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La isla de los dioses | Día 3

Fotografiando los arrozales de Bali, la isla de los dioses

Los tópicos son salvoconductos a la obviedad, remedios contra la originalidad, simplificaciones de la realidad. Por eso, vaya por delante la disculpa. Pero después de pasar el día recorriendo Bali de punta a punta, hemos entendido el porqué del eslogan con el que se vende al mundo: la isla de los dioses. En realidad, los porqués. Si los dioses (hinduistas) hubieran escogido un lugar en el que vivir y descansar, en el que cultivar y esparcir su credo, ese sería Bali. Partiendo desde Kuta, el epicentro del cerveceo y el surf, el gueto australiano en la isla, hemos pasado ochos horas largas buscando algunos de los lugares que le ponen magia a Bali. Son tantos, y están tan esparcidos, que hay que dividir las visitas por fases y zonas. Por suerte no tenemos prisa y nos vamos a tomar Bali con calma, turisteándola pero también relajándonos —y consintiéndonos— un poco. Pero eso ya llegará, hoy era día para ver, admirar y capturar recuerdos. Keda, nuestro conductor para conocer Bali Para poder visitar la isla de los dioses, ayer contábamos que es necesario buscar el modo de transporte en el que hacerlo. Descartada la opción de la moto, escogimos la del conductor. Más cara, sí, pero también más fiable. Buscando contactos y referencias, dimos con un tipo que organiza visitas guiadas en español. Nos pedía casi 50 € por contratar un conductor que nos tenía que llevar a tres lugares del norte de la isla, y que además haría de perfecto guía en español. Nos debió intuir pobres por Facebook, porque también nos ofreció la alternativa low cost: Keda. Evidentemente, nos quedamos con Keda. “Habla un poco de español, si se le pregunta sabe contestar”, nos decía ayer el jefazo, que debe hacerse de oro con los honeymooners que llegan de España. Los servicios de Keda nos han costado 15 € menos y su español era mejor que el que vendía el jefe. “Buenos días”, nos ha saludado esta mañana, cuando ha venido a recogernos al hostal. “No pasará de ahí y de gracias”, hemos pensado. Pero qué va. Keda debe tener veintitantos, casi treinta. Es bajito y sonriente. “Hace dos años que estudio español, perdonadme si no entiendo”, se disculpaba antes de tener por qué disculparse. Al contrario, ha sido un cicerone de diez. Nos ha dado algunos datos —básicos, suficientes para su español de principiante—y ha respondido con apaño a nuestras pocas dudas. Además, nos ha dado libertad para visitar los lugares tanto como quisiéramos y se ha ofrecido a hacernos fotos. Ha sido un poco raro tener que depender de alguien para que nos moviera, pero valoraremos compartir con Keda futuros traslados por la isla. Los arrozales de Jatiluwih Una de las imágenes más recurrentes de Bali son sus arrozales. Keda nos contaba que aquí se cultivan tres tipos de arroz: blanco, rojo y negro. Después de casi dos horas de trayecto para recorrer unos cuarenta kilómetros, hemos llegado a Jatiluwih. La imagen verdísima, con los tallos larguísimos de la planta del arroz, con los senderos entre campos invitando a pasearlos, ha sido una introducción inmejorable a los encantos de Bali. Para entrar hay que pagar, como en todas las atracciones turísticas de la isla, por muy naturales que sean. Pero todas las entradas valen cada centavo de rupia indonesia. De Jatiluwih nos ha enfadado el no podernos quedar más tiempo para recorrer las rutas más largas y buscarle mejores ángulos. Después hemos ido al templo de Ulan Danu. Indonesia es un país mayoritariamente musulmán. De hecho, es el país del mundo con más musulmanes, unos 220 millones. Sin embargo, Bali es el contrapunto a la norma: es ampliamente hinduista. “Los musulmanes no me caen muy bien, son un poco fanáticos”, nos confesaba Keda, que es hinduista. Llevaba una ofrenda en el coche, como las muchísimas que se ven por toda la isla, que renueva cada día. Ulan Danu es uno de los principales templos de Bali, pero solo funciona como tal para celebraciones especiales. El resto del tiempo es un refugio para turistas ávidos de la foto perfecta para Instagram. Si Jatiluwih había sido hermoso, el templo ha resultado un poco decepcionante. Demasiados turistas alrededor como para apreciar su belleza. No es tan grande como uno lo imagina, y la imagen decepciona. Encima, en el mismo complejo hay montado una especie de parque infantil, con estatuas de Bob Esponja, que te señalan la salida. Todo un poco ridículo. El lugar es bonito en su conjunto, pero poco disfrutable. Es el problema de las expectativas: cuando las tienes, te decepcionas, cuando no las tienes, te sorprendes. Y eso nos iba a pasar en nuestra última visita del día. La cascada Nung Nung, última visita del día Conducir por Bali es una temeridad relativa. Las carreteras de la isla de los dioses están bastante bien asfaltadas, incluso las más remotas y menos transitadas. Por el contrario, son muy estrechas, zigzaguean constantemente, suben y bajan. Hay que estar tocando el claxon cada poco para avisar que vas a entrar a una curva a ciegas. Por eso recorrer veinte kilómetros es una odisea que lleva muchos minutos. En la penúltima de las odiseas del día hemos llegado a Nung Nung, una catarata hermosísima que se sale un poco de la ruta trillada por los turistas. Quizás por eso nos ha gustado tanto, porque la hemos disfrutado rodeados de una docena de personas. La catarata, bautizada con un nombre tan balinés, se esconde muy abajo. Después de llegar al lugar hay que bajar veinte minutos de escalones desiguales que te dejan las piernas temblando. El esfuerzo para subir luego será mayor, pero habrá valido la pena. Nung Nung salta casi treinta metros desde lo alto de una colina escarpada y, como si fuera un grifo que está averiado, dispara el agua hacia abajo en chorros desiguales. El acuatizaje es violentísimo: el agua choca contra el lago y rebota. Se forma una neblina de agua que salta hacia todos lados. Nung Nung

Bali, evocando el paraíso de Indonesia | Días 1 y 2

La puesta de sol desde una playa de Bali, en Indonesia

Cuando empezábamos el viaje, allá por el mes de febrero, la planificación ensayada marcaba una ruta que ha quedado caduca. En ella siempre estuvo Bali, el paraíso prometido de Indonesia. Aquella primera ruta es verdad que era solo un boceto, un marcapasos al que agarrarnos para darle sentido de continuidad a la travesía. Las dos primeras paradas las cumplimos: India y después Nepal. Desde ahí teníamos que saltar a algún sitio, de alguna manera. Pero Malasia no aparecía como el horizonte de esa tercera pata de las muchas que van a componer el viaje. De hecho, nunca apareció en el mapa de chinchetas que dibujamos. Pero las circunstancias, y lo oportuno del aeropuerto de Kuala Lumpur como lugar de aterrizaje, nos hicieron darle una oportunidad. No nos equivocamos. Malasia fue —ya en pasado, porque ya es pasado— una agradable, y necesaria, sorpresa. Nos liberó del desasosiego continuo, de la incertidumbre, los nervios, los enfados y los problemas —y también un poco de la diversión que todo eso implica—. Siempre en nuestros planes Una vez en Malasia, la idea era regresar, después, al esbozo de la ruta, subiendo hacia el norte, llegando a Tailandia. Para, desde ahí, visitar todos los países de su alrededor: Myanmar, al oeste, y Laos, Camboya y Vietnam, al este. Pero no sabemos exactamente en qué momento, ni por qué, volvimos a desviarnos; de nuevo hacia el sur. El sur siempre nos arrastra, en todos los sitios. Siempre es sinónimo de buen rollo y calorcito, de gente alegre y buena comida. Así que decidimos alejarnos de casa todavía más. Esta, contada rápidamente, es la historia de por qué acabamos ayer aterrizando en Indonesia. En realidad, sería más adecuado y correcto decir que aterrizamos en Bali. Porque era aquí, a Bali, a donde queríamos venir. En el imaginario colectivo viajero, Bali equivale a la imagen del paraíso de Indonesia. Uno evoca playas, surferos, atardeceres, cervezas, templos, dioses, esculturas, terrazas de arroz, naturaleza, cultura, historia, religión. Bali es la tierra prometida del viajero, el lugar a conocer, el horizonte a alcanzar. Teniéndolo tan cerca, era imposible decirle que no. Teníamos que corroborar que esas narraciones fabulosas explicadas sobre Bali no son un mito. Pero para hacerlo teníamos que venir; y vinimos. Lo hicimos con un vuelo desde Kuala Lumpur, nuestra estimada Kuala Lumpur, una de las ciudades que mejor ha sabido entender nuestra inclinación cosmopolita. Que se despedía de nosotros lloviendo. De Kuala Lumpur disfrutamos hasta su aeropuerto, que en su terminal internacional se dilata en forma de estrella de cuatro puntas y en el centro, en su corazón, tiene una especie de jungla por la que pasear. El aeropuerto como el país: tan desarrollado y tan selvático a la vez. Organizando qué visitar y conocer de Bali Llegamos a Bali con Malindo Air, una compañía low cost con la que repetimos experiencia después del vuelo entre Katmandú y Kuala Lumpur. Nos encanta el ancho entre asientos y las pantallas con películas de sus aviones. Pero son tan cutres para alimentarnos: un vasito de agua y un recipiente dudoso que contiene un poco de arroz y un poco de pollo. Superado el trauma alimenticio, aterrizamos en Bali y nos rodeamos de australianos en la cola para obtener el visado. Nos estampan el sello de Indonesia en nuestro pasaporte, descubrimos que el conflicto entre Grab (el Uber local) y los taxistas es aquí mucho más espinoso que el que tenemos en España, nos trasladamos hasta el hostal y acabamos el día tardísimo, cuando ya habíamos cambiado al día siguiente, a las 05.00 h de la mañana, tratando de cuadrar fechas, visitas, alojamientos y traslados. Y en esas seguíamos después del desayuno. Como Bali sea tan bonita como complicada de organizar, no habrá lugar que puede compararse a ella. Las dos primeras noches, y solo el primer día, lo hemos pasado en Kuta, en el H-Ostel Kuta. Bali es una isla pequeña, pero compleja logísticamente de visitar. O de visitar de manera económica. El transporte público local es solo para locales. No es que los de fuera tengamos vetada la entrada, pero en la práctica las furgonetas que ejercen el servicio recorren rutas poco útiles para el viajero. Hay algunas compañías de buses que conectan los principales puntos de interés, pero a deshoras, con una frecuencia escasa y por un precio en absoluto asequible. Por eso, Bali es solo sencilla de recorrer en moto —para lo que hay que ser un experto en la materia, y nosotros no lo somos— o con conductor. Esa, pese a bastante cara, va a ser nuestra manera de conocer la isla. Tan poco mochilero, tan poco nosotros. El atardecer en la playa de Kuta Hoy hemos acabado el día con dos cervezas sentados en unas sillas de plástico que nos ha traído Dolpin, una indonesia que se monta un chiringuito playero cada tarde en la playa de Kuta. «¿Cómo os llamáis?», nos ha preguntado. Le hemos contestado primero, y repreguntado después: «¿Y tú?». Nos ha respondido señalándose el sombrero, donde tenía escrito su nombre. La costa de Bali, el paraíso de Indonesia, parece infinita. En la playa de Kuta la gente se concentra en la arena pero de manera esparcida, hay espacio para todos: los balineses, los surferos, los borrachos, los que pasean al perro, las familias con niños, los turistas de barriga cervecera y los jovencitos que calientan motores para la fiesta nocturna. La Bali ruidosa, fiestera y menos idílica ya nos ha regalado una postal impecable, un atardecer de ensueño. Bali promete.

El helipuerto de Kuala Lumpur donde ver el atardecer | Día 17

Espectacular atardecer en Kuala Lumpur desde un helipuerto

Definitivamente, podríamos vivir en Kuala Lumpur. No de manera permanente, porque de lo contrario el ‘Nómada’ de Cultura Nómada carecería de sentido. Pero sí un tiempo. Nos hemos aficionado a pasear la zona de Bukit Bintang y de KLCC, los barrios bien de la ciudad, que no tienen nada que envidiarle a los barrios bien de cualquier ciudad del mundo. Edificios lujosos de apartamentos se disputaban ser nuestro hogar soñado, uno de ellos incluso con un helipuerto en el centro de Kuala Lumpur desde el que presenciar el más espectacular atardecer. Es divertido fantasear con ser rico y tener que preocuparse solo de elegir entre el edificio que más te guste, y no entre el que más te guste entre los que te puedes permitir. Porque de esos, en realidad, no te gusta ninguno. Para verle el final a esos edificios, a lo alto, hay que doblar mucho el cuello. Tienen fácilmente 30 o 40 plantas. Por aquí se pasean Bentleys y Lamborghinis y todas las cadenas de superhoteles del mundo tienen un asentamiento. En los alrededores de las Torres Petronas están Grand Hyatt, Mandarin, Four Seasons, todos. Kuala Lumpur y sus peculiaridades Hasta que seamos ricos somos felices conformándonos con nuestros hostales de poca monta, asequibles y arregladitos, con tostadas de kaya y cereales para desayunar. Y somos felices teniendo que ir al barrio chino, entre regateadores profesionales e imitaciones muy conseguidas, a lavarnos la ropa en una lavandería autoservicio. Aquí no hay humanos que te expliquen las normas ni el sistema: todo es automático. Debes guiarte por las instrucciones de los papelitos y los sonidos de las máquinas. El otro día paseando encontramos un supermercado —muy menudito, eso sí, pero surtido a tope— que funcionaba las 24 horas del día sin nadie que atienda. Humanless supermarket (el supermercado sin humanos), se llamaba. Lo único que había que hacer era bajarse una aplicación al móvil que te daba acceso, mediante un código, al interior del supermercado. Que no era un edificio, sino un habitáculo en medio de la calle. Una vez dentro, uno escoge los productos, los pasa por el lector, los paga con la misma aplicación y sale por donde había entrado. No tenían cervezas, con lo que no nos planteamos descargarnos la aplicación. Para despedirnos de Kuala Lumpur y de Malasia hemos visitado un centro comercial alucinante, como todos los de la ciudad, tan repleto de tiendas y, sobre todo, de restaurantes, bares y cafés que uno podría pasarse la vida decidiendo qué comer. Para los indecisos como nosotros es el abismo del dilema, porque todo nos gusta pero nada nos convence del todo. Al final nos hemos decidido por un local de ensaladas, que hacía tiempo que no comíamos sano. Para compensarlo, unos donuts de postre. Las Torres Petronas por última vez antes del helipuerto Al lado estaban las Torres Petronas, y no íbamos a despedirnos de la ciudad, y del país, sin volver a pasar por ellas y hacerle trescientas fotos más. Le buscábamos nuevos ángulos mientras tratábamos de quitarnos de encima a la multitud de buscavidas que rentan unos aparatitos para darle a la cámara de los móviles más campo de visión, para conseguir que la foto con las torres resulte aún más impactante. También hemos tenido que lidiar con un niño que ha decidido que su divertimento del día iba a ser mojarnos (hay fuentes enfrente de las torres, donde todo el mundo se saca la foto para el recuerdo) mientras nosotros apuntábamos bien arriba, tratando de encuadrar con acierto. Desde ahí hemos ido a un helipuerto en Kuala Lumpur. No, no hemos tomado un helicóptero para sobrevolar la ciudad. Todavía no somos ricos y esos lujos solo los fantaseamos. Pero nos habíamos informado que ese helipuerto, en medio del skyline, servía de punto panorámico privilegiado. Y era cierto. Las vistas eran fantásticas, pura ensoñación. Hacia todos lados: 360 grados de pura impresión. Un atardecer para el recuerdo Por un lado se ponía el sol, por detrás de la puntiaguda y afilada torre de telecomunicaciones, el segundo edificio más alto de la ciudad. El naranja intenso se mezclaba y jugaba con las nubes. Las tonalidades mutaban a los lados: amarillos, ocres, rosados. Al final, cuando ya quedaba poco para oscurecer, el rojo intenso, casi sangre, marcaba el fin del sol en esta parte del mundo. Del otro lado, las Torres Petronas, tan estilizadas y elegantes, tan perfectamente levantadas, se iluminaban poco a poco, proyectando su luz hacia todos lados. Para disfrutar de dos horas de una vista para el recuerdo solo hemos tenido que abonar las dos cervezas más caras de lo que llevamos de viaje: 7 € cada una. Los valían. El Heli Lounge Bar, el helipuerto de Kuala Lumpur, lo vale. El durián, el fruto prohibido Nuestra última cuenta pendiente en Malasia era probar el fruto prohibido, el manjar que prohíben en los hoteles, establecimientos y transportes públicos: el durián. Esta fruta tropical es una especie de mito, un manjar para sibaritas a los que les gusta mancharse mientras comen. El durián tiene un olor muy fuerte, muy desagradable, y de ahí su prohibición generalizada. En cambio, en los mercadillos de comida callejera es el rey. Hay decenas de puestos en los que solo se vende durián. Para los locales se los cortan ahí mismo, los abren y les dan unos guantes para que los guarreen. Y lo hacen con ganas. Le sacan la corteza enorme (tiene forma de melón, o de piña) y empiezan a comerse los trozos de fruto del interior. El color es amarillento y la forma del fruto recuerda al de una pechuga de pollo. Teníamos que comprobar si el sabor era tan desapacible. Para nosotros, turistas, los puestitos de durián venden pequeños platos con el fruto ya servido. Son caros, pero había que hacerlo. A uno de nosotros le ha parecido mucho más asqueroso de lo que esperaba. Al otro, en cambio, el sabor le ha sorprendido para bien —o para no tan mal—. Después

Mezquitas, jardines y las Torres Petronas | Día 16

El Jardín Botánico de Kuala Lumpur, en Malasia

Añorando nuestro hostal de Malaca, nos hemos despertado sudorosos en nuestro transitorio hogar en Kuala Lumpur. El aire acondicionado no funciona como debiera y parece que emita calor en lugar de frío. Aparte de eso, el desayuno es como el de todos los hostales de Malasia: escaso pero agradecido. Que te lo incluyan ya es un qué. Porque hemos pasado de no desayunar en la India —donde el concepto ‘desayuno incluido’ es una rara avis— a desayunar en abundancia en Malasia. No tanto por la variedad, sino por la cantidad. ¿Solo hay tostadas? Dame diez. ¿Zumo de naranja? Cuatro vasos, por favor, que necesito fuerzas para llegar a las Torres Petronas. Mejor comprarnos un traje que invitarnos a desayunar.  Exportadores de kaya, la mermelada de coco malasia En el desayuno hemos redescubierto nuestro alimento favorito de Malasia: el kaya. Ya lo habíamos conocido antes, en otro de los hostales en los que nos habíamos hospedado. Pero entonces era solo una masa viscosa verde sin nombre. Ahora le hemos puesto nombre y composición: es una especie de crema de coco hecha a modo de mermelada. Está riquísima, tan dulce, y se come siempre untada junto a un poco de margarina. Cuando la probamos antes, su aspecto gelatinoso y su textura espesa no le hacían justicia a su sabor, endulzado y sabroso. Ahora que conocemos de qué está hecha, nos gusta todavía más; o, en realidad, simplemente podemos decir con certeza y sin reservas que nos gusta. Estamos pensando seriamente en adquirir un cargamento entero de kaya y exportarlo a España y a México. Puede que nos hagamos de oro y consigamos, así, poder viajar de verdad sin billete de vuelta. La mezquita Jamek y el Jardín Botánico de Kuala Lumpur Con el kaya en vena después de muchas tostadas, salíamos pletóricos de energía a seguir conociendo Kuala Lumpur. Ya habíamos visitado una parte de la capital de Malasia en los primeros días en el país. Con los imprescindibles conocidos, era momento de dejar que la ciudad nos mostrara su cara menos fotografiada. Para eso hemos pasado por la mezquita Jamek, que nos quedaba cerca del hostal. El lugar, poco suntuoso, impresionaba por lo austero de su interior. Tan distinto a las iglesias, siempre sobredecoradas. Para poder entrar nos ha tocado adecuar nuestra vestimenta a los códigos islámicos. Nos han prestado unos pantalones largos, para tapar las rodillas masculinas, y una túnica morada, para tapar todas las partes femeninas. Podríamos haber pasado por musulmanes si no hubiera sido por nuestras cámaras y por la camiseta de México. Después hemos dado un largo paseo por un enorme parque que esconde, en una de sus esquinas, un hermoso Jardín Botánico. Conforme uno se acercaba al corazón del parque los edificios desaparecían. Ha sido ahí donde hemos encontrado un animal al que todavía tratamos de poner especie. Era entre una lagartija gigante y un cocodrilo pequeño. Caminaba tranquilo, buscando el sol, posando para la cámara. Las Torres Petronas, la gran postal de la ciudad Ya por la tarde hemos vuelto a la zona de los rascacielos estilizados, donde por encima de todos los demás edificios sobresalen las Torres Petronas. Antaño los techos del mundo, ahora tienen que conformarse con ser los techos de Malasia. Presenciarlas de cerca impresiona. Especialmente de noche, cuando se empiezan a iluminar de arriba hacia abajo, poco a poco, mientras la luz natural deja paso a la artificial. Pasadas las 19.00 h una mezquita cercana invade el espacio sonoro. La llamada al rezo retruena y le pone una banda sonora contradictoria a la película. Es como que no acaba de resultar coherente la imagen de todos esos rascacielos con la solemnidad agónica del rezo musulmán. Para acabar de rematarlo, nosotros hemos decidido enrarecer un poco más el cuadro. Hemos pasado por un supermercado y nos hemos comprado unas cervezas —y un poco de pan y de queso— para disfrutar de la vista, y los sonidos, desde el parque que hay delante de las Torres Petronas. En cualquier caso, es la escena perfecta para entender la serena convivencia de todos los elementos que componen Malasia. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Kuala Lumpur, visita reincidente | Día 15

El monorraíl con una de las Petronas al fondo en Kuala Lumpur

No ha sido sencillo dejar Malaca atrás. No tanto por la ciudad, que tenía su interés pero no era el lugar más encantador que hayamos conocido. Pero sí por el hostal en el que nos hemos alojado los últimos tres días, el Yote 28, y que quisiéramos que tuviera una sucursal en cada una de las ciudades que nos quedan por visitar. Por ejemplo en nuestra segunda visita a Kuala Lumpur. Echando de menos el alojamiento de Malaca Era el alojamiento más limpio, arreglado, cómodo y curioso de todo lo que llevamos de viaje. Era un hotel de lujo, pero en hostal. Las camas eran comodísimas y las almohadas, más. Tanto que nos ha dado por buscar por internet la marca: 50 € al cambio cada una de ellas. Las hemos apuntado, por si hacen envíos hasta España. El desayuno —incluido en el precio— era muy completo. Tenían un dispensador de agua muy fresquita, y muy purificada, y cafés y tés de cortesía las veinticuatro horas del día. Además de dos PS4, una televisión enorme con Netflix, sillas de diseño, decoración de categoría, ordenadores nada baratos y una pulcritud que ni en el mejor de los hoteles. Con todo, era difícil de entender que el alojamiento haya estado medio vacío durante los tres días que hemos estado. Es cierto que era un poco más caro que la media de los hostales del país (unos 17 € por noche en una cama doble), pero la relación calidad-precio es insuperable. Cuando nos pregunten si merece la pena visitar Malaca, les diremos que se alojen en el hostal que nosotros nos alojamos. La ciudad será lo de menos. Cambiar de hogar cada dos o tres días no es sencillo. Cuando ya te has acostumbrado a un hostal y sitúas dónde está todo, es el momento de irse. A veces para bien, porque por cualquier motivo te incomodaba tener que dormir, desayunar y pasar algunas horas de asueto ahí. Pero a veces también para mal, como en el hostal de Malaca, al que ya añoramos desde nuestro nuevo hospedaje de Kuala Lumpur. A partir de ahora baremaremos la calidad de nuestros futuros alojamientos a partir del de Malaca. Segunda deseada visita a Kuala Lumpur Los tres últimos días en Malasia —que tanto nos está sorprendiendo, que tanto nos está gustando— los vamos a pasar en la capital, en Kuala Lumpur. Como ya hiciéramos en Nepal, le hemos dado la vuelta al país para acabarlo donde empezamos. De nuevo es por obligación logística, porque desde aquí sale nuestro vuelo el viernes. Pero también por querer caminar con más calma la ciudad, que tanto tiene y tan poco le conocimos cuando llegamos. Y pese a todo, volvemos a lo que nos gustó. Hoy hemos paseado por la zona más moderna de la ciudad, donde se reúnen decenas de restaurantes de lo más sugerentes en el barrio de Bukit Bintang, en Jalan Alor, la principal vía para degustar comida callejera en la ciudad. Un poco más adelante están los edificios enormes, los que te obligan a torcer muchísimo el cuello para encontrar su final. Y pantallas enormes como si estuvieras en Times Square o en Piccadilly Circus. Luces de neón, muchísima gente, cantantes en escenarios improvisados y el monorraíl cruzando el skyline, como si estuvieras presenciando el molde de las ciudades del futuro.

El encuentro con Helen en Malaca, la ciudad mestiza de Malasia | Día 14

Una habitante de Malaca en la puerta de su casa

No lo vamos a negar, Malaca nos daba un poco de pereza esta mañana. No era tanto Malaca, que es un destino imperdible en Malasia, como su calor. Encima, ayer no nos dormimos hasta tarde —por culpa de las elecciones de España, que seguimos puntualmente en duermevela hasta nuestras 05.00 h— y esta mañana, después del desayuno, hemos pensado que nos merecíamos una siesta. La típica siesta es aquella que transcurre después del almuerzo. Eso es para el común de los mortales. Para nosotros, la típica siesta puede transcurrir en cualquier momento: después de desayunar, a media mañana, antes del almuerzo, después del almuerzo, por la tarde. Es una manera de compensar nuestra nocturnidad, a veces; los madrugones, otras; o simplemente el cansancio acumulado. La siesta postdesayuno de hoy aunaba lo primero y lo tercero. Como era de prever, el descanso se nos ha ido de las manos y han sido las 13.00 h cuando hemos despertado. Malaca esperaba afuera con todo el calor. Planificación futura hasta que el calor sea menos inclemente Ante la perspectiva, hemos hecho cálculos. Nos quedaban un par de monumentos por fotografiar, un par de calles por recorrer y un par de restaurantes entre los que decidir. Todo eso podía esperar un poco más, hasta que el sol dejara un poco de lado su inclemencia. Así que hemos aprovechado el entretiempo para planificar semanas futuras. Se vienen tres días en Kuala Lumpur y después un vuelo para alcanzar el cuarto país del viaje, tras la India, Nepal y la propia Malasia. En este tipo de viajes largos, en los que encadenas países y ciudades, uno pierde la perspectiva del propio viaje. A veces se trata solo de seguir avanzando. Pero todo se complica. Porque quieres conocer en el hoy pero tienes que cerrar el mañana y anticiparte al pasado mañana. Es como que estás en muchos sitios a la vez y en ninguno en realidad. De cuerpo presente en Malasia, leyendo las noticias de España, planeando el siguiente país y tratando de cerrar los que vendrán después, para cuadrar bien el calendario. Porque el viaje, al menos este, no es para siempre. La Malasia colonial en Malaca Finalmente nos hemos obligado a combatir el calor, cuando ya no molestaba tanto. Hemos paseado por la zona histórica de la ciudad, donde se conservan restos coloniales de los portugueses y los holandeses, que hace mucho tiempo hicieron de Malaca un feudo clave en su expansión por la región. La placita principal tiene una torre con un reloj y una bonita iglesia anglicana, todo pintado de un rosa oscuro muy agradecido para la fotografía. Al lado queda un río que cruza parte de la ciudad. En una de sus orillas hay un pasillo muy angosto por el que se puede caminar. Cada cuatro pasos hay un restaurante o un barecito que invitan a sentarse mientras se ven los barcos turísticos pasar. La zona es tranquila pese a concurrida. Aquí el turismo es escaso y ordenado. A pocos metros está la Jonker Street, que tiene nombre holandés pero aspecto chino. Es la que transitábamos ayer por la noche. Hoy, en cambio, ya no había mercado callejero. Era igualmente agradable. Aquí están los mejores cafés y restaurantes de la ciudad y aquí, claro, hemos cenado. Helen, nuestra nueva amiga De vuelta hemos coincidido con Helen, la primera malasia con ganas de confraternizar que hemos conocido en las dos semanas que llevamos aquí. Los malasios son gente discreta, poco dada a los aspavientos y a los incordios. Así como era normal que en la India y Nepal la gente nos parara, nos preguntara, nos explicara, nos pidiera fotos, en Malasia todo lo contrario. No es que sean antipáticos, porque te ayudan si se lo pides y te indican si les preguntas. Pero guardan siempre una prudencial distancia, con el turista y con el que no lo es. Helen no es así. Helen es de origen chino, como tantísimos malasios. “Pero he nacido aquí, en Malaca”, nos cuenta. La hemos cruzado en una calle y nos ha empezado a hablar de trivialidades. Como estaba al lado de su casa, nos ha invitado a pasar. Debe tener setenta años y se le notaba sola. Nos contaba que recientemente falleció su marido, con el que había vivido en Singapur y en Londres. Nos enseñaba fotos de él y diplomas. Y como si nos conociera de toda la vida, nos ha empezado a contar cómo su marido había ayudado a un hermano que estaba en bancarrota o cómo su hijo corría mucho con el coche y lo regañaba por ello: “Mi nieto tiene dos años, y hay que tener cuidado”. Nosotros, los nuevos amigos de Helen A Helen le hacía falta hablar y a nosotros se nos da muy bien escuchar, y asentir. Ha llegado un punto en el que sabíamos que nos teníamos que ir, pero ella empezaba con una nueva historia de su pasado: “Le compré un regalo para su boda, pero me pidió algo más caro”. Tan pronto hablaba de sobrinas desagradecidas como de amigas lisiadas. “¿No lleváis paraguas? ¿Cómo podéis ir por la ciudad con este calor sin paraguas?”, nos ha preguntado. Nos hemos ahorrado contarle lo de quedarnos en el hostal hasta las tantas para evitar el calor y hemos zanjado la pregunta con un “sí, hace mucho calor”. Entonces nos ha traído un paraguas, que ha abierto para comprobar que funcionaba. Se lo hemos aceptado después de intentar, fallidamente, denegar el ofrecimiento. “Tomad, y os dejo unas cuantas bolsas de plástico, para que guardéis las cámaras, que uno nunca sabe con el clima de Malaca”, ha dicho. Helen nos contaba que sabía que en España se tocaban las castañuelas, y que le gustaba nuestra comida, que la había probado alguna vez. También le gusta la comida italiana, aunque ahora solo come una vez al día: “Quizás un poco de arroz y ya”. Nos ha invitado a cenar con ella, pero ya habíamos comido hacía un rato. Salíamos nosotros

Malaca, calurosa, mestiza y hortera | Día 13

La mezquita Selat Malaka en Malaca, en Malasia

Malaca no se las da de compleja ni enredada. Por eso, es fácil entenderla pronto. Entenderla en el sentido de suponerla, de manera solo superficial, y nunca de desentrañarla. Porque partiendo de la base de que Malaca —tan cruzada, tan conquistada, tan inmigrada— es una ciudad de realidades muy diversas, es, en cambio y a la vez, transparente y llana. No es impostada ni pretenciosa, ni se maquilla ni se acicala de más, Malaca es auténtica en su campechanía. No destaca por nada pero sabe mostrarse afable en todo. No va a ser la ciudad más bonita que hayas visto nunca, ni a la que desees volver una vez en casa, pero tampoco aspira a ello. Malaca solo quiere que la conozcas y le prestes atención. La mezquita Selat Melaka Y en esas andamos, mientras en casa, a seis husos horarios de distancia, están votando para elegir presidente. Malaca quedará para la posteridad como la ciudad desde la que vivimos el minuto a minuto de las elecciones de 2019 en España. Ya es algo, por algo será recordada. Pero no le seamos injustos, que pese a sencilla y poco distinguida es un lugar interesante. Para, por ejemplo, conocer una curiosa mezquita que se encuentra en un islote pegado a la ciudad, pero al que se accede por una única carretera que obliga a dar una vuelta enorme. La Masjid Selat Melaka se sitúa encima del mar en una suerte de plataforma. Llegar hasta ahí nos ha mostrado una cara de Malaca que nos ha disgustado un poco: es muy calurosa. No hasta el punto de George Town, donde uno se quedaba anclado en el suelo a cada paso, pero casi. Hacerse el viajero en estas condiciones no es sencillo. Hay que bajar el ritmo, no tener prisa, planificar con margen y tomárselo con calma. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)  Jugando a la Play en el hostal Nuestro hostal, Yote 28, nos ha ayudado a ello. Modernísimo y recién abierto, tiene aire acondicionado, café y té gratis —e ilimitado— durante todo el día, unas mesitas muy cómodas, juegos de mesa, sofás y lo mejor: una pantalla de televisión enorme con Netflix y una PlayStation4. Por si fuera poco, la sala donde está la televisión está acondicionada en forma de cine, con varias graderías y unos cojines comodísimos. Después de nuestra visita a la mezquita, de tomarnos unos zumos muy fríos para combatir el calor y de comernos una pizza, nos hemos pasado la tarde jugando al FIFA y al Gran Turismo. Sirva como excusa el calor, aunque a medias. Lo cierto es que nos hemos tirado mucho más tiempo del previsto jugando a los videojuegos. El divertido y hortera centro de Malaca Cuando el sol ya había caído y la excusa no lo era más, nos hemos obligado a volver a salir. El calor era todavía intenso, pero sin sol de por medio caminar por la calle era mucho más llevadero. Es entonces cuando le hemos visto a Malaca su lado más hortera y chabacano; pero a la vez divertido y auténtico. Uno de los principales medios de transporte de la ciudad son unos triciclos en los que además del conductor caben tres o cuatro personas. Todo bien hasta aquí. Los trishaws, autorickshaws o ciclorickshaws son habituales en muchas partes del continente. ¿Qué les hace especiales a los de Malaca? Dos cosas: su decorado y su sonido. Los triciclos son todos distintos y están revestidos con motivos de los más aleatorios: dibujos animados, colores chillones, elementos de gusto más que dudoso. Además, por la noche se iluminan y parecen un árbol de navidad con ruedas. Por si todo esto fuera poco, traen música —a todo volumen— incorporada. El abanico de hits va desde el Despacito en versión remix hasta temazos malasios que te dañan el oído. Es imposible no sonreír viéndolos pasar. Estos trishaws se arremolinan en la Jonker Street, la calle más comercial de la ciudad, donde los fines de semana se celebra un mercadillo nocturno en el que se encuentra de todo: comida, baratijas, joyas, relojes y tantas otras cosas. Nos hemos parado los pies para acabar comprando solo un helado de coco. Era ya tarde y la mujer, viendo que se le escapaban los clientes y le iban a sobrar helados, nos ha obligado a tomar otro: “Toma, el cambio. Y llévate otro”. Hemos contado el cambio y estaba correcto. Nos estaba haciendo un 2×1. Lo hemos tomado, claro. No estamos para despreciar regalos.

Adiós a las islas Kapas y hasta la próxima | Día 12

La lancha que parte desde las islas Kapas a la Malasia continental

Mientras nos subíamos en la lancha y nos alejábamos de ellas, viendo su hermosa silueta en el mar, sabíamos que las islas Kapas iban a permanecer como uno de nuestros mejores recuerdos de Malasia. En realidad, no solo de Malasia. Sin duda va a ser uno de los momentos de este viaje larguísimo de varios meses. Aunque no va a ser sencillo ordenar lugares, y mucho menos momentos, las Kapas se han ganado un lugar privilegiado en nuestro top nómada. Las despedíamos con nostalgia y el sentimiento parecía mutuo: ellas se encapotaban y amenazaban con llenar de nubes el día. Así, cambiándole la cara, pintándose de gris, su aspecto idílico puede que lo sea menos. En cualquier caso, no nos hubiera importado compartir con las islas Kapas un día desapacible, con la marea alta, el oleaje intenso, la lluvia sonando en el mar y nosotros, desde nuestra cabaña, admirándolo todo. No suena mal el plan. Lástima que nos faltara un buen libro y un par de botellas de vino para redondear la escena. Dos buses para alcanzar Malaca Para continuar descubriendo Malasia —¿hay Malasia después de las Kapas?— teníamos que hacer encaje de buses y horarios. Porque desde Marang, la ciudad de la península más cercana a las islas, en la que desembarcábamos esta mañana, hay buses hasta Kuala Lumpur directos cada hora. Pero, en cambio, no los hay hasta Malaca, donde teníamos que llegar. Así que la odisea ha sido de dos buses y casi doce horas. El primero, el de Marang a Kuala Lumpur, ha durado casi ocho horas. El segundo, el de Kuala Lumpur a Malaca, otras dos. Entre medio hemos comido fast food, patatas fritas y bebida Coca Cola. Si el alimento estrella en la India fueron las pizzas, en Malasia son las patatas fritas. El día ha dado para poco más que para ver muchos kilómetros de autopistas malasias. Y para confirmar que los baños y los rezos se dan aquí la mano. En todas las estaciones de servicio la flecha indica, en la misma dirección, las dos cosas. Allá donde encuentres los baños encontrarás las salas de rezo. En Malaca pasaremos los próximos dos días. Estamos al sur de Kuala Lumpur, a medio camino de Singapur. Malaca es, como George Town, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y fue territorio portugués y luego holandés. Hoy sábado se la veía animada, luminosa y un poco hortera. La luz del día puede que realce sus virtudes.

Sobre dilemas isleños y la tranquilidad en las Kapas | Día 11

La selva y la playa en las islas Kapas, en Malasia

Apartadas de todo lo demás, moldeadas por las olas del mar, las islas son los espacios terrestres más insolentes. Por su forma de ser tan particular, por sentirse orgullosamente alejadas de lo demás. Kapas rezuma tranquilidad a cinco kilómetros de la península. Es una Malasia relajada y traviesa, en la que los malasios se bañan en el mar vestidos mientras observan, con disimulada curiosidad, cómo los extranjeros se pasean en bañador y bikini. Nadie te va a advertir que no lo hagas, las Kapas son para todos: para los locales que acostumbran a bañarse con ropa y para los turistas que enseñan un poco de carne. Pero no hay que perder el recato, el topless mejor dejarlo para la intimidad. ¿Es paraíso cuando vives en él? Entre semana las Kapas están desiertas —o lo están todavía en abril: justo empieza ahora la temporada— pero la cosa cambia cuando llega el viernes. Los botes en los que ayer íbamos seis hoy traen a veinte. Son, casi todos, malasios. Vienen a pasar el día o el fin de semana. Van cargados con todo: toallas, maletas, manteles para hacer pícnic, neveras portátiles —sin alcohol, suponemos— y muchos tuppers. Se montan el puestito en la arena y se pasan el día nad(e)ando. No deben saber que tienen el paraíso al lado de casa. ¿Cómo de lejos tiene que estar el paraíso para que aspire a serlo? Las Kapas para ellos deben ser como la playa de Badalona, o la de San Blas, para nosotros. Van a ella porque les queda a tiro de veinte minutos de lancha. ¿Si fueran tan bonitas las playas de Badalona y San Blas las llamaríamos paraíso? Quién sabe, el caso es que no hay lugar al dilema: ambas le envidian cada grano de tierra a las playas de las Kapas. Nuestro dilema diario, en estos dos días que han pasado tan rápido, ha sido otro: en qué parte de la isla instalarnos a ver pasar las horas —y las olas—. Nivel de estrés alto, el nuestro. Podríamos quedarnos un poco más, pero esto no podría ser para siempre. Somos urbanitas de paladar agitado, la calma debe anteceder a la tormenta. Hasta el clima respeta nuestra tranquilidad de las Kapas Ah, hablando de tormentas: hemos tenido tanta suerte con el clima. Ayer por la mañana tomábamos el bus hasta el muelle, para tomar luego la lancha hasta la isla, con una lluvia que amenazaba con arruinarnos la experiencia paradisíaca. Fueron veinte minutos de lluvia intensa y cielo negrísimo. El trayecto hasta la isla nos daba motivos para la esperanza. A lo lejos, el sol luchaba por ganarle terreno a las nubes. Una vez en la isla la batalla tuvo un claro vencedor: el sol rotundo. Solo unas pocas nubes han salpicado el cielo desde ayer, apareciendo discretas para darle un poco más de encanto al encuadre. Las fotos lo han agradecido. La previsión empeora para mañana y toda la semana que viene. Lluvia y tormentas sin tregua. De haberse adelantado un par de días la tormenta, las Kapas hubieran perdido dos prescriptores. El clima incide tanto en la experiencia viajera. Incide tanto en la experiencia vital. La familia holandesa que ha escogido las Kapas Las islas Kapas, y su tranquilidad, sí que han sido para siempre para los dueños del fantástico lugar en el que nos hemos alojado, el Kapas Turtle Valley: un matrimonio de holandeses de cuarenta y largos con un hijo y una hija de unos diez años. Ellos, los cuatro, lo hacen todo. Con la ayuda de un chico local que es al único al que emplean. Se han montado el retiro perfecto: seis bungalows bien arreglados a unos 60 € el día. Además, hacen comidas y cenas para paladares exigentes y bolsillos holgados. Nuestro bolsillo ha hecho por holgarse para la ocasión, casi a la fuerza. El paladar exigente, en cambio, viene de serie. En las Kapas no vive nadie. Bueno, viven los dueños y trabajadores de la docena de alojamientos que existen. Pero no hay casas ni calles ni supermercados ni hospitales ni colegios. Para todo eso hay que subirse al bote y cruzar hasta la península. Pero los niños de los dueños viven aquí. Ayudan por la mañana a servir el desayuno, luego se traen los libros y la madre se convierte en maestra, por la tarde se bañan y hacen snorkel y por la noche uno hace de pinche en la cocina y la otra, súper profesional, ejerce de maitre en la sala: apunta las comandas, sugiere los principales y pregunta por los postres. ¿Tendrán amigos? ¿Podrán ver dibujos? ¿Añorarán la vida que no conocen? Nosotros nos vamos de las Kapas, ellos las seguirán disfrutando —¿a su pesar?— unos cuantos años más.

Desconexión en las Kapas, un trozo del paraíso en Malasia | Día 10

Una de las playas de las Islas Kapas, en Malasia

El paréntesis de Kuala Terengganu valía la pena: las Kapas de Malasia son geniales. El plural es engañoso, porque pese a ser dos las islas, solo una se llama Kapas. La otra, Gem Island, es todavía más pequeña y mucho más exclusiva. Es complicado trasladarse desde la otra pantalla del ordenador —o peor aún, del móvil— hasta aquí. Las palabras solo pueden ser tentativas, inexactas y subjetivas, porque siempre lo son. Y las fotos con las que podamos acompañar el texto van a ilustrar sin acierto. Pero sirva este texto —tentativo, inexacto y subjetivo— y estas fotos —injustas— para tratar de que no solo nos lean, sino que también escuchen las olas rompiendo en la orilla, sientan la húmeda brisa marina, vean los pececillos y las rocas deformes de debajo del mar, huelan el intenso aroma a repelente de mosquitos, palpen con los dedos de sus pies la finísima arena y, cómo no, degusten una cerveza bien fría —acompañada de lo que sea— mientras el sol se esconde en este parte del mundo. Viajando con expectativas de las que desconfiar Llegar hasta las islas Kapas de Malasia es sencillo si se tiene bien estudiada una lección muy complicada. Pero la tarea del estudio previo es una parte divertidísima de los viajes. Uno imagina los lugares, los deforma en su mente, los idealiza —para luego decepcionarse— o menosprecia —sorprendiéndose después—. Les pone caras que después tienen rasgos distintos, se imagina barrios que son suburbios, emplea lógicas que son ilógicas. Porque los sitios empiezan a serlo antes de estar en ellos. Luego, ya estando, es el momento de contrastar las expectativas con las realidades. Y en ese encuentro, junto al recuerdo posterior, ese lugar se coloca en la mente de uno de una manera que no existe en ninguna otra mente. Por eso es bueno llegar a los lugares con las expectativas justas, dispuesto a dejarse sorprender, confiando —pero también desconfiando— de opiniones de conocidos, expertos y guías. Las Kapas de Malasia, un flechazo Kapas era una idea bonita, pero tampoco evocadora. Las fotos de internet no le hacen justicia. In situ, podemos decir que es un lugar idílico. ¿Qué debiera entenderse por idílico? Para el caso, una isla tranquila, con vocación ecológica, con un turismo poco invasivo, con unas playas de agua muy clara y muy caliente. El idilio, encima, es mayor si se consigue un alojamiento como el nuestro, el Kapas Turtle Valley Chalet: aislado, cuidado, con una playa privada, con unos bungalows pequeñitos pero muy bien arreglados, con una comida riquísima. Con el sonido del mar como telón único de fondo, con la vegetación rodeándonos por todos lados, con un wifi que no tiene que funcionar en el rato que promete que funciona. Con piraguas para hacer kayak y material para hacer snorkel. Así es imposible que las Kapas no te conquisten. Y nos han conquistado. La llegada hasta el paraíso malasio Llegar ha sido un poco show. Tomar un bus en Kuala Terengganu, llegar a Marang, otra ciudad de la zona, y partir desde su muelle hasta Kapas en una lancha que parece que vaya a naufragar en cualquier momento. Son solo veinte minutos entre la península y la isla. De hecho, las Kapas se ven desde la carretera principal, cuando todavía faltan varios kilómetros para llegar a Marang. Pero son veinte minutos en los que sientes que estás en una atracción que lleva mucho sin haber sido inspeccionada. La lancha nos deja en la playa privada de nuestro alojamiento, aislada de la zona del muelle principal. Hay que bajarse con una escalera que uno de los chicos que trabajan en el hotel se afana en colocar de manera aproximada. La imagen ridiculiza al más fotogénico. Ya en tierra nos hemos dedicado a tumbarnos en la hamaca, a recorrer de punta a punta la isla en solo 45 minutos, a meternos en el mar con un tubo para respirar y unas gafas para ver que la vida no es solo la que vemos: hay otra debajo del mar. Pececillos de colores, algas, piedras que se inventan formas imposibles, bancadas de peces que se asustan cuando invades su espacio, cangrejos que se suben a las rocas. Mañana, que será nuestro segundo y último día aquí, acabaremos de deformar las Kapas en nuestra mente, haciéndolas nuestras para siempre. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)