Definitivamente, podríamos vivir en Kuala Lumpur. No de manera permanente, porque de lo contrario el ‘Nómada’ de Cultura Nómada carecería de sentido. Pero sí un tiempo. Nos hemos aficionado a pasear la zona de Bukit Bintang y de KLCC, los barrios bien de la ciudad, que no tienen nada que envidiarle a los barrios bien de cualquier ciudad del mundo. Edificios lujosos de apartamentos se disputaban ser nuestro hogar soñado, uno de ellos incluso con un helipuerto en el centro de Kuala Lumpur desde el que presenciar el más espectacular atardecer.
Es divertido fantasear con ser rico y tener que preocuparse solo de elegir entre el edificio que más te guste, y no entre el que más te guste entre los que te puedes permitir. Porque de esos, en realidad, no te gusta ninguno. Para verle el final a esos edificios, a lo alto, hay que doblar mucho el cuello. Tienen fácilmente 30 o 40 plantas. Por aquí se pasean Bentleys y Lamborghinis y todas las cadenas de superhoteles del mundo tienen un asentamiento. En los alrededores de las Torres Petronas están Grand Hyatt, Mandarin, Four Seasons, todos.
Kuala Lumpur y sus peculiaridades
Hasta que seamos ricos somos felices conformándonos con nuestros hostales de poca monta, asequibles y arregladitos, con tostadas de kaya y cereales para desayunar. Y somos felices teniendo que ir al barrio chino, entre regateadores profesionales e imitaciones muy conseguidas, a lavarnos la ropa en una lavandería autoservicio. Aquí no hay humanos que te expliquen las normas ni el sistema: todo es automático. Debes guiarte por las instrucciones de los papelitos y los sonidos de las máquinas.
El otro día paseando encontramos un supermercado —muy menudito, eso sí, pero surtido a tope— que funcionaba las 24 horas del día sin nadie que atienda. Humanless supermarket (el supermercado sin humanos), se llamaba. Lo único que había que hacer era bajarse una aplicación al móvil que te daba acceso, mediante un código, al interior del supermercado. Que no era un edificio, sino un habitáculo en medio de la calle. Una vez dentro, uno escoge los productos, los pasa por el lector, los paga con la misma aplicación y sale por donde había entrado. No tenían cervezas, con lo que no nos planteamos descargarnos la aplicación.
Para despedirnos de Kuala Lumpur y de Malasia hemos visitado un centro comercial alucinante, como todos los de la ciudad, tan repleto de tiendas y, sobre todo, de restaurantes, bares y cafés que uno podría pasarse la vida decidiendo qué comer. Para los indecisos como nosotros es el abismo del dilema, porque todo nos gusta pero nada nos convence del todo. Al final nos hemos decidido por un local de ensaladas, que hacía tiempo que no comíamos sano. Para compensarlo, unos donuts de postre.
Las Torres Petronas por última vez antes del helipuerto
Al lado estaban las Torres Petronas, y no íbamos a despedirnos de la ciudad, y del país, sin volver a pasar por ellas y hacerle trescientas fotos más. Le buscábamos nuevos ángulos mientras tratábamos de quitarnos de encima a la multitud de buscavidas que rentan unos aparatitos para darle a la cámara de los móviles más campo de visión, para conseguir que la foto con las torres resulte aún más impactante. También hemos tenido que lidiar con un niño que ha decidido que su divertimento del día iba a ser mojarnos (hay fuentes enfrente de las torres, donde todo el mundo se saca la foto para el recuerdo) mientras nosotros apuntábamos bien arriba, tratando de encuadrar con acierto.
Desde ahí hemos ido a un helipuerto en Kuala Lumpur. No, no hemos tomado un helicóptero para sobrevolar la ciudad. Todavía no somos ricos y esos lujos solo los fantaseamos. Pero nos habíamos informado que ese helipuerto, en medio del skyline, servía de punto panorámico privilegiado. Y era cierto. Las vistas eran fantásticas, pura ensoñación. Hacia todos lados: 360 grados de pura impresión.
Un atardecer para el recuerdo
Por un lado se ponía el sol, por detrás de la puntiaguda y afilada torre de telecomunicaciones, el segundo edificio más alto de la ciudad. El naranja intenso se mezclaba y jugaba con las nubes. Las tonalidades mutaban a los lados: amarillos, ocres, rosados. Al final, cuando ya quedaba poco para oscurecer, el rojo intenso, casi sangre, marcaba el fin del sol en esta parte del mundo.
Del otro lado, las Torres Petronas, tan estilizadas y elegantes, tan perfectamente levantadas, se iluminaban poco a poco, proyectando su luz hacia todos lados. Para disfrutar de dos horas de una vista para el recuerdo solo hemos tenido que abonar las dos cervezas más caras de lo que llevamos de viaje: 7 € cada una. Los valían. El Heli Lounge Bar, el helipuerto de Kuala Lumpur, lo vale.
El durián, el fruto prohibido
Nuestra última cuenta pendiente en Malasia era probar el fruto prohibido, el manjar que prohíben en los hoteles, establecimientos y transportes públicos: el durián. Esta fruta tropical es una especie de mito, un manjar para sibaritas a los que les gusta mancharse mientras comen. El durián tiene un olor muy fuerte, muy desagradable, y de ahí su prohibición generalizada. En cambio, en los mercadillos de comida callejera es el rey.
Hay decenas de puestos en los que solo se vende durián. Para los locales se los cortan ahí mismo, los abren y les dan unos guantes para que los guarreen. Y lo hacen con ganas. Le sacan la corteza enorme (tiene forma de melón, o de piña) y empiezan a comerse los trozos de fruto del interior. El color es amarillento y la forma del fruto recuerda al de una pechuga de pollo.
Teníamos que comprobar si el sabor era tan desapacible. Para nosotros, turistas, los puestitos de durián venden pequeños platos con el fruto ya servido. Son caros, pero había que hacerlo. A uno de nosotros le ha parecido mucho más asqueroso de lo que esperaba. Al otro, en cambio, el sabor le ha sorprendido para bien —o para no tan mal—. Después del durián ya no queda nada en Malasia para nosotros, nos marchamos rumbo a nuestro cuarto país del viaje.