En un alarde de optimismo, habíamos hecho grandes planes para nuestro primer día en Borneo, el único que vamos a pasar entero en la ciudad de Kota Kinabalu, la puerta de entrada a la zona malasia de esta enorme isla que también acoge Brunéi y una parte de Indonesia. Llegamos a Borneo como el que acude al llamado de lo ajeno y lo desconocido, a la promesa de una gran aventura. Para ello hemos planificado una ruta con diversas paradas que inevitablemente pasan, de manera repetida, por Kota Kinabalu.
Kota Kinabalu, la primera impresión de Borneo
Esta ciudad tiene un carisma isleño que no se esfuerza en disimular. Los habitantes de Kota Kinabalu caminan lentos y hablan tranquilo, son amables y risueños, se toman la vida con una calma que desarma a los que llegamos del ajetreo constante barcelonés. En la ciudad se respira un aire húmedo y salado, y una sensación de ubicarse en los márgenes de los mapas reconocibles. Y pese a ser tan desconocida, más de 600.000 personas viven aquí, muchas de ellas en trabajos vinculados al turismo.
Porque Kota Kinabalu es la puerta de entrada al Borneo malasio para la mayoría de los viajeros que visitamos esta isla enorme —la tercera más grande del mundo— de fauna y flora incomparable. En Kota Kinabalu se ubica el Parque Nacional de Tunku Abdul Rahman, que con ese nombre poco evocador uno piensa en cualquier cosa menos en lo que es: un pequeño archipiélago de cinco islas frente a la costa, de aguas turquesa y selva frondosa, donde se viene a hacer snorkel y a tumbarse bajo las palmeras a pasar el día.
El encuentro con el monitor lizard en la isla de Mandukan
El modo de visitar el parque es enrevesado, pues uno puede tomar distintos barcos para visitar el número de islas que decida, y hay decenas de turoperadores que ofrecen exactamente lo mismo y al mismo precio, con lo que uno no entiende por qué debería escoger una u otra o ninguna. Al final hemos sabido entender que podíamos comprar un billete en el mostrador oficial, que nos ha derivado a una de las compañías para ir y volver de la isla de Mandukan, la más visitada y mejor acondicionada para las necesidades del turista ocasional.
La estancia en la isla ha sido corta pero intensa. Hemos tenido tiempo de protegernos del sol, de admirar su belleza, de hacerle decenas de fotos al agua azul turquesa y de encontrarnos con un enorme bicho que se deslizaba por la arena, un primo cercano del dragón de Komodo, que después hemos sabido que se llama monitor lizard. El tremendo bicho ha aparecido en la arena cerca de los árboles, y ha empezado a desplazarse con pereza dejándose admirar por los turistas curiosos, que lo hemos fotografiado a destajo. El señor monitor lizard se ha pasado sus buenos veinte minutos de paseo por la playa hasta que finalmente se ha escondido entre la selva.
A las cuatro de la tarde hemos vuelto a Kota Kinabalu. El trayecto desde Mandukan apenas dura veinte minutos. Esta parte de Borneo es un destino al que acuden sobre todo chinos y coreanos. También nos hemos cruzado con bastantes europeos, italianos especialmente. Españoles muy pocos. Es mucho más sencillo sentirse realmente lejos de casa, auténticamente de viaje, cuando el único español que escuchamos es el del otro: la una con acento español y el otro con acento aproximadamente mexicano.
Satay y nasi lemak, nuestra cena en Kota Kinabalu
Nos hemos alojado en un poshtel, un concepto que evoluciona al hostel y se las da de sofisticado, para mochileros exigentes. En realidad, es un hotelito con ínfulas de boutique pero con encanto impostado y baños compartidos. Qué más da, está limpio y céntrico y es bastante económico. Como casi todo en Malasia, claro, porque en Kota Kinabalu hemos recordado que el Sudeste Asiático se convirtió en nuestra región viajera predilecta del mundo por muchas razones, y que lo asequible que resulta todo aquí se encontraba en lo más alto de la lista de motivos.
De hecho, hemos cenado en Moginum, un restobar, tres platos y dos bebidas por trece módicos euros. Trece euros son en realidad una barbaridad para los estándares de la región, pero una bicoca para los nuestros. Hemos recordado que la comida también era un argumento de peso para escoger el Sudeste Asiático para viajarlo una y otra vez. Nos han servido un nasi lemak riquísimo, uno de los platos estrella del país, una mezcla de arroz, verduras, huevo, cacahuetes y anchoítas diminutas. Y también hemos pedido dos raciones de satay, las brochetas de carne marinadas y con una riquísima salsa de cacahuete. Y así nos hemos retirado pronto a dormir, que mañana toca madrugar para irse a la selva.