Hoy era un día raro de acomodar a nivel viajero y de ruta. Porque no era ni de un sitio, del que salíamos, ni de otro, al que íbamos a llegar. Iba a pertenecer, de nuevo, a la carretera: otro día de bus en Vietnam. Con la cueva que vimos ayer en Phong Nha tuvimos bastante. Para seguir viendo paisajes, mejor avanzar. La zona, en cualquier caso, está sabiendo ejercitar su músculo turístico. Hay viajeros que llegan para quedarse varios días, para explorar montañas además de cuevas, para pasear por la selva y no solo por las carreteras. Como para nosotros no tenía que ser más que la parada para ver la Paradise Cave, decidimos darle una noche. Que en realidad fueron casi dos y otros dos días.
Dejando atrás Phong Nha
Llegamos al Sky Hotel de Phong Nha en el bus nocturno con complejo de discoteca a las 04.00 h del día anterior, nos levantamos a las 10.00 h para alquilar una moto y llegar hasta Paradise Cave, volvimos al pueblo para comer y descansar. Y se nos hizo de noche y después de día. Pero no teníamos prisa. Entre las opciones de buses que nos ofrecieron en el hotel para llegar a Hue, donde ya estamos, nos quedamos con la más sensata y conservadora: la de las 15.30 h. Antes era demasiado pronto.
No estábamos dispuestos a madrugar en exceso para tomar un bus en Vietnam demasiado diurno a las 07.00 h —y menos a las 05.00 h— ni a partir demasiado tarde como para llegar al nuevo hotel, cuatro horas después, directos a la cama. Así pues, tenía sentido rompernos el día. Pero claro, eso nos implicaba no visitar nada —porque ya habíamos visitado todo— pero tener que ocupar el tiempo de alguna manera. ¿Cómo? Instalándonos en un bar a tomar un riquísimo smoothie y un mejor café con coco.
Nuestro enésimo trayecto en bus en Vietnam
Se nos ha hecho la hora pero el bus no venía. El dueño del hotel, a falta de la hija, tenía que tirar de traductor de Google para hacernos entender. La máquina es imperfecta y era necesario interpretarla: el bus iba con retraso e iba a llegar diez minutos tarde. Diez minutos que han acabado siendo cuarenta. El revisor se ha bajado a recibirnos y a disculparse. No sabíamos dónde nos habíamos metido.
Ese bus era un término medio entre van y autobús al uso. El típico mini bus de toda la vida, el que contratan en las despedidas de solteros. Y ahí dentro había un batiburrillo de gente que parecía extrañamente bien avenida. Dos amigos alemanes le tiraban los tejos a una vietnamita risueña, que se dejaba querer. Más atrás había una chica australiana. El resto del bus estaba ocupado por locales. Pero todos hablaban entre todos.
Más tarde entenderíamos que el bus llegaba directo de la excursión. De hecho, el revisor, hablando a ratos a viva voz, explicando cosas que no necesitaban explicación, seguía ejerciendo su papel de verdad: el de guía. Nos habían colocado ahí para ir a Hue, en un autobús que había hecho por la mañana la excursión y servía ahora de transporte.
El pícnic improvisado y compartido en medio del bus
Después de la parada intermedia todos subíamos con víveres para hacer más cortas las dos horas restantes. Uno de los alemanes ha empezado a ofrecer galletas, que los vietnamitas le aceptaban. Dos mujeres han sacado un puñado de panecillos y un cuchillo jamonero. Una abría el pan por la mitad, a pelo, con la mano, y la otra utilizaba el chuchillo para cortar pedazos de carne que había comprado en el receso. Hacía bocadillos y los iba pasando hacia delante y hacia atrás. A nosotros, denostados por intrusos, no nos ha tocado nada.
Un hombre ha sacado luego el mango y ha procedido igual: se comía un pedazo y pasaba el resto. Se veía riquísimo, maduro, perfecto para ser ingerido. Pero no, tampoco nos ha llegado. Nos hemos tenido que conformar con la versión barata —y mala— de las Pringles locales, que hemos comprado en la estación de servicio.
Las carreteras por las que transitábamos, irregulares como otras que ya no queremos recordar, invitaban a que el viaje acabara rápido. Se ha hecho corto y a las 20.00 h llegábamos a Hue, al Purple Hue BnB Central Hub. Hemos dejado las cosas en nuestro hospedaje —un bed&breakfast modernito y cuidado, con un bar que sirve cerveza artesanal— y hemos salido a cenar. Bueno, y a aprovechar los últimos coletazos del happy hour. Hemos encontrado cervezas a 9.000 dongs (unos 0,30 €) y nos hemos bebido ocho. El centro de Hue parecía que estaba vestido de jueves universitario, lleno de jóvenes vietnamitas con ganas de alcohol y risas. Luces, bares y mucha vida. Hue nos ha recibido con entusiasmo y ya estamos planeando volver mañana a consumir cervezas a precio de agua.