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La vía de tren de Hanói, para irse de birras | Día 3

La vía de tren de Hanói, que tiene bares a los lados y de la que hay que levantarse

Vietnam parece, de momento, un país en el que pasar unas vacaciones excelentes. El típico destino que escoges con mucho tiempo de antelación y esperas con ansia. Los interminables días de rutina laboral deberían ser más llevaderos si Vietnam asoma en el horizonte veraniego. Por poder, uno puedo incluso irse a una vía de tren de Hanói a tomarse unas cervezas. Vietnam es un país que merece de preparación, de mimo en la producción. Y nosotros, que vivimos al día, que apenas podemos planear el mañana, sabemos solo a medias qué esperar de Vietnam. El boceto de ruta es absolutamente aproximado. Y eso es tan bueno como malo. Es bueno porque así lo queremos, porque nos gusta viajar sin un plan demasiado establecido, dejándonos llevar por los momentos y cautivar por los lugares. Pero es, a la vez, malo. Porque no imaginas los lugares antes de verlos. Apenas podemos informarnos de qué es cada sitio, y por qué una visita vale más la pena que la otra. Así perdemos contexto. Y es una pena. El exceso de cortesía para el desayuno en el hotel El Classy Boutique Hotel de Hanói tiene a los empleados más exageradamente serviciales de la hotelería mundial. Esta mañana bajábamos temerosos del recibimiento. Están entrenados para el aspaviento aparatoso, para el exceso de interés por tu vida y para la cortesía simulada. ¿De verdad es necesario que te pregunten cuánto tiempo llevas aquí, qué vas a hacer hoy y mañana y al día siguiente? Habrá gente a la que le guste que le regalen el oído de buena mañana, mientras desayunan, a nosotros no. Nosotros preferimos que nos reciban con una sonrisa, nos sirvan el desayuno y nos dejen vivir. En el hotel de Hanói, a la hora del desayuno, hay más empleados que habitaciones. Hay cuatro mesitas contiguas a la recepción y no menos de una decena de trabajadores haciendo lo mismo. Se pasean, confirman que todavía tienes café, te ofrecen más de lo que sea. Y luego viene otro y tienes que responderle que no necesitas nada más, que estás bien, como acabas de explicarle a su compañero. La amabilidad excesiva de los empleados del hotel —que parece la norma del sector en el país— contrasta con los hanoienses de las calles, mucho más pasotas y auténticos. La falta de agilidad, un inconveniente para el turista occidental A los habitantes de Hanói les encanta sentarse de cuclillas. Son tremendamente ágiles. Por eso, todos los restaurantes, bares y cafés tienen sillitas diminutas y mesas muy bajas. Se sientan ahí y no dejan de pedir cervezas. El escorzo es mucho más complejo para los extranjeros. Como saben nuestras limitaciones, tienen unas sillas más grandes para los no acostumbrados al asiento local. Pese a todo, la silla es muy bajita y si te despistas y no cambias de postura es muy posible que acabes con los pies dormidos. Hoy hemos tenido que ingeniárnoslas un par de veces para sentarnos en sillitas pequeñas. Por ejemplo por la tarde, cuando hemos ido a tomar cervezas a la vía del tren. Sí, literal. En la capital de Vietnam hay una calle por la que pasa varias veces al día un tren. Y es una de las atracciones preferidas de los turistas, porque es divertidísimo. En Google la llaman ‘Hanoi Street Train’. La vía de tren de Hanói es para salir con los colegas A los dos lados de las vías hay edificios que son viviendas. En la parte baja de esas viviendas sus moradores han encontrado el negocio perfecto. Han establecido no menos de una veintena de barecitos, con ocho o diez mesitas, en los que básicamente sirven cerveza y café. Algo de comida también. Las vías no son una decoración, tienen propósito práctico. Por la tarde, a eso de las siete, todas las terracitas están llenas. Se viene el tren. Un hombre con un silbato avisa y los responsables de cada local se encargan de retirar un poco las mesas y de pedir a sus clientes que se peguen a la pared. El tren pasa por la calle como si nada, ni nadie, hubiera. No aminora la velocidad. El espectáculo es ante todo curioso. A los veinte minutos pasa otro tren. Algunos deciden ya marcharse, porque ya saben de qué va la película. Nosotros nos quedamos para mejorar la toma anterior. El espectáculo ferroviario de la vía de tren de Hanói ha sido el colofón a un día ajetreado. El último día en Hanói —de momento—. La ciudad nos ha gustado y nos ha dejado con ganas de más. Por eso, puede que forcemos una nueva visita. Pero por la forma de Vietnam, alargadísima, tiene sentido visitarlo en un solo sentido. Hemos empezado por el norte, pegado a la frontera con China. Y la idea es acabar en el sur. Sin embargo, mañana nos vamos dos días a Halong Bay y luego, como siempre, no hay más plan. Habrá que ver si tiene sentido deshacer el camino hasta Hanói para luego continuar hacia abajo. No nos importaría tenerlo que hacer. Hemos visto Hanói precipitadamente, a pleno sol, corriendo, sin darle el tiempo suficiente para que se nos mostrara como es. Solo la hemos intuido, y ha conseguido fascinarnos. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Good morning, Vietnam | Días 1 y 2

Las motos tomando Hanói, la capital de Vietnam

Cumplíamos cien días de viaje comprando el billete para nuestro nuevo destino, el sexto país de lo que va de ruta por Asia. Habíamos estado esperando a que nos confirmaran el visado y hasta el día anterior a partir no compramos el vuelo Yangón-Hanói. Como repetía Robin Williams en la peli homónima, había llegado el momento de gritar «Good morning, Vietnam!» Es el vuelo que hemos comprado con menos antelación en toda nuestra extensa historia viajera. En cualquier caso, nos salió muy bien de precio: 55 €. Las compañías low cost asiáticas son una imitación muy conseguida de las europeas. Son baratas, desde luego, pero nada cómodas. Las hay peores que otras y Vietjetair, con la que nos trasladamos hasta Hanói, se lleva de momento el premio a la incomodidad. Primero, de Naipyidó a Yangón El vuelo fue tardío y la mañana la empezábamos en una ciudad distinta a la que despegábamos. Desde la capital de Myanmar, Naipyidó, apenas hay vuelos y los que hay son carísimos. Por eso tenía más sentido el sinsentido de hacer seis horas de bus hasta Yangón y desde ahí volar hasta Vietnam. El trayecto en bus fue rodeado de birmanos, éramos los únicos turistas y por lo tanto el blanco de todas las miradas. Pero pudimos dormir plácidamente. Los buses comerciales de Myanmar son una opción magníficamente económica y cómoda de trasladarse entre los principales puntos de interés del país. Ya en la estación de buses de Yangón cambiábamos de modo de transporte, el segundo del día: un taxi nos llevaba hasta el aeropuerto. Ahí nos tocó esperar largo, el vuelo retrasó su partida casi una hora y tuvimos que encajarnos en el asiento más minúsculo de avión de la historia. Llegada nocturna a Hanói Pese a que el trayecto no duró más de una hora y media el viaje se hizo eterno. Entre el retraso, los asientos, la falta de entretenimiento… El vuelo fue una tortura. Aterrizamos a las 22.00 h pasadas en Hanói y tuvimos suerte: los trámites migratorios fueron ágiles y las mochilas aparecieron rápido. Con nuestro visado estampado y nuestras mochilas en la espalda salimos a ver la luna de Vietnam. Era de noche y nos tocó sortear al típico taxista que se creía que no teníamos el itinerario hasta el hotel estudiado. Tomamos un bus local por 1,20 € y en una media hora llegábamos hasta la parada más cercana al hotel, desde la que tuvimos que caminar diez minutos para desencantarnos con nuestro alojamiento: el Classy Boutique Hotel. El hotel que no es lo que parecía Habíamos reservado un hotel bien, económico pero más caro que cualquier hostal, con la idea de tener un aterrizaje en Hanói tranquilo y poder planear, cómodamente, las siguientes etapas de la ruta en Vietnam. Pero las fotos nos habían engañado, y también los comentarios. Lo que habíamos creído un hotelito nuevo y arreglado, cuidado y elegante, es en realidad un hospedaje cutre y desfasado, kitsch hasta el esperpento, con unos empleados sobreactuados y muy pesados. El hotel que en Booking tiene un diez es en realidad un cinco raspado. Nos metieron un gol, y nos gusta más marcarlos que recibirlos. Pese a todo, el hotel está más o menos limpio y el aire acondicionado funcionaba… hasta esta mañana. Dormimos bien pero nos hemos despertado enfurruñados. El aire no funcionaba más y se estaba mejor en la calle, con sensación térmica de 43 grados, que en la habitación. Ahora sí: ¡Good morning, Vietnam! El aire lo han arreglado más tarde, sí. Y le ha tocado pringar, con disculpas exageradas, a la recepcionista del segundo turno, que ha sabido explicarse bastante bien. De momento en Vietnam parece que nos perdemos en las conversaciones. En los dos sentidos: a ellos no les llegan bien nuestros mensajes y viceversa. Sin embargo, se nota que es un país acostumbrado al turista, que lo tiene interiorizado y lo utiliza, o ignora, según su conveniencia. Hanói de día mola todavía más que de noche Hanói en nuestro primer día, ayer por la noche, nos recibió con las luces apagándose. Hoy la hemos visto mejor, y nos ha encantado. Es de esas ciudades que nos gustan: ajetreadas, con personalidad, divertidas. La capital de Vietnam tiene más de seis millones de habitantes, y una población parecida de motos. Salen de todas las esquinas y se apoderan de las aceras. Hay que caminar por la carretera, porque el espacio que se supone habilitado para caminar lo ocupan miles de motos aparcadas. Hanói es un panal inmenso, en el que las motos son las abejas. Como venimos entrenados de la India, cruzar se nos complica menos. Pero no es sencillo. La norma es caminar con decisión y ellas, las motos, te sortean. No le hemos visto muchas cosas a Hanói de momento. Solo una parte de su barrio antiguo, lleno de edificios castigados por los años que le sienten fantásticamente. Lleno de cafés, de barecitos donde pedir una bia hoi —la caña vietnamita— y de todo tipo de restaurantes callejeros. Vietnam pinta bien porque la cerveza es muy barata y tienen su versión del bocadillo español: el banh mi. Hoy nos hemos comido dos, y nos hemos bebido seis cervezas. Este debía ser el acicate de Robin Williams para su «Good morning, Vietnam» todos los días. A la hora de la cena nos hemos salvado por los pelos. Hemos llegado justo a tiempo a la genial bocatería Banh Mi 25 cuando ha empezado a diluviar. Los bocadillos con la cerveza saben mejor con la lluvia de fondo. Después del primer chaparrón, al que le seguirían después varios más, el atardecer se mezclaba con las nubes para pintar al cielo de un naranja nuclear espectacular. Volvíamos al hotel con desgana. Hanói mola bastante, y el hotel no tanto. Al menos nos han arreglado el aire acondicionado y no sudaremos la gota gorda por la noche.

Visitar Naipyidó, una experiencia viajera única | Día 18

Un coche en la avenida más inmensa del mundo, la carretera de veinte carriles de Naipyidó, la capital de Myanmar

Reconocemos que servidores, que ya somos un rato viajados, tendemos involuntariamente a comparar lugares. Tal sitio se parece a tal otro, y este tiene un aire a aquel. Es un reflejo inconsciente, una manera de procesar mejor lo desconocido, eso que tenemos ante nuestros ojos por primera vez. Buscando esas semejanzas empezamos a distinguir sus particularidades, las cosas que hacen a ese lugar único —pese a que nos pueda evocar a tantos otros—. Todo, siempre, desde la superficialidad forzada de las pocas horas que pasamos ahí. Con la capital de Myanmar, a la que llegamos ayer, la reminiscencia era clara. Visitar Naipyidó es como estar en Corea del Norte. Lo pensó una, que no ha estado, pero también el otro, que sí ha estado. Por su atmósfera misteriosa, por su silencio enigmático, por parecer todo una pantomima. Naipyidó no es una ciudad fantasma, pero casi Reminiscencias al margen, ya comprobadas ayer, Naipyidó no ha sido tanto lo que habíamos leído. Aunque más o menos. No es una ciudad fantasma, porque sí hay cosas, coches y personas. Muy esparcidas todas, por el diseño extensísimo de la ciudad. No hay epicentros ni núcleos ni corazón. Naipyidó fue diseñada a la fuerza con el propósito de ser dispersa. Nada en esta ciudad te indica que lo sea, a excepción de esas avenidas enormes de ocho carriles por dirección. Son megaconstrucciones incomprensibles, quizás atisbando un futuro en el que la ciudad tenga diez veces la población actual. Pero ni así se justifican esas calles inmensas, en las que a duras penas se juntan tres coches. Lo que más sorprende de visitar Naipyidó, entre la sorpresa continua, es la ausencia de edificios. ¿Dónde están las casas? ¿Dónde vive la gente? Porque gente, aunque no mucha, hay. Anoche vimos varios comensales en el restaurante Tai Kitchen en el que cenamos. Hoy hemos visto gente por la ciudad. Una moto (de verdad) para visitar Naipyidó Para poder desplazarse de un punto a otro hace falta un vehículo. Porque no sabemos si existe transporte público y la opción de caminar no es viable. Tampoco la de pedalear. Es gracioso ver que en la recepción del hotel hay aparcadas tres bicicletas que están a disposición de los clientes. Se pueden alquilar por 1.500 kyats la hora (un euro aproximadamente). Ni el más rápido de los ciclistas podría visitar la ciudad en un día. Antes desistiría abrasado por el calor y extenuado por las distancias. Contratar un conductor, ya sea de moto o coche, es otra opción. Carísima, claro. Y, por lo tanto, desestimada por nosotros. Así pues, solo quedaba una opción para visitar Naipyidó: alquilar una moto, en el mismo hotel, por 3.000 kyats la hora (2 €). Una moto de las de verdad, nada que ver con las motos eléctricas de juguete con las que recorrimos Bagan. Después de tres días de aquel entrenamiento, y pese a no haber conducido una moto en nuestras vidas, nos hemos visto con ánimos; en realidad nos hemos visto casi obligados: no nos quedaba otra. No era siquiera una moto automática, sino manual, a la que había que cambiarle las marchas. Siempre hay una primera vez para todo, y la primera vez para conducir una moto ha llegado a los 31 años en Naipyidó. Todo muy normal y muy correcto. Parada en la Uppasanti Pagoda El titular es que seguimos vivos y lo de la moto se nos ha dado mejor de lo esperado. Es verdad que la ausencia de tráfico ha ayudado. También que pudiéramos escoger entre diez carriles desiertos para conducir. Gracias a nuestra moto hemos podido pisar y recorrer la capital de Myanmar, y sobre todo divertirnos en ella. Es entretenidísimo encarar esas avenidas enormes sin coches, sin horizonte, sin final. Bueno, muy al final encuentras la salida o el desvío. Así hemos encontrado, después de casi media hora —treinta minutos sin tráfico ni un semáforo a casi cincuenta por hora—, la primera de las tres paradas de nuestra ruta por Naipyidó: la Uppasanti Pagoda. Es imperdible, en realidad, porque se ve desde cualquier punto de la ciudad. Su color dorado y sus dimensiones hacen de ella el elemento más reconocible de la capital birmana. Es una suerte de réplica a la moderna de la Shwedagon Pagoda de Yangón, el principal edificio religioso del país. Pero más allá del dorado no tiene nada que ver con ella. La una tiene cientos de años de antigüedad y esta, apenas un par de lustros. La de Yangón está tan llena de gente como esta vacía. Aquella parece tan mística y espiritual, tan auténtica, como esta impostada y forzada. Pese a todo, es realmente hermosa. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Desoyendo a la autoridad por un par de buenas fotos Desde la Uppasanti Pagoda se ve toda la ciudad y se puede confirmar que no hay casas, solo carreteras y bosque. Es la formulación cosmopolita más extraña que hayamos visto. Y aquí vive un millón de personas, se comenta. Hemos seguido hasta la zona del Parlamento. Los edificios gubernamentales ocupan un área de terreno inmensa, pero están escondidos a ojos curiosos. No es posible acceder hasta ellos y se rodean de bosques. La carretera de enfrente es el motivo que nos trajo hasta aquí: veinte carriles, uno detrás de otro, dispuestos para ser ocupados por cientos de miles de coches —que no existen—. Por esta avenida de Naipyidó, teóricamente la principal, hay menos tráfico todavía que en el resto de la ciudad. El aspecto es desolador, postapocalíptico, impresionante. La hemos transitado hasta donde hemos podido. Una valla impedía el acceso a vehículos que no estuvieran autorizados. Detrás de esa valla, donde esa avenida loquísima continuaba, estaba el edificio principal del Parlamento. Hemos tratado de pararnos en medio y hacer un par de fotos, pero los policías, apostados a los dos extremos de la carretera, han empezado a pitar con su silbato, indicándonos que no podíamos hacer eso. Nos hemos saltado las indicaciones de la

Naipyidó, la capital de Myanmar | Día 17

El hotel Vegas en Naipyidó, la capital de Myanmar

En la ruta turística habitual por cualquier país aparece siempre, en un momento o en otro, aunque sea solo de pasada, aunque sirva solo de puerta de acceso o salida, la capital. Eso no aplica a Myanmar, en realidad. Su reciente capital es desconocida por la mayoría, y visitada por casi nadie. Para los entendidos en geografía, los que saben decirte de carrerilla las capitales de todos los países, Myanmar representa un reto. Porque Yangón ya no ejerce la capitalidad como la hacía hasta 2005, por mucho que siga siendo la ciudad más importante y poblada. Naipyidó, la capital de Myanmar, es una ciudad nacida de la nada, parida de manera premeditada, bizarra e incomprensible como pocas. ¿Nadie la visita? Cultura Nómada sí, claro Y pese a todo, por mucho que nadie pase por ella —de hecho, ni la Lonely Planet la menciona en el apartado de Myanmar de su guía del Sudeste Asiático—, nosotros la íbamos a visitar. Lo sabíamos desde antes de llegar al país. Era, de hecho, parada prioritaria. Casi tanto como Bagan o Inle, a los que sí van todos los demás viajeros, los que presumen de juicio. Nosotros, a cambio, presumimos de querencia por lo singular. Naipyidó, la capital de Myanmar, es una ciudad muy rara, como hemos podido comprobar cuando hemos llegado. Tiene un halo extraño de ciudad misteriosa, que algún secreto esconde. Es complicado distinguir los bulos de las certezas cuando a ella se refieren. En especial en internet, donde se la ha elevado a lo más alto de las capitales sin sentido, por encima de Brasilia o Canberra, como otras muchas edificadas de cero para fortalecer el poder gubernamental —casi siempre autoritario—. Mañana será el día de explorar a fondo Naipyidó, la capital de Myanmar. Y también sus avenidas inmensas de veinte carriles —diez por dirección— sin coches. Las dimensiones vastísimas, la ausencia de casas, los hoteles de lujo, la enorme magnitud de los edificios parlamentarios. Naipyidó da para un reportaje a fondo. Nosotros solo podremos apuntar pinceladas de impresiones y confirmar, o refutar, lo leído sobre ella. La mini van de Inle a Naipyidó De momento sabemos que recordaremos a Naipyidó, la capital de Myanmar, como la responsable del peor trayecto de lo que llevamos en el país. De no haber sido por quererla conocer, en nuestra memoria viajera tendríamos almacenados esos comodísimos buses de la compañía JJ Express. Pero la compañía de marras, que sí opera buses desde y hasta Naipyidó, no tiene sin embargo la conexión que nosotros necesitábamos: Inle hasta aquí. Por eso tuvimos que explorar alternativas. La una, el bus de otra compañía, no nos acababa de convenir porque partía tarde, a las 11.00 h, y encima había que encontrar la manera de conectar con la ciudad de salida, a más de media hora de distancia de Inle. Así que optamos por la opción mini van. Era económico y directo. No esperábamos que la experiencia fuera tan desagradable. En una furgoneta más o menos grande hemos entrado dieciséis personas. Delante el conductor con una pareja de viejitos birmanos. Detrás, en una fila de tres asientos seguidos, justo al lado de la puerta, un chico israelí y dos birmanos. Sus lugares eran espaciosos y tenían ventanas a los dos lados. Detrás, tres australianos. A un lado dos, un pasillo al medio, y al otro lado otro. El que iba solo tenía espacio extra para las piernas. En la siguiente fila, con la misma disposición, una chica sola y otros dos chicos del otro lado, todos birmanos. Y en la fila trasera, la más estrecha, la más incómoda, la menos ventilada, cuatro asientos. Nosotros dos y dos chicos birmanos. Un trayecto para olvidar Al principio no nos sentíamos tan mal. El viaje se suponía más o menos corto, de unas seis horas, y el calor no resultaba agobiante. Parecía que sobreviviríamos sin aire acondicionado. Pero la cosa ha empezado a torcerse. La carretera nos ha empezado a recordar a las de Nepal: mal asfaltada, llena de baches, trozeada, irregular. Hemos empezado a dar saltos y el estómago nos ha recordado que acabábamos de desayunar —mucho—. Entonces se ha puesto a llover, a diluviar, y se han cerrado todas las vías de ventilación. El calor era asfixiante, el agobio era enorme. Hemos parado por suerte a descansar en un área de servicio y hemos podido respirar. La vuelta a la furgoneta ha sido como volver al infierno. Conforme avanzábamos dejábamos atrás el fresco de las montañas que rodean a Inle. Las dos últimas horas de trayecto han sido insufribles, estábamos deseando llegar y dejar atrás ese viaje insoportable. Una vez en Naipyidó, el sainete final Pero el viaje nos guardaba lo mejor para el final. En Naipyidó todo está alejadísimo de todo lo demás. No hay un centro como tal, ni una calle principal. Son sectores dispersos, ni siquiera barrios. El conductor, un birmano chulo, de peinado y pose hollywoodiense, tiene controlado el negocio de los extranjeros. Primero hemos dejado en las afueras, en lo que parecía una residencia universitaria, a dos de los birmanos. Han recogido sus maletas y se han ido. No era fácil imaginar fiestas universitarias en esas cuatro chabolas destartaladas. Luego, un cuarto de hora más tarde, hemos llegado a la primera de las estaciones de bus. Se han bajado dos chicos más, de los birmanos. Los demás no sabíamos qué seguía. Una horda de taxistas se ha acercado a la furgoneta tratando de repartirse la carroña de los extranjeros. Traemos el signo del dólar pintado en la frente. El conductor se ha bajado, ha entrado en unas oficinas, se ha fumado cuatro cigarros, le ha preguntado a la pareja de abuelitos y a la chica de delante dónde querían que los llevara. Entonces, nuestros compañeros viajeros le han enseñado la ubicación de su hotel, y nosotros la del nuestro. El conductor hablaba con los taxistas, discutía con ellos. Nosotros no sabíamos si seguíamos o nos quedábamos, si había más paradas o no. Estábamos a

En barca por el lago Inle | Día 16

En un paseo en barca por el lago Inle, una reunión improvisada de barqueros

El motivo por el que habíamos llegado hasta el lago Inle, caminata de dos días mediante, era hacer un recorrido en barca por el lago Inle. Y hasta hoy, tres días después de la llegada, lo cierto es que el lago apenas lo habíamos visto. Lo atravesamos de punta a punta, desde abajo hasta arriba, el primer día, cuando acabamos el trekking y nos acercaron a nuestro hotel, el Spring Lodge Inle. Pero ese día no cuenta: estábamos muertos del paseo y solo podíamos centrarnos en llegar al hotel para ducharnos y dormir. Desde entonces habíamos visto el canal que conecta el lago con Nyaung Shwe, la población principal de la zona. Y si acaso ayer, muy de lejos, el famosísimo Inle servía de telón de fondo de nuestra curiosa cata de vinos birmanos. Hoy, porque ya no habrá más mañana en Inle, porque muy pronto por la mañana nos marcharemos hacia nuestra última parada en Myanmar, nos hemos visto obligados a hacer lo que veníamos a hacer en Inle. Que es lo que hacemos todos los que venimos a Inle: visitar y recorrer en barca el lago Inle, y también sus alrededores. Para eso hemos salido del hotel moderadamente pronto pero no demasiado. Buscando al barquero para nuestro paseo en barca por el lago Inle Queríamos empezar el paseo a mediodía, a esos de las 12.00 h, para tener cierto margen hasta la hora del atardecer. Y lo hemos hecho perfecto aunque el sol, que hoy sí pegaba con fuerza, ha resultado un poco molesto a ratos. El paseo en barca por el lago Inle es fácil de organizar con alguna de las agencias que hay en el pueblo, o incluso a través del hotel. Pero lo más recomendable es salir a la calle y testear el ambiente de los barqueros. En la zona del embarcadero se arremolinan los empresarios del lago. Tienen unos taburetes de los que se levantan apurados cuando ven a un extranjero acercarse. No hay que ser muy obvio, ni mostrarse desesperado. De lo contrario, sabrán aprovecharse bien. Hemos dado un par de capotazos a dos de los ofertantes y nos hemos dejado seducir por la labia de impoluta negociadora de una birmana de cincuenta, menudita, con vestido rosa y sombrero típico. La cifra son 20.000 kyats (unos 12 €) por una jornada entera en barco escogiendo dónde y en qué momentos ir. La cifra es regateable, pero en cualquier caso justa. Por eso la hemos aceptado a la primera. Además, nos ha incluido en el precio la visita a un pueblo al que se llega por una de las ramificaciones más largas del lago. Indein, que es como se llama el pueblo, es famoso por sus cientos de pequeñas pagodas, y ha sido uno de los sitios más interesantes del recorrido. La experiencia de recorrer Inle en barca El bote se maneja a motor. Tiene forma de vaina alargada, anchita del medio y estrecha de los extremos. En ese medio ancho se colocan hasta cinco sillas, que son el máximo de pasajeros que pueden llegar a ocupar el barco. A ellos se suma el barquero, que se sitúa en el extremo que va el motor, manejando y dirigiendo. Si se consigue juntar un grupo de cinco el paseo resulta muy económico. En cualquier caso, pese a ser solo dos, lo que hemos pagado nos ha parecido justo por todo lo que hemos hecho y visto. Ante tantísima oferta y tan poca demanda —debe ser la época, pero casi no encontramos turistas en lo que llevamos de Myanmar— hubiéramos podido sacar la excursión por menos. Pero la negociadora birmana, tan convincente, tan decidida, tan espabilada, ha sabido vendernos rápido su precio estándar. Para protegerse del sol o del agua que salpica, siempre te ofrecen un paraguas, que hemos tenido que utilizar solo al final, ya de vuelta, porque hemos acelerado y las prisas amenazaban con dejarnos empapados. Las sillas, de madera, están cubiertas con un cojín que amortigua y acomoda las posaderas. La velocidad es siempre moderada, pero suficiente para despeinarte y dejarte mal en todas las fotos. La experiencia es divertidísima y súper interesante, tremendamente disfrutable. La vida en el lago El recorrido es personalizable, pero vale la pena dejarse guiar si uno no tiene muy claro lo que hay que ver. De punta a punta del lago, de norte a sur, hay casi una hora y media. El lago Inle es el segundo más grande de Myanmar, y seguramente el más movido y ajetreado del mundo. A todas horas tiene barcos moviendo pasajeros de un lado a otro. Pasajeros de todo tipo: turistas pero también locales. Nuestra primera parada han sido los jardines flotantes, camino del extremo sur. Las gentes de Inle se las han ingeniado para sacarle partido al lago incluso para cultivar en él. Más abajo, hemos pasado por los pueblos flotantes. Las casas están construidas encima del agua y se aguantan con madera. La gente salía y entraba de las casas con la mayor naturalidad. Era un pueblo con todas las de la ley: con restaurantes, con tiendas, con mercado, con oficina de correos. En el recorrido turístico es inevitable que acabes en algún lugar demasiado turístico. Nuestro barquero nos ha llevado a una de las casas flotantes donde trabajan tejiendo todo tipo de telas: algodón, loto, seda. Una chica nos ha hecho un breve tour y al final nos ha acompañado —perseguido, de hecho, porque no había opción de librarse de ella— hasta la tienda, donde venden lo que allí mismo producen. Nos hemos sentido obligados a comprar algo para agradecer la visita, y hemos comprado un refresco. Le hemos hecho un par de amagos a la chica, preguntando por el precio de dos prendas, pero la hemos dejado con las ganas de comisión porque no estábamos en disposición de comprar ropa a 20 €. El pueblo de Indein Desde ahí hemos ido a Indein, en uno de los brazos del lago. El camino de agua se estrecha

Al rico pescado birmano de lago | Día 14

Un plato de pescado birmano en el lago Inle, en Myanmar

Nos hemos agarrado a una excusa ardiendo para permanecer un día más en nuestro hotel de Inle, el Spring Lodge Inn. A dos, de hecho. Las heridas es mejor que cicatricen antes de seguir caminando. Las ampollas de uno de nosotros se han puesto feas. Son las consecuencias de la falta de costumbre a las caminatas, y del uso de un calzado más apropiado para salir de fiesta que para pasear por el monte. Por eso, hoy no iba a ser posible devanear en exceso. Encima, el clima nos ha dado la razón: explorar el lago no era la mejor de las ideas. El día, eso sí, lo acabaríamos probando el pescado birmano. A eso de las 12.00 h, después de un desayuno insuperable a base de todo lo que pueda caber en un buen desayuno, el cielo ha empezado a oscurecerse. Y el viento frío, alarma perfecta de lo que ha de venir, ha empezado a agitar. Hemos dejado la hamaca de la zona de la piscina —sí, el hotel tiene piscina; y un servicio de habitaciones al que pusimos anoche a prueba para la cena— y nos hemos vuelto a la habitación. Tenemos un balconcito que da al exterior, y ahí nos hemos sentado a ver cómo azota el monzón en Myanmar. El lugar era ideal para ver la lluvia caer. Solo nos faltaban un par de cervezas, unas patatas bravas y unos berberechos. Esperando a que escampe para probar el pescado birmano de Inle Cuando parecía que empezaba a escampar y nos planteábamos salir a comer, el cielo nos ha invitado a esperarnos un poco más. Un halo de luz y, al medio segundo, un estruendo enorme. Ha sido un rayo que debe haber caído en la casa de los vecinos, pero ha parecido una bomba. No recordábamos un susto igual desde cualquiera de los días de la India con cualquiera de sus vicisitudes. Mucho después, en lo que era un evidente paréntesis entre aguaceros, nos hemos decidido a salir a la carretera. A falta de poder caminar bien, hemos tomado prestadas unas bicicletas en el hotel. Hemos comprado una pomada para que ayude en el proceso de cicatrizar las ampollas, hemos pasado por el único supermercado de la ciudad para comprar un poco de queso y un mucho de cervezas y hemos ido a comer a un restaurante en el que nunca nos habríamos parado de pasada. Pero íbamos a propósito: nos habíamos dejado recomendar por Google Maps. Que no será la Guía Michelin, pero suele acertar en qué sitios son los más adecuados para comer. Pese a roñoso y descuidado, el restaurante Sin Yaw, muy familiar y auténtico, ha resultado un acierto. En unas brasas poco llamativas cocinaban de todo. Nosotros hemos pedido un par de mazorcas de maíz —a las que le faltaba un poco de toque mexicano: crema, limón, chile—, un poco de pollo y un pescado birmano a la Inle. El pescado birmano estaba cocinado al estilo del lago y, lo más importante, pescado esa misma mañana en el lago. Estaba riquísimo con su poco de arroz y sus verduras de acompañamiento. Todo eso y una cerveza de las grandes por 6.700 kyats, que son 4 € según el cambio de hoy. Así compensamos el gasto del día extra del hotel. Quizás si comemos ahí todos los días podemos alargar —todavía más— la estancia aquí. Todo sea por el bien de nuestros pies, claro.

¡Llegamos al lago Inle! | Día 13

Una casa que flota en el lago Inle, en Myanmar

En el primer día del trekking hasta el lago Inle, anoche nos duchábamos al aire libre antes de irnos a dormir. A plena luna en un habitáculo inventado para la ocasión en la casa que nos daba cobijo nocturno. A falta de una ducha como tal, el cuenco y el agua fría hicieron el apaño. Sí, anoche nos quitamos el sudor del primer día de la caminata entre Kalaw y el lago Inle a cuencazos de agua. Nos fuimos a dormir cuando nuestros compañeros de aventura aún seguían bebiendo. Es un grupo joven: 23, 24, 25, 28, 19… Éramos claramente los más viejos del lugar. Compartimos dormitorio los diez. Tantos colchones minúsculos como personas éramos tendidos en el suelo, con una suerte de sábana y un par de mantas por si hacía frío. El calor humano iba a ser suficiente. Cuando tratábamos de alcanzar el sueño, los seis que se habían quedado subían medio borrachos y empezaron a hacerse los jóvenes: sin apuro alguno ni respeto por la tercera edad. Eso parecía un party hostel. “Jiji, jaja. No, duerme tú allí. No, vente aquí. Bueno, durmamos los seis juntos. Jiji, jaja”. Nosotros, claro, nos hicimos los dormidos odiándolos profundamente. O quizás envidiando su insultante juventud y mayor despreocupación. Esta mañana teníamos que estar desayunando a las 06.30 h para reemprender el camino una hora después. Uno de ellos, el más activo y charlatán, un australiano con ojos japoneses, nos preguntaba si nos habíamos enterado del jaleo de anoche. Le hemos restado importancia: “Bueno, algo escuchamos”. Anoche no quisimos hacer un numerito y hoy no hemos querido reprocharles nada. Nosotros, hace más de un lustro, también tuvimos veinticuatro años. Qué carcas sonamos. El desayuno ha ayudado poco. Fruta, fruta, más fruta y arroz. Nos hemos acostumbrado a que el arroz sea en Asia también desayuno… Pero igual seguimos prefiriendo nuestras tostadas con mantequilla y mermelada. Tanaka para protegerse del sol Nuestro segundo día de trekking, tercero ya del resto del grupo, nos iba a conducir hasta el lago Inle, el horizonte y objetivo de la aventura. Tan, el guía, nos ha mimetizado con la tradición birmana. Esta mañana ha preparado tanaka, un cosmético natural que también sirve de protector solar. Lo lleva todo el mundo en Myanmar y hoy nos ha tocado llevarlo también a nosotros. Parecíamos guerreros preparados para la batalla final. Con nuestro tanaka pintado en la cara, nos hemos despedido de nuestros anfitriones y hemos empezado a ascender. El primer tramo de la caminata de hoy no ha sido sencillo: subida, subida, subida. Hemos empezado a sudar. Ni los dos descansos bien premeditados por Tan han servido. Luego la cosa ha mejorado: terreno llano y bien asfaltado. Nos ha tocado pagar la entrada a la zona del lago Inle y entonces ha empezado lo (no) divertido. A lo lejos se divisaba el lago, como una especie de espejismo inalcanzable. “Solo nos quedan nueve kilómetros”, ha dicho Tan. No eran tantos. Ayer habíamos hecho veinte en total y hoy ya llevábamos al menos diez. Pero el terreno se ha vuelto agreste, se ha asalvajado. Las ampollas, compañeras inesperadas del tramo final Estábamos transitando una especie de montaña rocosa, que ha sido más sencilla de coronar que de descender. Entonces es cuando han aparecido las ampollas en los pies y urgía llegar. Por delante iba un grupo de cuatro de los chicos que han puesto el turbo. Por detrás, los tres más lentos seguían siéndolo. En medio, a un ritmo constante pero paciente, estábamos nosotros dos y una de las chicas holandesas. Tan, el guía, se había quedado cerrando el grupo, haciendo de coche escoba. Ante la duda de hacia dónde dirigirnos nos guiábamos por las huellas. Ha habido momentos críticos, descendiendo rocas, en los que parecía que escalábamos en lugar de caminar. Hemos tenido que ejercitar el sentido de la orientación —mirando al infinito y adivinando dónde estaba el lago— y pisar casi de talones todo el rato, para evitar que la parte delantera del pie, la de las ampollas, volviera a encontrarse con el suelo. Al cabo de un descenso que ha parecido eterno nos hemos juntado con el grupo delantero. Estaban sentados al final del sendero, en un par de bancos, casi reclamando nuestra impericia. Nosotros, en cambio, los mirábamos protestando por su imprudencia. El grupo se había partido y todos hemos tenido que tirar de instinto para seguir avanzando. Los reclamos no han sido verbalizados, solo reflexionados. La paz ha permanecido. Ha llegado Tan barriendo a la chica alemana, siempre la última, y nos ha indicado dónde íbamos a comer. Final del trekking al lago Inle Un plato de noodles algo ligero y un poco de fruta nos ha dejado listos para la siesta. En cambio, tocaba afrontar la última parte del trekking, ya sin caminar. Un bote nos iba a llevar hasta lo alto del lago Inle, donde se encuentra la concentración de población principal y donde están la mayoría de alojamientos. Ellos, los otros ocho, habían reservado conjuntamente un hostal. “¿Dónde vais a alojaros vosotros?”, nos han preguntado. Hemos hecho de menos a nuestro hotel, el Spring Lodge Inn, para no parecer más carcas de lo que somos: “Bueno, hemos reservado un hotel que se ve bien y que no es muy caro”. Es la arena que sigue a la cal —muy disfrutada, eso sí— de la cansadísima caminata. Nos vamos a alojar un par de noches en un hotel genial por un precio más alto de lo que acostumbramos a pagar, pero todavía aceptable: 25 €. Es el merecido premio a nuestro esfuerzo y el lugar perfecto para curarnos de nuestras ampollas. Ah, además nos tocará conocer el lago Inle y ver a sus famosos pescadores equilibristas.

Primera etapa del trekking a Inle | Día 12

diario ruta Myanmar

Como vamos alternando el ahorro con pequeñas licencias de confort, decidimos darnos un poquito de cal y otro poquito de arena en esta parte del viaje por Myanmar. Después de Yangón, su ciudad más importante, Mandalay y sus alrededores y la majestuosa Bagan, era momento de encaminarnos hacia el lago Inle. Y nunca mejor dicho. Para llegar, la mayoría de los que visitamos el país decidimos contratar un trekking a Inle con guía desde la más o menos cercana ciudad de Kalaw. Desde ahí, en dos o tres días —según tu ánimo por hacer camino al andar— se llega a Inle. Nosotros escogimos hacerlo en dos días, que es la versión light del trekking a Inle, la menos acostumbrada pero la más indicada para dos especímenes como nosotros, a los que el ejercicio que mejor se les da es empinar el codo para beber cerveza. Compartiendo trekking a Inle con Tan y un grupo de mochileros Para que la cosa salga económica hay que compartir el paseo con más gente. Con unos perfectos desconocidos. La tesitura era compleja, pues el grupo con el que íbamos a llegar hasta el lago había partido un día antes, porque ellos sí se habían atrevido con el trekking a Inle tradicional de tres días. Eso implicaba que estaban ya rodados, y tendríamos que adecuarnos a su ritmo, y que estarían amistados. Lo que no sabíamos es que el grupo, muy heterogéneo en procedencias, se había juntado a propósito unos días antes para que la cosa les saliera también económica. La mayoría viajaban solos, pero se habían juntado para la ocasión y les unía, incluso, un grupo de WhatsApp. Que son palabras mayores. En este contexto hemos aterrizado nosotros. A las 08.30 h salíamos de Kalaw en moto hasta el punto de encuentro, un pueblito en el que hemos esperado un rato a nuestros compañeros de aventura. Ha llegado Tan, nuestro guía, un tipo entusiasta y risueño, buen conversador y perfecto explicador de la realidad birmana. Tan tiene gafas y es menudo, como la mayoría de sus compatriotas. A ratos se pone a cantar y le gusta hacer infinidad de paradas. “Cada semana hago un tour”, nos cuenta. Se debe saber ya todos los misterios de la caminata, y cómo hacérnoslo más sencillo a los que la hacemos. Detrás de él venían los ocho compañeros de trekking a Inle. Cuatro chicas, cuatro chicos. Una alemana, dos holandesas, una británica, un neozelandés, un australiano y dos británicos. En esa amalgama tan anglosajona, y también un poco europea, aparecíamos nosotros como elementos distorsionadores con nuestro inglés con acento latino. Todos han sido muy majos y nos han tratado de integrar rápido. Entonces no sabíamos todavía que su historia venía de lejos y creíamos que solo llevaban un día de accidental relación amistosa. Su compadreo y las bromas, sin embargo, nos han puesto sobre la pista que luego hemos confirmado. Vida rural en el campo birmano El primer tramo del paseo ha sido cómodo. Un poco subida y bajada, pero básicamente cómodo. Nos cuentan los chicos que lo de ayer fue hasta aburrido, porque solo atravesaron bosques y las vistas eran poco interesantes. Parece que hemos acertado: el escenario de hoy mejora un mucho al de ayer. Caminamos por senderos dibujados en medio de enormes campos. A ratos pasamos entre valles y rodeamos montañas. Empezamos a divisar vida rural. Los birmanos de la zona se protegen del sol con sombreros y nos saludan con el ‘hola’ de aquí: “Mingalaba”. Se sorprenden solo a medias de vernos. Saben que el trekking a Inle es una actividad que hacen muchos turistas a diario, y se les nota acostumbrados a la presencia de extranjeros. Eso no resta ni un poquito de sinceridad a su sonrisa ni de entusiasmo a su saludo. Les devolvemos el gesto esforzando el acento: “Mingalaba”. Paramos para hacer un descanso y tomar un té en un pueblito en el que nos recibe una mujer de fácil ochenta años que se gana la vida tejiendo. Historias birmanas en el trekking a Inle Tan, nuestro guía, nos explica que por cada prenda que hace gana unos 3.000 kyats (unos 2 €) y que tarda aproximadamente tres días en hacer cada una de las prendas. O vivir en el campo en Myanmar es muy barato o los números no salen. Lo cierto es que las casas son muy básicas, pero están bien acondicionadas. Algunas incluso tienen luz y la señal de teléfono llega con bastante intensidad. Todavía podemos consultar nuestro Instagram. Nos despedimos de la mujer y la dejamos tejiendo. Tan nos ha contado que pertenece a la etnia Pa-O, como otras 600.000 personas. Tienen su propia lengua y una historia revuelta. Myanmar es un país multiétnico, en el que habitan más de cien grupos de población distintos. En estas, nos aventuramos a preguntarle a Tan por el problema que hay en el país con una minoría musulmana, los rohingya. “El problema no tiene nada que ver con la religión”, nos explica. Básicamente, cuenta que son gente a la que incluso rechazan muchos musulmanes del país, que solo tratan de buscar la confrontación. Lo cierto es que desde fuera se percibe casi como una limpieza étnica. Tan nos cuenta que la realidad es mucho más compleja. Puede que su punto de vista sea sesgado, pero desde luego habla con mucha más propiedad y conocimiento de la situación. La falta de perspectiva, en cualquier caso, no ayuda para que su dictamen sea lo suficientemente justo. Ron Mandalay para despedir el día Cuando es la hora de comer, ya hambrientos, comemos. En otro pueblito estándar en el que se nota que están acostumbrados a servir el almuerzo a diario a grupos de mochileros. Con el paquete contratado en la agencia se incluyen las comidas, el guía, los traslados y el alojamiento, pero no las bebidas. En las casas nos cocinan, pero a cambio les pagamos las bebidas consumidas. Parece un trato justo. Con más ganas de siesta que de caminata, reemprendemos el

Preparando el trekking hasta Inle | Día 11

Las vistas de Kalaw, desde donde empieza el trekking hasta Inle

El principio del día no podía haber sido más desalentador: el diluvio universal nos pilló tratando de entrar en nuestro hotel, el Country Inn, a deshoras. A las 04.00 h de la mañana llegamos a Kalaw, donde solo estamos pasando el día de hoy. Es el punto de partida habitual de una de las actividades preferidas de todos los que venimos a Myanmar, el trekking hasta Inle. Saliendo de Kalaw se organizan excursiones por el campo birmano que llegan hasta el lago Inle, uno de los tesoros del país. El paseíto no es poca cosa. Puede ser de tres días y dos noches o, para los menos atrevidos, de dos días y una noche. Sí, cuando se trata de hacer ejercicio preferimos no jugárnosla: nuestro trekking hasta Inle será el de dos días. Una oportunidad para conocer la Myanmar más rural La experiencia se comenta que es especialmente enriquecedora por la posibilidad de estar en contacto directo con la gente local que vive más apartada del ruido. Paseas por caminos entre aldeas, te maravillas con unas vistas espectaculares, conoces algunas de las etnias del país, compartes con ellos snacks y comidas y duermes al raso, con un futón y un par de mantas, en una casa cualquiera de un pueblecito cualquiera. Hay multitud de compañías y empresas que organizan la excursión. Nos hemos dejado aconsejar y hemos ido a tiro fijo a Ever Smile, una agencia bonita y barata. La única pega es que el viaje no es demasiado personalizado, porque los tours son siempre numerosos, de grupos de hasta doce personas. Pero a estas alturas del viaje, tratando de estirar las semanas y el presupuesto, cada kyat (la moneda birmana) cuenta y compartir experiencia con más gente, al final, es en sí una experiencia. La organización del trekking hasta Inle El plan es levantarse temprano para estar a las 08.30 h en el garito de la agencia, donde tienen montado un despacho pobretón y sin florituras que sabe hacer el apaño. Desde ahí, según nos contaba la chica de la agencia, nos desplazaremos una media hora en coche hasta el punto de inicio del trekking. Inicio nuestro pero continuación del resto del grupo. En principio, si no se unía más gente al plan de nosotros, tendríamos que juntarnos con un grupito de ocho personas que ahora mismo están pernoctando su primer día de caminata. El paseo será corto, porque un día y medio se pasa rápido, pero seguro intenso. Porque no vamos a disponer de luz ni de agua ni de internet. Tendremos que darle un vuelco a nuestra rutina acomodada europea para ajustarnos a las rutinas rurales birmanas. No parece mala idea desconectarse de todo un rato, sin tener que atender ni preocuparse de lo que pasa allí, en lo que podemos llamar casa. Nuestra preocupación es sin embargo otra. Después de cómo nos recibió ayer Kalaw tememos que los senderos de esta parte de Myanmar nos den una bienvenida parecida: pasada por agua. Por si acaso, nos hemos despedido del día con unas cervezas en el restaurante Bistro 29, que tiene las mejores vistas de Kalaw. Ya tendremos tiempo de preocuparnos.

Visitar Bagan, una experiencia memorable | Día 10

En lo alto de un templo perdido de Bagan, en Myanmar

Nos resistíamos a abandonar definitivamente Bagan. Y las circunstancias parecía que nos daban la razón. Nuestra idea preliminar era hacer tres noches y dos días. Porque la primera noche, llegando como llegamos muy entrada la tarde, no iba a ser hábil. Encontramos la manera de alargar nuestra estancia hasta el último momento, de visitar Bagan todavía unas muchas horas más. La siguiente parada en la ruta birmana es Kalaw, en la zona centro-oeste del país, a unas ocho horas en bus de Bagan. Dos servicios de la compañía con la que estamos viajando todos los trayectos, porque es fantásticamente cómoda, conectan los dos puntos. El primero, el de las 08.30 h de la mañana, el que queríamos tomar en inicio, no tenía sitios disponibles. Lo que nos condujo a la tesitura de tener que escoger entre el servicio nocturno, saliendo a las 22.00 h y llegando a eso de las 06.00 h del día siguiente, o hacer una noche más para tomar el bus temprano al día siguiente. Un día más para visitar Bagan En cualquiera de los dos casos íbamos a poder disfrutar de un día más recorriendo en nuestra moto los senderos arenosos de Bagan, descubriendo a nuestro paso templos a los que hacía días que nadie llegaba. Escogimos el bus nocturno por ahorro en tiempo y dinero. Y acertamos de entrada, aunque al final nos íbamos a arrepentir un poco. Íbamos a dejar atrás Bagan de madrugada. El planteamiento de la jornada era parecido al del día anterior, aunque esta vez decidimos desestimar ver el amanecer. Tres días seguidos despertando a las 04.30 h, teniendo un bus nocturno por delante, no parecía la mejor de las ideas. Nos dimos un poco de tregua hasta las 07.30 h. Un poco más descansados que en los días anteriores salimos a hacer la primera parte de la ruta. El sol empezaba a pegar con fuerza y nos dimos dos horas de exploración, hasta las 9.30 h, para tomar luego el desayuno. Los templos desconocidos son los especiales Entre los 2.000 templos de Bagan están los más conocidos, los que todos visitan, los que se atestan de turistas, los que tienen a la entrada paraditas de vendedores locales, artistas vendiendo sus pinturas y niños tratando de engatusar a alguno de los visitantes para que se lleve una postal de recuerdo. Esos, tan majestuosos, tienen cúpulas enormes y vistosas. Por dentro son casi laberintos, con cuatro Budas gigantes siempre, uno encarando cada punto cardinal. Tienen luces artificiales y cámaras de seguridad. Por mucho que haya que visitarlos, y los disfrutes, y los admires, esos no son los templos que hacen de Bagan un lugar mágico. Hay que perderse por caminos de tierra impracticables y equilibrar bien la moto por pasillos resbaladizos de arena para llegar hasta los templos que de verdad te estremecen. Ahí está el espíritu de Bagan, en esos edificios que se caen a pedazos, rodeados de árboles y maleza. Entrar en esos templos es un viaje en el tiempo y una sacudida a los sentidos. El vello de los brazos se eriza cuando cruzas el umbral del templo y ves a cinco metros un Buda enorme en la penumbra. Alrededor, silencio, nadie más. Es un momento estremecedor de paz, lleno de incertidumbre. Hay que sacar la linterna y apuntar al frente. Esperas que en cualquier momento ese Buda, o cualquiera de los otros tres, se levante y empiece a aleccionarte. Pasear esos templos es una experiencia insuperable. La azotea de los templos Lo mejor es cuando te encuentras alguno que, además, tiene el acceso abierto a la segunda planta. A fecha de mayo de 2019 esto es un logro, porque la mayoría de templos grandes, los que tienen azotea, tienen puertas con enormes candados que evitan trepar hasta ellos. Conseguimos ser afortunados —y lo suficientemente intrépidos para desviarnos de los caminos más trillados— porque pudimos subirnos a tres templos; a razón de uno por día. En el primero nos echaron al amanecer, en el segundo justo antes del atardecer y del tercero nos echamos nosotros mismos por prudencia. Eso sí, antes le hicimos mil fotos y lo disfrutamos en silencio. Entendemos las razones que han llevado al cierre del acceso a lo alto de los templos. Es un ejercicio peligroso y que no estaba controlado. Y, sobre todo, es una manera de tratar de preservar el patrimonio en su estado más puro. Pero una de las cosas que hacen inolvidable visitar Bagan es conectarse con los templos desde sus azoteas y, desde ahí, otear la grandiosidad del lugar. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) La generosidad de nuestros anfitriones Satisfechos por el enorme disfrute de nuestro último día en Bagan, tuvimos fortuna cuando los dueños del Look Myanmar Inn, nuestro hospedaje, nos cedieron una habitación para ducharnos. Haber afrontado el bus de madrugada sudadísimos y llenos de arena habría sido un horror. Otra razón más para que visitar Bagan sea memorable: la bondad de sus lugareños. Un primer bus, más pequeño, nos recogió en el hotel y nos paseó por toda la ciudad, como si necesitáramos volver a visitar Bagan por última vez, para recoger a los demás mochileros que iban a hacer el mismo trayecto. Entre ellos, no menos de una docena de uruguayos escandalosos y vacilones. A las 22.00 h puntuales salíamos de la estación de bus de Bagan. La llegada accidentada a nuestro nuevo destino Se suponía que llegábamos al menos a las 06.00 h de la mañana siguiente, y así se lo habíamos hecho saber al hotel Country Inn en Kalaw, que no pusieron pega alguna en que entrásemos a nuestra habitación nada menos que diez horas antes de lo que nos tocaba. El problema, sin embargo, ha sido el contrario al habitual. En lugar de atrasarse, el bus se ha adelantado mucho. Y hemos llegado a destino a las 03.45 h. En cualquier caso, íbamos a probar fortuna con el hotel, claro. No era plan de estar