Nusa Penida, la vecina salvaje de Bali | Día 13

Hacía tiempo que uno de nosotros tenía marcada con una chincheta enorme Nusa Penida. La culpa era de una foto, la de una playa que dibujaba caprichosa una silueta de dinosaurio en su contorno. La imagen, tan surrealista, tan imposible, era de verdad. Sin saber en qué punto del mundo estaba ese lugar, él se propuso que tenía que conocerlo. Más tarde se enteró que esa playa, con forma de sátira a nuestros primeros antepasados, estaba en una isla al lado de Bali, en Nusa Penida. Y cuando Bali entró en el itinerario de viaje de Cultura Nómada por Asia, la playa con forma de dinosaurio se convirtió en el punto a visitar. Bueno, en uno de ellos. No ha sido hasta el penúltimo día de nuestras dos semanas de vida balinesa que por fin pudimos —pudo— certificar que esa foto increíble está tomada en un lugar de verdad, en uno de los espacios naturales más caprichosamente tallados por la naturaleza. Nusa Penida, en el mapa gracias a la viralidad Llegar a Nusa Penida no es sencillo. Hoy lo es más que ayer, pero menos que mañana. La mencionada foto se ha convertido en un fenómeno viral: se ha compartido, se ha difundido, se ha comentado, se ha anhelado. Lo que hace tres años no entraba en la Lonely Planet de Bali —porque no menciona la playa, siquiera— es ahora uno de los spots preferidos de Bali, sin estar en Bali, de la generación de Instagram. Somos producto de nuestras aspiraciones fotográficas. Seguro que la nueva edición de la Lonely Planet de Bali no solo menciona la playa, sino que la sitúa como uno de sus sitios destacados. Las preferencias y las prioridades, en lo que a viajes se refiere, ya no las marcan las guías, sino Instagram. Porque de no ser por la aplicación nadie se hubiera enterado que Kelingking Beach, que es como se llama la playa, existe. Y Nusa Penida seguiría siendo un lugar remoto al que solo se aventurarían los aventureros de verdad, los que no necesitan de imágenes virales para saber qué lugares explorar. Cómo visitar Nusa Penida sin perderse en el intento Para facilitarnos las cosas contratamos una excursión con una agencia. Y como nosotros, otras doscientas personas. La agencia ha llenado a las 08.00 h de la mañana dos barcos de casi un centenar de personas cada uno. Y otra decena de barcos salían igual de llenos a esa misma hora con destino Nusa Penida desde el puerto de Sanur, en Bali. A la isla la agitan cada mañana los 2.000 o 3.000 curiosos que vienen a conocerla. De normal, ya por la tarde-noche, Nusa Penida tiene unos 50.000 habitantes dispersos en su enorme diámetro. Apenas hay dos o tres concentraciones de población con un par de calles que podrían aspirar a la denominación de pueblo. Para subirse al barco hay que mojarse las piernas. Atraca a diez metros de distancia de tierra firme. Hay que remangarse los pantalones, subirse bien la mochila, quitarse los zapatos y dejar que los operarios de la empresa te ayuden a sortear las piedras que hay hasta la playa. Una vez arriba, hay que esperar a que la embarcación se llene. El oleaje es leve pero molesto, la nave se mece sin encanto, provocando un pequeño mareo. El trayecto entre Sanur, en Bali, y el puerto de Nusa Penida es de una media hora en un barco rápido. Según el día la travesía puede resultar una pesadilla. No queremos imaginarnos cómo será con mal tiempo, porque con buen tiempo, hoy, ha sido incómoda. Al salir de Bali y acelerar, el barco ha empezado a dar unos saltos enormes. Saltaba y acuatizaba, y así todo el rato. Nos hemos equivocado sentándonos delante, porque sentíamos cada uno de los botes con una intensidad mayor que en la parte trasera. Llegada a la isla A la media hora, por fin hemos llegado a Nusa Penida. El aspecto a lo lejos es el de un islote enorme abandonado, devorado por la vegetación. En el muelle nos esperaban no menos de cincuenta coches a todos los que veníamos en los dos barcos. Eran todos del mismo modelo de una marca japonesa, la mitad blancos y la mitad negros. Nada de todoterrenos, que sería el coche adecuado para circular las impracticables carreteras, caminos y sendas de la isla; eran coches familiares, hechos para que en cada uno de ellos entráramos cinco además del conductor. Un indonesio con aspecto despreocupado y risueño, con sus tres frases en inglés bien entrenadas, nos esperaba con un cartelito en la mano donde se leían nuestros nombres. Durante todo el día no se ha quitado sus gafas de antiguo aspirante a matón y sus auriculares, en los que debía escuchar la misma pésima selección musical con la que nos ha amargado toda la excursión. En su playlist cabía todo: un remix muy hortera de Despacito, música tradicional balinesa o los últimos éxitos poperos y chumba chumba. Aparte de eso era un chaval simpático, que ha querido saber de dónde éramos y que conducía como si conociera todas las curvas de la isla al milímetro. La primera parada, Kelingking Beach La experiencia con el tour ha sido como con todos los tours: insatisfactoria. Porque no es nuestro estilo de viaje. Porque te resta libertad y te obliga a ajustarte a lo establecido y a tus compañeros de excursión. Dos chicas y un chico de origen chino nos acompañaban. Hablaban entre ellos a ratos en mandarín y a ratos en inglés con acento australiano. Eran seguramente aussies, aunque no sabríamos adivinarles el parentesco que les unía. La primera parada ha sido Kelingking Beach, la playa del dinosaurio. Esto después de media hora de conducción agresiva por unas carreteras lamentables, a ratos asfaltadas a ratos de tierra. No queremos imaginarnos cómo debían ser esos caminos cuando la playa todavía no era viral; quizás no era viral justamente porque no había camino por el que acceder a ella. El caso es
De Ubud a Sanur | Día 12

Bali, tan rodeada de costa, no presume sin embargo de las mejores playas del mundo. Ni siquiera de las mejores playas del país. La imagen de la playa paradisíaca de agua cristalina, de arena blanca finísima, es una asociación incorrecta. Las playas de Bali son salvajes, rocosas, con un oleaje perfecto para los surfistas pero desaconsejable para los bañistas. El objetivo del cambio de Ubud a Sanur, pues, no iba a ser buscarle a Bali sus mejores playas. Porque no hay que venir a Bali con la pretensión de encontrar la mejor playa. Para eso hay que darse un respiro de Bali —¿darse un respiro de Bali?— y visitar alguna de sus islas vecinas. Especialmente las Gili, tres pequeños islotes a los que se llega en un par de horas de barco. Son lugares solo aptos para los entusiastas de la playa, porque es todo lo que hay que hacer. Como de nosotros dos solo una entra en esa categoría, y el otro es del equipo contrario, lo de las Gili lo dejaremos para otra ocasión. Ya disfrutamos de dos días geniales en la arena de las Kapas, cubriendo el expediente playero. La conveniencia de Sanur para el final de Bali Por eso en Bali hemos evitado las ciudades costeras. Solo al principio nos quedamos en Kuta, por céntrica y cercana al aeropuerto, donde los australianos han convertido la ciudad en su gueto para surfear. Desde esos dos días hemos transitado el interior de la isla, donde están todos los templos, los arrozales, las cascadas, los lagos, los palacios y Ubud. Nuestro único contacto con el agua fue en la piscina de nuestro alojamiento de Tanah Lot, en el De Moksha Eco Friendly Boutique Resort. Pero los dos últimos días en Bali los vamos a dormir —que no pasar— en Sanur, otra ciudad playera, muy cercana a Denpasar, capital de la isla y donde está el aeropuerto. De nuevo, la elección costera es pura conveniencia. Nos va bien para tomar mañana el barco de nuestra excursión a Nusa Penida, porque desde el puerto de aquí salen los botes, y está a muy poca distancia del aeropuerto, al que tendremos que trasladarnos dentro de dos días para despegar rumbo a nuestro nuevo destino. Nuevo dolor de cabeza para moverse de Ubud a Sanur Por poco no seguimos alojados en Ubud, de hecho. Nos gusta tanto Ubud que estábamos dispuestos a sacrificar unos cuantos euros por ella. El alojamiento nos habría costado más y también la excursión de mañana, porque debíamos incluir un transfer carísimo hasta el puerto. Al final venció la razón sobre el corazón. Nos hemos despedido con pena del hermoso retiro de nuestros dos últimos días, del DLobong Suite, donde hemos sido los únicos ocupantes del hotel durante las dos noches. Nos ha tocado volver a batallar el transporte para llegar de Ubud a Sanur. Será lo único que no echemos de menos de Bali: lo complejo de moverse de un sitio a otro. Aquí en Sanur hemos vuelto a las homestay balinesas, en el alojamiento Buyan Homestay. Dejando de lado los súper resorts y complejos hoteleros que no nos podemos permitir —cada día—, nos parece que las homestay son los alojamientos perfectos en Bali. Porque te mantienen en contacto con la cultura local. Encima, son baratos, están siempre limpios e incluyen unos desayunos riquísimos. La cena callejera en Sanur Desde nuestro homestay hemos ultimado detalles de lo que está en curso y de lo que ha de venir y luego, ya por la tarde, hemos salido a pasear un poco Sanur. Mañana no nos dará tiempo a ver nada y habría sido feo no verle la cara, aunque fuera de perfil, a la ciudad que nos va a alojar estas dos noches. Además, teníamos que comer algo. Así que nos hemos encaminado en dirección al mar, que no hemos visto. Era una calle antes donde estaban todos los restaurantes, así que el mar tendrá que esperar a mañana. En el warung Little Bird hemos vuelto a insistir con el nasi goreng, nuestro plato preferido indonesio. Tan simple pero tan rico: arroz, huevo, algunas verduritas y pollo. La comida, como siempre en Bali, maridada con buen zumo de frutas. Después hemos buscado el postre en un pequeño mercado de comida callejero de quita y pon que cada tarde abre a eso de las 17.00 h, el Sindhu Night Market. En uno de los puestos nos hemos decidido a probar algo que ya habíamos visto antes: una suerte de panes de molde rellenos de dulce. Un cruce aproximado entre un waffle y un pancake, pero con pan de molde, que hemos rellenado de vainilla y arándanos. Una delicia llena de azúcar que ha servido para cerrar el día de la manera más edulcorada.
En bici hasta Ubud | Día 11

Para que el aislamiento solo fuera relativo, para que siguiéramos sintiéndonos ciudadanos del mundo en el centro de Ubud, hoy hemos alquilado dos bicis. Es la segunda vez en el viaje que lo hacemos, las dos en Bali. Seguimos frustrados por nuestra incapacidad para conducir en moto. De hecho, ese va a ser nuestro propósito de vuelta a casa: aprender a ir en moto. Para cuando nos toque volver a Bali, claro. Pero hoy, de momento, íbamos a necesitar una bici para llegar a Ubud. Hemos desayunado en la habitación en nuestro idílico retiro, el DLobong Suite, asombrados de que puedan existir paisajes tan bonitos. La parte mexicana de Cultura Nómada, que a veces es una valiente, incluso se ha despertado para ver un amanecer de película. El sol aparecía tímido al fondo, iluminando a uno de los volcanes de la isla, que se erigía justo por detrás del verde de los árboles y los campos de arroz. La imagen ha sido tan bonita que mañana repetirá, y está tratando de convencer a la otra mitad del equipo para que la acompañe. Y eso que ella no es precisamente diurna. El Tour de Bali, llegando en bici a Ubud Desandar el camino que ayer padecimos ha sido como alimentar el recuerdo de una pesadilla que quieres olvidar. No sabíamos lo que nos esperaba por la tarde. El camino hasta Ubud desde aquí no es sencillo. Son solo dos kilómetros, pero la carretera es estrecha, los coches y las motos te rebasan constantemente y los sube y baja son tan constantes, y tan pronunciados, que mantenerse pedaleando todo el rato es un imposible. Por eso, cada tanto teníamos que bajarnos para superar una cuesta a pie. Ya en Ubud el tráfico se veía distinto: éramos parte de él. Desde la carretera se veían las mismas caras de siempre: yoguis, modernos, instagramers… La comunidad de ciudadanos de Ubud la componen, en su mayoría, veinte-treintañeros retirados de su Occidente natal e inmigrados a un simulado paraíso del encuentro entre culturas. Ubud brilla con sus homestays balinesas y sus restaurantes healthy-veganos. Para recomponernos del cansancio nos hemos sentado un rato en uno de estos últimos a tomar unos zumos. Qué buenos están los zumos de Indonesia. La riquísima comida balinesa Aprovechando que teníamos la bici, hemos querido alejarnos un poco de las calles principales de Ubud para buscar dónde comer. Lo fantástico de esta ciudad es que en cinco minutos parece que has entrado en otra dimensión. Por una callecita, en la que hemos tenido que apearnos de la bici para pasar, hemos encarado una especie de paseo hasta dar, unos pocos de cientos de metros después, a un horizonte de 360 grados de campos de arroz. Estábamos al lado de la Ubud del tráfico y el ajetreo, pero sin embargo aquí se oía cómo los arroces chocaban entre ellos mecidos por el viento. Hemos llegado a nuestro destino, el Sweet Orange Warung: un restaurante que sirve comida local vegetariana. Todo estaba muy rico y, de nuevo, los zumos eran excelentes. Como las vistas: arrozales hacia todos los lados. Los chicos del restaurante nos han ayudado a solventar el primer percance de nuestros medios de transporte, colocando en su sitio la cadena que se había salido de una de las bicis. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Se confirma: ese es el camino maldito Con el estómago lleno nos hemos aprovisionado en el supermercado Coco, el supermercado de cabecera de Cultura Nómada en Ubud —un sitio frecuentado por yoguis, modernos e instagramers— para llenar también el estómago por la noche. Y desde ahí hemos encarado la vuelta a nuestro remoto e idílico retiro. Pero cuando iniciábamos la carretera que ayer caminamos con las mochilas, la otra bici ha dicho basta. Se le ha salido la cadena y no ha habido manera de arreglarla. Momento déjà vu: nos hemos visto obligados a caminar dos kilómetros, de cuestas y pendientes, con la bici al lado. El camino maldito nos quería decir algo ayer y hoy ha vuelto a insistir: nómadas, en el fondo sois unos cosmopolitas, debíais seguir alojados en el centro de Ubud.
La vida contemplativa (en Bali) es la vida mejor | Día 10

Nos tocó ser drásticos: ya tenemos fecha de salida de Bali. Será el próximo jueves. De no estar en nuestros planes iniciales, Bali ha pasado a atraparnos hasta consumir dos semanas enteras de nuestro viaje. Y cuando quieres ver tanto y el tiempo es definido, cada día cuenta. Por eso, sabiendo que volveremos, era el momento de ponerle fecha de caducidad a nuestra primera experiencia aquí. Ningún día es en balde aquí, incluso la vida contemplativa en Bali adquiere una nueva dimensión. Ni los días transitorios, ni los poco turísticos, ni los de llegada o salida, ni los de traslados son en balde. Todos han sido disfrutados. Todos serán añorados. Por ejemplo, el de hoy: relajado, observador y de planificación para lo que ha de venir. Arrozales y paz a dos pasos de Ubud Seguimos en Ubud pero nos hemos cambiado de casa. La de los dos últimos días, la Jiwa’s House, no nos gustó —por desaseada— y queríamos retirarnos del centro de la ciudad para pasar un par de días rodeados de naturaleza y arrozales. La culpa la tuvo Kadek ayer. Nuestro conductor y guía, ya de vuelta de la excursión al templo de Lempuyang, nos trajo por un camino remoto. Era la parte final del trayecto y Google Maps aseguraba que estábamos muy cerca del centro de Ubud. Nos miramos sabiendo que estábamos de acuerdo sin haber hablado siquiera del qué, como de costumbre. Nos encantó la paz del lugar, la belleza del paisaje, lo idílico del retiro —sin estar tan retirado—. Son solo dos kilómetros desde el centro de Ubud. Tan pocos, pero en realidad iban a ser tantos. Entre los arrozales veíamos nombres de hoteles, villas y homestays. Los apuntamos a vuelapluma, sin valorar lo asequibles que pudieran ser para nuestro maltrecho presupuesto viajero. Un nuevo alojamiento para recordar Buscando disponibilidad y precios por la zona, encontramos varios que se ajustaban a lo que buscábamos. Eran buenos, muy bonitos y bastante baratos. Nos quedamos con el hotel DLobong Suite, el que parecía más nuevo y cuidado, que coincidía con el que tenía mejores vistas — según las siempre arbitrarias fotografías de Booking—. Conscientes de lo complejo de volver a la ciudad una vez allí, decidimos que no volveríamos, que nos quedaríamos en nuestro retiro. Al menos hoy. Por eso nos hemos aprovisionado bien de buena mañana: pan, galletas, aguacates, tomates, queso y mucha cerveza. Nos hemos montado un banquete con los arrozales como telón de fondo. El vino salía muy caro, así que escogimos la oferta en cerveza de nuestro establecimiento favorito de la isla: compra tres birras y llévate una gratis. Es el único sitio de Bali en el que hemos visto chollos así. Por eso el dependiente ya nos conoce las caras y sonríe cuando, otro día más, volvemos a reincidir. Deberíamos pedirle tarjeta de fidelización. Buscando taxi, decidimos caminar El único problema —como siempre en Bali— ha sido desplazarnos. Hacer dos kilómetros andando no es una utopía. Ha habido días durante el viaje en que hemos caminado casi una veintena. Pero sí lo era andarlos con las dos mochilas grandes, las dos pequeñas y las bolsas de la compra. No hemos conseguido un Grab ni un Gojek (las Uber de Bali), porque ningún conductor ha querido arriesgarse a entrar en la zona conflictiva —el centro de Ubud es coto vedado para los taxistas locales— para una carrera tan corta. Así que nos ha tocado salir a la carretera. Tratábamos de buscar uno de los taxis azules de la compañía Bluebird, la única aparentemente honrada y con taxímetro. Pero no hemos encontrado ninguno. Le hemos preguntado entonces a uno de los muchísimos taxistas que ofrecen sus servicios cartelito en mano en medio de la calle. Le hemos enseñado el hotel en el mapa, remarcándole que eran menos de dos kilómetros. “Uy, muy lejos, hay que ir recto un rato y luego a la izquierda”, ha empezado. Y entonces, el disparate: “Muy barato, os llevo por 150.000 rupias”. Lo que equivale a unos 10 €. Nos hemos girado y hemos seguido caminando, mientras, entre risas, rebajaba un poco la oferta: “De acuerdo, 100.000”. Seguía siendo un disparate. El precio justo, el que nunca habríamos podido conseguir, era de 30.000 rupias a lo sumo. Una estampa ridícula Visto lo visto, hemos decidido aventurarnos a caminar. El calor no es tan intenso todavía en Bali, y quizás por eso nos hemos animado. Para llegar al hotel teníamos que caminar una calle de las principales, con aceras, y luego pasar a una carretera de dos carriles muy estrecha en la que los peatones no son bienvenidos. Nos ha dado igual, nosotros, con nuestras cuatro mochilas y nuestras bolsas de la compra, preferíamos el sacrificio de cuarenta minutos andando que la estafa de un estafador que se cree capaz de estafarnos. La estampa era ridícula. Nos cruzaban constantemente coches y motos, a los que era fácil adivinar una media sonrisa de asombro al vernos. Hemos hecho un par de paradas, hemos seguido caminando, hemos encarado una cuesta enorme que ha acabado de empaparnos las camisetas de sudor. Entonces encarábamos el último kilómetro de trayecto, cuando solo habíamos recorrido uno. La mitad del recorrido por delante y nosotros al borde de arrastrarnos y claudicar. Dos ángeles montados en moto En estas, han aparecido una chica y un chico en moto. A ella la había visto mirarnos con cara de compasión, como solidarizándose con nosotros. Le había adivinado la expresión, porque resulta que le había dicho a su compañero de viaje que dieran la vuelta para llegar hasta nosotros. Se ha parado al lado nuestro y nos ha preguntado que dónde íbamos. Le hemos dicho que nuestro alojamiento estaba un kilómetro por delante. “¡Un kilómetro! ¿Cómo pretendéis ir así, con todo eso?”, se ha exaltado. Se ha visto un poco reflejada en nosotros: “Nosotros también viajamos así”. ¿Qué será así? ¿Dando pena? Creemos que se refería a las mochilas y a buscar el ahorro todo lo posible. “Os llevamos”, ha
El templo de Lempuyang, cuando la foto es el trofeo | Día 9

Kadek nos esperaba puntual a las ocho de la mañana en la calle contigua al hotel, como se nos había prometido ayer. De impuntuales han pecado, sin embargo, en nuestro alojamiento, el Jiwa’s House. Pedimos que nos sirvieran el desayuno a las 07.00 h porque teníamos que salir corriendo a hacer la larguísima excursión del día, en la que íbamos a visitar el templo de Lempuyang. Pero nuestra tortilla y nuestro waffle de queso y plátano —una combinación de lo más arriesgada— no han llegado hasta las 07.45 h. Con lo que nos ha tocado desayunar apresurados. Como fanáticos del desayuno nos declaramos indignados. Porque lo que nos han traído estaba rico, pero no hemos podido degustarlo con calma. Nosotros somos de los que filtramos los hospedajes por ‘desayuno incluido’. Y ante la duda entre dos o más alojamientos, siempre optamos por el que tiene mejor puntuación en el apartado desayuno. Y pensar que en la India sobrevivíamos a nuestra comida favorita con dos galletas. De camino al templo de Lempuyang El día iba a ser largo y de ahí la hora de comienzo de la excursión. Desde Ubud, en el centro de Bali, había que ir primero hasta el noreste de la isla, en una zona mal comunicada. Dos horas de coche, que han servido para sumarle horas de sueño al madrugón, era el primero de los peajes para poder conseguir la foto entre las fotos en Bali. En el templo de Lempuyang están las puertas del cielo, una imagen de lo más épica en la que parece que uno se eleva por encima de todo, que flote enfrente de la silueta de un volcán. En los días tapados, como hoy, el lugar del volcán lo ocupan las nubes. La imagen no pierde ni un punto de legendaria. Pero para poder conseguirla antes habrá que pasar por muchos obstáculos. Pagar un donativo y por el préstamo de un sarong —una prenda que es una especie de pareo, que hay que ponerse para cubrirse las piernas— es lo de menos. Una vez en lo alto del templo un gentío enorme se interpone con la puerta del cielo, la fotografía que todos han venido a tomarse. La foto más buscada, la mentira mejor conseguida La foto es una mentira más alimentada por Instagram. Una experiencia que de ridícula resulta hasta divertida. La imagen icónica refleja a la persona con las puertas, por delante del fondo de nubes y volcanes. Uno, antes de llegar, se imagina que Lempuyang es un templo bañado en agua, y de ahí el reflejo. Mentira podrida. Nada que ver. Al llegar nos hemos lamentado: “Vaya, hoy no hay agua, la foto saldrá sin reflejo”. Nos ha llevado cinco minutos enterarnos. Ha sido una sensación de frustrada decepción, como cuando te enteras que Papá Noel no entra por la chimenea, sino por la puerta de la habitación de tus padres. El reflejo es una deformación de la realidad, una ilusión que se vende al mundo: es un espejo colocado debajo de la cámara del móvil. Así, cuando uno se hace la foto aparece doble, del derecho y del revés, igual que las puertas, las nubes y el volcán. Es la mentira más bonita jamás inventada, una transgresión muy acertada de la realidad. La odisea para conseguir la foto en las puertas del cielo Para obtener la preciada fotografía hay que hacer una cola larguísima de más de dos horas. A pleno sol, es muy divertido ver las poses de los que te preceden. Uno empieza a imaginarse ahí de pie y entrena sus propias posiciones: con los brazos en alto, en uno de los lados, sentado, saltando… La espera se hace eterna y uno se siente cómplice de una broma pesada, de una falacia que después correrá a contarle al mundo. Cuando nos ha tocado el turno, ya cansados de la espera, decepcionados con nosotros mismos por participar de esa farsa, hemos ensayado rápido nuestras posturas y nos hemos sentido el centro de la escena. Del otro lado, varios chicos —que trabajan en el templo, se entiende— se encargan de hacerte la foto. Son profesionales del enredo. Están acostumbradísimos a la operación y manufacturan cientos de fotografías por hora. Se lo pasan genial: “Otra pose, siguiente, ahora salta”. Dan órdenes y sacan unas fotografías impecables, de bazar chino: todas son iguales. Pero todos quedamos increíblemente satisfechos con el resultado. Nos vamos del templo de Lempuyang felices con nuestro trofeo, que guardamos como oro en paño en el móvil. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Tirta Gangga y Besakih Después de pasar casi tres horas en el templo, que es el escenario de la ficción balinesa más grotesca, Kadek nos ha conducido a las otras dos visitas del día. En Tirta Gangga hemos conocido la antigua residencia del rey. Nuestro conductor se esforzaba en hacernos también de guía, y se disculpaba por no saberse explicar mejor. Es un tipo honesto y simpático, ha sido un placer compartir la excursión con él. Explicaba que ahora vienen muchos turistas chinos, pero que no se ve aprendiendo mandarín: “El español me gusta más”. Después del palacio hemos ido a Besakih, un complejo enorme de templos donde se celebran algunas de las ceremonias religiosas más importantes de la isla. El lugar es muy grande, y muy bonito. Lo hemos disfrutado especialmente porque había pocos turistas. Nada que ver con las muchas horas de cola de Lempuyang. Paciente, Kadek no ha rechistado cuando le hemos hecho mil fotos a ese espléndido lugar. De vuelta nos ha invitado a echarnos una siesta. Pero el paisaje era mejor que la mejor de las siestas. Bali te obliga a prestarle atención constantemente. Seguiremos unos cuantos días más en ello.
Nueva visita a Ubud, nuestro centro de operaciones en Bali | Día 8

Los días de transición formarían más de una semana de lo que llevamos de viaje. Son jornadas solo necesarias. Caducas por su irrelevancia pero importantes por enlazar ciudades —o países— y momentos. Son días en los que el paisaje es pasajero, y eso es también divertido. Subidos en trenes, buses o, como hoy, en coches, descubrimos cotidianidades que se esconden mientras repetimos visita a Ubud. Esos lugares transitorios están lejos de los lugares donde nos hospedamos, y por eso se distancian de la imagen turística y se acercan a su reverso. Para el caso, la Bali de los balineses. “The real Bali”, como decía esta mañana Agus, uno de los camareros del hotel, mientras nos servía el desayuno más increíble de lo que llevamos de viaje. Hemos acabado nuestros dos días de vino y rosas con unos huevos benedictinos y dándonos el último baño en la súper piscina del De Moksha Eco Friendly Boutique Resort. El dilema de volver al resort después de la nueva visita a Ubud Agus nos invitaba a volver al resort después de nuestros planes para los próximos días en Ubud y en Sanur, asegurándonos que a través de él conseguiríamos un precio más económico. Le hemos seguido la corriente: “Vaya, qué bien, lo pensaremos”. Pero no, no hay nada que pensar: el exceso de gasto ha quedado cubierto. Agus seguía tratando de convencernos: “Si volvéis os llevaré de excursión con bici por los alrededores, para que podáis conocer la Bali de verdad”. ¿Y qué será la Bali de verdad? Bali la componen todas sus realidades, ¿no? Como a todos los sitios. Que se haya desnaturalizado, que haya deformado su identidad, es causa del turismo. Pero es la pescadilla que se muerde la cola: si Bali no fuera tan bella e interesante no sería turística. Y si no fuera turística, Agus no trabajaría en un resort ni podría organizar excursiones. La Bali de verdad y la de Instagram Nos alejábamos de la zona de Tanah Lot y del resort, al oeste de la isla, para volver al centro, a Ubud, donde está la Bali que, siguiendo con la lógica de Agus, sería la de mentira. En Ubud la proporción de extranjero por indonesio es de 5 a 1. En la Bali de mentira hay mucho de impostura. Es la Bali de los vestiditos, las camisetas de tirantes que enseñan músculo, los supermercados healthy, los restaurantes veganos, los cafés de diseño y los coworking. El paraíso para los millennial del mundo con el paladar entrenado que huyen de las frustraciones domésticas. En Bali —en Ubud— la promesa es buena vibra, diversión y una vida mejor. ¿Quién no se apunta a Bali —Ubud—? El caso es que la vuelta, la nueva visita a Ubud, no responde a cuestiones inmobiliarias. No, no estamos buscando casa en la zona. Todavía. Hemos vuelto porque desde aquí saldremos mañana a hacer la segunda excursión larga. El chico que ya nos acompañara el otro día, Kadek, volverá a llevarnos a algunas de las visitas imperdibles de la isla. Ahora, a la zona del noreste, donde las carreteras lo son menos y el postureo se eleva a niveles estratosféricos. Los templos de mañana figuran entre los más instagrameados de Bali. No se trata de seguir la corriente, pero a veces es ilógico desviarse del circuito lógico. Es un poco como lo de la ‘Bali de verdad’. Si el lugar está entre los favoritos de Instagram será porque es bonito. Demonizar a Instagram es como demonizar al turismo. Y, sin embargo, los practicamos en la misma medida que los criticamos.
Pedaleando hasta el templo de Tanah Lot | Día 7

Hace ya una semana que llegamos a Bali. Se nos ha pasado tan rápido. Cuando decidimos desviarnos del plan establecido —qué divertida la contracorriente— pensamos en hacer una incursión rápida en la isla, para testear su validez como foto de portada de todas las revistas de viajes. Pero la incursión rápida ha pasado a la fase de ‘bueno, recortamos días de otros países’. Y en esas estamos, alargando no sabemos hasta qué día nuestra estancia en Bali, conociendo hoy el templo de Tanah Lot. Sabemos que mañana y pasado volvemos a Ubud, para seguir turisteando el norte de la isla, y que los dos días siguientes queremos pasarlos en Sanur, una zona playera del este. Desde ahí la intención es ir a Nusa Penida, una isla más pequeña a pocos kilómetros de lancha que, según se comenta, todavía vive virgen de turistas y es, salvando las distancias, lo que quizás era Bali antes de que se convirtiera en el viaje preferido de todo los que quieren viajar. Día de disfrute y descanso en nuestra villa Mientras tanto, hemos agotado hoy nuestro segundo día en nuestra villa (más o menos económica) del De Moksha Eco Friendly Boutique Resort. Hemos tratado de rentabilizar nuestra estancia de todas las maneras posibles. Para empezar, hemos desayunado como unos campeones. Pan, del dulce y del salado, con mantequilla y mermelada, varios tipos de fruta —qué buena está la fruta de esta parte del mundo—, un zumo en el que tú decides los ingredientes, café y un plato a escoger entre varias opciones. El desayuno de hoy equivalía, por ejemplo, a varios días completos de comida en la India (en cantidad y sobre todo en calidad). Hemos disfrutado de la piscina comunitaria del hotel para nosotros solos durante toda la mañana. El resto de hospedados debían estar turisteando, o durmiendo, y así hemos podido posterizar nuestra imagen en una piscina espectacular, sin horizonte ni final aparente. Después nos hemos bañado también en nuestra piscina, que pese a más pequeña, más fría y menos nadable no dejaba de ser la nuestra. Ducha al aire libre para quitarnos el cloro y siesta, en una cama con un colchón comodísimo, unas almohadas que se acoplan a la perfección a la forma de nuestras cabezas y las sábanas más delicadamente finas en las que hemos dormido nunca. El templo de Tanah Lot al atardecer Ya descansados hemos tomado prestadas las bicicletas y hemos pedaleado hasta el templo de Tanah Lot. Por el camino, como ayer, los balineses nos saludaban. A nosotros tienen tiempo de dirigirse, porque pasamos a poca velocidad por delante de ellos. Al resto de los turistas los ven fugazmente en sus motos. Son incapaces de distinguirse las caras los unos a los otros. Nos encanta precisamente por eso la bici, te acerca a los lugares de manera amable. Te ayuda a recorrerlos sin prisa, fijándote en los detalles, distinguiendo las facciones, respondiendo a las sonrisas cómplices de los lugareños. Con nuestra bici hemos llegado a uno de los lugares más visitados de Bali: el templo de Tanah Lot. Lo teníamos a una media hora de distancia a pedales, en un paseo tranquilo que solo nos alteraba el tráfico de las muchísimas motos. Todas se dirigían al templo, donde la promesa es tener la oportunidad de observar un atardecer para no olvidar. El día estaba seminublado y nos ha estropeado un poco la fotografía. Pero, pese a las nubes, el templo lucía hermoso. Su particularidad es el emplazamiento que tiene, en lo alto de una roca dentro del mar, elevado lo suficiente para evitar la marea alta. Hoy se podía pasear por los alrededores, tomarle fotos del frente y desde los lados. Pero cuando la marea crece, la roca coronada por el templo queda encharcada en todo su perímetro, haciendo la imagen todavía más sobrecogedora. Con lo idílico del momento se nos ha tirado encima la hora y cuando nos hemos querido dar cuenta teníamos que apresurarnos para que la oscuridad no nos incomodara en exceso la vuelta al hotel. El problema ha sido que nos hemos demorado —más— buscando las cervezas de rigor del día. La estancia había que cerrarla bañándola en cerveza. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
Lujos frugales en Bali | Día 6

When in Bali… Cuando en Bali, había que permitirse un desajuste —otro— en el presupuesto mochilero. Los lujos frugales, en Bali, son posibles y recomendables. Indonesia no está siendo sencilla de manejar en cuanto a la pretendida rigidez de lo que gastamos. Sobre todo en lo que a transportes se refiere. El escaso desarrollo de un transporte público válido nos está costando un gasto extra considerable en taxis. La alternativa económica, la moto, no era opción. Por lo tanto, solo queda el taxi, el conductor privado y los sucedáneos de Uber que operan aquí. Pero todo es sumamente complejo. El sector taxista veta la entrada a los conductores online al centro de las ciudades. Sin embargo, ellos siguen trabajando. Pero una vez pedido el servicio, llega la parte complicada. El conductor te explica que debido a la situación debes moverte varios cientos de metros, a un lugar seguro, para que te pueda recoger. O que te esperes en el alojamiento, pero le digas a los dueños del mismo que esperas a un conductor personal. La compleja movilidad en Bali Por eso nos hemos encontrado ya con varias situaciones incómodas, y muchos sobrecostes. Los trayectos con Grab o Gojek (las Uber de Bali) son más económicos que los de los taxis oficiales, que piden cifras desorbitadas para carreras de muy pocos kilómetros. Transportarse en taxi en Bali es más caro que en España, y lo peor es que casi no hay alternativa. Es ridículo hacer la comparación con Malasia, por ejemplo, donde también opera Grab. Ahí por 2 € hacías un trayecto de media hora. Aquí, por el mismo trayecto, pagas cinco veces más. Y eso con el mismo sistema, con Grab. El caso es que ayer, por ejemplo, un taxista sospechó de nosotros, que esperábamos en el banco en el que el conductor de Grab nos había dicho que nos recogería. El hombre se acercó y se ofreció a llevarnos. “No, gracias”, le respondimos. “¿Dónde vais? ¿Esperáis un shuttle de algún hotel?”, nos inquirió, enfurruñado. “No, tenemos moto, gracias”, mentimos. Así nos lo quitamos de encima. También esta mañana, en el homestay, hemos tenido que tirar de eufemismos: “No, no hemos pedido un conductor online, es un conductor personal”. Los establecimientos, y de hecho todo Ubud —y gran parte de la isla—, se oponen frontalmente a estos servicios de conductor online, y estigmatizan a los que se ganan así la vida, pero también a los turistas que los utilizamos. Para evitar situaciones incómodas hay que mentir y guardarse el móvil para que no vean que utilizas la aplicación. Estos servicios no están expresamente prohibidos, pero sí que están muy mal vistos. Lejos de normalizarse la situación, como en la India y en Malasia, donde cada uno sabía dirigirse a un sector de público concreto, aquí el conflicto late con fuerza. Y el que lo paga es el turista, al que se le complican las cosas. El hotel y la villa que nos merecemos A la postre la culpa es nuestra, en realidad. Deberíamos haber aprendido a montar en moto. Alquilarla cuesta unos 5 € al día. Haremos los deberes para la próxima vez que volvamos —¿para quedarnos?— a Bali. El caso es que el coste de los transportes nos está complicando mantener la media de gasto diario marcada para todo el viaje. Y los sobrecostes vienen también de las entradas a las visitas, las muchas cervezas que no podemos evitar tomarnos y algunos caprichos que decidimos que Bali merecía que nos tomáramos. Como venir a una villa en medio de los arrozales, en la parte oeste de la isla, muy cerca del templo de Tanah Lot, uno de los más importantes para los hinduistas isleños. La villa del De Moksha Eco Friendly Boutique Resort, que debe ser más grande que todos los alojamientos en los que nos hemos hospedado hasta ahora juntos, tiene un baño exterior con aceites corporales, bañera, piscina privada —pequeñita, eh; da para un pequeño remojón— minibar, televisión con Netflix y otras pijadas que no sabemos cómo utilizar. Evidentemente, no hemos venido a la villa más cara de Bali. Las hay de varios miles de euros al día. No hemos juntado tanto dinero, entre los dos, en nuestra vida. En la que estamos hemos pagado 65 € la noche. Que dicho así no suena tanto, pero en rupias indonesias son más de dos millones. Como decíamos, los lujos son frugales en Bali, y accesibles. Paseo en bici, comida en un warung local y vuelta a la villa El hotel es espectacular, pero asequible para alguien que —como nosotros— quiera darse un capricho de dos noches. Y el entorno no le va a la zaga. Estamos en medio de los arrozales, en una suerte de asentamiento con varias casas separadas por varios centros de metros que no sabemos exactamente si sustantivar como pueblo. Al llegar, y después de flipar con nuestra habitación, hemos aceptado el ofrecimiento de tomar prestadas —¡gratis!— unas bicis. Hemos paseado por los bellísimos alrededores, saludando a los balineses que están menos acostumbrados a ver turistas, pedaleando calles a medio asfaltar con horizontes verdes de arroz y comiendo en un warung en medio de la nada, el Cafe Merta Sari, donde una mujer no ha sabido entendernos pero nos ha invitado a que nos sentáramos. Luego, mientras ojeábamos la carta, ha llegado otra mujer, de sesenta, sonriente, que nos ha ofrecido arroz con pollo en un inglés muy solvente. Le hemos pedido, además del arroz, un mie goreng, uno de los platos indonesios por excelencia, y dos zumos: uno de sandía y otro de aguacate. Los zumos indonesios están riquísimos. Y nos hemos vuelto a nuestra villa a ver Netflix, comer patatas y beber cerveza. Otro día menos en la oficina.
El Monkey Forest de Ubud | Día 5

Si nuestro viaje tuviera animal oficial, ese sería el mono. Nos los hemos encontrado en todos los países por los que hemos pasado hasta ahora. En la India los vimos al aterrizar en Delhi, en la misma ciudad, corriendo detrás de algunos policías. También en Nepal nos cruzamos con ellos. Más tarde, en Malasia, en las Batu Caves, eran casi tan llamativos como las escaleras multicolor. Y como no podía ser de otra manera, en Indonesia también hay monos, de hecho los hemos ido a buscar a su hogar: al Monkey Forest de Ubud, aquí en Bali. Nos hemos de confesar desconfiados de ellos. Bueno, sin medias tintas: los monos nos dan pánico. Su comportamiento, sus gestos y sus actitudes son tan humanas. Y eso no es tanto lo que nos da miedo —que también, conociendo a nuestros congéneres—, sino sobre todo lo imprevisibles que resultan. Desde que aterrizamos en Bali y apuntamos en una lista extensísima todo lo que queríamos ver en la isla, teníamos subrayado en amarillo, tono ámbar de duda, el Monkey Forest de Ubud. La visita al Monkey Forest de Ubud El bosque es un enorme parque selvático que se encuentra en medio de la ciudad. Su belleza natural, sus árboles, lianas, plantas y cascadas son su reclamo accesorio. El principal es que está habitado por unos setecientos monos, de varias especies y muchas edades. Los monos viven en semilibertad en el parque, haciendo una vida importunada por los humanos que van a visitarlos. Habíamos leído que los monos se ponen a veces agresivos con los visitantes, especialmente si tienen comida u otros objetos que les puedan llamar la atención. De hecho, incluso si uno no lleva nada corre el riesgo de que algún mono decida subirse a él y treparlo como a un árbol más. Eso en el mejor de los casos; en el peor, puede que acaben mordiendo al invasor. Con este panorama, y dado nuestro pavor por los animales de marras, estábamos decididos a saltarnos la visita. Además, la entrada al parque no es barata. Todo eran pegas. Pero los comentarios de los visitantes y las reseñas del sitio eran muy buenas. No haber estado habría sido un error: el Monkey Forest de Ubud ha sido divertidísimo. Además, los animales están cuidados y el parque trata de favorecer en la medida de lo posible que no sean molestados, que se les vea en su rutinaria normalidad. Un par de sustos que no han pasado a mayores Para empezar, es cierto que el entorno natural es hermoso. Cantidad de árboles, algunos enormes, plantas por todos lados, ríos y cascadas, templos hinduistas. Pero lo accesorio sabíamos que nos iba a gustar, el problema eran los monos, la gran atracción del parque. Hemos tenido un par de sustos. Algún mono nos ha pasado muy cerca encolerizado, persiguiendo a uno de su especie o de la nuestra. La gente, que es muy valiente y también irrespetuosa, les daba comida, se hacía fotos con ellos y los miraban a los ojos con descaro. Esa era una de las principales normas de comportamiento a seguir: evitar el contacto visual con los animales. Además, explican que no hay que entrar en pánico si un mono se acerca, que no hay que darles de comer una serie de alimentos prohibidos y que hay que guardar con celo cualquier cosa en los bolsos. Y ni así. Los monos son inteligentísimos, saben cómo abrir las mochilas. Para practicar un turismo responsable, en cualquier caso, se debe seguir la normativa del lugar. Ha sido divertido ver la manera en que las dos especies interactuamos. Los monos, tan salvajes, y nosotros, tan civilizados. Y, sin embargo, tan parecidos. La mayoría solo querían comida, y muchos perseguían a la fémina de turno para insinuarse. Lo dicho, tan parecidos. Solo nos acercábamos a ellos cuando había muchos otros turistas alrededor. Al final, ya confiados, nos parecía que habíamos comprendido el comportamiento de los monos. Visita a las terrazas de arroz de Tegallalang En los alrededores, ya fuera del Monkey Forest de Ubud, había varios monos que habían salido del parque buscando un poco de aventura. Ha vuelto el olor intenso a incienso, el de las ofrendas y el de muchas de las tiendas y establecimientos. Bali huele tan bien. Para redondear el día, por la tarde hemos ido a visitar unas preciosas terrazas de arroz que están a veinte minutos del centro de Ubud. Los arrozales de Tegallalang, los más famosos y visitados de la isla, se encadenan en capas de un verde intenso. Algunas de las terrazas están anegadas. Las demás, se ponen al servicio del disfrute del visitante. Y sobre todo, de Instagram. Bali es la meca de Instagram. Todo resulta interesante en la medida de lo instagrameable que sea. De hecho, hay varias rutas y tours por la isla para encontrar los lugares en los que hacerse fotos con las que presumir ante el mundo de una ficticia vida idílica. Si algo no nos gusta de Bali es su tendencia a la impostura de muchos de los que la visitan. No se paran a ver lo que están visitando, directamente lo fotografían. O lo que es peor: posan para la cámara. La dictadura del like es su versión más extrema. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
Si Bali no existiera, habría que inventarla | Día 4

Es imposible no caer rendido ante ella. Bali es un lugar especial. Es la isla escogida, en la que todo está, en la que todo puede pasar, en la que es imposible no disfrutar. Llevamos un par de días descubriéndola y ya entendemos el porqué de su merecida reputación. A Bali todo la hace especial. Da lo mismo que esté saturada de extranjeros y turistas, sigue siendo especial. O que todo resulte tan turístico, que todos se hagan pasar por taxistas y que las masajistas importunen tu paseo ofreciendo sus baratísimos servicios. Da lo mismo, Bali es especial, es única. Es el lugar en el que uno sueña con pasar la jubilación, y todos los años que la preceden; en una casita al lado de los arrozales escuchando a los Creedence y leyendo a Bolaño. Quimeras al margen, Bali nos encanta. Debe ser una sensación recurrente en el viajero, pero puede que hayamos encontrado aquí nuestro lugar en el mundo. Bali no es Indonesia, es del mundo. Ubud, el corazón cosmopolita de Bali Es tan cosmopolita, internacional y políglota como Nueva York. Lo es en Ubud, el corazón cultural y artístico de la isla, a donde los expatriados inmigran y a donde los indonesios, que viven en pueblos de alrededor, solo vienen para trabajar. Ubud es, a la vez, la Bali más y menos auténtica. Porque está atestada de viajeros y turistas extranjeros, y por expatriados y nómadas digitales que han encontrado el mejor hogar posible. Idiomas escuchados hoy, muchos: español (con todos los acentos), inglés (british, americano y australiano), neerlandés, francés, italiano, portugués, chino, ruso, japonés, coreano, alemán y algún otro que no hemos sabido identificar. Y sin embargo, a la vez, es la que guarda con más celo, con mayor mimo, las tradiciones más balinesas: los templos, las danzas, los warung (restaurantes familiares) y las casas. Los hogares balineses son estructuras de una complejidad alegórica sin igual, que merecen capítulo aparte. Investigaremos más para escribir el capítulo. Nuestra primera casa balinesa Mientras tanto, vivimos en una de ellas, en la Nengah House. Bueno, qué más quisiéramos, en realidad solo nos alojamos. Además de los resorts y las villas, en Ubud se llevan mucho los homestay y las guesthouses, en los que en el hogar familiar, que está dividido en varias unidades, reservan dos o tres habitaciones para turistas. Por un precio muy asequible (15 € la noche) duermes en el seno de una casa balinesa, con un jardín enorme, con una suerte de templo en medio, en una habitación impecable, con una cama comodísima y con un desayuno a la carta que escoges cada día. Consentirse en Bali es económico —si quieres—. También es todo lo lujoso que uno pueda permitirse: los mejores hoteles del mundo, restaurantes con estrella Michelin y las tiendas más exclusivas. Y pese a todo, Bali consigue que ese enorme conglomerado de perfiles que la transitan y la habitan —los mochileros, los viajeros pudientes, los honeymooners, los borrachos, los surferos, los mayores, los jóvenes, los hippies, los pobres, los ricos, los balineses de siempre, los de nuevo cuño— tengan cabida y se relacionen con naturalidad. El carácter inclusivo y cosmopolita balinés es solo un añadido a todo lo demás, a lo que de verdad importa: a su riqueza natural, cultural, histórica y religiosa. Hoy hemos pasado el día en Ubud, comiendo en el Warung Garasi, refrescándonos con un helado de coco, bebiendo cerveza barata y caminando entre arrozales. No hace falta alejarse de las ciudades para encontrarlos. La ciudad y el campo se dan en Ubud la mano como en ningún otro sitio. ¿Cuánto más nos puede gustar Bali? Vamos a darle unos cuantos días más, a ver con qué más nos seduce.