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Los farolillos de Hoi An y la luna llena | Día 13

Uno de los farolillos de Hoi An navegando por el río el día de luna llena

La geografía de Vietnam resulta curiosa. Si uno mira el mapa verá que tiene forma de enorme ‘S’. De punta a punta, de norte a sur, el país mide casi 1.700 kilómetros. En cambio, es muy estrecho: hay partes en que su ancho es de solo 50 kilómetros. Eso separa su frontera con Laos del Golfo de Tonkin, en el Mar de la China. Para complicar un poco más la logística, las dos ciudades principales del país se encuentran en dos puntos opuestos. En medio del país está una de sus estampas más famosas: los farolillos de Hoi An. Muy arriba, casi en la frontera con China, está Hanói, la actual capital. Y muy abajo, cerca de Camboya, está Ho Chi Minh City —antes Saigón—, la ciudad más poblada del país. De la una a la otra hay que bordear la forma de ‘S’ del país y, por eso, el número de kilómetros que se recorren por tierra es mayor a lo que mide Vietnam entre sus puntos más separados en los dos extremos. Si uno quiere ir de Hanói a Ho Chi Minh por tierra debe hacerse a la idea de que le esperan 1.724 kilómetros por delante, y treinta horas de carretera —o de tren—. El tren panorámico de Vietnam La red ferroviaria vietnamita empieza en una de esas dos ciudades y acaba en la otra. Entre medio están todas las otras paradas. Después de muchos meses sin tomar un tren para desplazarnos —desde la India, de hecho— hoy hemos vuelto a las vías para salir de Hue y acabar en Da Nang. No era la opción más conveniente, pero sí la más barata. Además, el recorrido es uno de los más escénicos del país. Para los que no se atreven con la moto para hacerlo, el tren es la alternativa recomendada. El ferrocarril pasa por el Hai Van Pass, un paso montañoso desde el que las vistas del mar son imponentes. Nos hemos obligado a permanecer despiertos para certificar que habíamos decidido bien. En la estación de Hue, antes de tomar el tren, se nos ha acercado un chavalito que tenía ganas de hablar inglés. Su acento era pulido y su vocabulario acertado. “Vaya, qué buena vida la vuestra”, nos ha dicho cuando le hemos contado lo de nuestros meses viajeros. Estaba esperando a un amigo que llegaba de Hanói, y ha sido él quien nos ha explicado que ese mismo tren acabaría, mañana, en Ho Chi Minh. “Pero vosotros vais a Hoi An, ¿no?”, nos ha preguntado. Ya se lo sabía, y nos ha recomendado un sastre en Hoi An: su hermano. Además de presumir de los farolillos, Hoi An pasa por ser la ciudad más coqueta de Vietnam y es famosa por los cientos de sastres que hay. Sin bodas a la vista no tiene mucho sentido hacerse un traje a medida. Pero lo cierto es que se ven resultones. Da Nang, parada intermedia hasta Hoi An Como el tren no llegaba hasta Hoi An directamente, teníamos que bajarnos en Da Nang, una de las principales ciudades del país. “En Da Nang se dedican a atraer a los turistas construyendo cosas enormes”, nos ha contado esta mañana la dueña del Purple Hue BnB Central Hub, cuando le contábamos nuestro itinerario. El caso es que no queríamos hacer noche en Da Nang, pero es probable que deshagamos la hora que hoy hemos hecho en bus hasta Hoi An. Para ver, de hecho, una de esas cosas enormes a las que ella hacía referencia. Desde Da Nang nos ha tocado tomar un bus en el que los turistas pagábamos el doble que los locales. “Es que llevas equipaje”, era la explicación de una mujer local mayor, que traducía las excusas del revisor del bus. Como estábamos pagando dos euros en lugar de uno, hemos preferido no pelearnos de más y asumir la tasa no escrita por ser guiris. El bus ha sido insufrible, el conductor daba bocinazos sin necesidad y conducía como un demente. Por suerte, el horizonte era esperanzador. Nuestro nuevo hospedaje en Hoi An nos ha hecho rememorar nuestros idílicos días de arrozales, cervezas y tranquilidad en Bali. Nuestra casa para los próximos cuatro días, Lama Homestay, es una hermosa villa alejada del centro de Hoi An, por la que pagamos 15 € la noche. Los farolillos de Hoi An en su día más especial Por pura casualidad, porque nuestra planificación sigue siendo salteada, hemos llegado a la bella Hoi An en su día más especial del mes, cuando hay luna llena. En los países budistas la luna llena siempre tiene una especial significación. En esta menudita ciudad del centro de Vietnam, de callecitas presumidas, casas históricas y muchos turistas, cada día de luna llena de cada mes se celebra el Lantern Festival (el Festival de las Linternas). El centro histórico se atesta de curiosos chinos, coreanos y japoneses, también de muchos europeos y de algunos vietnamitas. Es imposible pasear sin tropezar, sin chocar, sin agobiarse. Pero lo cierto es que la ocasión es única. Hoi An se divide por un río que cruzan varios puentes. En ese río, cuando cae la noche de luna llena, los locales llegan para lanzar pequeños farolillos de papel con velas en su interior. El ritual de los farolillos de Hoi An sirve para recordar a los que ya no están y para soñar fortuna. Y de paso, para aprovecharse de los turistas dispuestos a pagar de más por una cerveza, un paseo en bote por el río o un pancake de plátano. La escena, pese a su autenticidad impostada, es realmente bonita. Nos marchábamos y la gente seguía tirando farolillos al río, apostando a la vela sus deseos.

La tumba del emperador vietnamita | Día 12

Escaleras y puertas que conectan estancias en la tumba del emperador vietnamita en Hue

En la ciudad más regia de Vietnam, la de los emperadores y las tramas cortesanas, nos tocaba gastar nuestro segundo día rindiendo pleitesía a un hombre que ya no existe, visitando la tumba del emperador vietnamita. En Hue hay diseminados por toda la ciudad media docena de mausoleos enormes, construidos en su día para que los vasallos vietnamitas honraran la memoria de sus gobernantes reales. Ahora son pocos los vietnamitas que acuden al llamado del recuerdo de su historia. En cambio, somos los turistas extranjeros, ajenos a todas esas tramas y genealogías, los que sí vamos a ver dónde descansan esos hombres —porque no hay emperatrices— que un día mandaron en Vietnam. Es al final tan extraño esto del turismo. Por qué acudimos a estos lugares históricos, con qué tipo de afán. Llegamos la mayoría a Vietnam sin saber que existió un imperio con emperadores, y nos marcharemos habiendo olvidado el nombre de aquellos a los que visitamos en sus exclusivos y lujosos cementerios. Habría que hacer autocrítica, acercarnos mejor a los lugares, dedicarle más tiempo a entenderlos, prepararlos a conciencia. Conociendo la tumba el emperador vietnamita Tu Duc Reflexiones al margen, hemos decidido visitar el mausoleo de Tu Duc, donde está la tumba del cuarto emperador vietnamita de la dinastía Nguyen, que reinó entre 1847 y 1883. ¿Por qué la tumba de Tu Duc y no cualquier otra, o todas a la vez? Porque no queríamos gastarnos 100.000 dongs (unos 4 €) por cada una de las tumbas a visitar; y porque vista una tumba, entendido el concepto de todas. Además, esta, la de Tu Duc, se comenta que es la más bonita, grande y disfrutable. Y nos hemos fiado de las reseñas de Google, de los comentarios blogueros y de las directrices de la Lonely Planet. Que no nos suelen fallar, por otra parte. Y no nos han fallado. La tumba del emperador vietnamita Tu Duc no es una tumba, es un enorme recinto con edificios, jardines, lagos, puertas, más puertas, muros y estatuas. Porque Tu Duc, que seguro que hizo mucho por Vietnam, merece que su memoria se honre de manera acorde a su desempeño imperial. Paseando por el magnífico complejo imperial El mausoleo es ciertamente bonito. Es abierto y amplio. Sabe mezclarse con la naturaleza del entorno. La arquitectura de los edificios es sobria pero elegante, con tonos amarillos, azules, marrones y naranjas, complementándose bien con el tierra de la tierra, con el azul del cielo, con el verde de los árboles. Darle la vuelta al complejo, llegar hasta la tumba, volver hasta la zona del lago y encarar la salida lleva fácil una hora. Esto sin pararse media hora en cada esquina a fotografiar cada detalle. Así hemos empezado nosotros solo entrar: foto aquí, foto al dragoncito, foto a la puerta, foto al lago, foto a la isla artificial, foto, foto, foto. Como ayer, el calor era de justicia y las fotos, por mucho que nos guste tomarlas, de momento no nos quitan el calor. Por eso le hemos dado un receso al modo fotógrafo y hemos acelerado. Hemos escuchado entonces a una pareja española interpelar a su guía sobre Tu Duc. El guía, canoso y con una barba a lo Ho Chi Minh, hablaba castellano con acento andaluz. ¿Habrá vivido en Granada? Nos hemos enganchado al grupito a una distancia prudencial. Los andaluces y sus pruebas nupciales Había pocos turistas, y no queríamos ser muy obvios. Pero lo de poder atender a un par de datos históricos que nos dieron contexto —¡y encima gratis!— se antojaba de lo más entretenido. Los chavales, treintañeros, andaban de viaje pre-nupcial. En una de las salas te daban la oportunidad de vestirte como Tu Duc y su esposa, para hacerte una foto en el trono imperial. La broma salía por 270.000 dongs (unos 10 €). “Hostia, Vane, vamos a hacernos la foto, así ya matamos una de las pruebas”, le decía él a ella. Se ve que estaban haciendo una yincana de retos que les habían mandado los amigos antes de las nupcias. La chica se ha acercado a nosotros y nos ha pedido si podíamos hacerles un par de fotos de esa guisa. Le hemos contestado en castellano a su pregunta en inglés. Con la complicidad del idioma se ha confesado: “Es que nuestro guía hace muy malas fotos”. Nos lo ha dicho bajito, para que el doble de Ho Chi Minh, que andaba discutiendo el precio de la sesión, no le escuchara. Les hemos hecho las fotos pre-nupciales gratis, era lo mínimo que podíamos hacer tras habernos aprovechado de su guía. Cena mexicana para darle una pausa a la gastronomía vietnamita Después de un par de horas conociendo cómo de bien descansa Tu Duc, teníamos más ganas de visitar a muertos. Esto es un decir. El caso es que siguiendo con la línea de ayer, cuando conocimos el parque acuático abandonado, hoy queríamos dárnoslas de viajeros alternativos visitando el que dicen que es el cementerio más bonito de Vietnam. Bonito no parece el calificativo que deba acompañar al sustantivo cementerio. Pero aquí, en Vietnam, los cementerios son de verdad bonitos. Cada tumba es una pequeña pagoda, un pequeño templo que honra la memoria de esa persona. Nos hemos animado pero solo un rato. El cementerio estaba a una hora de coche, lo que implica al doble de moto. No llevábamos ni un cuarto de camino y nos hemos dado la vuelta. La carretera era una calzada principal, en la que pasaban muchos camiones dando bocinazos. Por mucho que tratáramos de ir a nuestro ritmo, lo cierto es que somos todavía novatos en el arte de conducir motos. Hemos optado por ser conservadores. Vuelta hacia la ciudad, comida-merienda-cena en el restaurante mexicano Why Not? —porque necesitábamos un paréntesis de comida vietnamita— y a descansar pronto, que mañana toca madrugar para seguir bajando por Vietnam.

Por la sombra para conocer la Ciudad Imperial de Hue | Día 11

La ciudad imperial de Hue, la antigua capital de Vietnam

El verano ya llegó, y a Asia con más fuerza. “En invierno hace frío, llegamos a veinte grados”, nos decía esta mañana uno de los chicos que trabajan en el Purple Hue BnB Central Hub, en el que nos alojamos en la ciudad, a la vez que nos explicaba cómo visitar la Ciudad Imperial de Hue. Mejor no le contamos que en Barcelona cada muchos años nieva, y que nuestro frío —que a veces es muy frío— es en realidad una cálida jarana comparado con el frío —que ese sí que es de verdad, del de dobles dígitos bajo cero— de nuestros vecinos nórdicos, por ejemplo. Raro es el país de la zona que tiene invierno de verdad, del de chaqueta y bufanda. Aquí los inviernos son de manga corta y los veranos, de cocinarse en el asfalto. En esas andamos desde Myanmar. En Hue, donde estamos desde anoche y seguiremos hasta mañana, el día empieza con 36 grados a las 06.00 h de la mañana y sigue hasta los 42 en el punto en el que sol más quema, a eso del mediodía. La sensación térmica supera los 50 grados. Y nosotros, echando de menos que alguien invente el aire acondicionado portátil. Los chinos gastan un ventilador portátil menudito que se van paseando por la cara. Remover el aire recalentado no parece la solución al sofoco, pero sí un paliativo aceptable. El invento chino se lleva aquí en Vietnam.  Vietnam y su semejanza con China Aquí, de hecho, se lleva mucho todo lo chino. Vietnam se parece a China, o se esfuerza por parecerse, o la obligan a parecerse. O todo a la vez. Como en el todopoderoso vecino de arriba, Vietnam es un país comunista de boquilla. Aquí la empresa privada emprende mucho y muy bien, y el dinero corre rápido. Ambos son países despiertos, organizados en su desorden asiático, pujantes y modernos. A ojos extraños, de europeo bien acostumbrado, Vietnam es cómodo, tranquilo y desarrollado. Eso sí, tiene ese puntito necesario de chispa, de confusión y anarquía, de canallismo, para que no resulte aburrido… como sí lo es Japón —tan puntual, tan ordenado, tan estructurado—, por ejemplo. A falta de aire acondicionado portátil nos conformamos con el aire que corre en nuestra moto. Seguimos alquilándola día a día para pasear todas las ciudades. En Vietnam es el vehículo que mejor te lleva a los sitios sin depender de nadie. Hoy nos ha tocado doctorarnos. Por primera vez conducíamos en una ciudad de verdad, con avenidas grandes y muchas más motos cruzándose por todas partes. Hemos superado el examen práctico con nota: hemos llegado sanos y salvos al hotel. La visita a la Ciudad Imperial de Hue Lo hemos hecho después de un día en el que hemos visto Hue por la mañana, que nos ha gustado solo un poco menos que por la noche. Esta ciudad mediana del centro del país es la antigua capital del estado, donde vivían y mandaban los emperadores. Por eso la visita principal es la de la Ciudad Imperial de Hue, un inmenso recinto en proceso de constante reconstrucción. La antigua ciudad de los emperadores vietnamitas está amurallada en todo su enorme perímetro y tiene cuatro puertas de acceso, que en realidad es solo una. La principal, donde venden los billetes, es por la que hay que entrar. No vale intentar colarse por la trasera ni las laterales. Sí, culpables: lo hemos intentado. “No, no vayáis, no es interesante”, nos decía un vietnamita aleatorio, que nos ha visto perdidos tratando de ubicar nuestro destino. Y exageraba, a medias. La visita ha a la Ciudad Imperial de Hue sido sin duda interesante. Pero los lugares históricos pierden en interés y emoción cuando no te los explican y, sobre todo, cuando hace tantísimo calor que lo que más te preocupa es encontrar la sombra que mejor te cobije. En cualquier caso, le hemos hecho muchas fotos a la ciudadela imperial y le hemos encontrado cierto encanto arquitectónico. Especialmente en sus puertas. Alguien es un poco fanática de las puertas. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Comida y café antes de un poco de dark tourism A un par de pasos, en la taberna Banh Koai Hong Mai, hemos comido dos de las especialidades de la zona: unos rollitos de cerdo con verduras y un pancake de arroz. La comida vietnamita no deja de sorprendernos para bien. Nos hemos forzado a esperar a que el sol calentara menos aceptando la recomendación del chico del bed & breakfast: una cafetería que sirve café salado, el Ca Phe Muoi. Estaba todo lo bueno que puede estar un café con hielo con leche condensada y con sal. Un invento genial. A los vietnamitas el café se les da de maravilla. Con un poquito de cafeína en el cuerpo para darle ritmo al turisteo, hemos conducido media hora hasta las afueras de la ciudad para practicar un poquito de dark tourism (dícese del turismo que se relaciona con tragedias, muertes, catástrofes o desgracias). Leíamos que ha ganado últimamente en popularidad, entre la comunidad mochilera que pasa por Hue, la visita a un parque de atracciones abandonado. Ahí es donde hemos pasado la tarde. El parque de atracciones abandonado de Hue El complejo está cerrado al público pero manejado por un grupito de mafiosillos que te cobran un euro por entrar a un lugar que no se puede entrar. Después de pasear por el monte un cuarto de hora se llega a la entrada al parque. A lo lejos un enorme dragón, otrora atracción acuática, te confirma que la visita va a merecer la pena. El lugar tiene encanto decadente por su aspecto apocalíptico. Parece que los zombies han pasado por aquí y no han dejado nada en pie. Dentro de la enorme estructura de dragón hay cristales rotos… y mucha basura. Se ha convertido en el lugar de encuentro oficial de los adolescentes vietnamitas para hacer el botellón. Las paredes están llenas

Otro bus en Vietnam y un pícnic improvisado | Día 10

Un pícnic improvisado en bus de Vietnam, donde todo se comparte

Hoy era un día raro de acomodar a nivel viajero y de ruta. Porque no era ni de un sitio, del que salíamos, ni de otro, al que íbamos a llegar. Iba a pertenecer, de nuevo, a la carretera: otro día de bus en Vietnam. Con la cueva que vimos ayer en Phong Nha tuvimos bastante. Para seguir viendo paisajes, mejor avanzar. La zona, en cualquier caso, está sabiendo ejercitar su músculo turístico. Hay viajeros que llegan para quedarse varios días, para explorar montañas además de cuevas, para pasear por la selva y no solo por las carreteras. Como para nosotros no tenía que ser más que la parada para ver la Paradise Cave, decidimos darle una noche. Que en realidad fueron casi dos y otros dos días. Dejando atrás Phong Nha Llegamos al Sky Hotel de Phong Nha en el bus nocturno con complejo de discoteca a las 04.00 h del día anterior, nos levantamos a las 10.00 h para alquilar una moto y llegar hasta Paradise Cave, volvimos al pueblo para comer y descansar. Y se nos hizo de noche y después de día. Pero no teníamos prisa. Entre las opciones de buses que nos ofrecieron en el hotel para llegar a Hue, donde ya estamos, nos quedamos con la más sensata y conservadora: la de las 15.30 h. Antes era demasiado pronto. No estábamos dispuestos a madrugar en exceso para tomar un bus en Vietnam demasiado diurno a las 07.00 h —y menos a las 05.00 h— ni a partir demasiado tarde como para llegar al nuevo hotel, cuatro horas después, directos a la cama. Así pues, tenía sentido rompernos el día. Pero claro, eso nos implicaba no visitar nada —porque ya habíamos visitado todo— pero tener que ocupar el tiempo de alguna manera. ¿Cómo? Instalándonos en un bar a tomar un riquísimo smoothie y un mejor café con coco. Nuestro enésimo trayecto en bus en Vietnam Se nos ha hecho la hora pero el bus no venía. El dueño del hotel, a falta de la hija, tenía que tirar de traductor de Google para hacernos entender. La máquina es imperfecta y era necesario interpretarla: el bus iba con retraso e iba a llegar diez minutos tarde. Diez minutos que han acabado siendo cuarenta. El revisor se ha bajado a recibirnos y a disculparse. No sabíamos dónde nos habíamos metido. Ese bus era un término medio entre van y autobús al uso. El típico mini bus de toda la vida, el que contratan en las despedidas de solteros. Y ahí dentro había un batiburrillo de gente que parecía extrañamente bien avenida. Dos amigos alemanes le tiraban los tejos a una vietnamita risueña, que se dejaba querer. Más atrás había una chica australiana. El resto del bus estaba ocupado por locales. Pero todos hablaban entre todos. Más tarde entenderíamos que el bus llegaba directo de la excursión. De hecho, el revisor, hablando a ratos a viva voz, explicando cosas que no necesitaban explicación, seguía ejerciendo su papel de verdad: el de guía. Nos habían colocado ahí para ir a Hue, en un autobús que había hecho por la mañana la excursión y servía ahora de transporte. El pícnic improvisado y compartido en medio del bus Después de la parada intermedia todos subíamos con víveres para hacer más cortas las dos horas restantes. Uno de los alemanes ha empezado a ofrecer galletas, que los vietnamitas le aceptaban. Dos mujeres han sacado un puñado de panecillos y un cuchillo jamonero. Una abría el pan por la mitad, a pelo, con la mano, y la otra utilizaba el chuchillo para cortar pedazos de carne que había comprado en el receso. Hacía bocadillos y los iba pasando hacia delante y hacia atrás. A nosotros, denostados por intrusos, no nos ha tocado nada. Un hombre ha sacado luego el mango y ha procedido igual: se comía un pedazo y pasaba el resto. Se veía riquísimo, maduro, perfecto para ser ingerido. Pero no, tampoco nos ha llegado. Nos hemos tenido que conformar con la versión barata —y mala— de las Pringles locales, que hemos comprado en la estación de servicio. Las carreteras por las que transitábamos, irregulares como otras que ya no queremos recordar, invitaban a que el viaje acabara rápido. Se ha hecho corto y a las 20.00 h llegábamos a Hue, al Purple Hue BnB Central Hub. Hemos dejado las cosas en nuestro hospedaje —un bed&breakfast modernito y cuidado, con un bar que sirve cerveza artesanal— y hemos salido a cenar. Bueno, y a aprovechar los últimos coletazos del happy hour. Hemos encontrado cervezas a 9.000 dongs (unos 0,30 €) y nos hemos bebido ocho. El centro de Hue parecía que estaba vestido de jueves universitario, lleno de jóvenes vietnamitas con ganas de alcohol y risas. Luces, bares y mucha vida. Hue nos ha recibido con entusiasmo y ya estamos planeando volver mañana a consumir cervezas a precio de agua.

Las cuevas de Phong Nha | Día 9

Esta roca parecía formada a semejanza de un enorme pie, en Phong Nha, en Vietnam

En nuestro camino hacia el sur de Vietnam seguimos siendo aplicados en las paradas a hacer. Después de Hanói, Halong Bay y Tam Coc la ruta natural mochilera, la que todos seguimos sin desviarnos, encuentra su siguiente destino en las cuevas de Phong Nha. Este parque natural es el paraíso para los espeleólogos. Aquí se encuentra una enorme compilación de cuevas. La más grande de todas tiene una lista de espera para ser visitada de un año. Y la visita, más allá de la complejidad de la cita, no es precisamente barata: 3.000 dólares. Pero en las cuevas de Phong Nha hay opciones más asequibles, y al alcance de los que se contentan con curiosear un poco —un kilómetro, para ser exactos— cómo luce por dentro una cueva formada hace cuatrocientos millones de años. Desde entonces, la erosión del tiempo y los elementos —especialmente el agua— han formado y deformado el interior de esas cuevas. Es sorprendente ver la capacidad de la naturaleza para generar obras de arte en esos pedruscos antiquísimos. Es divertido inventarse los modelos que han servido de patrón: setas, animales, órganos, árboles, plantas. La Paradise Cave, la más visitada de las cuevas de Phong Nha La más visitada de las cuevas, por barata, es Paradise Cave. El nombre le hace justicia. Como siempre en Vietnam, para disfrutar de las visitas hay que rascarse el bolsillo: 250.000 dongs (10 €) cuesta la entrada. Y la visita vale la pena, desde luego. Pero nos ha dejado un poco fríos. Y no precisamente porque la temperatura interior fuera mucho más baja que fuera. Si acaso un par de grados. Pero las comparaciones son odiosas, y estando dentro recordábamos Skocjan, una cueva que visitamos el año pasado en Eslovenia. Era mucho más profunda, mucho más grande, mucho más espectacular. Paradise Cave no nos ha sorprendido porque no ha sido nuestra primera vez en un entorno tan único como ese. Skocjan, en cambio, nos dejó boquiabiertos. Allí las expectativas eran pocas, y eso siempre ayuda. Quizás deberíamos apuntarnos a la lista espera de la cueva de los 3.000 dólares para que nuestra capacidad por sorprendernos vuelva a despertar. En cualquier caso, la parada en Phong Nha ha resultado oportuna. Le hemos dado un día porque queríamos solo conocerle alguna de las cuevas. Pero la zona es una nueva demostración de la belleza paisajística de todos los rincones de este país. Para ir y volver de la cueva, que está a casi una hora del pueblo, hemos vuelto a alquilar una moto e nuestro alojamiento, el Sky Hotel de Phong Nha. El paseo ha sido genial. Carreteras secundarias bien asfaltadas, a ratos angostas, cruzando montañas. De vuelta al pueblo, que parece un asentamiento necesario para darle sentido al turismo en la zona, la dueña del hotel nos ha confirmado que sabemos escoger a nuestros anfitriones: ha traído dos botellas de agua muy frías y dos pedazos de sandía.

Mua Caves, las mejores vistas de Vietnam | Día 8

Las vistas desde las Mua Caves en Tam Coc, con dos sombreros vietnamitas

Si de algo puede presumir Vietnam, además de una cerveza muy barata, es de tener la mejor colección de paisajes naturales de la región. Su imponente belleza natural lo sitúa sin duda en el top de los países más bonitos del mundo. Perseguir instantáneas espléndidas y encontrar los miradores que mejor le hagan justicia al escenario es, de momento, lo que ocupa la totalidad de nuestra ruta vietnamita. En esas anduvimos en nuestro último día en Tam Coc, que íbamos a cerrar desde las Mua Caves. Por la noche, íbamos a desvelarnos en ruta, en el autobús más surrealista en el que nos hemos montado en los meses que llevamos recorriendo las carreteras de Asia. Después de la Bai Dinh Pagoda y el paseo en barca por Trang An del día anterior, tocaba repetir mañana religiosa y tarde de naturaleza. Volvimos a motorizarnos para movernos. Los encantadores dueños de nuestro homestay, el Tam Coc Family Hotel, una pareja de vietnamitas jubilados, nos sirvieron un riquísimo desayuno a base de huevos, pancakes y el delicioso café local. Su lenguaje era el de las sonrisas. Para las palabras tenían al sobrino, un chaval de veintitantos muy apañado que hacía de cicerone de los visitantes extranjeros. Nuestro bus nocturno no partía hasta las 20.00 h, con lo que nos permitieron dejar las cosas en la habitación y nos dejaron volver a ducharnos. Visita a la Bich Dong Pagoda por la mañana En la Bich Dong Pagoda nos hicimos los rebeldes aparcando la moto a cincuenta metros de la entrada para evitar pagar un aparcamiento que no es siquiera tal. Una más de la tónica vietnamita de sacarle al turista hasta el último dong (la divisa del país). El templo, que en realidad es una sucesión de varios edificios budistas, está incrustado en las rocas en la montaña y hay que ascender para ver cómo la religión se lleva de maravilla con la naturaleza. El budismo vietnamita no tiene nada que ver con el birmano. Lo que allí era devoción absoluta aquí es cierto pasotismo pagano. Será porque el país sigue gobernado por el Partido Comunista. También se ven muchas iglesias cristianas. Pero en general, parecería que el seguidismo religioso no les va. El templo es discreto, pero el enclave es fantástico. El esfuerzo de ascender hasta lo más alto tiene recompensa: unas vistas geniales de las montañas de los alrededores. “Uy, pues esto no es nada comparado con las Mua Caves”, nos avisan un par de malagueñas. Han llegado hasta lo alto sudando, pero enteras. “En las Mua Caves la gente vomitaba”, nos avisan. Ahí íbamos a despedirnos de Tam Coc por la tarde… O al menos esa era la idea. Pero era todavía pronto y mejor decidimos buscar un restaurante para comer algo. La única premisa: que tenga aire acondicionado. En Vietnam nos está haciendo un calor terriblemente húmedo, que nos hace sudar sin necesidad de movernos. Acertamos almorzando bien local en el Chu’s House. Un café para esperar a que pase la lluvia torrencial La comida nos sirvió para reponer fuerzas y nos pusimos a hacer tiempo tomando un nuevo café vietnamita, bien fresquito con hielo. Y con leche condensada. ¿Por qué no lo tomaremos así en casa? ¡Está riquísimo! De repente, se va la luz y se pone a llover como si no lo hubiera hecho en tres años. El chavalín que nos atiende se pone a explicarnos que juega a Minecraft y a Mortal Kombat. Entre lo nuevo, lo clásico. No le entendemos demasiado pero le ayudamos a recoger las sillas para que no se mojen. Al mucho rato, la lluvia se da una tregua y el sol aparece. Corremos a la moto y vamos a las Mua Caves, el mirador más famoso de la ciudad, desde donde se observa Tam Coc y los alrededores en su esplendor más fastuoso. La advertencia de las malagueñas sirve para que nos tomemos la subida con calma. Pagamos religiosamente los 100.000 dongs de la entrada (4 €) y afrontamos los quinientos escalones a ritmo cauteloso. Las majestuosas vistas desde las Mua Caves y despedida de nuestros anfitriones La gente baja sudando, bufando, medio desmayada. Paramos en cada descansito y aun así sentimos que nos falta el aire. La altura comienza a dar vértigo. Llegamos a lo alto, donde un dragón corona la cima, media hora después. Las vistas son imponentes hacia todos lados. La niebla no desmerece la panorámica: le da mayor mística. Bajamos corriendo —esto es un decir, claro— porque tenemos que ducharnos antes de que venga nuestro bus hasta el próximo destino. En el homestay nos reciben con más sonrisas, dos botellas de agua y dos zumos. No nos queremos ir. Pero nos duchamos rápido. El dueño nos da un apretón de manos, la dueña un abrazo. El sobrino nos acompaña hasta la parada del bus: un descampado en el centro de Tam Coc donde se juntan los locales. Los padres juegan con sus hijos a ver quién es más niño: los pequeños se creen que conducen un cochecito que en realidad teledirigen los padres con un mando. El bus llega a los diez minutos y no sabemos qué hacer. Nos guardan las mochilas y buscamos acomodo. El bus no tiene asientos al uso, tampoco camas, sino un híbrido extraño. Los asientos muy reclinados hacen la función de cama pero no son nada cómodos. La postura a la que obligan al cuerpo resulta antinatural. Y, como siempre, no están hechos para altos. Hay tres filas y dos niveles. Y muchas luces de colores de las que no sabes qué esperar. ¿Quizás unos mojitos y un poco de reggaetón? Nos colocamos en medio pero rápido nos cambiamos hacia delante, para evitar tener como compañeros de viaje a los mismos israelíes que nos hicieron imposible el viaje desde Cat Ba. Aquí todos hacemos la misma ruta en los mismos días. Las mismas caras. No dormimos nada y llegamos a las 04.00 h. Nos hemos equivocado reservando para un día más tarde. Pese

El “gratis” en Vietnam | Día 7

El templo Bai Dinh y sus cientos de esculturas, en Ninh Binh, en Vietnam

Es fácil identificar costumbres en los países rápidamente. Hábitos que son solo de ellos; que al principio chocan, por no haberlos experimentado antes, pero que al tercer día incorporas a tu nueva composición de lugar. El mal uso de la etiqueta «gratis» en Vietnam sería un ejemplo. Nos ha pasado en todos los países que llevamos visitados en este gran viaje. Hay similitudes, siempre. Por ejemplo, el arroz como base alimentaria los unifica a todos: a la India, a Nepal, a Malasia, a Indonesia, a Myanmar, a Vietnam. Y a China, a las Coreas, a Japón. Cosas que ya hemos aprendido de Vietnam El arroz es el pegamento asiático, el rasgo que todos comparten. Arroz por la mañana para desayunar, y para almorzar y para cenar. Lo del desayuno con arroz —en todas sus formas— se nos hacía raro al principio. A estas alturas, uno de nosotros ya se ha asiatizado: repite ración de arroz en el desayuno. La otra, de momento, lo sigue dejando para más tarde. De Vietnam ya hemos identificado, por ejemplo, que el inglés se les da mejor hablarlo que pronunciarlo. O que el café es siempre dulce, el pan existe y se consume, la moto es el medio de transporte oficioso, la cerveza es baratísima y que el «gratis» en Vietnam es una deformación de su sentido original, especialmente cuando tiene que ver con el turista extranjero. No hay nada gratis en Vietna,, todo te lo van a cobrar. Y el país sigue siendo económico en casi todo, pero se nota que está mucho mejor explotado turísticamente. Los vietnamitas saben sacarle partido a su maravilloso país. Trang An, la isla de la calavera de King Kong En Tam Coc nos hemos maravillado hoy de un nuevo escenario de ensueño. Vietnam parece haberle robado a los demás países los mejores platós naturales de cine. Hoy, por ejemplo, hemos navegado por Trang An, un río que se entromete con las montañas, que cursa su camino a través de enormes rocas kársticas que parecen salidas de una película. Cuando, de hecho, es al revés: las películas están rodadas en Trang An. La versión moderna de King Kong, la parte del principio, tiene como escenario este río y estas montañas. La isla de la calavera es en realidad Trang An. Para conocerle la esencia, sus maravillosas entrañas, hay que tomar un bote y escoger un recorrido. Hay tres distintos, todos de tres horas. Nosotros hemos escogido el primero, en el que hemos atravesado nueve cuevas y varios templos. En muchas de las cuevas, poco aptas para claustrofóbicos, hay que agacharse mucho para no golpearse la cabeza. El paseíto no es precisamente barato: 200.000 dongs por persona (unos 8 €). Pero es cierto que lo vale. Tres horas de remo a casi 45 grados La barca parece hecha de cuatro maderas mal juntadas. El glamour no se lleva aquí, por mucho que el lugar forme parte de la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Al frente de nuestro bote, de uno de los cientos de botes que hay, iba una mujer delgadita y menuda, que parecía imposible que fuera capaz de mover a cuatro personas —cinco con ella— con tanta agilidad. A las tres horas de recorrido hay que sumarle un calor de 45 grados de sensación térmica y una humedad que nos tenía chorreando de sudor. Esto a una hora prudente, a las 16.00 h de la tarde, que era cuando nos habían recomendado ir. La mujer, que solo hablaba inglés para lo que quería, iba lanzando mensajes: “Uy, qué calor. Vaya, qué cansancio”. Y lo cierto es que es cansadísimo, pero su interpretación era digna de Razzie. Era su manera de decirnos que quería una propina al final. Bien merecida, pero mal reclamada. El paseo ha sido genial, y hemos echado en falta, por quincuagésima vez, no tener un dron para poder también fotografiar y grabar la zona desde arriba. La panorámica desde ahí debe ser hechizante. A falta de dron, mañana buscaremos algún mirador. La pagoda Bai Dinh, uno de los templos más grandes de Asia Antes del paseo, y con nuestra moto —sí, ya somos unos expertos moteros y no contemplamos otra manera de trasladarnos en Vietnam—, hemos llegado hasta la pagoda Bai Dinh. Es, según hemos leído, el templo budista más grande de Vietnam. La chica del homestay lo elevaba de categoría: «Es el más grande de todo el Sudeste Asiático». Debemos consultar más fuentes para acreditar el dato. De lo que sí podemos dar fe es de que es enorme. “El templo es gratis”, nos mintió ayer la chica. Bueno, en realidad medio mintió. Lo gratis es “gratis” en Vietnam, con comillas incorporadas. Siguiendo como siempre a Google, hemos tratado de entrar al templo por donde nos indicaba. No se equivocaba, nos llevaba a la entrada principal… Que estaba cerrada. Para entrar hay que rodear un par de kilómetros esa entrada principal para llegar a un enorme descampado en el que irremediablemente te obligan a aparcar tu moto en un lugar concreto, en una parcelita de terreno habilitada para sacar dinero. Igual que dejas ahí la moto la puedes dejar cien metros antes. Pero no, todos vamos ahí y todos pagamos 15.000 dongs (que no llega al euro). El templo, por lo tanto, ya no iba a ser gratis. Lo gratis en Vietnam va con impuestos incluidos Después toca llegar hasta el templo, al que podríamos haber accedido por la puerta principal cerrada. Pues resulta que para llegar hasta allí hay que caminar dos kilómetros a pleno sol. Sin embargo, hay una alternativa: comprar un billete para el cochecito eléctrico que hace ese recorrido. Otros 30.000 dongs (2 €) por persona. Que no te queda otra que pagarlos porque no estás dispuesto a derretirte en el camino. El caso es que ese billetito es solo de ida. La vuelta hay que volverla a pagar: otros 30.000 dongs. El templo en sí es majestuoso, realmente grande y desde luego interesante de

Tam Coc, la Halong Bay terrestre | Día 6

Un pescador en uno de los lagos de Tam Coc, en Vietnam

Nuestra alternancia de hospedajes durante el viaje es digna de estudio: hoteles, resorts, hostales, guesthouses, homestays. Todo vale, siempre que sea asequible. El rango de precio por noche ha variado bastante. La horquilla está siendo amplia entre lo más barato —algún hostal miserable de la India en el que pagamos 2 € por noche cada uno— y lo más caro —la villa de Bali en la que nos sentimos como marajás por 40 € la noche—. Entre lo uno y lo otro ha estado, casi siempre, el término medio: los 15 € por noche. Un gasto asumible pero tan dispar. Por 22 € dormíamos anoche en una habitación doble de hostal pordiosera en Cat Ba. Hoy, por mucho menos, por esos 15 € promedio, nos estamos alojando en una habitación triple cuidada e impecable en Tam Coc. Qué rentables, pero también qué excesivos, resultan 15 € por noche. Eso sí, viajar por esta parte del mundo es definitivamente asequible. Sobre todo en comparación con Europa y Norteamérica, pero también con Sudamérica. A Tam Coc hemos llegado a media tarde en un bus turístico de una ruta que hace cinco años no debía existir. El trayecto entre Cat Ba, la isla desde la que conocimos Halong Bay, y Tam Coc, un poblado que está a dos horas en dirección sur de Hanói, solo podía hacerse de manera indirecta, pasando justamente por Hanói. La ruta de bus entre Cat Ba y Tam Coc Una empresa con muy buen ojo comercial se dio cuenta de cuáles eran las paradas tradicionales de la ruta mochilera por Vietnam. Si empezaban por arriba, como nosotros, Tam Coc siempre seguía a Halong Bay. Y por eso, debieron llegar a la conclusión de que montando un bus directo tenían negocio asegurado. Y tal cual. Pese a que no estamos en temporada alta, nuestro bus de las 09.00 h de la mañana iba a tope. Treinta mochileros que seguían el recorrido vietnamita tradicional y habían encontrado en ese bus la mejor de las soluciones para desplazarse. El bus era digno de un trayecto de media hora, no de uno de seis. Hemos cruzado en ferri quince minutos para salir de la isla, sin necesidad de bajarnos del bus, y hemos asistido a un sainete a la vietnamita. Al chico que revisaba los pasajes y lideraba la expedición no le salían las cuentas. En el bus había una persona de más. Ha repasado los nombres, ha comprobado los billetes, ha reconfirmado sus papeles. Uno de los viajeros le ha explicado que él no tenía billete, porque la compañía le había explicado que no le hacía falta, que el conductor ya había apuntado su nombre. Evidentemente, el chaval vietnamita de inglés no sabía más que “Go to Tam Coc”, y ha tenido que llamar a la agencia para que alguien intercediera en la traducción. El chico, que parecía francés, le explicaba por teléfono a la persona el problema, y se entendían. Pero cuando el teléfono volvía al revisor, que recibía el mensaje de su compañero de la agencia, la cosa se volvía a liar. Colgaba y le reclamaba el dinero al francés. “Que no, que ya he pagado, se lo he dicho a tu compañero”, le explicaba. “Vale, vale, dinero”, y el revisor sacaba de la cartera los billetes que quería. La cosa se ha arreglado al final, después de casi una hora de trayecto, de conversaciones cruzadas, de llamadas y de perder —en el transcurso de las traducciones— toda la información. Era como el juego del teléfono: el mensaje que le llega al último no se parece en nada al original. Llegada al paraíso kárstico Así hemos estado entretenidos un rato, aunque padeciendo un poco por el chaval francés. Entonces, cuando tratábamos de dormir un rato, los que se sentaba detrás se han reivindicado como los peores compañeros de viaje que uno pueda desear. Eran escandalosos y maleducados. Primero tenían ocupado nuestro asiento con una mochila, que uno no se ha dignado a quitar hasta que nos hemos sentado encima. Luego han ocupado el cuarto de los cuatro asientos de la última fila con esa misma mochila. Una mujer se ha subido y ese era el único sitio que podía ocupar. Casi ha tenido que rogar que quitaran la mochila. Eran israelíes. Y generalizar está mal, pero uno, después de tantas vueltas por el mundo, ya se conoce las maneras viajeras de cada nacionalidad. Más allá de eso, el trayecto ha sido tranquilo. Hemos llegado a Tam Coc y hemos empezado a entender por qué todos venimos aquí. La zona es como Halong Bay pero en la tierra. O mejor, algo parecido a la hermosa ciudad de Yangshuo, en China. Está lleno de decenas de montañas de tipo kárstico. Además, hace un calor horrible. Mañana nos perderemos entre las montañas y los lagos, conoceremos templos. Pero hoy solo hemos paseado un rato para comer en el Family Restaurant y hemos vuelto rápido a nuestro acogedor homestay perfectamente equipado con aire acondicionado. En el recuerdo de los lugares que viajamos siempre tenemos muy presente dónde nos alojamos. Por eso, gracias al Tam Coc Family Hotel, este destino tiene muchos números de dejarnos un bonito recuerdo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)

Navegando en la Bahía de Halong | Día 5

diario ruta Vietnam

La Bahía de Halong (Halong Bay en inglés) es una enorme miscelánea de islotes rocosos, todos distintos, con sus tamaños y alturas, con sus fotogénicas hechuras moldeadas por el tiempo y el mar. Es complicado sacarle una fotografía que le haga justicia. En directo es infinitamente más espectacular. Pese a todo, lo hemos intentado. Las imágenes que mostraba la cámara no conseguían asemejarse demasiado a lo que veíamos. La culpa es de los fotógrafos —nosotros— y nunca de ese fantástico enclave. Servirán, en cualquier caso, para descodificar las imágenes archivadas en la memoria. Pese a todo, pese a lo bonito del lugar, pese a lo especial de la visita, pese a lo increíble del entorno, quizás no hemos conseguido disfrutar Halong Bay tanto como merece. Las opciones son todas demasiado turísticas, demasiado pautadas. No hay margen para la sorpresa o la improvisación. Y ese no es nuestro viaje. Lo preferimos maniobrable y con atajos, con desvíos, con cambios, con frenazos, con retrocesos. La excursión a la Bahía de Halong que contratamos —impecable cumpliendo lo que prometía— era una carretera sin curvas. En cualquier caso, en estos lugares es complicado desmarcarse de la excursión típica. Nuestro recorrido por la Bahía de Halong El esfuerzo de los chicos de la empresa ha sido encomiable, eso sí. La chica que ayer nos recibió y nos explicó el tour era una profesional perfecta: se sabía el discurso al dedillo. Además, respondía a las preguntas —que son las preguntas de siempre— con seguridad. No había margen para la duda con ella, la excursión iba a salir bien. Nuestro guía de hoy era Quoc, un chaval hablador y enérgico, de cara redonda y con un ligero problema para pronunciar algunas letras en su fantástico inglés. Nos juntaba para hacer la explicación general y luego, mientras simplemente navegábamos, se acercaba a charlar con los distintos grupos. Éramos dieciséis en el barco. En un barco de dos plantas. La de abajo, con seis mesas enormes, era el comedor y la sala de reuniones. Detrás había un par de baños y la cocina. Arriba, en cubierta, una quincena de hamacas para que nos estiráramos a observar la sucesión de islas. Hemos atravesado primero la bahía de Lan Ha, la hermanita menos famosa de Halong. “Aquí hay gente que vive en el mar. Casi seis mil personas, de hecho”, nos ha contado Quoc. “Sin embargo, en Halong no vive nadie porque es territorio protegido por la UNESCO”, ha puntualizado. Una de esas aldeas flotantes la visitaríamos luego por la tarde. Las casas sobre el mar se sitúan siempre entre islotes, nunca a mar abierto. “Para evitar la marea”, contaba nuestro guía. Las aldeas tienen todo lo que uno pueda necesitar: agua, electricidad, comida, karaokes y televisión por satélite para ver el fútbol. “Solo hay dos cosas que faltan: escuelas y hospitales”, explicaba Quoc. Quién necesita ir al cole si puede ver el clásico por televisión, pensamos irónicamente. Las aldeas flotantes de la bahía En estas aldeas flotantes viven de lo que pescan, que luego venden. Quoc nos ha llevado a la casa del jefe de la aldea. “Aquí el que manda es el que tiene el pez más grande”, explica. Nuestro guía nos tenía intrigados. Ha empezado a levantar los trozos de madera que sirven de suelo y nos ha enseñado al mero más grande de la zona. “Pesa 150 kilos”, nos contaba mientras todos saltábamos del susto. Era un mero gigante. Cada año hay unos pesadores que pasan por todas las casas flotantes para comprobar quién es ese año el jefe. “Si el mero muere, el honor pasa al que tiene el segundo mero más grande”, cuenta. La visita a la aldea flotante ha sido nuestra última parada de la excursión por la Bahía de Halong. Antes, por la mañana, hemos navegado tres horas. Ha sido una especie de introducción al territorio. Luego hemos comido —mucho y muy bien—. Era entonces el momento de bajar al mar para ver más de cerca esas rocas escarpadas enormes. Le hemos dado la vuelta a varias de ellas en kayak, cruzándolas por debajo, pasando a centímetros de ellas, comprobando de cerca lo particular de sus formas. Lo del kayak se nos ha dado regular. No conseguíamos simultanear esfuerzos. El uno paleaba muy rápido y la otra demasiado superficialmente. Así, avanzábamos muy lentos y muy torcidos. “¿Todo bien?”, nos ha preguntado Quoc, ante nuestra evidente falta de destreza. “Sí, sí, claro”, hemos mentido. Pese a nuestra torpeza a bordo del kayak hemos conseguido avanzar, siempre a cola del grupo, y divertirnos bastante. Ya de vuelta en el barco hemos seguido navegando Halong Bay, hemos tenido tiempo de darnos un baño en medio del Mar de la China, y hemos llegado al pueblo de pescadores. El tiempo nos ha acompañado a medias, y eso ha ayudado a hacer del tour una buena experiencia. Ha llovido un poco, pero solo lo suficiente para mantener el cielo nublado y evitarnos calor de más. Puede que Halong Bay se vea distinto desde alguno de esos cruceros espectaculares que nos hemos cruzado en el camino. Pero a falta de dinero, y de margen para hacerlo por libre totalmente, nos quedamos con nuestra experiencia low cost por la bahía de Halong.

Cat Ba, aroma isleño a las puertas de Halong Bay | Día 4

Los barcos en el puerto de Cat Ba, puerta de entrada a Halong Bay, en Vietnam

En nuestra planificación improvisada de Vietnam, construida día a día, hemos decidido no ir más hacia arriba de Hanói. Y muchos, la mayoría, lo hacen. La capital, de la que hemos salido encantados, está muy al norte del país. Pero más arriba todavía está la ciudad de Sapa, hacia el oeste, y la zona de Ha Giang, más al este. Ambas son paradas predilectas de los que buscan el encuentro con la naturaleza, con arrozales, montañas enormes y valles dramáticos. La primera más turística la segunda más alternativa. Para disfrutarlas bien, en cualquier caso, hay que estar dispuesto a hacer ejercicio. Nos decantamos por seguir nuestra ruta por Cat Ba, una de las puertas de entrada a Halong Bay. Los trekkings son la norma para la visita. En este punto del viaje no nos sentimos habilitados para hacer un segundo trekking de entidad. Las ampollas del anterior, del que hicimos para llegar al lago Inle desde Kalaw, apenas acaban de cicatrizar. Mejor nos evitamos reabrirlas. Además, de arrozales acabamos bien servidos en Bali. Nos pesa perdernos esos espectaculares paisajes, pero la logística para llegar y salir de Sapa y Ha Giang tampoco ayuda. Parece que los argumentos nos avalan. Lo dejamos en el debe para futuros viajes a Vietnam. Cómo visitar Halong Bay desde Hanói En el barrio antiguo de Hanói, donde todos los viajeros nos hospedamos, hay agencias de viajes a cada tres pasos. Son muy poco originales en lo que ofrecen. Todas, sin excepción, tienen el tour a Sapa de varios días y lo mismo —una excursión que puede ser crucero de varios días— para Halong Bay, el que seguramente es el punto más turístico y el paisaje más conocido de Vietnam. La bahía de Halong, una de las siete maravillas naturales del mundo, es el segundo destino lógico del país si se empieza desde Hanói —y si se desestima Sapa, como hemos hecho— y nosotros, nada originales, hemos optado por ser lógicos. Sí que nos hemos saltado, en cualquier caso, los tours con inicio y salida desde Hanói, que son los que escogen la mayoría. Los más precipitados salen y vuelven a la capital en el mismo día. La excursión, que incluye el bus hasta Halong, la excursión en barco por la bahía, el almuerzo y alguna actividad, cuesta unos treinta dólares. El precio es competitivo pero suena a odisea: cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta y entre medio, sin fuerzas para el disfrute, la excursión en barco por Halong Bay. Todo muy acelerado. Desestimado el crucero, mejor hacer base en Cat Ba Las otras opciones, las que ofertan la mayoría, son las de pasar al menos una noche en la zona. Puede ser en un hospedaje de la isla de Cat Ba, la principal y más desarrollada turísticamente de la zona, o anclados en algún punto del mar, en el mismo barco. Hemos leído muchas reseñas de viajeros desaconsejando los cruceros baratos por las pésimas condiciones de todo: el barco, las comidas, los servicios. Pero ante la opción económica siempre está la de lujo —y en medio, una enorme escala de matices—, con cruceros de ensueño de varios días en camarotes más grandes que muchos pisos del barrio barcelonés de Gràcia. Eso sí, una noche en ellos sale por el doble que un mes de alquiler en Barcelona. Habrá que posponerlo para cuando seamos ricos. Con todo este panorama apostamos por el do it yourself al que acostumbramos. Reservamos el transporte hasta la isla de Cat Ba y una vez aquí, esta mañana, hemos reservado la excursión de un día en barco. Eso sí, no navegaremos la bahía de Halong todo el rato, solo la veremos de lejos. El paseo nos llevará por Lan Ha Bay, que está al ladito, tiene los mismos paisajes que Halong, pero menos turistas. O eso nos han vendido. Hay una tercera opción, más alejada y por eso más exclusiva: Bai Tu Long Bay. El último desayuno en Hanói Para conseguir un precio decente para el transporte hasta Cat Ba pusimos en práctica nuestras dotes regateadoras. Las hemos utilizado poco desde la India. Le ahorramos al precio un euro por cabeza, que no es poco. Especialmente en Vietnam, donde eso da para cuatro cervezas. El bus nos ha recogido en nuestro hotel a las 08.00 h de la mañana. Nos ha tocado pasar por el último pelotón de fusilamiento dialéctico en el hotel de Hanói, en el Classy Boutique Hotel. Bajar por el ascensor era esperar la mejor-peor bienvenida: “Buenos días. ¿Cómo están hoy? ¿En qué puedo ayudar? ¿Necesitan algo?”. Qué tortura, qué pesados. Nos han quitado las mochilas para dejarlas dos metros más allá. ¿De verdad es necesario? Deberían reconsiderar su concepto de hospitalidad. Una mujer que estaba desayunando al lado nuestro cortaba las preguntas con respuestas monosilábicas seguidas de un “gracias” muy indicativo. Su acompañante siquiera respondía. A nosotros nos temían porque nos veían como la amenaza para su impecablemente falseada nota en Booking. Estuvimos muchas horas sin aire acondicionado. Para compensar nos han regalado café vietnamita y una cafetera. No saben que el problema no es que el aire acondicionado no funcionara un par de horas, sino que nos hubieran engañado autopublicándose reseñas en Google y Booking con valoraciones excelsas. Uno, que es un observador exagerado, se dio cuenta. El hotel no es lo que parecía en las fotos ni lo que rezaban las reseñas. Y por mucho que la estancia fuera correcta, ahora es momento de devolverles el gol que nos metieron. Un empate justo. Cat Ba, una isla mochilera y festiva Lo peor de todo es que hemos llegado, en Cat Ba, a un alojamiento notoriamente peor que el anterior: el Cat Ba Backpackers. Pero aquí sabíamos a lo que veníamos: a un hostal de batalla lleno de jovencitos con el pavo viajero. Es festivo en Vietnam y la isla es el destino que escogen muchos locales para pasar el fin de semana. Por eso nuestro bus estaba esta mañana atestado de