El templo en Bagan de Cultura Nómada | Día 9

Ayer nos acostábamos con el firme propósito de encontrar nuestro templo en Bagan entre los más de 2.000 que hay. No nos ha dado tiempo a soñarlo, porque a las 04.15 h volvía a sonar el despertador en nuestro hotel, el Look Myanmar Inn. Con gusto lo hubiéramos apagado y hubiéramos seguido durmiendo. A esa hora el aire acondicionado de la habitación ya acondicionaba y resultaba placentero tenerse que tapar. Los aires de Myanmar son los menos potentes del mundo. Por mucho que los pongas al mínimo de grados, ellos van a funcionar como si estuvieran en modo calefacción. A la segunda alarma hemos saltado de la cama, sacando ánimos de lo más remoto de nuestra mochila viajera. En la ruta para ver amanecer volvíamos a tener dos planes. El primero, el de colarnos en la azotea de un templo en Bagan, nos ha vuelto a fallar. Así que hemos acudido al B, el más conservador: un montículo que tenía buenas referencias. El montículo colonizado por los chinos Al llegar hemos confirmado el pero de las reseñas leídas: está atestado de turistas chinos. Una veintena estaban en lo alto de esa pequeña colina levantada artificialmente, sacando fotos a destajo en todas las direcciones. Abajo había al menos una decena de coches de caballo, que los habían traído hasta allí como parte de su paquete turístico. Nuestra presencia les ha alterado un poco. Uno, tan chino como los que nos hacían selfis sin disimulo cuando estuvimos en su país, nos ha reclamado una foto. Acabábamos de llegar a la colina apurados y no nos ha quedado otra que acceder. Hemos posado con nuestra mejor sonrisa matutina y hemos tratado de buscarnos un hueco. Lo hemos encontrado a medias. El montículo no era el enclave soñado, pero nos ha deparado unas vistas hermosas. A la izquierda se veía el río, tras un conjunto de templos. Por ese lado aparecía el sol, que trataba de zafarse de unas pocas nubes molestas. En todas las demás direcciones, templos. Algunos, más altos, destacaban por encima de la espesa vegetación. Templo tras templo en Bagan antes del desayuno Hemos empezado entonces nuestro segundo recorrido por la infinita colección de templos de Bagan. Al contrario que ayer, hoy hemos alquilado una sola moto, que hemos compartido. Así el temerario no dejaba atrás a la prudente. Mientras nosotros hemos madrugado para admirar y fotografiar Bagan, los birmanos lo han hecho para rezar. Tan pronto como a las 06.00 h, hora en la que empezábamos a tachar visitas de la lista de pendientes, había muchísimos locales que acudían a los mismos templos que nosotros. Llegaban, se postraban ante Buda, le rezaban algo y entonces, después de haber cumplido con la plegaria, le hacían la foto de rigor. Como ayer, hoy también teníamos hora límite de la primera parte de la jornada de recorrido: las 10.00 h, que es cuando se acaba el desayuno en nuestro hotel. Hemos vuelto a comer shakshuka, una receta de Oriente Medio que el alojamiento ha hecho suya. Y está buenísimo. Dos huevos fritos con un sofrito de tomate, cebolla y vino. Un poco de café, un poco de arroz, unas tostadas con mantequilla, un par de vasos de zumo, una salchicha y ya estábamos listos para la ducha y la siesta. Nuestra pequeña amiga birmana Puede que después de Bagan nuestro organismo se sienta alterado. Le hemos cambiado los biorritmos y los tempos. Madrugón, desayuno tardío, siesta hasta las 15.00 h. En cualquier caso, la ocasión lo merece y el cuerpo, tan sabio, nos lo sabrá perdonar. En la segunda parte del día hemos continuado buscando templos. En uno de ellos, uno de los importantes, nos hemos hecho amigos de una pequeña birmana de once años que se las sabía todas. Su inglés impecable le valía para vacilarnos. Nos ha intentado vender postales, se ha ofrecido como guía para llevarnos a un templo a ver el atardecer, nos ha asegurado que era una fantástica fotógrafa —“¿os hago una foto de los dos?”, insistía—, nos ha ofrecido cambiar dos dólares que tenía por kyats. Un par de amigas la seguían, intentando aprender de sus maneras de adorable embaucadora. Le hemos desestimado todas las ofertas pero nos hemos caído bien. Ella, listísima, sabía que no le íbamos a comprar nada. Pero pese a todo nos ha acompañado a darle la vuelta al templo. Así, hemos conocido dónde vive, y le hemos explicado dónde vivimos nosotros, y nos ha contado que está de vacaciones del colegio “por tres meses”, y que por eso estaba ahí en el templo vendiendo postales. Un nuevo templo en Bagan para ver el atardecer Hemos dejado a nuestra joven amiga atrás convencidos de que la vida le va a sonreír. Era momento de confirmar que habíamos encontrado nuestro templo para ver el atardecer. Antes, por la mañana, siguiendo las indicaciones de la aplicación maps.me, nos hemos felicitado cuando hemos podido acceder a lo alto de un templo en Bagan. No había puertas ni ramas con espinas. A eso de las 17.00 h, con una hora por delante para ver el atardecer, hemos llegado, hemos aparcado lejos nuestra moto y hemos tratado de llegar de nuevo al templo con discreción. No había nadie vigilando ni importunando, así que hemos subido, por las escaleras interiores, hasta lo alto. La vista era fantástica. Lástima que no sea época de globos aerostáticos, que es cuando Bagan luce en su plenitud, porque desde ese spot las fotos habrían sido de postal. Una vez en la azotea del templo, había que darle la vuelta para encarar el atardecer. La cosa no era sencilla y había que agarrarse bien si no queríamos tener un percance. Lo hemos conseguido. Pero nuestra discreción tenía sus límites: los ojos ajenos. A lo lejos hemos visto acercarse una moto de dos turistas más, que nos han avistado como los hacedores de su momento en Bagan. Eran malagueños. Cuando se han subido nos han pedido perdón por molestarnos, en un inglés muy andaluz.
Buscando nuestros templos en Bagan | Día 8

Planificar la visita a Bagan no es tarea sencilla. Hay tantísimos templos, tan esparcidos por la zona arqueológica, que abarcarlo todo es imposible. No hay manera de visitarlos todos en un día ni en diez. Por eso, sabiamente, nos hemos dejado aconsejar por nuestro querido internet. Empezamos a apuntar los templos imprescindibles en nuestro fantástico y baratísimo alojamiento, el Look Myanmar Inn. Después de los imprescindibles, apuntamos los que no son tan frecuentados pero igualmente interesantes. Luego, los menos conocidos pero que merecen una visita. También marcamos todos los que, en algún momento, ofrecían buenas vistas para extasiarse con el amanecer y el atardecer. Al final la lista nos quedó un poco larga: unos sesenta templos en Bagan que deberíamos visitar. Esto de los más de 2.000 que hay. Imposible verlos todos. Ni los sesenta, ni mucho menos los 2.000. El momento de ver los templos en Bagan: el amanecer y el atardecer Hay dos momentos estrella en el día en Bagan. Hay que levantarse muy temprano para ver el amanecer. Y antes de que caiga la noche, el atardecer es el segundo momento cumbre del día. Nos hemos propuesto ser unos viajeros cumplidores, al menos estos dos días. La alarma ha sonado a las 04.15 h de la mañana y en veinte minutos, después de arreglarlo todo, ya estábamos subidos en nuestras motos eléctricas en busca de aventura. Ha sido un acierto lo de alquilar la moto. No se nos ocurre otra manera de poder disfrutar de Bagan tan a lo grande, teniéndola tan para ti. Escoges el itinerario, las paradas, el tiempo que dedicas a cada templo, cuándo vuelves al hotel para desayunar, cuándo vuelves a salir, hasta dónde llegas. El tope es el cielo. Bueno, y la carga de la batería de las motos. Una de ellas, como era de prever, nos ha dejado tirados cuando el sol se escondía tras unas molestas nubes a la hora del atardecer. Las mejores vistas, a cambio de una propia El problema ha sido menor. Shine, uno de los muchos chavales que pululan por los caminos de Bagan cazando propinas, nos ha echado un cable al vernos apurados. Ha llamado a la agencia que nos alquiló las motos y en veinte minutos nos han traído una nueva. “¿Estáis buscando un templo al que poder trepar para ver el atardecer?”, nos ha preguntado Shine, que tenía un inglés bien entrenado y alma de comercial. En lo que nos traían la moto nueva nos ha explicado que hasta hace poco todos los templos se podían escalar. Los turistas buscaban uno y se subían para admirar la majestuosidad de Bagan con los sugerentes primeros rayos del sol; o con los últimos, mucho más apasionados, ya por la tarde. Sin embargo, por motivos varios —seguridad, conservación del patrimonio— de un tiempo a esta parte se ha bloqueado el acceso a la parte alta de la mayoría de templos. Se comenta que todavía quedan algunos accesibles, y que los locales, montados en sus motillos, tienen sus spots secretos, que solo comparten por una bonita propina. El primer templo conquistado (solo un par de minutos) Shine venía a vendernos su secreto, como ya habían intentado otros veinte. Por la mañana hemos ido a tiro fijo a una zona en la que habíamos apuntado tres posibles víctimas para nuestro primer amanecer en Bagan. Uno era un templo que en una aplicación de mapas —hecha y actualizada por los mismos viajeros— estaba reseñado como ‘el mejor lugar de Bagan’. Hemos llegado a la zona, hemos visto un par de turistas subidos en un montículo artificial —nuestro plan B— que esperaban a que el sol apareciera y nos hemos dirigido al templo Ta Wet. La entrada al edificio ha sido emocionante. Con todo todavía oscuro, nos hemos encarado con un enorme Buda que nos miraba entre la maleza que intenta adueñarse de esa antiquísima construcción. No era el único, había tres Budas más, cada uno de ellos apuntando hacia un punto cardinal. Todos distintos, todos igual de vigilantes. Siguiendo las indicaciones de la aplicación hemos encontrado la escalera que daba acceso a la terraza. Hemos saltado una puerta cerrada con candado y hemos tenido Bagan para nosotros por un par de minutos. La imagen era memorable. El sol empezando a despuntar a lo lejos y una constelación de templos hacia los cuatro costados. Recorriendo más templos en Bagan Era demasiado bonito para ser verdad. Cuando ya nos disponíamos a sacar nuestras cámaras, hemos escuchado que alguien más se colaba por lo alto de la puerta. Un local, que se ha identificado como trabajador del área, nos ha espetado que ahí no podíamos estar, que estaba prohibido subirse a los templos —pese a que todos tienen escaleras, y pese a que esto no era así hasta hace unos meses—. Nos hemos hecho los locos, explicándole que habíamos pagado religiosamente nuestra entrada, y hemos acabado cediendo. La cosa no podía empezar peor. El incidente nos ha agriado el ánimo. El montículo ha resultado ser un plan B de lo más mediocre. Con el sol ya en su sitio, hemos decidido olvidarnos del desengaño matutino aprovechando que el calor no molestaba en exceso. Hemos empezado a encadenar un templo detrás de otro: pequeños, grandes, descuidados, fantásticamente restaurados. Todos son un poco iguales, pero es divertido encontrarles particularidades. Lo más sobrecogedor es visitarlos solo, sin otros turistas, sin ningún birmano. Es el templo y tú. Hemos sabido organizar bien Bagan en nuestro primer día: despertador pronto, vuelta para el desayuno a eso de las 10.00 h, siesta hasta el mediodía, nueva ronda de templos hasta que ha oscurecido, cena y a planificar el día de mañana. Nos va a tocar correr para ver lo máximo posible. Y, sobre todo, batallar por encontrar el lugar ideal para ver cómo Bagan da lo mejor de sí en sus dos momentos mágicos. Hemos marcado unas cuantas posibles víctimas en nuestro mapa. A malas, tenemos el teléfono de Shine y puede que le devolvamos el favor
Bagan en moto (eléctrica) | Día 7

De tanto despotricar de ella puede que al final, y muy muy en el fondo, a Mandalay le cogiéramos un poco de cariño. Pero que quede entre nosotros, no vaya a ser que nos reclame volver y definitivamente la odiemos. Esta mañana la abandonábamos para comenzar a bajar Myanmar de nuevo. Empezamos en Yangón, al sur (pero no del todo); seguimos por Mandalay, nueve horas al norte (pero todavía hay mucho más norte); y ahora estamos en Bagan. Aquí nos espera una aventura motorizada: descubrir Bagan en moto eléctrica, el mejor medio para recorrer todo el conjunto de templos. Myanmar tiene una forma estilizada, más alta que ancha. Pero, sin embargo, es mucho más sencillo recorrerla a lo largo, por estar mucho mejor conectada. Bagan queda en el oeste, ladeada de esa autopista principal que va de Yangón a Mandalay y cruza Naipyidó. Está a solo 180 kilómetros de Mandalay, pero eso ha traducido nuestro viaje en cinco horas por carreteras secundarias en condiciones irregulares. Los buses VIP de Myanmar valen la pena Eso sí, no tenemos derecho a quejarnos. Han sido las cinco horas consumidas en bus más placenteras de lo que llevamos de viaje. Y eso que llevamos mucho viaje, y muchas horas de bus. Sin nosotros pedirlo nos han subido de categoría y en lugar de viajar en el bus ordinario —que no tiene nada de ordinario, en realidad: es un bus de categoría— lo hemos hecho en el VIP. ¿Qué implica eso? Que éramos cuatro pasajeros para cuatro trabajadores de la compañía. Que te dan botellita de agua, asientos reclinables que parecen sacados de una nave espacial y una televisión individual en la que puedes escoger entre un catálogo más amplio de películas que la mejor de las aerolíneas. Todas las películas piratas, claro, pero qué más da. En Myanmar tienen la incómoda costumbre de marcarte. Serán reminiscencias de épocas pasadas. En los hostales te ponen pulseras y en los buses y los monumentos, pegatinas. Dicen que es para comprobar que ya has pagado tu entrada, y para que los trabajadores pueden identificarte bien. Lo cierto es que no tiene mucha gracia eso de que seas un número y no una persona. Experiencias con birmanos que te reconcilian con la especia humana Por todo lo demás, los birmanos son gente agradable. Son respetuosos con los turistas aunque todavía les sorprende vernos. Si acaso, los más atrevidos, te saludan a lo lejos: “Hello”. Todos son siempre sonrientes y educados y algunos son un amor de gente. Ayer, por ejemplo, quisimos comprar una botella de agua para evitar la deshidratación absoluta. Era ya tarde, esperábamos a nuestro tuk tuk para volver al hotel y encontramos una tiendita donde comprar el agua. Le preguntamos por el precio a una mujer, que nos pidió repetirle la pregunta a su hija, que era la que hablaba inglés. “Trescientos kyats”, nos contestó. Solo teníamos 250 sueltos, menos de treinta céntimos de euro al cambio, porque el resto eran billetes de 10.000. Le dijimos que no, que gracias. Al minuto, después de hablar con la madre, vino y nos dijo que nos regalaba la botella, que no hacía falta que la pagáramos. Nos morimos del apuro y del amor. Le dijimos que el problema no era que no tuviéramos dinero, sino que solo teníamos 250 kyats. “Ah, no pasa nada. 250 kyats está bien”, y nos los aceptó. Preparados para recorrer Bagan en moto Llegados hoy a Bagan no nos queríamos bajar del bus. No nos hubiera importado que el destino estuviera otras cinco horas más lejos. Dentro se estaba muy bien y fuera se intuía el infierno. Hemos negociado un tuk tuk hasta el hotel, hemos abonado la entrada al complejo y hemos salido a buscar nuestro transporte para explorar Bagan. Explicación wikipédica para entender dónde estamos: Bagan es el lugar más turístico de Myanmar por su importancia histórica. Fue capital del reino de Bagan, el preludio geográfico de la actual Myanmar, y tiene más de 2.000 templos diseminados en un área de muchísimos kilómetros cuadrados. Sí, sí: ¡2.000! Y eso que en origen fueron 10.000; pero el tiempo y los terremotos han destruido la mayoría. Pero siguen quedando tantísimos en pie que Bagan es famoso en el mundo por su increíble legado arqueológico. La manera más sencilla y autónoma para recorrer el conjunto de templos es alquilando una motocicleta eléctrica. Después de quedarnos con las ganas en Bali, aquí lo teníamos claro: no íbamos a depender de nadie más, nos íbamos a montar nuestra ruta de templos a lomos de nuestras motos. Y ya las tenemos. Y las hemos probado y no nos hemos caído. La cosa promete ser divertida. Estamos listos para recorrer Bagan en moto eléctrica. Esperamos poder volver a reportar mañana.
La Hsinbyume Pagoda y el puente U-Bein | Día 6

Hoy ya sí. Hoy tocaba, por fin, un poquito de ajetreo. Después del bus larguísimo de anteayer, y la jornada transitoria de ayer, en el tercer día salimos a ver Mandalay. Bueno, Mandalay la hemos visto en realidad a vuelapluma desde el tuk-tuk. Porque sí, aquí hay tuk-tuks y nos hemos vuelto a sentir como en la India, tan pegados al tráfico, tan al borde del colapso. En realidad hemos madrugado para conocer los alrededores de Mandalay, primero la Hsinbyume Pagoda y luego el puente U-Bein. Ha tocado madrugar para llegar a tiempo, a las 09.00 h de la mañana, a tomar el ferri que nos iba a transportar a Mingun, una ciudad cercana a la que se llega cruzando el río Irawady. Porque como decíamos ayer, a Mandalay se viene para ver lo que no está en Mandalay. En ferri hasta Mingun, donde está la Hsinbyume Pagoda El ferri público, el único barato (5.000 kyats por persona por ir y volver, el equivalente a unos 3 €), parte una vez al día y vuelve una vez al día. “Si no llegáis a las 12.30 h para tomar el barco de vuelta a Mandalay no os vamos a esperar. Y luego tendréis que negociar un bote privado por muchísimo dinero”, nos avisaba el jefe, que parecía curtido en mil batallas. Éramos una veintena de turistas. Se escuchaba español, portugués, hebreo, alemán, inglés y francés. En la azotea del bote había acomodadas una treintena de sillas de plástico y cuatro o cinco de madera. Sillas de quita y pon, que uno podía mover a su antojo para alejarse del sol o acercarse a la barandilla y sentir un poco más el viento. Un viento que a esa hora era un placebo aceptable contra el calor sofocante pero que más tarde, ya de vuelta, era puro fuego. Mingun es un pueblito sin más chiste que un conjunto de pagodas y edificios religiosos. Pero aquí se respira aire aldeano. La gente te sonríe al pasar por tu lado, sin quererte molestar. Y eso que en la calle principal larguísima, la que tienes que seguir para conocer los tres monumentos de Mingun, está abarrotada de puestitos de recuerdos, regalos, refrescos y refrigerios. Todo montado para una avalancha de turistas que no es tal. ¿Cuánta gente puede llegar aquí al día? ¿Cien? ¿Doscientas? El objetivo: la foto en el templo blanco, en la Hsinbyume Pagoda La mayoría de los turistas, como los que íbamos en el barco, vamos a tiro fijo: foto en la Hsinbyume Pagoda, foto en la pagoda que nunca se construyó, foto a la campana que se reivindica como la segunda más grande del mundo y listos. Ni venimos a comer ni mucho menos a hacer noche. Pese a todo, el chiste de Mingun tiene su gracia. Sobre todo esa pagoda blanca, la Hsinbyume Pagoda, que es como la famosa de turno: mucho más guapa en las fotos que en la vida real. Y pese a todo, sin duda guapa en la vida real. Hemos llegado a tiempo a nuestro barco de vuelta y nos hemos asegurado uno de los sitios VIP en las sillas de madera. “¿Son más cómodas que las de plástico?”, nos ha preguntado una chica de Israel, echándole el ojo a otra de las sillas de madera que todavía había libres. Le hemos dicho que sí y ha corrido a acomodarse para la siesta. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El almuerzo más recomendable de Mandalay Ya de vuelta en Mandalay hemos tomado un tuk tuk para ir a comer al sitio más recomendado de la ciudad. Todos coinciden: Alan, la Lonely Planet, Google Maps y Maps.me. Y no se equivocaban. El sitio, que se llama Shan Ma Ma, sirve unas porciones muy generosas de comida local riquísima. Y muy barata. Hemos comido hasta reventar por menos de 8 €. Eran las 15.00 h y el sol abrasaba. Tocaba ir al hotel para evitar que las horas más calientes nos pillaran en la calle. La siesta ha sido intermitente por culpa del enésimo corte de luz. Es algo habitual en Myanmar. Tanto que la mayoría de hoteles tienen generadores de electricidad que saltan al medio minuto exacto del corte. El puente U-Bein, última visita en Mandalay Hemos despedido Mandalay fuera de Mandalay, como no podía ser de otra manera. En otro de sus pueblitos cercanos, en Amarapura, se encuentra el puente de madera de teca más largo del mundo: el puente U-Bein. Más de un kilómetro de puente en el que para cada atardecer se congregan turistas y locales. El lugar, pese a lo abarrotado, tiene su encanto. Aunque molesta lo extremadamente sucio que está. Es, en cualquier caso, divertido de fotografiar. En especial por la enorme cantidad de monjes que lo pasean de un lado a otro. De vuelta a Mandalay, donde no existen los semáforos, la avenida principal se ilumina de noche con luces de neón. Te crees que estás en Tokyo. Entonces el conductor del tuk-tuk gira hacia la calle del hotel: fundido a negro. Toca encender la linterna del móvil. Estás en Mandalay.
Visitar Mandalay, qué sofoco | Día 5

Hay días en que es mejor tomarse un respiro y no tentar al desmayo. La mínima en Mandalay estos días es de veintinueve grados —a las 04.00 h de la mañana—. Es difícil escoger cuándo salir a la calle. Muy de mañana el sol ya caliente con fuerza. Los 32 grados de las 08.00 h son solo un aviso de lo que ha de venir. A esa hora, en cualquier caso, todavía roncamos. Bueno, el que ronca de los dos. La otra respira fuerte. Hay que planificar bien cómo y a qué hora visitar Mandalay. El desayuno en nuestro alojamiento de Mandalay —un hostal con un pub irlandés en la azotea— tiene una horquilla horaria tan amplia como escasa es la variedad alimentaria que ofrece. Uno puede desayunar entre las 06.00 h y las 11.00 h. Abarca un espectro viajero enorme: desde el madrugador aficionado de los amaneceres hasta el fiestero que todavía anda resacoso a las tantas. El hostal de Mandalay en el que tomar cerveza y ver fútbol No somos ni de un equipo ni del otro. Lo de madrugar (tanto) lo llevamos regular. La ocasión tiene que ser muy especial o el motivo de fuerza mayor. En la India nos acostumbramos a levantarnos muy pronto de manera habitual por obligación de los incómodos horarios de los trenes. Pero desde entonces nos lo tomamos con calma: nunca antes de las 08.00 h. Hoy hemos bajado a desayunar a las 10.00 h y éramos los únicos. El hotel es un alojamiento lleno de pretensiones. Tiene unas instalaciones fantásticas, un montón de trabajadores, un pub con unas pantallas enormes para tomar cerveza y ver el fútbol y unas habitaciones muy cómodas. El único problema es que está en Mandalay. A duras penas nos cruzamos con más huéspedes en el hotel, ni con otros turistas por la calle. Será por la temporada baja que pocos se animan a visitar Mandalay. Lo que hay que visitar en Mandalay está fuera de la ciudad En realidad, Mandalay tiene poco que ofrecer. Otrora capital del país, ahora es la segunda ciudad en importancia de Myanmar. Es enorme en extensión. Inabarcable caminando. El mapa de Google es engañoso: lo que parece que está a dos calles está en realidad a media hora andando. Y nos gusta andar las ciudades, pero con la mitad de grados de los que hay en Mandalay. A partir de la hora habitual de salir a turistear, pongamos las 11.00 h, la cosa se pone imposible: 36, 37, 39 y hasta 40 grados a eso de las 15.00 h. Quizás si contáramos los días que nos quedan para acabar el viaje la cosa sería distinta, correríamos a callejear. O no. Porque hay poco que callejear y visitar en Mandalay. Cuadrículas imperfectas se concatenan en una copia destartalada del Eixample barcelonés. Su único interés son tres pagodas, entre las que hay muchos kilómetros de distancia. Y como de pagodas y templos nos vamos a aburrir en Myanmar, los de Mandalay nos los hemos saltado. La pizza y la cerveza de la ciudad, más que correctas Se comenta que la ciudad tiene una bonita vista al atardecer desde una colina a la que hay que llegar caminando descalzo cuarenta minutos. Tendremos que creerlo, porque no hemos podido comprobarlo. La idea de los cuarenta minutos descalzos a pleno sol era un no-no absoluto. En lugar de eso hemos decidido practicar una actividad mucho más placentera: comer. Bueno, y beber cerveza. La pizza del restaurante Central Park’s Pizza de Mandalay está más que correcta. Y su cerveza, baratísima. Mañana ya sí será momento de probar la comida local, y seguir con la cerveza autóctona. Lo bonito de Mandalay no está en Mandalay, está en sus afueras. Y eso es lo que queremos ver mañana. Si no nos sofocamos de camino. Ahora nos arrepentimos de no haber comprado en China uno de esos ventiladores portables minúsculos. Con inventos así se entiende que vayan a controlar el mundo a su antojo.
En bus de Yangón a Mandalay | Día 4

Si se traza una línea recta desde Yangón en dirección norte, uno encuentra primero Naipyidó, la nueva capital ministerial del país, a unas cinco horas de bus; y luego, cuatro horas más tarde, Mandalay. La línea recta dibujada tiene forma de autopista, a la birmana. Dos carriles por sentido y un asfalto moderadamente irregular. Casi no pasan coches. Si acaso, autobuses, que parecen el medio de transporte preferido por todos, locales y extranjeros. Son autobuses amplios, con aspecto nuevo, con asientos muy reclinables. Y como nuestro bus de Yangón a Mandalay, son relativamente económicos: unos 11 €. Un país rural y budista Myanmar parece que está en modo prueba y error, sobre todo en lo que al turismo se refiere. Se está modernizando en todo, pero sin perder el carácter que la define: apegada al budismo y a la ruralidad. Quitando Yangón, tan ajetreada, intentando resultar mundana, el resto del país vive en el campo. Eso es Myanmar en su enorme autopista principal, la que cruza las tres principales ciudades: solo campo. A un lado y al otro, extensiones inacabables de verde y marrón, a ratos con más vegetación y casi siempre con menos. Y salpicadas, retiradas de todo lo demás, casitas. Que no forman siquiera un pueblo porque a duras penas juntas tres edificios. No hay manera de desviarse en la autopista, no hay salidas ni retornos, ni siquiera curvas, todo norte. El bus de Yangón a Mandalay es una aburrida sucesión de kilómetros. Mandalay no es lo que su nombre evoca De repente el monzón se pone a lanzar piedra de manera violenta. La granizada dura diez minutos en los que parece que el mundo no vaya a seguir. Y luego, la calma. El cielo se despeja e intuyes que fuera el calor sigue siendo abrasador. Le subimos un punto al aire acondicionado porque nos da bochorno de pensarlo. El bus de Yangón a Mandalay para dos veces. Las estaciones de servicio son una rara mezcla de puestecitos de comida y restaurantes bien. Compramos unas palomitas con sabor a caramelo. Ya tenemos alimento favorito en Myanmar. Un niño nos persigue intentando vendernos huevos de codorniz. “No, thank you. No, thank you”, nos imita, burlándose de nuestras negaciones. Nos dice hola en birmano —“Mingalabar”—, y le contestamos en español: “Hola, hola”. Se le dan bien los idiomas, también nos imita hablando en castellano: “Hola, hola”. Las nueve horas se pasan rápido después de las dos paradas y las muchas siestas. Mandalay, ya de cerca, es una ciudad fea. Y eso que su nombre, tan evocador, tan sugerente, invita a fantasear con maravillas por conocer y lugares por descubrir. Está, en cambio, diseñada con escuadra y cartabón. Todas las calles son iguales, avenidas larguísimas sin el menor encanto. La estación de autobuses de Mandalay es polvorienta y arenosa, casi te invita a subirte en el bus de nuevo y pedirle al conductor que siga manejando hasta la Mandalay que su nombre evoca. Nada es como uno espera. Ni tampoco las primeras impresiones son las acertadas. A Mandalay habrá que darle chance de día, aunque no sabemos. La previsión avisa de cuarenta grados. Y el aire de la habitación lanza fuego. Llegó la hora de sudar.
Los Budas de Yangón gigantes | Día 3

Combatiendo el calor como podemos, siguiendo la estrategia de ayer, encarábamos hoy el último día en Yangón. De momento, al menos. Como ya pasara antes en Nepal y en Malasia, lo más probable es que empecemos y acabemos el país en el mismo lugar. Allí fue en sus capitales, en Katmandú y en Kuala Lumpur. Aquí, en Myanmar, la ciudad más importante no coincide con la capital. Para este día final en la antigua capital el plan era visitar los Budas de Yangón gigantes. La condición capitalina se la quitaron a Yangón hace más de una década. Entonces, la junta militar decidió inventarse una ciudad que no existía. Naipyidó, la nueva capital, lo tiene todo para ser una gran ciudad: extensión, servicios, infraestructuras, hoteles. Solo le faltan personas. Porque en Myanmar la población es eminentemente rural y la que no lo es vive en su mayoría en Yangón, que tiene cerca de ocho millones de habitantes. Por eso sigue siendo el centro financiero y el lugar del país desde donde despegan, y donde aterrizan, la mayoría de vuelos internacionales. La ruta de las pagodas y de la comida birmana Como ya teníamos previsto, en Myanmar nos vamos a pasar el día visitando pagodas. Yangón está repleta de ellas. A cada cuatro pasos, en medio de todo, aparece una. Las hay incluso que ejercen de rotondas. La Sule Pagoda es una versión pequeñita de la Shwedagon Pagoda, tan dorada como ella. Está en el centro de una de las principales avenidas de la ciudad, justo en el centro, dirigiendo el tráfico hacia todos lados. Las pagodas impresionan más desde lejos, cuando te das cuenta de lo armónicas que son en su construcción, de cómo transmiten una sensación evidente de paz. Cerquita de la Sule Pagoda está uno de los restaurantes más reputados de la ciudad, la Rangoon Tea House. Ahí hemos comido hoy y nos hemos introducido en la gastronomía birmana, que lo tiene complicado para igualar a la indonesia. Hemos probado el mohinga, uno de los platos nacionales. Una especie de sopa de pescado que no estaba nada mal. Lo hemos bautizado como el pozole birmano. El restaurante era muy resultón en todo. Muy moderno, con la comida muy rica y con unos precios algo elevados para los estándares locales, pero totalmente aceptables para los bolsillos extranjeros. Eso sí, ayer nos tomamos mojitos por menos de 60 céntimos de euro y comimos platos que costaban un euro. Además, la cerveza de Myanmar es la más barata de todos los países que llevamos visitados. O sea que tendremos que contenernos en nuestras raciones de alcohol y de comida, por muy tentadores que sean los precios. O no. Los dos Budas de Yangón imperdibles Después de la comida tocaba la ración de turismo del día, que iba a protagonizar —por partida doble— Buda. Un poco alejados de donde nos hospedamos hay dos templos pegados que comparten curiosidad: las dos figuras de Buda que albergan. En uno, en el Chaukhtatgyi Buddha Temple, un Buda recostado de más de sesenta metros parece que pose para las fotografías, o que simplemente descanse de una vida tan ajetreada de rezos. La escultura es tan impactante como poco cuidado el templo que la alberga. Por eso apenas acuden turistas. De la veintena de personas que había rodeando el templo, o rezando en él, éramos los únicos no birmanos. Justo delante, en el otro templo budista hay otra enorme figura de Buda, en el Maha Satkya Atulamanaung Ngarhtatgyi. Este Buda sí está sentado y rezando. Hoy, pues, ha tocado volver a sacar el longyi del que ya presumimos ayer. Y las sonrisas compasivas se han repetido, aunque por suerte a menor escala.
La Shwedagon Pagoda de Yangón, con sus longyis y monjes | Día 2

En Myanmar hace un calor del que te invita a no despegarte del aire acondicionado, a aplazar sine die la razón de tu presencia en el país: conocerlo, callejearlo, sentirlo. En los filtros de Booking, junto al obligatorio de ‘desayuno incluido’, siempre marcamos el de ‘aire acondicionado’. Eso, añadido al cansancio acumulado de la noche en vela anterior, saltando de vuelo en vuelo, nos ha animado a tomarnos con calma el inicio de nuestra experiencia en Yangón y aplazar hasta tarde la vista a la Shwedagon Pagoda, el gran punto de interés de la ciudad. Hemos bajado a desayunar antes de las 9.30 h, hora del toque de queda en el hostel para poder empezar el día con la panza llena; y luego hemos lavado ropa. En el proceso del lavado, que ha llevado varias horas de lavadora y luego de secadora, hemos hecho de nuestra cama el perfecto habitáculo refrigerado. Desde ahí se escuchaban cánticos que venían de la calle, rezos lanzados al aire. El Vesak, uno de los días más importantes para los budistas Una de las chicas de recepción, menudita como todos los birmanos, con un inglés fantásticamente entrenado, nos había explicado que se estaba celebrando durante todo el día el Vesak, uno de los días grandes del budismo. Myanmar es ampliamente budista, más del 80 % de la población lo practica de manera activa. Durante este día se conmemora un triple hito de Buda: nacer, iluminarse y fallecer. La fecha se rige por el calendario lunar y siempre cae a mediados de mayo. La chica del hostal nos ha animado, pero también prevenido, a acudir a la Shwedagon Pagoda. Es el monumento más representativo del país, una enorme pagoda bañada en oro circundada por cantidad de pagodas accesorias, estatuas de Buda, pequeños templos y árboles. Hoy, por ser Vesak, la pagoda iba a estar repleta de gente. Poniendo en una balanza los pros y los contras de visitarla en un día tan controvertido y señalado, han acabado ganando los pros de largo. Daba lo mismo que no pudiéramos hacernos la foto sin nadie más, o que no la sintiéramos pacífica y espiritual paseándola sin gente. Poderla ver en ebullición ha sido interesantísimo. El longyi que ha causado furor entre los birmanos Los budistas han acudido efectivamente en masa a recordar a Buda. El acceso para extranjeros está en una especie de caseta. Ahí te dan la bienvenida, te invitan a quitarte los zapatos y te cobran 10.000 kyats por la entrada (unos 6 € al cambio). Del otro lado, los birmanos acceden sin necesidad de entrada. Un nuevo capítulo de discriminación hacia el turista. Ya estamos acostumbrados. En la Shwedagon Pagoda son un poco considerados y te dan una botella de agua y una toallita, además de un folleto informativo, con la entrada. Pues gracias, suponemos. Para poder entrar hay que cubrirse las rodillas. Los hombres birmanos visten, en lugar de pantalones, una falda que no lo es. Se llama longyi. Sabedores de ello, nosotros traíamos nuestro propio longyi en la mochila, para evitarnos tener que alquilar uno. En la entrada de la Shwedagon Pagoda nos han dado el visto bueno a la prenda. Una vez en el recinto de la pagoda, al que se accede con unos ascensores, el longyi ha causado furor. La prenda la llevan hombres y mujeres, aunque con marcadas diferencias en su composición y el estilo. Mientras los de las mujeres son coloridos, estampados y vivos, los de los hombres son sobrios, de colores oscuros y con líneas o cuadros como únicos ornamentos. Por eso creemos que les ha chocado nuestro longyi, que no tenía nada que ver con el de los hombres: con formas, dibujos, flores y colores. Cuando lo veían se giraban y se reían, avisaban a sus acompañantes y parecían asombrarse de lo equívoco de la vestimenta. Ha sido tan gracioso como incómodo sentirse el centro de atención de los birmanos. Eso sí, no nos sorprendería que el año que viene, para el día de Vesak, hayamos impuesto moda y los longyis de los hombres se parezcan un poco al nuestro. La espectacular Shwedagon Pagoda La pagoda es tan espectacular como la imaginábamos. Su dorado impoluto resplandece con fuerza conforme cae la noche. Es grandísima y rodearla puede llevar veinte minutos. Eso sin paradas intermedias, que hay muchas: pagodas más reducidas, habitaciones destinadas al rezo, pequeños templos con figuras de Buda y un par de árboles. Son una representación del árbol de Buda, donde alcanzó la iluminación. En Vesak los budistas acuden a sus centros religiosos a rezar, a recitar mantras, a traer ofrendas pero, sobre todo, a lanzarle agua al árbol de Buda. Se dice que así lo mantienen con vida. Hay auténticas batallas por recoger agua de unos enormes contenedores preparados para la ocasión, llenar cuencos y lanzar su contenido al árbol. Esto causa sobresaltos y accidentes. Delante nuestro hemos visto al menos cuatro caídas provocadas por el agua del suelo, que trabajadores barrían con esmero cada pocos minutos. La celebración se siente alegre, cercana, festiva. Nada que ver con la solemnidad de otras celebraciones religiosas. El monje Thuzeisa Familias enteras, grupos de amigos y parejas paseaban la pagoda haciéndose fotos. Algunos se apostaban en algún lado para preparar un pícnic. Con el sol ya fuera de escena la pagoda parecía cada vez más atestada. Era difícil caminar sin chocar, fotografiar sin molestar. El Vesak coincide con la luna llena, y por eso la gente acude a los templos de noche. En nuestro paseo nos ha parado un monje budista, regordete y pequeñito, que hablaba seseando. Por un momento nos ha parecido que nos intentaría hacer de guía, pero solo quería hablar: “¿De dónde sois? ¿Qué coméis en vuestro país? ¿Cuáles son los mejores jugadores de fútbol de España? ¿Qué habéis estudiado? ¿Qué monumento de vuestro país es conocido?”. El monje, que era birmano pero decía que preferiría irse a vivir a China, tenía menos de treinta años y una curiosidad voraz. La conversación se
El día más largo hasta Yangón | Día 1

Pues resulta que estamos en Yangón, la antigua capital de Myanmar. En el país de la región con el presente inmediato más revuelto socialmente. El que se recupera de una dictadura militar que lo mantuvo descolocado, apartado del resto del mundo, hasta hace menos de una década. Donde ahora gobierna una Nobel de la paz que no comulga con el honor: su partido persigue a una minoría musulmana, los rohingya, que se está viendo obligada a emigrar a la vecina Bangladesh. Conflictos y problemas al margen, Myanmar es el destino menos popular del Sudeste Asiático. En el que los viajeros menos reparaban. Pero la tendencia empezó a cambiar recientemente y se ha convertido en un destino de moda, por su enorme abanico de cosas que conocer y visitar, y por estar menos explotado —y por lo tanto resultar más auténtico— que sus vecinos Tailandia, Vietnam, Camboya o Indonesia. Parada obligatoria en nuestra ruta por el Sudeste Asiático Myanmar era unas de las paradas seguras de nuestro viaje. No sabíamos en qué momento ni por cuánto tiempo, pero iba a acabar formando parte de nuestra ruta. Nos llamaba la atención su carácter más desconocido, su personalidad particular, su historia controvertida. Cuando últimamente empezábamos a hacer cuentas de los días que nos quedan de viaje y los sitios que nos faltan por visitar en la región nos tocó empezar a priorizar. Myanmar estaba en lo alto de la lista, así que decidimos aterrizar en él cuanto antes. Desde Bali el vuelo no era el más barato. Nos habría salido mejor acabar Indonesia en Yakarta, como era en principio el plan. Pero el plan lo torció Bali obligándonos a disfrutarla tanto tiempo, teniendo que obviar el resto de Indonesia. Nuestro cuadro indonesio quedó tan incompleto como, esperemos, completo quedará el de Myanmar. Porque aquí queremos recorrer cuanto más mejor. Pero sin prisa. Quizás tres semanas, quizás más, quizás menos. Yangón, la puerta de entrada a Myanmar El país es muy largo y las infraestructuras todavía pobres. Por eso moverse no va a ser sencillo. Tampoco fue sencilla la noche de ayer ni el día de hoy. Salimos de Bali de madrugada, a las 01.00 h, llegamos a Kuala Lumpur a eso de las 04.00 h. Antes, cenamos un pollo con arroz y nos aguantamos el pis para no molestar a nuestra compañera de fila, tan dormida a esas horas. En el aeropuerto de Kuala Lumpur, que ya habíamos transitado en el viaje dos veces, buscamos un lugar en el que dormitar un rato. El vuelo hasta Yangón, la antigua capital de Myanmar —pero todavía ciudad más importante—, no ha salido hasta las 09.00 h. Hemos encontrado unos bancos en los que nos hemos estirado un rato hasta que en esa puerta se ha anunciado un vuelo a Bangalore, una ciudad del sur de la India. Los alrededores se han llenado de indios, tan invasivos como los recordábamos, que nos han impedido dormir más. Hemos encontrado un sitio apartado de los indios, de la luz y del frío aire acondicionado. Allí hemos cerrado los ojos hasta dormirnos una horita más. No podíamos estirar la siesta más: había que buscar nuestra puerta y abordar. El vuelo hasta Yangón, medio vacío, ya era indicativo de que Myanmar no iba a estar tan atestado de turistas como Bali. Vuelo plácido con desayuno para olvidar: arroz con huevo y gambas con una salsa pesadísima. ¿A quién se le habrá ocurrido ese menú? ¿Cómo nos hemos atrevido a comerlo? Hemos llegado, hemos retrasado una hora y media el reloj, nos hemos duchado, hemos salido a empaparnos un poco de realidad birmana y hemos hibernado en el hostal. Yangón, de primeras, es una ciudad llena de tráfico, poco sugerente en su contorno pero con un extraño interés. Está viva, se siente agitada y movida. Mañana la seguiremos descubriendo.
El último nasi goreng para despedir Bali | Día 14

La nostalgia ya nos invade. Ya echamos de menos Bali, de la que nos despedimos con la promesa de volver a vernos. Al final, el Diario de Ruta de Indonesia ha sido solo de Bali. La isla de los dioses se ha endiosado con nosotros. Bali ha sabido agarrarnos con fuerza y al final, sin que nosotros quisiéramos, nos acabó soltando. Han sido dos semanas en las que Bali nos ha dado de todo, como también se lo hemos dado nosotros a ella. Cerramos nuestro ciclo en Bali comiendo nuestro plato indonesio preferido, el nasi goreng. Hubo días de todo y para todo: de larguísimas excursiones de jornada completa, de traslados entre ciudades, de descanso en una villa de ensueño, de admirar y enamorarnos de los arrozales. Y, cómo no, de comer mucho y muy bien. Teníamos el vuelo tarde, muy tarde. Tanto como que salía una vez acabado el día, a la 01.00 h de la madrugada. Por eso, hemos desayunado en nuestro homestay —echaremos tanto de menos los desayunados de Bali— y hemos ido a hacer tiempo. Vale que seamos entusiastas y fanáticos de la vida aeroportuaria, pero tampoco se trataba de pasarse más de medio día ahí. Aunque quizás nos habría salido más barato. Porque para hacer tiempo decidimos regalarnos algunos recuerdos. Cada uno de nosotros le había echado el ojo, desde hacía días, a un autorregalo. Hemos explorado Sanur en busca de ellos y los hemos encontrado. Un bolso y un vestido para ella y una camiseta balinesa para él. Antes ha sido el momento de pedir por enésima y última vez un nasi goreng. Ha sido el más descuidado, pero estaba igual de bueno. En realidad es una receta tan sencilla que cocinarla mal sería lo sorprendente. También, claro, nos hemos bebido nuestros últimos zumos de frutas. Hemos vuelto al hotel, hemos tenido un ridículo malentendido con el viejito que cuida la casa —por su escaso inglés y nuestro nulo indonesio—, hemos recogido las mochilas y nos hemos ido al aeropuerto. Allí, Bali saludaba a tantos turistas como los que despedía. El flujo de gente que llega a la isla es constante, de todos los colores, idiomas, procedencias, credos e intereses. Todos, seguro, se marcharán queriendo volver. Como nosotros.