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Kuala Terengganu, ciudad de paso para un día transitorio | Día 9

Callejón iluminado en Kuala Terengganu, en Malasia

Que no suceda algo remarcable en nuestro viaje es, de hecho, muy remarcable. No va a servir de precedente, sino que es una excepción a la norma de la agitación. Porque los viajes son agitados o no son. Al menos, los viajes que a nosotros nos gustan. Y esto de hoy ha sido así —tranquilo— por voluntad propia pero, sobre todo, por imperativo de las circunstancias. Ayer por la tarde llegamos desde George Town, una ciudad brutal, a Kuala Terengganu, un lugar pasivo y desinteresado, una ciudad que no se vale del turismo, ni de los viajeros, y por lo tanto no se expone a ellos. La ciudad, una de las más islámicas del país Ver la Malasia de la cotidianidad menos bonita no deja de ser interesante. Kuala Terengganu muestra el éxito del progreso del país, habiéndose convertido en una urbe pujante y moderna, llena de facilidades y empresas exitosas en muy diversos sectores. Kuala Terengganu es también una de las ciudades más conservadoras del país, en la que la sharia islámica (el conjunto de leyes y preceptos a seguir por los musulmanes) está muy presente. El país se muestra abierto y acogedor, respetuoso con el resto de identidades religiosas minoritarias. Kuala Terengganu es conocida por sus muchas mezquitas. Las hay incluso de cristal y flotantes. Aparte de eso, lo más interesante es su barrio chino, por el que hemos paseado ya por la tarde en busca de algo de comer. Debía ser el día y la hora, pero parecía medio abandonado. Nos hemos refugiado en un restaurante con una carta amplia y varias estanterías con vinos del mundo. Al contrario que en el resto del país, aquí nueve de cada diez habitantes son malayos. Los chinos representan un 5 % y apenas se encuentra gente originaria de la India. Kuala Terengganu, de paso obligatorio para llegar a las islas Pese a poco turística, Kuala Terengganu sí que es lugar obligatorio de paso para muchos turistas. Es el principal centro urbano de la costa este y, por tanto, la ciudad a la que llegar para buscar un escape directo al paraíso. ¿Qué debemos entender por paraíso en términos malasios? Sus islas. De este lado del país se comenta que están las más espectaculares, y algunas se cuelan periódicamente en listados que enumeran ‘Las islas más bonitas del mundo’ o ‘Las mejores playas’ o ‘Lugares idílicos donde perderse’ o cualquier otro epíteto similar. Por eso estamos aquí, para mañana dejar de estarlo. Nuestra intención era hacer una sola noche en Terengganu para a la mañana siguiente —la mañana de hoy— salir bote mediante camino de una de esas islas supuestamente de ensueño. Pero la isla escogida para perdernos es tan pequeña que solo cuenta con una docena de alojamientos. Y entre ellos, solo un par que merezcan la pena. No son precisamente baratos y su disponibilidad es escasa. Mañana, rumbo a las Kapas Cuando preguntamos por disponibilidad en las Kapas (así se llama la isla), en uno de los dos resorts que sí recomiendan los viajeros, nos contestaron que en lugar de tres noches nos podían ofrecer dos: las de los días 25 y 26. En el mismo correo nos decían el precio de la habitación, que se escapa por bastante de nuestro presupuesto habitual destinado a alojamiento. Lo consideramos una especie de señal: “Es un poco caro… pero podríamos quedarnos dos noches, que así no nos resulta tan caro, ¿no?”. No fue difícil autoconvencernos. Así que el día transitorio de hoy sirve de emocionante preludio para nuestro primer contacto en lo que va de viaje con las playas, por muy poco fan de ellas que sea una de las mitades de Cultura Nómada. Pero le da lo mismo, no se le ocurre mejor sitio en el que estar para combatir el calor que una isla paradisiaca.

De costa a costa: de George Town a Kuala Terengganu | Día 8

El arte callejero de Penang

La idea de pasar de una costa a la contraria en un día suena a machada. Quizás en términos mexicanos, donde ir de Tepic a Veracruz se antoja una epopeya difícilmente irrealizable en un día. También a escala española, donde partir de Cataluña para alcanzar Galicia no lleva menos de doce horas. En su parte peninsular, Malasia ocupa el extremo final del continente asiático, en esa enorme masa de tierra que es Eurasia. Hacia abajo todo son islas. Por eso, Malasia se coloca entre el Mar de la China Meridional, al este, y el estrecho de Malaca, al oeste. Venimos de la parte del oeste, donde hemos pasado cuatro días con sus cuatro noches en la isla de Penang, en su capital George Town, de donde hemos pasado a Kuala Terengganu, la ciudad más importante de la costa este, punto de partida para alcanzar algunas de las islas más espectaculares de todo el Sudeste Asiático. Los buses de Malasia, nivel Champions League Pasar de una punta a otra del país quiere decir recorrer algo más de trescientos kilómetros y unas ocho horas de viaje. Nada que ver con la India o con Nepal, por eso. Es verdad que el gran corredor viario conecta con Kuala Lumpur desde cualquier lugar del país. Esas son autopistas maravillosas. En cambio, si la idea es transitar dos puntos que no son —ni de partida ni de llegada— la capital, entonces las carreteras solo tienen un carril por dirección y se vuelven un poco irregulares. Reiteramos: nada que ver con los saltos y los baches de los dos países que visitamos antes de llegar a Malasia. Por si fuera poco, las muchas compañías privadas de autobuses que existen tienen flotas modernísimas. Buses con wifi, televisión, asientos reclinables y hasta karaoke. Todo por unos 8 € el trayecto. Viajar así es un privilegio para el bolsillo, pero sobre todo para nuestras maltrechas espaldas. La calidad de los buses, y lo económico de los trayectos, se explica por la enorme competencia en el transporte. Ya no solo de carretera, sino también ferroviario y aéreo. Los trenes, cuentan, son rápidos y plácidos. Y lo más sorprendente: los vuelos internos son irrisoriamente baratos. Volar entre dos ciudades principales del país puede costar unos 15 €. Quizás por eso se entiende que los buses tengan que elevar la calidad de los vehículos y rebajar las tarifas. El que sale ganando es el usuario, y sobre todo el turista extranjero, al que todo le resulta tan barato pese a tan bonito. La transformación del país de George Town a Kuala Terengganu En dirección al este el país cambia poco a poco. El centro de Malasia es muy selvático, lleno de vegetación y eminentemente despoblado. El paisaje desde el bus es verdísimo, con pequeños montículos aquí y allá y apenas algún pueblito disperso. Atravesamos el país justo por debajo de la línea imaginaria que lo separa, al norte, de Tailandia. Esta zona, al parecer, es la más estricta en el cumplimiento de los preceptos islámicos. Aquí la mayoría es malaya. Los emigrantes, recientes y de segundas y terceras generaciones, se instalan preferentemente en el otro lado del país, en la costa oeste, donde se sitúan los centros urbanos más importantes. Los signos en la carretera se escriben aquí también en árabe. Kuala Terengganu es una ciudad sencilla, pero moderna. Tanto que dispone de un restaurante japonés baratísimo en el que hemos cenado sushi después de mucho tiempo sin comerlo. Antes, en la parada que hacíamos con el bus para comer, a eso de las 14.00 h, había un par de tienditas, un restaurante familiar en el que te atienden los hijos de los dueños, un par de baños de estilo turco y una sala habilitada para el rezo. Los que nos acompañaban en el bus se han descalzado y han entrado a esa mezquita de quita y pon. Una vez cumplida la plegaria, pasan por el baño y luego piden un plato del menú y se lo comen sin necesidad de cubiertos: mezclan el arroz con los vegetales y la salsa con la mano, lo recogen en un puñado y se lo comen. Quién sabe si se habrán lavado antes las manos. Les damos un voto de confianza: Malasia no es la India.

El templo Kek Lo si de Penang, o cómo convertirse en budista | Día 7

Uno de los jardines del templo Kek Lo Si de Penang, en Malasia

Un mantra plácido, ligero, pacífico: “Om mani padme hum, om mani padme hum”. Desprovisto de tormento, purificador, meditabundo: “Om mani padme hum, om mani padme hum”. No lo sabíamos, pero resulta que es el mantra más famoso del budismo. Un patrón hexasilábico que no tiene nada de inconexo a oídos ajenos: es música que arrebata, alienta y sublima a los sentidos. Lo escuchábamos en uno de los muchísimos salones del Templo Kek Lok Si de Penang, a las afueras de George Town, uno de los centros budistas más grandes de todo el continente, un chorro incontenible de energía que consigue que te cuestiones tus firmes principios agnósticos. Desde muy lejos, antes de llegar, se eleva en lo alto de una colina por encima de toda la isla de Penang. Llegada hasta el templo Hay que tomar un bus en el centro y dar muchas vueltas, recorrer suburbios que no han hecho de George Town el enorme reclamo para los turistas que es: edificios desgastados, condominios en las antípodas del encanto, calles que no te animan a transitarlas. Los locales de verdad, los que sí son de aquí, toman el bus desde donde trabajan hasta donde viven; viajan del George Town de las postales al de su reverso. Algunos turistas, los que contamos hasta el último céntimo de ringgit, tomamos el bus con ellos. Curiosamente, son dos españoles los otros dos que han decidido no tomar un taxi y ahorrarse un dinero que gastar en cervezas. Muy español, y muy mexicano. El bus nos da un respiro con su aire acondicionado. El calor de fuera es insufrible, agobiante, mareante. El calor y sobre todo la humedad. A la casi hora de dar muchas vueltas llegamos al Templo Kek Lok Si y empezamos a hincharnos de energía: compramos una Coca Cola y unos cacahuetes en un 7 Eleven. El recinto no está inundado por turistas —por suerte— y lo encontramos semivacío. Algunos extranjeros curiosos, que se han aventurado a alejarse del centro de la ciudad, algunos locales que vienen a rezar, algunos empleados del lugar —vendedores de recuerdos, jardineros, cuidadores— y, el resto, monjes budistas. Son fáciles de identificar, con sus túnicas y su pelo rapado. El mantra del Templo Kek Lo Si Sorprende la transparencia del templo Kek Lo Si: se puede hacer fotos a todo, se puede caminar por todas partes. Solo hay que pagar por entrar a la zona de la hermosa pagoda, que se erige blanca por encima de todo el complejo, y para subir con una especie de mini teleférico a la imponente estatua de más de treinta metros de Kuan Yin, la Diosa de la Misericordia. El Templo de la Felicidad Suprema, que es como también se le conoce, es un encuentro de las varias ramas budistas. Hay elementos Mahayana y Theravada, las dos tendencias principales, y también detalles chinos, tailandeses y birmanos. Su armonía, por tanto, es holística y polisémica. Recorremos el templo de arriba abajo, por todas sus esquinas. La entrada es gratuita, pero uno puede donar unos pocos ringgits —para la conservación del edificio, explican— o comprar unos souvenirs. Porque sí, mucho mantra, mucho budismo y mucha paz, pero en el Templo Kek Lo Si hay al menos cuatro espacios enormes con recuerdos de los más variados y variopintos. No es momento de indignarse, en cualquier caso. Volvemos al jardín rodeado de figuras de Buda, nos sentamos y escuchamos muy atentos con los ojos cerrados: “Om mani padme hum, om mani padme hum”.

De la comida al arte callejero de George Town | Día 6

El arte callejero de George Town, en Malasia

No se trata de una adversativa, sino de una conjuntiva: George Town es comida y arte callejero. Son los dos pilares que le dan fama, los dos motivos principales —que no únicos— por los que la ratio de turista por local es fácilmente de 1/4. En el centro de la ciudad, en su corazón histórico, el malayo está en desuso a favor del inglés, idioma cooficial en el país y de empleo común en las transacciones con los muchos extranjeros. Más comida callejera en George Town Matrimonios que emigraron de algún lugar de China hace mucho tiempo abren cada noche su paradita en la calle Chulia, la más céntrica de George Town, y cambian con naturalidad del mandarín con el que se comunican entre ellos al inglés con el que explican a los torpes turistas qué es cada uno de los platos de la carta. No se están para tonterías, son muy chinos: solventes, rápidos y poco dados a las simpatías exageradas. Las recetas hongkonesas, taiwanesas y de la China continental compiten con algunos platos de hábito más local, quizás alguna parada con olor a especias de la India y nuestros favoritos: los palitos multisabor. Estos carros sirven de todo y son baratísimos: salchichas, verduras, huevo, pollo, cerdo, ternera, hígado, pescado, marisco. Basta con escoger unos cuantos y en el mejor de los casos, dárselo a uno de los chicos que manejan el cotarro para que te los cocinen. De lo contrario, toca ponerse el traje de chef y sudar la gota gorda al lado de unas cazuelas improvisadas con agua hirviendo. Adivinar en qué momento estará todo suficientemente cocinado es una aventura. El arte callejero y urbano de George Town Pero lo nuestro hoy no ha ido tanto de comida callejera, que también, sino de arte callejero. Eso sí, hemos vuelto a dormirnos. Eso ha implicado un cambio de planes sobre los planes previstos. En lugar de irnos a la otra punta de la isla a conocer un Parque Nacional que se comenta que es lo más, nos hemos quedado conociendo la parte de la ciudad que no vimos ayer. En el camino nos hemos cruzado con muchos turistas, malasios y extranjeros, que habían escogido el domingo para hacer lo mismo que nosotros: localizar el arte urbano que hay por toda la ciudad. Es maravillosa la manera en que grafitis, dibujos, murales y esculturas se integran en la normalidad de las calles de George Town. En cualquier esquina hay alguno, dándole vida a una pared que no la tenía. Son ilustraciones de la máxima cotidianeidad: niños en columpios, jugando a baloncesto y montando en bici, un hombre en un trishaw descansando, un carro de comida callejera… Y así muchísimos. La mayoría son obra de un lituano, Ernest Zacharevich, que ganó un concurso público para cambiar el rostro alicaído de las fachadas de la ciudad en un proyecto que se tituló ‘Espejos de George Town’. A la caza de los mejores murales Encontrar los murales es sencillo. Hay mucha gente que lleva un mapa, donde están todos señalados. Google Maps, como casi siempre, también ayuda, pues los tiene marcados. Pero es tan sencillo como empezar a caminar por la zona del centro y pararse cada vez que una multitud se junta en un rincón aleatorio. Es ahí donde con casi toda seguridad vas a encontrar alguno de los fantásticos dibujos. Es divertido no solo apreciar el ingenio de los murales, y el acierto de su emplazamiento, sino sobre todo interactuar con ellos. Porque se trata de composiciones en tres dimensiones, pinturas que se completan con objetos reales: motocicletas, bancos, canastas, sillas o bicis. Es una forma de recordarnos que el arte y la cultura están en todas partes, que todo puede ser arte y, sobre todo, que el arte debe formar parte de nuestras vidas. El arte urbano es una tendencia global, pero en muy pocos sitios tiene tanto sentido, y sabe relacionarse tan bien con la ciudad, como en George Town. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

La comida callejera de George Town | Día 5

Puestos de comida callejera en George Town, en Malasia

Dirán los que leen nuestras muchas venturas y no menos desventuras que sabemos manejarnos en esto del viajar. Es verdad que nos familiarizamos rápido con los sitios. Aprendemos siempre un par de palabras de cortesía del idioma local, para hacernos los simpáticos, nos grabamos a fuego la conversión de la nueva divisa, para saber cuál es la equivalencia a euros, y nos adaptamos a los modos y maneras del país, para no desentonar y con el ánimo de resultar respetuosos y empáticos. En esas andamos aquí, disfrutando de la comida callejera de George Town. No nos cuesta modificar el registro: entre la India, Nepal y ahora Malasia solo han pasado quinces días de distancia. Y todos son tan distintos entre ellos que llevaría varias vidas tratar de comprenderlos por separado; como para comprenderlo así, de seguido, a todos. Pese a todo, no nos cuesta pillar tres inputs, tirar de inteligencia cognoscitiva y con eso, y un par de errores de bulto en los dos primeros días, esbozar una composición de(l) lugar bastante certera. Pese a todo, expertos en turistear de manera deficiente Y siendo todo eso tan cierto, nunca podríamos aspirar a los turistas —y menos a los viajeros— del año. Ni siquiera del mes, ni del día. No tanto por lo que contábamos antes, sino por nuestra invariable propensión a escoger mal cómo hacer las cosas. Si ayer nos dormíamos de más, pese a saber que debíamos tomar un bus de varias horas, hoy nos ha pasado una parecida. Hoy teníamos pensado caminar las calles principales de George Town, para reconocer sus edificios principales, observar las vidas de la ciudad y encontrar sus murales de arte callejeros más representativos. Una jornada tan cargada de turisteo implicaba salir pronto del hotel. No tanto para que la jornada cundiera, que también, sino para evitar las horas centrales del día, en las que el calor —suponíamos bien— iba a ser insoportable. Sin alarma que nos alarmara, y con un horario del desayuno en el hostal The Frame Guesthouse tan flexible —de 08.00 h a 12.00 h—, nos hemos despertado tranquilamente a las 10.00 h. Hemos desayunado a las 10.30 h, hemos repetido tostadas y café cuando eran casi las 11.00 h y hemos vuelto a la habitación, con la intención de cambiarnos, siendo casi mediodía. “Uf, a esta hora tiene que hacer un calor en la calle”, nos hemos dicho. Y en la habitación, con el aire acondicionado, se está tan bien. Así, engañándonos en ser productivos un rato montando la ruta, se han hecho las 13.00 h. “Es muy tarde, ¿no? Quizás deberíamos salir ya a turistear”, nos hemos convencido. Hemos cruzado el umbral del hostal y una avalancha de aire calentísimo, casi abrasador, se nos ha tirado encima. “Vayamos por la sombra, por ahí se está bien”, nos hemos mentido. A los cinco minutos estábamos sudando más que cuando uno de nosotros acaba de jugar su partidito de fútbol semanal de casi una hora. La humedad isleña hacía subir los 33 grados reales a los 39 de sensación térmica. Las primera visitas en George Town Pese a todo, hemos cumplido con parte del itinerario que nos habíamos propuesto. Teníamos que hacerlo, casi como penitencia. Íbamos cambiando de calle buscando la sombra y cuando encadenábamos varios comercios con aire acondicionado, nos parábamos a mirar: “Vaya, qué lavadoras tan bonitas tienen en Malasia. Anda, y mira las muñecas de esa otra tienda”. Entre sombras y aires no hemos podido ver una de las imágenes más reconocibles de George Town, la de la fachada azul de la Blue Mansion, una casona enorme de reminiscencia china y británica. Bueno, la hemos visto de lejos, porque no se podía entrar. Hoy, justo hoy, celebraban un evento especial que la tenía cerrada al público. Luego hemos visto un par de murales magníficos en las paredes de otra parte del barrio y hemos llegado a una antigua estación de buses que ahora es el centro de la movida alternativa y hípster de la ciudad, con cafecitos veganos, un mercadillo de ropa de segunda mano, algunas piezas de arte, un par de grafitis y mucho modernillo dejándose ver. El Hin Bus Depot extracta de algún modo lo que es George Town, juntando lo vintage con lo actual, remodelando solo algunas partes de la ciudad porque queda cool que las fachadas enseñen los cimientos con recubrimientos a medio despintar. Todo muy bien, pero dame aire acondicionado. Hemos hecho caso a la Lonely Planet y hemos ido a un cafecito a la malasia con nombre chino, el Joo Hooi Cafe, donde nos han servido unos zumos muy fresquitos. La mejor comida callejera, la de George Town Ya de tarde-noche, tras otro paso por el hostal, nos hemos encaramado en un Grab —el Uber del país— para ir a Gurney Drive. En principio íbamos para conocer la zona de comida callejera de George Town, una de las más grandes del mundo, pero se nos ha cruzado por medio la celebración del Penang International Food Festival (PIFF), el Festival Internacional de Comida de Penang. Así que hemos hecho dos por uno. En el festival, situado a la entrada de un enorme centro comercial, había no menos de cincuenta puestos de comida un poco caretes pero de aspecto muy resultón. Nos hemos paseado, hemos caído en la tentación de probar unos pinchos de cheesy satay (pollo salseado con queso) y nos hemos encaminado a la zona más barriobajera de Gurney Drive, la del mercadillo de comida callejera tradicional. Aquí todo era mucho menos lujoso: frituras, grasas, sartenes suprautilizadas, aceite que sirve para cocinarlo todo… Era nuestro lugar, ahí hemos acabado de saciarnos con una ración de fritanga mixto: pollo, cerdo, cangrejo, gambas y patatas fritas. Con un aderezo de salsa picante y un refresco con mucho hielo. Veremos cómo amanecemos mañana del estómago. Al menos, si amanecemos regular, tendremos una excusa para justificar que volvamos a ejercer de pésimos viajeros apagando la alarma.

George Town, para sibaritas callejeros | Día 4

Comida callejera en George Town, en Malasia

Dejar atrás Kuala Lumpur ha sido sencillo, porque sabemos que volveremos en unos días. No será tan sencillo decirle adiós cuando volvamos. El pesar es menor cuando abandonas algo que te gusta por algo que intuyes que te va a gustar, al menos, lo mismo. La pena ha sido pasajera y el nuevo encuentro, nuestra nueva parada, un aliciente estimulante. En nuestra ruta por Malasia —que no iba a pasar de los diez días y amenaza con alargarse indefinidamente— a Kuala Lumpur le sigue George Town, la segunda ciudad en población y uno de los lugares del país que se inscriben en esa selecta lista de la UNESCO que patrimonializa la humanidad bajo unos criterios a veces inciertos, pero casi siempre fiables. Descubriendo el kaya antes de partir hacia George Town George Town es la capital del estado de Penang, un islote en el norte del país muy cercano a la frontera con Tailandia. La importancia portuaria de la ciudad se remonta a su fundación como primer asentamiento británico en el Sudeste Asiático a finales del siglo XVIII. Húmeda y pegajosa, George Town suena un poco a isla caribeña, donde la calma impera y las calles se llenan de gente. Si conociéramos Cuba diríamos que se le parece, pero con rasgos variopintos: chinos, indios y malayos. Hemos paseado dos segundos la zona del centro de la ciudad, sin prestar suficiente atención ni reparar en sus particularidades. Por lo tanto, y sin ánimo de resultar concluyentes, esto han sido solo impactos sin cicatrices; puras sensaciones aparentes. Hemos llegado a George Town por la tarde, sobre las 18.00 h. La pretensión era hacerlo mucho antes. Pero anoche se nos olvidó poner el despertador. Se nos olvidó es un eufemismo intencionado. Con suerte nos hemos despertado con tiempo para recoger las sobras del desayuno, casi a las 10.00 h: un huevo duro y cinco tostadas con mantequilla, un poco de mermelada de frutos rojos y otro poco de una masa verde viscosa tan indescifrable como sabrosa, el kaya, nuestro nuevo alimento preferido malasio. Luego hemos hecho las mochilas con calma y hemos salido en dirección a la estación de buses para buscar alguno que nos trasladara. Hay muchísimas compañías de autobuses y al menos una docena de trayectos entre Kuala Lumpur y George Town cada hora, durante todo el día. Así que ayer tampoco nos estresamos en exceso cuando no conseguimos comprar los billetes por internet. En la estación —tan cuidada, limpia, moderna y bien equipada que cualquiera de las estaciones de bus de Europa quisiera parecerse a ella— hemos encontrado un bus bueno, bonito y barato. Malasia es bueno, bonito y barato Malasia es el primer mundo, pero en barato. Por 7 € escasos hemos viajado entre las dos ciudades principales del país, en un trayecto de unas cinco horas. Lo mejor era el bus: modernísimo, amplísimo, con aire acondicionado y wifi. Mentira, lo mejor eran las carreteras: unas autopistas impecables de muchos carriles y el asfalto perfectamente asfaltado. Atrás quedan esos viajes que eran montañas rusas de muchas horas en Nepal. Y pensar que esos buses costaban más o menos lo mismo. Después de cinco comodísimas horas de bus hemos llegado a la estación de Butterworth, que queda en la península, sin entrar en la isla de Penang, justo enfrente de George Town. Para llegar cruzando el estrecho estrechísimo que separa la isla de la parte continental de Malasia, hay que tomar un ferri de un cuarto de hora. Primeras impresiones de George Town Llegábamos con el sol cayendo y con George Town silueteado. Unos pocos edificios altos intentan falsear la identidad de la ciudad, que es más de casitas bajas, avenidas anchas y aire colonial. Hemos dejado las mochilas en nuestro hostal minimalista, The Frame Guesthouse. En Malasia se llevan las habitaciones compartidas con camas dobles, una rareza muy bien pensada. Es extraño compartir habitación con parejas en lugar de con personas. Ya sin mochilas que nos anclaran al suelo, más sueltos para afrontar el sofoco continuo, hemos salido a callejear comida. Ya lo hicimos ayer en Kuala Lumpur y amenazamos con hacerlo el resto de días que pasemos en Malasia. Precisamente George Town es algo así como la meca de la comida callejera en el continente. Lo hemos comprobado saliendo cien metros del hostal. En medio de una avenida principal muy transitada había un par de docenas de puestitos de comida baratísimos y muy ricos. Mañana, esperemos que sin lluvia, saldremos a callejear más George Town y más comida.

Kuala Lumpur no es Nueva York, pero casi | Día 3

El reflejo de las Torres Petronas, que fueron los edificios más altos del mundo entre 1998 y 2004

Rascacielos enormes que se pierden a lo lejos en el cielo, un Chinatown movidísimo con las mejores falsificaciones, un centro financiero con empresarios encorbatados hablando mil idiomas, la periferia dominada por barriadas de inmigrantes tratando de romper techos de cristal, los hoteles más lujosos disputándose ser el más exclusivo —y caro—, rooftops con piscinas con panorámicas de acero, Bentleys, Aston Martins y Ferraris, una población diversísima. No es Nueva York, es Kuala Lumpur. Llegar a la capital de Malasia después de la India y Nepal ha sido como desviarse de continente, viajar hasta otro planeta. En realidad, solo ha sido un atajo: desde la Asia más descarnada hasta la Asia más pujante. Malasia, la Asia de verdad Pese a lo muy diferente, Kuala Lumpur es muy Asia en su corazón y en su composición. Un eslogan del país con mucho gancho reza, con rima intencionada, lo siguiente: Malaysia, truly Asia [Malasia, la Asia auténtica]. La campaña publicitaria —pegadiza y exitosa— es sin embargo engañosa. ‘La Asia de verdad’ estaba en esas pendencieras calles de Kakarbhitta, en la frontera entre la India y Nepal. O en ese Jaipur donde cruzar la calle era una heroicidad. En Kuala Lumpur las calles están limpias, los semáforos existen y los conductores respetan las señales de tráfico. De ahí lo engañoso del lema. Pero sí que hay que darle la razón en parte, porque Malasia puede que sea la amalgama más perfecta de nacionalidades, procedencias, culturas, tradiciones, gastronomías y religiones de Asia. Es como el escaparate del supermercado que te muestra un poquito de todo y te resulta que la mezcla, pese a heterogénea, es indudablemente lógica —¡y atractiva!—. Las muchas formas de los malasios En Malasia, y sobre todo en Kuala Lumpur, conviven malayos (la etnia mayoritaria del país), indígenas, indios, chinos, tamiles (procedentes de Sri Lanka o el sur de la India), indonesios, filipinos, nepalíes, bangladesíes y muchísimos más. Además, están los descendientes de los colonos británicos, portugueses y holandeses y una enorme comunidad de expatriados ganando miles de ringgits (la divisa del país). Esto se traduce en una multiplicidad de idiomas de uso rutinario y común que acaban por aunarse. El inglés —que es idioma oficial por el legado británico— se junta con un poco de malayo, un poco de mandarían y un poco de hindi y es habitual que del batiburrillo nazcan frases que mezclan varias palabras de cada lengua. Por eso, le compramos a la campaña publicitaria el eslogan. Las coloridas Batu Caves y las Torres Petronas Después de no dedicarnos ayer al turisteo, hoy hemos compensado. De buena mañana hemos conocido las exuberantes Batu Caves, unas cuevas en las que se encuentran varios templos hinduistas. Hay que acceder a ellas subiendo casi trescientos escalones de colores. Al lado de esa enorme escalera, una figura de casi cincuenta metros de Murugan, una de las principales deidades del hinduismo, impresiona con su dorada presencia. El lugar es encantador en su conjunto, una especie de proeza con la que deleitar a la vista. Caviar del bueno para los que —como nosotros— se hacen pasar por fotógrafos. De la parte tradicional matutina de Kuala Lumpur hemos pasado, por la tarde-noche, a la ultramoderna. Hemos paseado un rato para tener muy por encima nuestro los dos edificios que fueron durante seis años (entre el 1998 y el 2004) los techos del mundo. Las Torres Pretonas son una proeza de otro tipo, una gozada de la arquitectura y una muestra excelente de la capacidad del hombre para erigir cosas bonitas. El día lo hemos acabado en Bukit Bintang comiendo en una calle reconvertida en enorme comedero callejero. Kuala Lumpur nos encanta. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Hola, Malasia: el destino que no teníamos previsto visitar | Días 1 y 2

La entrada al Central Market de Kuala Lumpur. en Malasia

Visitar Malasia no estaba en nuestros planes iniciales. Pero en Cultura Nómada somos muy poco de hacer planes y mucho de dejarnos llevar. Por eso nos dejamos llevar ayer al mediodía en avión desde Katmandú hasta Kuala Lumpur, la capital de nuestro nuevo destino después de dos semanas conociendo Nepal, el país de los Himalayas. Fue un vuelo largo de más de cinco horas, retrasado 45 minutos, y que nos aterrizó en Malasia cuando eran casi las 23.00 h y casi nos habíamos quedado sin margen de maniobra para llegar al centro de la ciudad. El último medio día en Nepal fue un poco desabrido, como si al último pedazo de pastel se le hubiera evaporado todo el azúcar. Sí, recuerdas lo rico que estaba el pastel, pero te da mucha rabia que ese último trozo tuviera un sabor tan poco agradable. Las últimas horas en Nepal antes de visitar Malasia Para empezar, nos íbamos del hotel de Katmandú mosqueados. Habíamos aguantado casi seis días con un puñado de rupias en cash porque queríamos evitarnos sacar dinero, y de paso ahorrarnos la exagerada comisión que nos cobraban todos los cajeros por hacerlo. Haciendo malabares, tirando solo de tarjeta, cambiando unos pocos dólares, conseguimos llegar a las cuatro horas finales del país con 350 rupias. Lo justo y necesario para tratar de regatear un taxi hasta el aeropuerto o irnos en bus hasta allí. Cuando queremos pagar las tres noches, enseñamos la tarjeta. “Vaya, no, con tarjeta no”, nos dijo el recepcionista y dueño del hotel, un tipo muy rarito de sonrisa falsa exagerada que aparecía por todas partes. “Me cago en ****”, le dijimos en castellano. Se lo tradujimos al inglés: “Pero si ahí—le señalamos la pared— hay una pegatina que dice bien claro que aceptas tarjetas”. Se hizo un poco el loco: “Ah, eso… Tenéis razón, debería quitarlo. Hace tiempo que no me funciona el datáfono”. Tuvimos que sacar 3.000 rupias para que nos cobraran 500 más de tasas. Maldita la gracia de la pegatina mal colocada. Al darle el dinero, el rarito se equivoca con el cambio. “Ehm, disculpa, faltan 200 rupias de cambio”, le explicamos. Nos contesta: “Tenéis razón, cuántos errores. Perdón, perdón”. Al despedirse nos suplica que le pongamos un comentario positivo en castellano en Booking. Le prometemos que escribiremos, como siempre, un comentario en Booking. La derrota primera fue victoria posterior: conseguimos que un taxista nos llevara al aeropuerto por 350 rupias. La tarifa habitual —para turistas— no baja de 500. Supimos jugar bien nuestras cartas: “Lo tomas o lo dejas, es todo el dinero nepalí que nos queda”. Lo tomó, claro. Pese a bien regateado por nuestra parte sigue siendo mucho más que lo que le sacaría a un nepalí en esa misma carrera. El aeropuerto de Katmandú no está hecho para amantes de los aeropuertos Nos fuimos con tiempo al aeropuerto porque nos gustan los aeropuertos. Mirar las pantallas con todas esas ciudades y aerolíneas, jugar a adivinar a qué lugar —y por qué motivo— viajará cada persona. Además, el aeropuerto, aunque caros, siempre ofrece buenos cafés donde sentarse a trabajar un rato mientras esperas la salida. El aeropuerto de Katmandú parece un aeródromo de tercera de una ciudad desconocida, y no la puerta de entrada y salida de la capital de un país con gran flujo de turistas, con vuelos internacionales a ciudades de todo el mundo. No existen restaurantes ni cafeterías en los que sentarse a tomar algo. Apenas un par de tienditas ridículas. Y pasado el control, donde los grandes aeropuertos disponen de un repertorio comercial y de ocio que ya quisiera El Corte Inglés, en el aeropuerto de Katmandú no había ni una mísera máquina expendedora de bebidas. Solo un montón de asientos incomodísimos, con aspecto de sala de espera de hospital, y un par de baños malolientes. Además, en el control del equipaje de mano nos quitaron uno de nuestros bienes más preciados: nuestra novísima navaja suiza multiusos. Esto, reconocemos, fue más culpa nuestra, que deberíamos haber recordado colocarla en el equipaje facturado. Ahora será mucho más difícil abrir las bolsas de patatas sin abrefácil o las botellas de cerveza. Lectores de Cultura Nómada, si queréis hacernos felices, regaladnos una navaja suiza. Llegada nocturna a Kuala Lumpur pasada por agua El avión nos dio algunas de cal y otras de arena. Tenía muchas películas y juegos con los que entretenernos y era espacioso, nuevo y cómodo. En cambio, los de Malindo Air eran unos cutres a la hora de alimentarnos. Nos sirvieron un plato de arroz con pollo ridículo especiado a la india. Y lo maridaron con un vaso de agua. No había más comida, y si querías otra bebida tenías que pagarla. Llegamos a Kuala Lumpur deshidratados. Tras recoger las mochilas en el aeropuerto de Kuala Lumpur —qué aeropuerto, por poco nos quedamos a dormir— tratamos de resolver el rompecabezas de cómo desplazarnos hasta el centro. Era tarde y necesitábamos hacer un transbordo en metro, con lo que había que correr. El aeropuerto de Kuala Lumpur está muy lejos del centro de la ciudad, a casi setenta kilómetros. Los buses, la opción más barata, no nos aseguraban llegar antes de medianoche. Por lo tanto, los descartamos. El taxi era muy caro a priori. El tren era la opción más rápida y la que en principio nos aseguraba llegar a tiempo a uno de los últimos metros. Así que nos decidimos por él, pensando que sería aproximadamente igual de caro que el taxi. Error: nos costó bastante más. Es verdad que el tren era ultramoderno y ultrarápido, pero nos obligó a hacer un intercambio que con el taxi nos hubiéramos ahorrado. Llegamos a tiempo para tomar el último metro a las 23.45 h y cuando salimos a la calle, diez minutos después, estaba diluviando. Perfecto para redondear la caminata final hasta el hostal. Derrotados, vencidos por la lluvia, llegamos al hostal. Nos metimos pronto en la cama, soñando con el desayuno del día siguiente… Y el desayuno

La Kumari, la diosa viviente de los hinduistas de Nepal | Día 14

La estupa de Boudhanath en Katmandú, uno de los principales monumentos del país

Nepal seguirá transcurriendo mañana, pero ya sin nosotros. Dejará de ser el presente de nuestro viaje para quedar, como la India, en un pasado para recordar. Hoy es la última noche que pasamos aquí, en Katmandú, la capital del país de los Himalayas. Hoy es el día de conocer a la Kumari, la diosa con vida de los hinduistas de Nepal. Los momos, nuestro alimento preferido de Nepal Haciendo un primer balance, han sido dos semanas de muchas caminatas, las peores carreteras que hemos conocido, sonrisas constantes acompañadas de Namastes y nuestros queridos momos, esos exquisitos dumplings a la nepalí rellenos de todo tipo de ingredientes. No queríamos marcharnos del país sin pasar por uno de los restaurantes que mejores momos prepara de la ciudad, según todo tipo de ránkings, guías y comentarios. En el Newa Momo nos hemos puesto originales y hemos pedido dos rellenos que no habíamos probado aún: patata con queso y champiñones con queso. Además, por fin, hemos podido degustar el plato estrella del país, del que se alimentan una o dos veces al día todos los nepalís: el dal bhat. Que consiste en un montoncito de arroz, un cuenquito de lentejas, un poco de salsa picante y algún tipo de verdura de temporada. Para que el día, el último día en Nepal, cundiera, hemos decidido levantarnos pronto. Hoy hemos tenido doble ración de infracciones piadosas, que se suman a las otras anteriores. A primera hora hemos caminado hasta la Plaza Durbar de Katmandú, donde se sitúan varios de los edificios más relevantes de la ciudad: templos, museos y la casa de la Kumari, la diosa ninña de Nepal. Para entrar y pasearse por la plaza hay que pagar 1.000 rupias (el equivalente a unos 8 €). En las calles de acceso principales hay un puesto de control con un par de guardias vigilantes. Hemos rodeado la plaza hasta que hemos encontrado la calle que no tiene puesto de control. Y por ahí, sin mirar atrás, muy convencidos de la justicia de nuestra infracción, hemos entrado a la Plaza Durbar. Conociendo a la Kumari, la diosa de Nepal que es una niña En la Plaza Durbar, llena de devotos hinduistas haciendo ofrendas en los templos y a las figuras de dioses, hay un edificio en el que vive la única diosa con vida que existe: la Kumari. En Nepal adoran y rinden culto a una niña preadolescente, que según la tradición hinduista nepalí es la manifestación de la energía divina femenina. La Kumari es una niña que pasa un enorme cásting para ser escogida como diosa. Es como el Got talent de las divinidades. Tiene que ser perfecta, tener el pelo y los ojos negros, cumplir con unas características muy específicas. Cuando es escogida Kumari, la niña —ahora ya diosa— se separa de su familia, a la que apenas puede ver, para vivir en su casita en la Plaza Durbar de Katmandú rodeada de sirvientas que están pendientes de que no toque el suelo. Ser Kumari no es para siempre. Las niñas escogidas pasan de diosas a exdiosas cuando tienen la primera regla. Y entonces, tienen que aprender a ser mujeres normales, estudiar, buscar un trabajo, sobrevivir; vaya, lo típico de los que no tienen el estatus de dios. El extraño encuentro con una divinidad Cada día la Kumari, la diosa de Nepal, se deja ver por la mañana para saludar a los que vienen a conocerla. Hemos llegado justo en el momento en el que iba a pasar. Tres minutos antes de las diez un hombre nos ha avisado: “La Kumari está a punto de aparecer. No se pueden tomar fotografías”. Estábamos en el patio interior de su pequeño palacio y en lo alto, a través de una ventana, una mujer mayor ha inspeccionado que todo estuviera en orden. Entonces ha ido a buscar a la Kumari y nos la ha enseñado. La niña, con la cara pintada, con gesto de no haberse despertado de muy buen humor, se ha apoyado en la barandilla y ha mirado hacia abajo. Uno de los turistas ha sacado el móvil y la mujer mayor ha corrido a agarrar a la niña y ha recriminado al irrespetuoso extranjero. Con el móvil del hombre guardado, la Kumari ha vuelto a asomarse a su balcón de diosa, con la misma cara de amargura, como si le hubieran dado para desayunar huevos en lugar de cereales de chocolate. Y entonces, se ha vuelto a esconder. El hombre que nos había avisado de su presencia al principio nos pedía ahora una donación que no hemos donado. A la salida del palacio, dos mujeres vendían calendarios y fotografías de la Kumari a la que no nos habían dejado fotografiar. Todo ha sido muy raro. La estupa de Boudhanath Una vez conocida a la Kumari y la Plaza Durbar de Katmandú, era momento de tachar de la lista la última de las cosas que nos quedaban por conocer en la ciudad: la estupa más grande de todo el país. La estupa Boudhanath se encuentra a cinco kilómetros del centro. Nos ha tocado volver a padecer el lentísimo, poco eficiente y extraordinariamente barato transporte público nepalí. Hemos tardado 45 minutos en llegar. Y haciendo cuentas, a paso ligero puede que hubiésemos llegado antes caminando. Para entrar al recinto en el que se encuentra el monumento hay una entrada principal, la más grande, donde los extranjeros —solo los extranjeros— tienen que pagar 400 rupias (unos 3 € al cambio). Veinte metros más allá de la entrada principal había un callejón por el que entraba todo el mundo, y en el que no se requería ningún pago. La estupa de Boudhanath es enorme, inabarcable con la vista. Como dictan los cánones budistas, la hemos rodeado en el sentido de las agujas del reloj. Encuentros en las últimas horas en Katmandú Además de ser la estupa más grande de Nepal, Boudhanath es un espacio hecho por y para el turismo. Alrededor del enorme monumento se sitúan un sinfín

Bhaktapur para celebrar la llegada del año 2076 | Día 13

La Durbar Square de Bhktapur, en el Valle de Katmandú, en Nepal

En Nepal ya estamos en el año 2076. Ayer era el último día del año 2075 y hoy, además de 14 de abril, es 01 de Baisakh, el primer día del primer mes del año en Nepal, que hemos festejado en Bhaktapur. “Feliz año nuevo”, nos saludaban hoy todos los nepalíes, acompañando a su más habitual “Namaste” y seguido, aquí en el barrio donde nos alojamos, de ofertas que te obligas a rechazar: “¿Marihuana? ¿Hachís?”. Esto del año nuevo nepalí ha sido un poco raro: pocos festejos, poca parafernalia, ausencia de tradiciones. O, al menos, no hemos sido capaces de encontrar los festejos ni la parafernalia ni las tradiciones. A lo sumo, aquí en Thamel, el barrio más turístico del país, las calles se llenaron ayer de papelitos de colores y globos, de menús especiales y ofertas en bebidas. Pero sin la esencia ni la importancia que uno le supone al cambio de año, como sí que pasa en el resto del mundo con el calendario gregoriano. El calendario nepalí Esto puede que se deba a muchas cosas. Quizás, puestos a teorizar, a que la oficialidad del calendario nepalí —que se basa en un calendario hindú que sigue el ciclo lunar— es en realidad muy reciente. No fue hasta 2011 —el 2011 de todo el mundo— que el gobierno nepalí decidió cambiar la manera en que se contaban los días, los meses y los años. Y ahora, ocho años después, el uso del calendario local está todavía menos extendido que el otro, el gregoriano, el que se utiliza en el resto de países del mundo. Nepal, pues, tiene dos calendarios: el suyo y el de todos. Será por eso, porque el festejo del año nuevo de todos está todavía reciente, que la fiesta por su año nuevo es casi un teatrillo para invitar a los suyos a que consuman y engañar al turista con la excepcionalidad de la fecha para que se tome tres cervezas en lugar de una. No conseguimos descubrir si hay alguna tradición especial a nivel folclórico o religioso. Nuestros nuevos amigos de Bhaktapur Pese a ello, hoy era de manera evidente día no laborable. La gente ha salido en masa a la calle. No por ser domingo, que también, sino por la notoriedad del día. No se les veía, en cualquier caso, que salieran en dirección a la casa de sus familiares, con la intención de festejar la llegada del 2076. A Bandipur llegaban anteayer muchos nepalíes para celebrar el año nuevo. Nos explicaron que con motivo de fin de año el nepalí acostumbra a moverse, a viajar internamente, para celebrar el cambio de año en un lugar distinto al que pasaron todos los días del año anterior. Por eso, nuestro turisteo del día ha sido el mismo turisteo que el de muchos nepalíes que están de vacaciones y han salido a hacerse fotos. Bhaktapur, una ciudad que se encuentra a trece kilómetros de Katmandú, relevante por su peso histórico y cultural y por la bonita arquitectura tradicional de su centro, estaba abarrotada de gente; de nepalíes y de no nepalíes. Encontrar un hueco en el que hacerse la foto sin nadie alrededor era una quimera. Así que nos hemos sentado a ver cómo los demás se hacían selfis. Hasta que han llegado dos niñas y un niño a interesarse por nuestras cámaras y nuestros móviles. Nos pedían las gafas y reclamaban que les hiciéramos fotos y vídeos. Al preguntarles si hablaban en inglés nos contestaban «One, two, three, four…«, y así hasta el cincuenta. No hemos conseguido entablar una conversación demasiado clara, pero nos hemos divertido un buen rato entre signos. La Durbar Square de Bhaktapur La gran cantidad de gente ha ayudado a que cometiéramos una nueva infracción piadosa: ahorrarnos 1.500 rupias por cabeza por cruzar una plaza pública. Como ya explicábamos en nuestro Diario de Ruta hace algunos días, en Nepal cobran a los extranjeros por casi todo. Pronto nos medirán el aire que respiramos y en función de nuestro consumo de oxígeno tendremos que pagar un recargo. Hoy llegábamos dispuestos a incrustarnos entre la multitud para que no se nos viera mucho, y así evitar pagar; y lo hemos conseguido. Bhaktapur es una ciudad con aire medieval, que conserva el encanto de la arquitectura tradicional newar, el pueblo que históricamente ha habitado la zona del Valle de Katmandú, la región central de Nepal. Los newar se reivindican a ellos mismos como los custodios de los rasgos culturales más característicos e idiosincráticos del país. Como nosotros, muchos locales han venido a ver la maravillosa Durbar Square, con sus monumentos y templos, y los alrededores, llenos de hermosos edificios y plazas. Cuando la lluvia amenazaba con aparecer, hemos acabado de sacar las últimas fotos y nos hemos vuelto a Katmandú en un bus similar al que habíamos llegado: sin espacio para respirar, incrustados en la última fila de asientos.