartiendo tertulia con las mujeres nepalíes La mujer nos ha saludado y nos ha insistido en que nos sentáramos. Las sonrisas y los gestos servían de lenguaje improvisado, pero nada como una traductora para que nos entendiéramos. Entonces ha llamado a Asma, su nieta, que estaba en el interior de la casa. Nos ha contado Asma que ella vive en realidad en la ciudad, pero que estaba en el pueblo de vacaciones, porque en la escuela no se estudia durante la época de final de año. Su inglés era perfecto: “Sí, lo estudio en la escuela”. Tiene catorce años pero parece mayor. Solo cuando se incomoda se nota que no es más que una adolescente.
Tres buses para viajar de Pokhara a Bandipur | Día 10

Esta mañana nos despedíamos de una Pokhara que parecía apenada por nuestra marcha. Se ha puesto a llover solo un poco, como si la ciudad tratara de hacerse la dura pero fuera incapaz de esconder que nos va a echar de menos. Fue agradable navegar su apacible lago, pasear su calle ultracomercial y comer y beber en sus restaurantes, cafés y bares. Pero después de tres días, Pokhara tenía poco más que ofrecernos, y teníamos que buscar nuevos lugares de Nepal que completen la postal. Por eso, es momento de viajar de Pokhara a Bandipur. El pueblo de Bandipur, en medio de la nada nepalí Bandipur es un pueblecito llenísimo de encanto en medio de la nada. El típico lugar que se sabe tan encantador que se lo cree. Por suerte, todavía se lo cree solo un poco. Bandipur tiene prohibido el tránsito de vehículos en el centro, una callecita estrecha adoquinada que te engaña constantemente, haciéndote creer que estás en centroeuropa. Miras a un lado y a otro y ves restaurantes y bares que se proyectan a la calle, con pequeñas terrazas y mesitas para dejar que el rato pase, perfectas para practicar el people watching, el cotilleo a la nepalí. Bandipur tiene, encima, unas vistas espectaculares de los Himalayas. Al menos en los días claros, se comenta. El día era medio nublado y ha servido para intuir que los rumores son ciertos. Mañana parece que el tiempo acompañará y, de ser así, aprovecharemos para que el amanecer y el atardecer nos pille en alguna de las colinas desde las que los turistas envidian a los locales por vivir rodeados de semejante paisaje. Pero eso ya será mañana si —crucemos los dedos— el tiempo realmente está de nuestra parte; que está por ver. Los buses en Nepal Llegar desde Pokhara a Bandipur hoy no ha sido sencillo. En Nepal, como ya hemos comentado en días anteriores, las carreteras están en pésimo estado. Hasta el punto que transitar las dos ciudades más importantes del país, Katmandú y Pokhara, demora ocho horas para 140 kilómetros. Una locura de proporciones inconcebibles allá, en los países de los que venimos. Además, el transporte interurbano está pobremente desarrollado. Los trenes no existen y la única opción son, por tanto, los buses. Bueno, o unos avioncitos pequeños que conectan las cinco ciudades principales por precios desorbitados. Como nosotros solo nos desorbitamos —en lo que a precios se refiere— comiendo, solo nos queda el bus. En el territorio de los buses existen dos divisiones en Nepal: los buses locales y los buses turísticos. Los primeros, muy económicos, son los que utilizan los nepalíes para moverse entre ciudades importantes. Se llenan rápido, son estrechísimos y hacen paradas constantes; casi en cada casa. Con el agravante del estado de la carretera de por medio, los buses locales saben cuándo salen, pero no cuándo van a llegar. Luego, en la Champions de los buses de Nepal juegan los llamados turísticos. Son buses un poco más caros pero que no hacen paradas constantes, tienen más espacio para que acomodes las piernas y cuentan con el preciado aire acondicionado. Evidentemente, son más caros. Aunque es cierto que no tanto más, quizá un par de cientos de rupias. Por lo tanto, la elección es clara: bus turístico para aumentar las posibilidades de llegar al destino intacto. De Pokhara a Bandipur en bus local Pero hoy nos ha tocado jugar en segunda; esto es, tomar un bus local. Bueno, no uno, de hecho tres. Los buses turísticos solo hacen tres conexiones entre los tres lugares turísticos por excelencia del país: la capital Katmandú, Pokhara y Chitwan. Para todo lo demás, bus local. O, de lo contrario, bus turístico pagando la tarifa completa entre Pokhara y Katmandú pero haciendo solo un cuarto del recorrido. Un sinsentido que no estábamos dispuestos a acometer. Así pues, hemos salido pronto del hotel para tomar un bus urbano de Pokhara para llegar hasta la estación de buses. Este primer trayecto ha durado solo veinte minutos y ha sido tranquilo, en el sentido de lento. El conductor avanzaba más despacio que los peatones. Hemos pasado por el aeropuerto de Pokhara, incrustado en medio de la ciudad, con su pista pequeñísima y su terminal que parece de mentira, y al rato hemos llegado a la estación. La estación en realidad no es una estación. Es, por una parte, un parqueadero enorme de autobuses. Y en la calle es donde se encuentran aquellos que van a salir a sobrevivir un día más las carreteras del país. Ahí hemos encontrado el nuestro, que en realidad hubiera sido cualquiera. Porque todos hacen la misma ruta: Pokhara-Katmandú. Nosotros solo teníamos que llegar hasta Dumre, para lo que hemos pasado dos horas en las que hemos acabado doblando el aforo permitido del vehículo. Más allá de eso, solo hemos sufrido por encontrar dónde colocar las piernas entre tan poco espacio entre asientos. Dumre, la parada previa para llegar a Bandipur Además de la figura del conductor, en los buses de Nepal existen siempre al menos otros dos operarios que hacen las veces de responsables, acomodadores, guías, ayudantes, cargueros, taquilleros y lo que se tercie. Uno de ellos, melenudo y pequeñito, era el que trataba de convencer a la gente de que se subiera al bus contra su voluntad. Saltaba del autobús en marcha, se acercaba a la acera y acechaba a la gente que estaba allí de pie. La mayoría le decían que no pero, sin embargo, acababan siempre subiéndose. La capacidad de persuasión del melenudo era de nota. Al lado, con aspecto de gángster perdonavidas, iba el que parecía el responsable. Él se encargaba de cobrar los pasajes. “Give me the money”, nos ha requerido en un tono de lo menos amistoso. Ya en Dumre empezaba la parte más complicada: adivinar cómo llegar a Bandipur. Dumre es una ciudad mediana en medio de la carretera central del país, a la que los turistas llegamos como paso previo, como escala obligada, para acceder a
Nuestro trekking en Pokhara | Día 8

Cuando pensábamos que nos íbamos a ir de Nepal sin dedicarle un poco de tiempo a su actividad preferida, hoy hemos acabado el día habiendo andado más de 21.000 pasos. O lo que es lo mismo, quince kilómetros. No estaba en los planes, pero ha acabado sucediendo. Y como casi todo lo que no está en los planes pero acaba sucediendo, ha sido realmente divertido y gratificante. Ya no podremos decir que no hicimos un trekking en Pokhara, la ciudad nepalí de los trekkings. La Pagoda de la Paz de Pokhara El plan era hacer el guiri en toda regla desde muy pronto. Empezando por tomar un bote en el lago Phewa para que nos acercaran a la orilla opuesta, donde se inicia un paseo nada sencillo de unos 45 minutos hasta coronar la colina. En lo alto de la colina se encuentra una fenomenal y ceremoniosa estupa budista, la World Peace Pagoda, un monumento que pretende inspirar la unión entre culturas con el propósito de luchar por un horizonte de paz en el mundo. Esta pretensión tan ingenua y romántica la comparten más de ochenta edificios de todo el mundo, todos con el mismo nombre: Pagoda de la Paz. Las construcciones son de inspiración y justificación japonesa, pues fue en el país del sushi donde quisieron lanzar un alegato de paz global a raíz de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki de la Segunda Guerra Mundial. Además de la de Pokhara, hay otra pagoda de la paz en Nepal, en Lumbini, la ciudad en la que se asegura que nació Buda. Las mejores vistas de Pokhara El trekking de Pokhara hasta la estupa ofrece unas vistas espectaculares de la ciudad, del lago Phewa y de los Anapurnas. Ni algunas nubes molestas que se empeñaban en tapar las lejanas montañas han impedido que disfrutáramos de una hermosa escena panorámica. A los 45 minutos previstos de subida le hemos acabado sumando media hora. Era imposible no pararse cada cinco pasos a fotografiar lo que nos quedaba a la espalda. La subida ha sido de dificultad moderada. Por suerte no hacía un calor excesivo y no había mucho que sudar, porque en el hotel K2 Pokhara no tenemos el desayuno incluido. Una vez vista y rodeada la estupa, identificándole las cuatro estatuas de Buda que tiene talladas, ha tocado desandar lo andado por el camino opuesto. Por esa otra zona la concurrencia es mayor. Hasta ahí llegan los coches y los taxis, y es el punto de llegada preferido por la mayoría. Pese a ello, la llegada desde el lago, aunque a menos sencilla, es mucho más emocionante. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El trekking urbano de Pokhara para volver Como no queríamos que un taxi nos desestabilizara todavía más el presupuesto, hemos decidido descender caminando. El paseo ha sido igualmente hermoso, pasando por los suburbios lejanos de Pokhara, en los que viven muy aislados unos pocos nepalíes. Pero el fútbol no entiende de aislamientos. Un niño que nos ha cruzado nos ha saludado —“Namaste”— y nos ha preguntado de dónde éramos. “España”, le hemos dicho. “Ah, como Diego Costa”, nos ha contestado. Si Diego Costa es el referente futbolístico de España en el mundo quiere decir que ser español, en lo futbolístico, ya no es motivo de especial orgullo. Dónde quedan los tiempos en que te reconocían como español por Xavi e Iniesta. En el camino de vuelta hemos tropezado con unas cataratas de juguete, tan pequeñas, tan escondidas en medio de la ciudad, tan sobreprotegidas, que la verdad es que han resultado una atracción muy menor comparadas con la estupa. Desde ahí, hemos vuelto a decirle que “no, gracias” a los taxistas y ante la imposibilidad de ir en bus hasta el Lakeside, donde nos alojamos y donde está toda la vida de Pokhara, nos ha tocado caminar más. El resto ha sido comida y bebida en forma de momos, arroz, café y cervezas. Lo de las cervezas seguimos racionándolo, porque son excepcionalmente caras.
Pokhara, la puerta del Annapurna | Día 7

Sin que nos hayamos dado cuenta, llevamos hoy una semana en Nepal. Como esperábamos, el país está siendo el contrapunto a la India: calma, sosiego y tranquilidad. Quizás aterrizar aquí directamente desde los continentes del otro lado del planeta implique un esfuerzo por adaptarse al desorden. Pero este es un desorden tan ordenado, tan poco apremiante, con respecto al desorden indio. Como siempre, es la comparación la que barema, la que escala el grado de las cosas. Y por su vecindad, y porque muchas veces se las conoce juntas, Nepal es —o deja de ser— en función de lo que es —o deja de ser— la India. Para seguirlo corroborando es momento de conocer Pokhara, la entrada del Annapurna. Adiós a nuestro alojamiento en Chitwan Esta mañana temprano, aunque mucho menos temprano que otras tantas mañanas, partíamos rumbo al tercer destino en nuestra travesía por las perturbadoras carreteras nepalíes. Los chicos del hotel de Chitwan, conscientes de lo importante del servicio en las valoraciones de Booking, han vuelto a portarse. Primero, permitiéndonos desayunar a las 07.00 h de la mañana antes de que nos tuviéramos que marchar. Los huevos, las tostadas y el café saben mejor cuando pensabas que no te los ibas a comer. Media hora más tarde, tras indicarle al recepcionista que se equivocaba en la cuenta —a nuestro favor—, otro de los chicos se ha ofrecido a llevarnos en el jeep hasta la estación de bus. Ni los bichitos con los que convivíamos en el hotel —todos inofensivos, cohabitantes de nuestra remota ubicación— iban a impedir que puntuáramos al hotel Tree Tops de Chitwan con un notable altísimo. De Chitwan a Pokhara En Nepal existe el apelativo turístico para identificar a los buses que sirven rutas entre los principales puntos del país (básicamente Katmandú, Chitwan y Pokhara) y que, contra los buses regulares, tienen aire acondicionado y, teóricamente, conectan con el destino sin paradas intermedias. Por lo demás, el autobús no se lo desearías como medio de transporte ni a tu más íntimo enemigo; y las carreteras de Nepal, menos. Viajar en India en autobús era una tortura, pero en Nepal no se queda corto. Para muestra un dato: hemos cubierto los ochenta kilómetros que separan Chitwan de Pokhara en siete horas. Esto quiere decir que la velocidad media en nuestro bus turístico ha sido de poco más de diez kilómetros por hora. Es como imaginarse que para ir a Girona desde Barcelona vas a tardar siete horas. Inconcebible. Pero a uno lo que le extraña, tras experimentar las carreteras nepalíes, es que los buses lleguen y los automóviles circulen. Las carreteras del país son trampas de las que saben salir airosos con mucho arte los conductores locales. El carnet nepalí debería convalidar para poder conducir un Ferrari o un Red Bull en la Fórmula 1. La carretera hasta Pokhara y el Annapurna Hoy hemos vuelto a transitar la principal carretera del país, pero un tramo que lleva hasta una parte más occidental del país. La ruta conecta Katmandú y Pokhara, las dos ciudades más importantes de Nepal, entre las que el tráfico de todo tipo de productos, y también el de personas, se supone constante. Debe ser la carretera en peores condiciones que una las dos ciudades más importantes de cualquier país del mundo. O seguramente no. Pero Nepal tiene el agravante del turismo como fuente de ingresos. Pese a todo, a Nepal le perdonas que vayas dando botes siete horas para llegar a Pokhara, la puerta del Annapurna, porque todo lo que te enseña por la ventana roñosa del autobús te deja boquiabierto. Hemos transitado enormes plantaciones de arroz anegadas de agua, que hacían horas extra como espejos perfectos de las montañas de sus alrededores. A ratos las plantaciones se nivelaban en terrazas y los hombres y mujeres de los pueblitos que circulábamos cargaban enormes cestos a sus espaldas, paseándolas de arriba abajo. Hemos visto ríos con agua limpísima que pareciera recién salida del deshielo de cualquiera de los ochomiles y que a cada rato cruzaban puentes larguísimos en los que estabilidad no vendría a ser el principal de sus atributos. Y por fin, Pokhara. La segunda ciudad de Nepal tiene una parte cochambrosa de ciudad arbitraria y otra parte, a orillas del lago Phewa, que apunta hacia los Annapurnas, llena de turistas que vienen o van a las montañas. Nosotros ni vamos ni venimos de las montañas, pero esperamos que Pokhara nos sirva de mirador de la cordillera más mítica del planeta.
El Parque Nacional de Chitwan, el corazón de la jungla | Día 6

Hoy podríamos haber estado en África, quizás en Tanzania o en Kenya. Pero en cambio seguíamos en Nepal. Hoy hemos confirmado que los safaris no son exclusiva del continente africano. La tierra de los Himalayas, la de las montañas más altas del planeta, también cuenta con una de las junglas más espectaculares de todo el continente asiático. Es una cara que se le desconoce a Nepal, tan acostumbrada a pavonearse de ser la meca del alpinismo. El Parque Nacional de Chitwan es una impresionante muestra de las maravillas que encierra el mundo que desconocemos, el que solo sabemos que existe por los documentales. Visitando en jeep el Parque Nacional de Chitwan En su enorme extensión de casi mil kilómetros cuadrados, el Parque Nacional de Chitwan recoge un enorme abanico de especies animales y una flora no menos increíble. Hay muchas formas de conocerlo: a pie, en canoa, en elefante, en caminatas de varios días y en jeep. Esta última, la más concurrida, habitual y turística de las opciones, es perfecta para los que —como nosotros— lamentablemente solo tenemos el tiempo y el dinero justo para descubrir una ínfima parte de lo que es Chitwan. En cualquier caso, conocerle esa pequeñísima muestra, recorrer sus caminos, ha sido una experiencia para recordar. Cabe decir que partíamos desde el recelo, desde una desconfianza justificable. Primero, porque ayer había llovido y el clima nepalí no parece acompañarnos desde que llegamos al país. Segundo, porque temíamos que el recorrido tuviera mucho de feria para turistas y muy poco de autenticidad. Y tercero, pensábamos, como habíamos leído, que no tendríamos la fortuna de ver ningún animal. Hari, el mejor guía para recorrer Chitwan Los recelos matutinos se confirmaban: llovía y el cielo no auguraba que dejara de hacerlo. Hasta las 13.00 h no empezábamos el safari y el margen para esperanzarse era escaso. En cualquier caso, hemos tratado de ponerle actitud al asunto. Habrá sido eso lo que ha espantado a las nubes, que justo antes de que empezáramos la aventura han desaparecido. No todo iba a salirnos de cara, por desgracia. Cada guía, con su respectivo jeep y su respectivo conductor, acompaña a un grupo de diez personas. Nuestro guía se llamaba Hari y era impecable: un veinteañero nepalí que parecía que se había sacado la credencial hace una semana. Entusiasta, risueño y bromista, sabía darnos el contexto justo para explicarnos dónde estábamos y qué veíamos para luego, consciente de la magia del silencio, permanecer en un segundo plano para que le escucháramos a la jungla sus sonidos. Sin embargo, nuestros compañeros de jeep parecían empeñados en arruinarnos la experiencia. No lo han hecho, porque la experiencia se ha sobrepuesto a su incordio insistente. Nos hemos sentado en la tercera de las tres filas que había en el jeep descapotable. A nuestro lado teníamos el guía, que con su impoluto inglés de academia de guías de Chitwan y su tono apacible parecía que nos quisiera formar especialmente a nosotros. “Cocodrilo”, ha acertado a decirnos en castellano. Avistamiento de rinocerontes En la fila de delante iba una rubia de cincuenta y largos europea —¿alemana?— a la que la vida laboral le ha tratado muy bien, pero que en algún punto de su recorrido por el mundo perdió la capacidad por respetar. Llevaba al lado a un nepalí con el que parecía haberse citado en el parque para cerrar un negocio. Hablaban de números y recursos humanos. “Señora, ¿se puede callar?”, le ha dicho en el más amistoso de los tonos el guía. A lo lejos estábamos viendo el primero de los rinocerontes con el que nos hemos cruzado y no parecía momento para hablar del nuevo fichaje del equipo de ventas. A lo largo del recorrido hemos visto varios rinocerontes más. Uno de ellos, muy cerca de donde estábamos, se ha alimentado para luego darse un baño ante la concurrida audiencia. “Es la piscina de los rinocerontes”, bromeaba nuestro guía. Un poco más atrás se veía caminar pesadamente a tres rinocerontes. “Son una familia: el padre, la madre y el hijo”, nos contaba Hari. Los compañeros de viaje chinos que no aprecian lo extraordinario En la segunda fila iban tres chinos que no sabían qué hacían ahí. Su capacidad para sorprenderse debe haber llegado al límite, porque nada les sobresaltaba. Al lado izquierdo uno de ellos se ha pasado las cuatro horas de safari con la cabeza apoyada en el asiento de delante. Al lado derecho, una chica dedicaba todos sus esfuerzos en colocarse correctamente la camisa que usaba de protector solar. A su lado, el tercero de ellos se ha echado una larguísima siesta de dos horas en la primera parte del recorrido. Sus cabezazos eran constantes. La segunda parte se la ha pasado de charla con la de la camisa. En esta segunda mitad del recorrido hemos avistado un par de rinocerontes más, varios ciervos, pájaros de todo tipo y un oso. Pero sobre todo, hemos podido disfrutar de las salpicadas explicaciones de Hari y de la increíble vegetación de Chitwan. La conversación en mandarín era una molestia que Hari, otro chico y nosotros mismos hemos acabado cortando en un momento en que el guía trataba —sin éxito— de tomar la palabra. La vegetación del Parque Nacional de Chitwan Chitwan nos enseñaba entonces cómo los árboles hacen contorsiones imposibles con sus raíces y forman aquí y allá lianas, cómo a lo lejos se vislumbran dos cadenas montañosas, cómo las plantas presentan hojas de todas las formas: secas, caducas, rojizas y sobre todo verdes. Chitwan es el escaparate perfecto para descubrir todos los matices posibles del verde, desde el más intenso hasta el más claro pasando por una gama infinita por medio. Nos hemos despedido de Chitwan después de cuatro horas en que la naturaleza nos ha recordado lo bella que es en su estado más salvaje y natural, y lo mucho que vale la pena luchar por mantenerla así. Por eso, te cuentan el número de botellas de plástico con las que entras
El bus con vistas de Katmandú a Chitwan | Día 5

Esta mañana hemos dejado Katmandú por unos días, para descubrir qué da de sí Nepal lejos de su capital. Volveremos porque nos hemos dejado muchas cosas por ver y porque desde su aeropuerto partiremos hacia un nuevo destino. Pero para eso todavía quedan días. Por lo tanto, no adelantemos acontecimientos y centrémonos en el ahora. Nuestro ahora es estar instalados dos días en Sauraha, una ciudad pequeña del sur del país, muy cercana a la frontera con la India, que sirve de campo base para explorar el Parque Nacional de Chitwan. Para ello toca volver a la carretera y tomar un nuevo bus, esta vez de Katmandú a Chitwan. Todos los verdes de Nepal Hasta aquí hemos llegado desde Katmandú en un bus que ha transitado una carretera en pésimas condiciones: estrecha, peligrosa, llena de saltos y rugosidades. Era, al mismo tiempo, una carretera para no dormir. No porque los baches no nos dejaran, que también, sino por sus imponentes vistas. Rodeando valles, avanzando por las laderas de montañas que forman una enorme cordillera de sierras de media altura cubiertas de vegetación. Una vegetación de decenas de tonalidades de verde, desde el amarronado al más vivo y saturado, que parece pasado por un filtro que no te terminas de creer. Nos movemos a uno de los lados del río que sigue el curso de la carretera. Llueve y el agua se mezcla con la tierra para pintarle al río un tono marrón. Árboles y casas se concatenan, cediéndose el protagonismo. A veces se forman pueblos; pero, casi siempre, las casas se sitúan en medio de la nada, aisladas entre sí, presumiendo de rodearse solo de un verde infinito. Cada tanto aparece algún puente que cruza el río. Los de los vehículos parecen inseguros para peatones y los de peatones, que se mecen a cada golpe de viento, son solo aptos para valientes y equilibristas. El trayecto de Katmandú a Chitwan, una ruta turística El bus está lleno de turistas que, como nosotros, han tenido que madrugar con la esperanza de que se cumpliera el horario previsto. Pero ni hemos salido a las 06.30 h ni hemos llegado cinco horas después, a las 11.30 h. En Nepal los horarios del transporte son siempre aproximados, solamente estimativos, para que uno calcule varias horas de margen por delante y por detrás en las que no planear nada más. En el bus van algunos nepalíes y dos niños, que siempre saben multiplicar el suplicio de los trayectos. Uno de ellos no deja de llamar a sus padres, parece que ha aprendido sus primeras palabras: “Babu, mamu”. El otro, un poco mayor, se sabe dos palabras en inglés: “Traffic jam” (embotellamiento). Es como si el país estuviera cruzado por cuatro carreteras, por las que hay que pasar inevitablemente para llegar a cualquier sitio. Esto provoca enormes caravanas de muchas horas en el más remoto de los puntos del país. No extrañar que los niños sepan traducir la expresión inglesa de embotellamiento. Llegada a Sauraha, el pueblo de Chitwan Nuestro trayecto de Katmandú a Chitwan acaba cuando llegamos a Sauraha, donde nos espera un hombre con nuestros nombres perfectamente escritos en un cartelito. Solo le ha faltado poner Cultura Nómada debajo. “Esos somos nosotros”, le confirmamos. Nos sube las mochilas en la parte delantera del jeep y nos invita a que nosotros mismos nos aupemos a los asientos traseros. Es una pick up como el de las películas de Indiana Jones. Nos falta el sombrero para sentirnos intrépidos exploradores. Llegamos al hotel, un edificio coqueto y cuidado en medio de la nada. Sauraha es un pueblito de cuatro casas desperdigadas y medio centenar de alojamientos hoteleros. Sauraha vive por y para Chitwan. Los niños ya no se sorprenden de los viajeros y prefieren que no les importunemos con saludos protocolarios. Hemos arreglado el plan de mañana con la gente del hotel —sería feo no haberlo hecho, porque ya dejan la habitación muy barata con esa intención— y hemos paseado por la calle principal del pueblo. Uno se sorprende de cómo el turismo puede cambiarle la cara a los lugares. Este pueblito a medio asfaltar es el mismo pueblito a medio asfaltar que hay en todos los rincones de Nepal. Sin embargo, en su calle principal se pueden encontrar media decena de cajeros automáticos, varias agencias que organizan excursiones por el parque y muchísimos restaurantes que desearías tener en Barcelona: buenos, bonitos y baratos. Sitios con mucha onda para que el turista se sienta un poco en casa estando muy lejos de casa. Nuestra habitación viene provista de mosquitera. Por la ventana se escuchan todos los animales. Parece que forman una orquesta bien afinada, que no se pisa, que sabe acompasarse. El entorno es ciertamente idílico. Veremos si conseguimos que el idilio perdure durante la noche.
Las plazas de Katmandú, de pago para extranjeros | Día 4

Los nepalíes son gente de bien, acostumbrados al turista y respetuosos con él. Lejos quedan los molestos vendedores, conductores y timadores de la India. Su entrenada perseverancia en tratar de convencerte de que compres algo es desesperante. El trato a los turistas en Nepal es diferente, o eso sientes hasta que visitas las plazas de Katmandú. Muy de vez en cuando un taxista se acerca a ti para preguntarte si necesitas que te desplace a algún sitio —por un precio desorbitado—, algún vendedor —de lo que sea— busca tu atención a lo lejos sin querer resultar molesto y jovencitos opositores a pandilleros te cuentan en voz baja que tienen marihuana —“de buena calidad”, aseguran para casi convencerte—. Por lo demás, los nepalíes apenas importunan al viajero: le dan su espacio, le acompañan en su estancia. El chico que vivía en Dubái y venía con nosotros en el bus desde la frontera lo explicaba: “Somos gente alegre, que cuidamos mucho cómo tratamos a los turistas en Nepal. Así, cuando vuelvas a casa y hables del país, contarás que la gente te sonreía y era buena contigo. Seguro que a quien se lo cuentes querrá venir a Nepal algún día”. Su lógica es aplastante. Los mejores prescriptores del turismo en Nepal son los turistas que ya han estado en Nepal. Precios alternativos para los extranjeros Dicho esto, desde que estamos aquí hemos percibido una discriminación excesiva hacia el turista por parte del gobierno, en lo que a entradas y precios se refiere. Ayer, por ejemplo, entrar en la estupa Swayambhunath nos costó doscientas rupias (menos de 2 €) a cada uno. Este precio de la entrada solo aplica a los extranjeros. Los locales podían entrar gratis. El precio no es excesivo y por lo tanto se asume, pensando en ayudar a conservar esos espacios. Por la tarde tratamos de pasar por la Durbar Square, la más importante de las plazas de Katmandú. Al tratar de entrar nos paró un policía y nos señaló un cartel que había al lado: entrada 1.000 rupias. “¿Me estás vacilando?”, le preguntamos indignados a la autoridad. “No, lo siento, son las normas”, nos contestó casi excusándose. Esas 1.000 rupias (algo menos de 10 €) solo las pagan los turistas. Si el turista proviene de uno de los países que conforman la SAARC, el tratado de libre comercio de la región, el coste se reduce un poco: 250 rupias. El caso es que los originarios de Afganistán, Bangladesh, Bután, India, Pakistán, las Maldivas o Sri Lanka tienen rasgos parecidos a los de Nepal. Nosotros no pasamos tan desapercibidos. Y no tanto por los rasgos, porque parece que una pudiera pasar por nepalí, sino por nuestras evidentes pintas de turistas. La entrada a las plazas de Katmandú, de pago Lo peor de todo es que no hay unas taquillas al uso. Hay una caseta en la que calienta el asiento un policía esperanzado de que los turistas sean obedientes. Normalmente a su lado hay otro policía —como el que se nos acercó ayer— que persigue a los que tratan de colarse. Pero a poco que haya mucha gente —occidental— entrando a la vez no va a dar abasto. Lo indignante del asunto es que los casi 10 € que demandan es para pasear por una plaza, un espacio público por el que los nepalíes caminan, salen y entran, las veces del día que quieren. Ayer nos negamos a hacerlo. Se escudan diciendo que lo que reciben sirve para reconstruir la zona, que quedó devastada después de un grave terremoto que removió el país en 2015. Pero, por lo que hemos sabido, esa entrada ya se cobraba antes. Y, según se comenta, el dinero recogido ha dado fruto invisible: las tareas de rehabilitación avanzan muy lento. Buscando una entrada alternativa a la Durbar Square de Patan Aprendimos la lección de ayer y hoy hemos jugado a buscar vericuetos legales. Los casos de la estupa y las plazas principales de Katmandú no son anécdota, sino la norma. Hoy hemos visitado Patan, la tercera ciudad más poblada del país, aunque en realidad parece una barriada de la propia Katmandú. Se encuentra a menos de veinte minutos en bus y es famosa por su patrimonio cultural. Es especialmente bonita su plaza principal, que se llama de hecho como la de Katmandú: Durbar Square. Y que, como ella, también impone un prohibitivo fee de entrada a los turistas: 1.000 rupias. Por suerte, no hemos sido los únicos indignados por estos precios y muchos turistas ya han encontrado antes la manera de entrar a la plaza de manera libre: por los callejones de los alrededores. Al tratarse de una plaza céntrica, hay muchas calles que dan a ella. En sus dos entradas principales, en los dos extremos, es donde se colocan los guardias. Hemos rodeado la plaza y… ¡Bingo! Hemos encontrado un pasillo libre por el que entrar en la plaza. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El sinsentido del cobro por cruzar una plaza Las entradas que se expiden en Patan son azules y tienen que colgarse del cuello. A los cinco minutos de estar paseando por la plaza se nos ha acercado un guardia y nos ha preguntado por nuestro ticket. “¿Qué ticket?”, nos hemos hecho los locos. Nos ha contado lo que ya sabíamos: que para estar ahí dentro teníamos que pagar 1.000 rupias, pero que si estábamos fuera no pasaba nada. Nos hemos disculpado y nos hemos alejado un poco. El guardia, que se moría del apuro cuando nos ha tenido que echar amistosamente, ha visto que nos demorábamos un poco haciendo alguna fotografía final de la plaza. Sabedores de que estábamos jugando a ser tahúres, viviendo al límite de lo legal, no hemos remoloneado en exceso. Hemos sentido, eso sí, un cierto sentido de justicia. Al modo de Robin Hood. La insubordinación no nos gusta, pero lo de Nepal con los turistas roza en ocasiones el exceso lucrativo. No nos imaginamos que se le
El templo de Swayambhunath | Día 3

De los tres días reales que llevamos en Nepal, hoy ha sido el primer día efectivo. Los dos anteriores los dedicamos a un viaje interminable y a descansar de ese viaje interminable. Hoy tocaba empezar a conocer Katmandú por el templo de nombre impronunciable —Swayambhunath— y acabar de planificar lo que vamos a hacer en nuestras dos semanas en el país. El tiempo apremia y queremos hacer muchas cosas, así que tendremos que descartar algunas —a nuestro pesar— para centrarnos en otras. Por ejemplo, en el Valle de Katmandú. La zona que rodea a la capital, incluida ella misma, es la parte del país más importante en lo que a cultura e historia se refiere. Para conocer cómo es Nepal, y por qué es como es, hay que pasear las calles de Katmandú, conocer sus templos y entender a sus gentes. Y también hay que hacer lo propio con varias localidades colindantes que se sitúan en un radio de unos quince kilómetros. Nepal es país de senderistas Nepal es muchas cosas, pero es sobre todo montañismo. A eso vienen la mayoría de los turistas aquí, a hacer cima en alguno de los seis miles, siete miles u ocho miles que hay en el país. O simplemente a llegar al campo base de alguna de esas cimas. Es fácil distinguir a los turistas que en realidad son montañistas. En Thamel, la zona más movida y céntrica de Katmandú, es donde todos nos dejamos ver y nos dejamos identificar. El viajero montañero tipo calza botas de montaña, una camiseta básica deportiva, unos pantalones de senderismo y los más evidentes un gorro. Son la mayoría. De hecho, cuando te cruzas con alguno la pregunta es la misma siempre: “¿Qué trekking vas a hacer?”. Casi parece un sacrilegio decir que ninguno, porque venir a Nepal y no subir alguna montaña es como ir a México y no comerse un taco. Somos unos bichos raros, porque todo apunta a que nosotros no subiremos montañas ni haremos trekkings. No es por falta de tiempo, que también, sino por lo de siempre: el tener que priorizar. Habíamos pensado hacer un trekking “sencillo” de cuatro o cinco días. Pero no venimos preparados con la ropa necesaria y deberíamos alquilar material. Además, hay que adquirir unos permisos que resultan rentables si vas a hacer un trekking largo, pero no tanto si vas a hacer algo corto. Los ojos de la estupa en el templo de Swayambhunath Por eso preferimos centrarnos en conocer el Nepal de sus tradiciones, su cultura, sus calles, sus controversias, sus problemáticas y —cómo no— su comida. Y a eso hemos dedicado el día de hoy en Katmandú. Alejado de su centro, a una media hora caminando, se encuentra el templo de Swayambhunath y su estupa con ojos. Las estupas son edificios religiosos budistas que guardan en su interior reliquias. Los fieles están obligados a rodear estas estupas, con forma semiesférica en su base, de izquierda a derecha. Se dice que las estupas representan con su forma el cuerpo de Buda. Según el país en el que se construyen su forma y sus elementos difieren un poco. Así, por ejemplo, y como es el caso de la que hemos conocido hoy, en Nepal y en Bután existe la costumbre de decorar la construcción con unos ojos. Son los ojos, y las cejas, de Buda, que observan de manera intimidatoria hacia los cuatro puntos cardinales. El templo de los monos El recinto del templo de Swayambhunath tiene mística. Los turistas que llegamos a hacerle fotos no molestamos los rezos y plegarias de los que solo llegan a pedir un poco de buen karma. Para hacerlo, es imprescindible darle la vuelta a la estupa de izquierda a derecha, darle vuelta a los rodillos que rodean a la construcción y darle de comer a los monos que viven en los alrededores del templo. En el templo de Swayambhunath hay cientos de monos: pequeños, medianos, machos, hembras, grandes. Se pasean por el recinto como si fuera suyo. Es suyo, de hecho. Oficiosamente el templo es conocida como el templo de los monos, el Monkey Temple. Hay carteles que te animan a darles de comer a los monos —cuando en la mayoría de sitios cohabitados por estos animalitos te desaniman a hacerlo— si quieres conseguir buen karma. Nosotros, que nos fiamos poco de ellos, hemos preferido hacerle caso omiso al karma por hoy. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
De Darjeeling a Katmandú, una odisea viajera | Días 1 y 2

Érase una vez la mayor de las odiseas jamás contadas, la odisea para llegar de Darjeeling a Katmandú. Bueno, tampoco nos vamos a poner tan amarillistas. Porque al final no nos va a creer nadie, va a parecer que todos nuestros trayectos están llenos de épica. Pero nos gusta alimentar nuestra leyenda de depredadores de trayectos memorables, dignos de recordar porque, justamente, ya han quedado en la memoria. Y es tan divertido explicarlos, o escribirlos, una vez han quedado esbozados a recuerdos. Pero, sin embargo, tan poco divertido padecerlos durante tantísimas horas. Llegada a Nepal tras casi cuarenta días en la India Empecemos por el final: estamos en Katmandú, en Nepal. Nos hemos cambiado de país; el segundo de los muchos que vamos a conocer durante este viaje. Después de casi cuarenta días en la India, que merecen un balance en frío —aunque en caliente podemos decir que nos ha generado constantemente sensaciones encontradas—, era momento de un cambio. En nuestro itinerario previo al viaje teníamos marcado Nepal como el segundo de los países a visitar. Básicamente por lo conveniente del desplazamiento desde el país que lo precede en el viaje. En cualquier caso, escogimos mal la frontera por la que entrar a Nepal desde la India. La mayoría recomiendan alguno de los pasos fronterizos del sur, a los que se puede llegar más o menos fácil desde Delhi o Varanasi. A nosotros, por acomodación de la ruta de la India, la frontera que nos quedaba más cerca es la situada al este de Nepal: la que va de Darjeeling a Katmandú. El centro de Nepal concentra los lugares de interés Hay que imaginarse Nepal con una concentración muy evidente de los lugares de interés turístico en el centro del país, dejando los dos costados solo para los que se atreven a explorar lo inexplorado. Esto puede que se deba a lo poco desarrollado de sus infraestructuras, porque es sencillo adivinar desde la ventana del bus que en Nepal no hay un lugar feo. La naturaleza, las montañas y el verde intenso son imponentes desde que se entra al país, con independencia de por dónde se entre. Katmandú, la capital nepalí, está llena de turistas, y uno no acaba de entender el porqué del pésimo estado de las carreteras del país. En 2015, un terremoto devastó parte del país. No sabemos en cuánto afectó al transporte, pero esto parece que es algo que viene de lejos y que demanda de una pronta mejora, como hemos comprobado en nuestro trayecto de Darjeeling a Katmandú. La primera etapa, de Darjeeling a Siliguri El día de ayer comenzaba todavía en la India, a las 06.30 h de la mañana. A esa hora salimos del hotel Revolver, ambientado con motivos de los Beatles, para buscar un coche que nos llevara hasta Siliguri. El larguísimo viaje de Darjeeling a Katmandú empezaba con el mismo trayecto, pero a la inversa, que hicimos para llegar a Darjeeling. Esta vez el jeep ocupó las diez plazas que pone a su disposición, no como en el camino de ida. A saber: dos al lado del conductor, cuatro en los asientos de atrás y cuatro más en la zona que de normal ocupa el maletero. Las maletas, mochilas y demás equipaje se ponen en la baca. Del frío intenso de las montañas de Darjeeling pasamos al calor asfixiante de las tierras planas de la India. Ya habíamos empezado a entrar en calor, eso sí, apretaditos a nuestros compañeros de jeep. Estábamos en la India de siempre. Además del calor, volvía el ruido y el barullo. De Siliguri a Panitanki, la ciudad india fronteriza con Nepal Una vez en Siliguri buscamos un bus —hay muchísimos— que se dirigiera hasta Panitanki, la ciudad india que hace frontera con Nepal. Nos apeamos después de casi una hora de trayecto (vamos sumando, van cuatro en total) y empezamos a caminar en dirección al puesto fronterizo: “Nepal, Nepal”, tratan de convencerte los conductores de tuk tuk para que no camines diez minutos de más. “Nepal, Nepal”, con la tónica en la ‘e’. Resulta curioso ver cómo nos equivocamos pronunciando la topografía, y cómo te esmeras en corregir la equivocación una vez conoces la manera correcta. Panitanki es un lugar en el que no quieres pasar más tiempo del indispensable. Es polvoriento, confuso y feo. Lo transitamos todo lo rápido que podemos y, de repente, unos guardias nos advierten de la ubicación del puesto fronterizo indio. Antes de poder entrar a Nepal, hay que salir de la India. Se nota que la de Panitanki es una frontera de uso local, para nepalíes e indios, que no necesitan de burocracia ni papeleos para ir de un lado a otro. Trámites migratorios: la salida de India y la entrada a Nepal En el puesto de inmigración solo trabajan dos oficiales y no esperan visita. Los sorprendemos junto a un hombre de Bangladesh que viene haciendo el trayecto contrario. “Pronto voy a ir a España”, nos explica cuando le decimos de dónde venimos, casi como si pidiera un deseo. Entonces, casi se ofende cuando le enumeramos la lista de países que vamos a visitar durante el viaje: “¿Y Bangladesh?”. Bueno, verás, queríamos ir, pero es que al final… Y es verdad, estaba en nuestros planes primeros; pero como cuando haces la lista para los reyes magos: hay que priorizar. Nos da una tarjeta de visita y nos dice que seremos bienvenidos si nos replanteamos pasar por su país. “Lo pensaremos”, le mentimos piadosamente. Pasado el trámite del lado indio, hay que cruzar un enorme puente que queda justo en medio de los dos países. A lo lejos se ven casitas bajas, mucho más sencillas, cuidadas con mucho más cariño. Los guardias nepalíes son todo sonrisas y colaboración. Rellenamos una hoja, pagamos 25 $ por cabeza y nos expiden, sin más ruegos ni preguntas, un visado de quince días. Justo el número de días que tenemos planeado pasar aquí. Ya hemos superado el cruce de frontera en nuestra odisea