Baščaršija, donde la historia bosnia pasa | Día 1

Nuestra anfitriona en Sarajevo, cerca del barrio de Baščaršija, una mujer bosnia muy alta y con un inglés germanizado, nos hizo ayer un par de recomendaciones sobre la ciudad. Nos explicó que teníamos que comer en el restaurante Zeljo el plato más típico del país, el ćevapi, una suerte de salchichas hechas a la parrilla que se sirven con cebolla y una especie de pan de pita. También nos recomendó hacer un tour guiado con los chicos de la compañía Meet Bosnia, una agencia local. Cuando peinábamos muchas menos canas, éramos unos habituales de los free walking tours, que en la mayoría de grandes ciudades son el mejor atajo para aterrizar rápido y seguro en el destino. Con cuatro datos, tres explicaciones y un paseo por los principales monumentos uno hace acopio de lo indispensable para dárselas de experto en la ciudad cuando vuelva a casa. Leila, la guía bosnia que aprende español con telenovelas La calidad de estos paseos es siempre directamente proporcional al carisma del guía. No importa tanto que sepa mucho, basta con que lo parezca y, sobre todo, con que sepa conectar con los que lo escuchan. Leila era la chica bosnia que nos ha recibido y nos ha acompañado. Lo ha hecho en un impecable español aprendido, según ha confesado, gracias a las telenovelas colombianas y con un inventario de bromas de lo más conseguidas. Además, tenía una risa contagiosa y todo lo que ha explicado era interesante y ciertamente didáctico. Han sido unas dos horas de recorrido por Baščaršija, el barrio del centro histórico de Sarajevo, donde todo ha pasado y pasa en esta ciudad. Leila nos invitaba a dárnoslas de sabelotodos, anticipando su explicación con unos segundos de silencio, con una pregunta al aire. Así, el cuñado que todos los españoles llevamos dentro salía a relucir. Éramos una veintena de personas las que integrábamos el grupo, el 80 % de origen español. Y de ellos, tres o cuatro parecían querer competir por ser el que más sabía, el que más incordiaba y el que más preguntas raras por minuto podía hacer. La curiosidad de alguno de ellos no tenía límite. Nosotros, discretos como de costumbre, contestábamos por lo bajini como para demostrarnos que ese Trivial podríamos al menos competirlo. Baščaršija: el mejor reflejo de la realidad del país El centro de Sarajevo son un puñado de calles atestadas de restaurantes, cafés y tiendas. Además, es el mejor reflejo de la poliédrica identidad de la ciudad: con sus varias mezquitas, su iglesia ortodoxa, su iglesia católica y una sinagoga. «Somos la Jerusalén de Europa», nos decía orgullosa Leila. En un país sumamente complejo religiosa y étnicamente como Bosnia y Herzegovina, la capital es un oasis de convivencia normalizada, tranquila. Según explicaba, Bosnia y Herzegovina es un barullo de regiones, identidades, sentimientos nacionales, pertenencias y reivindicaciones. El país tiene tres presidentes, uno por cada una de las etnias mayoritarias (serbia, croata y bosniaca-musulmana). Además, está compuesto por dos grandes entidades territoriales (la República Srpska por un lado y Bosnia y Herzegovina por el otro) que a su vez se dividen en varias subregiones. Por si fuera poco, el nombre del país identifica las dos regiones históricas que compusieron originalmente el país. Una historia compleja y llena de capítulos A todo este lío de nacionalidades y orígenes se le suma la naturaleza de la ciudad como territorio de disputa. Por aquí pasaron los otomanos y dejaron como legado la baklava y su café turco (mejorado con el tiempo en café bosnio), además del islam como religión mayoritaria. Después llegaron los austro-húngaros, responsables de que muchos de los edificios de la ciudad —y entre ellos el ayuntamiento— tengan su característica arquitectura señorial aunque mestiza. Más tarde Sarajevo fue el origen de la primera gran guerra, en 1914, cuando un grupo de nacionalistas serbios mató al archiduque austrohúngaro Francisco Fernando en una de las calles de Baščaršija. Leila ha explicado que el asesino es un héroe serbio y para los muchos serbios que viven en Bosnia. Por eso, el tema es un quebradero de cabeza constante para los políticos, que renombran puentes y reescriben placas para no herir sensibilidades. Ese fue el primer momento en el que los focos de todo el mundo apuntaron a Sarajevo y a Baščaršija. Luego, Leila ha hablado de Tito, el líder-dictador socialista que unificó Yugoslavia. Nos ha contado que sus padres recuerdan esa época con nostalgia, por lo bien que estaban ellos y lo mucho que creció el país. Fue el momento en el que todos los eslavos del sur se sintieron parte del mismo territorio. «Entonces teníamos una sanidad pública impecable, ahora tengo que esperar seis meses para que me atienda un especialista», ha asegurado. La muerte de Tito hizo aflorar nacionalismos hasta entonces dormidos y eso llevó —según cuenta la historia oficial, que seguro omite injerencias e intereses— a la Guerra de los Balcanes. Durante esa época, Leila nació, en 1993. No recuerda nada, pero fueron días muy difíciles, especialmente durante el sitio a la ciudad de Sarajevo que duró casi cuatro años. Ahí Sarajevo volvió a protagonizar los titulares de los periódicos de todo el mundo. Leila dice que pasaron todo ese tiempo consumiendo solo lo más básico y muchos cigarrillos. Los bosnios son grandes fumadores y el tabaco, incluso en tiempos de guerra, no podía faltar. Después de la historia, la comida en Baščaršija Leila nos ha hablado también de la matanza de Srebrenica y nos ha indicado que en la ciudad hay varios museos dedicados a la memoria de los más de 8.000 fallecidos. Entre tantas guerras y matanzas, Sarajevo fue gran protagonista global una tercera vez, esta vez por fin para bien: en 1984 acogió los Juegos Olímpicos de invierno. La guía nos ha hablado con orgullo de ese momento como si de una evocación imposible de repetir se tratara. Nos ha enseñado al lobo que hizo de mascota y nos ha invitado a que conozcamos las instalaciones que se construyeron para la ocasión. Dos horas
El avión abandonado en Zeljava, entre Croacia y Bosnia | Día 3

El quinto día de ruta era el escogido para volver a cambiar de país, el tercero y último del viaje, aunque a los otros dos, tanto a Croacia como a Italia, volveremos más adelante. La parte central de nuestra ruta nómada verano 2022 la protagoniza Bosnia y Herzegovina. Desde el Parque de Plitvice hay una frontera muy cercana para cruzar a Bosnia, a la que se llega en menos de media hora. Allí se encuentra el avión abandonado de Zeljava. Como el día venía cargado de kilómetros y de visitas, hemos decidido no remolonear en exceso y hemos abandonado la Guest House Ljubica a las 08.00 h. Solo nos faltaba la gasolina del café para arrancar. Así que nos hemos dedicado a buscar una cafetería en los alrededores del parque —sin éxito— y hemos acabado siendo invitados a un café en el desayuno buffet de uno de los hoteles más exclusivos de la zona. Los croatas se nos siguen demostrando genuinamente amables. Un café invitado, reseña positiva merecida El caso es que el dueño del hotel nos ha visto entrar perdidos a la zona del buffet y tras pedirle un café, convencidos nosotros que tenían servicio de restauración-cafetería, nos ha dicho que nos sirviéramos uno de la máquina sin problema. Cuando nos lo hemos acabado, hemos hecho el ademán de pedirle la cuenta. —No, claro que no, invita la casa. Le hemos dado las gracias y le hemos pagado con una merecida buena reseña en google, que seguro lo agradece más que los 3 € que nos hubiera cobrado por los cafés. En cualquier caso, el gesto ha sido auténtico y la reseña, por tanto, justicia en forma de karma. Eso sí, de haberlo sabido quizás nos hacemos unas tostadas y nos cortamos un poco de queso. Antes de salir de Croacia, el avión abandonado de Zeljava Después del café hemos tomado dirección Bosnia y Herzegovina para desviarnos unos pocos kilómetros antes en el típico tipo de sitio que nos encanta visitar: un aeródromo inutilizado en el que, un poco antes, hay un avión grafiteado y mutilado. Es el clásico logro de Instagram, que convierte lugares insospechados y abandonados en las atracciones más padres y molonas. Hemos tenido la fortuna de tener el avión abandonado de Zeljava y todo el aródromo para nosotros solos un buen rato, lo que nos ha permitido jugar a hacernos los intrépidos y los creativos. Los intrépidos porque uno de los dos ha acabado en lo alto del avión. Sobre la creatividad, podéis juzgar vosotros mismos en nuestra última publicación de Instagram. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Llega compañía al avión abandonado de Zeljava Al rato ha llegado una familia eslovena, una pareja de croatas con un dron y un ejército de motoristas de esos que habrían soñado con protagonizar Sons of Anarchy. No hemos alargado más la creatividad ni el arrojo y hemos ido al aeródromo cercano de Zeljava, también abandonado, que completa el planazo alternativo. Hemos entrado en un hangar semiderruido y hemos puesto a prueba el reprís del motor del coche acelerando con todo en una pista de aterrizaje a la que le empieza a brotar hierba. La diversión debía llegar a su fin por el bien de nuestra ruta, que finalmente se ha visto modificada por culpa del avión abandonado de Zeljava. Pero qué más da: ciudades bosnias hay muchas, aeródromos abandonados croatas solo uno. El cruce de frontera entre Croacia y Bosnia y Herzegovina se prometía algo más complejo. Salíamos del espacio de la Unión Europea y Bosnia, por mucho país vecino que sea de nuestra quebradiza unión de países, se rige por unas normas distintas. La entrada a Bosnia y Herzegovina por tierra Hemos completado la salida de Croacia sin problemas y convencidos de que la caseta bosnia se encontraba algo más adelante, hemos acelerado con decisión. Craso error de observación, como nos ha hecho notar un aduanero bosnio que ha salido corriendo de su puesto de control fronterizo, que estaba justo a continuación del de su compañero croata. —¡¿Es que no has visto que tienes que parar aquí?! Estás en una frontera, vigila lo que haces. Después de la congoja del momento, finalmente el hombre ha sido diligente y amable, nos ha sellado a los dos nuestros pasaportes y nos ha deseado un buen viaje. Al final esto de las aduanas es una lotería en la que el funcionario de turno decide tu suerte. La entrada en Bosnia y Herzegovina nos ha llenado del subidón que siempre sentimos en nuestras primeras veces viajeras. Hemos empezado a observarlo todo, a tratar de compararlo con lo conocido y a sorprendernos con lo desconocido —o lo simplemente curioso—. Así, en las primeras horas en el país nos ha llamado la atención la enorme cantidad de gasolineras que hay en cada pueblo, la convivencia tan evidente y natural entre lo islámico y lo cristiano, el estilo desarreglado-casi-hortera del bosnio y la bosnia medios. También hemos podido demostrarnos que las primeras impresiones no son siempre las buenas, y que el orden de los factores, en los viajes, puede resultar en una alteración del producto. Visita exprés a la ciudad de Jajce La segunda parada del día, y última antes de llegar a Sarajevo, donde estaremos tres noches, era la ciudad de Jajce. Hemos llegado a la hora de comer y no hemos encontrado ningún restaurante de esos que te entran por los ojos. Por eso, hemos acabado comiéndonos una hamburguesa balcánica (pljeskavica) con patatas y una ensalada shopska, que uno de los dos idolatra desde que la conociera en Bulgaria —y ahora idolatramos los dos—. Jajce no parecía lo que esperábamos: no nos aceptaban la tarjeta para pagar, no encontrábamos nada bonito en ello, la comida había sido mediocre. Pero todo ha cambiado cuando le hemos dado una oportunidad a un puente lleno de flores. Al final del puente, hemos visto el porqué de Jajce como ciudad que debíamos visitar: una enorme cascada rompía en el
El Parque Nacional de Plitvice, el pantone con todos los azules | Día 2

Madrugar por exigencia laboral no es lo mismo que madrugar por exigencia vacacional. Es bastante más placentero —creíamos— por venir la obligación autoimpuesta. Ayer nos acostábamos casi a las 02.00 h, birras e historias de Instagram mediante, y hoy tocaba despertarse a las 06.00 h. Era el día de conocer el Parque Nacional de Plitvice. El placer se ha evaporado por obra y gracia del esperado cansancio. Pero el madrugón ha valido mucho la pena, ha servido para reivindicarnos como los viajeros que no acostumbramos a ser, esos que son previsores y evitan las horas más concurridas. El Parque Nacional de los Lagos de Plitvice es una enorme extensión que concentra lo mejor con lo que la naturaleza ha dotado a Croacia. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1979 y habitual de las tan manoseadas listas que catalogan ‘los lugares más bonitos del mundo’, como si fuera posible acaso hacer un inventario objetivo de todos ‘los lugares más bonitos del mundo’. En nuestra lista subjetiva de los sitios más bonitos que hemos visitado, os avanzamos que Plitvice tendría seguro cabida. La única entrada disponible a Plitvice, a las 07.00 h Desde nuestro alojamiento, la Guest House Ljubica, hasta la entrada principal al parque solo hay diez minutos caminando. Alojarnos tan cerca ha sido un acierto, nos ha evitado aparcamientos, colas, dolores de cabeza y algunas kunas croatas. También hemos ahorrado (¡casi 10 € por cabeza!) comprando la entrada de estudiante, que hubiéramos justificado con alguno de los carnets universitarios que todavía guardamos para ocasiones como esta. Los tickets los habíamos comprado online y solo había disponibilidad para la primera de la horas de entrada, las 07.00 h de la mañana. Por eso el madrugón. Cuando hemos entrado en el parque solo unos pocos valientes madrugadores nos han acompañado en la exploración temprana del Parque Nacional de Plitvice. Las sombras todavía no le hacían justicia a los lagos y la época del año provoca que el caudal de las cascadas sea escaso. En cualquier caso, pronto nos hemos dado cuenta de lo especial que es este sitio. Plitvice es un surtido de todo lo bello que tiene la naturaleza, un sistema de cascadas, lagos y manantiales, de senderos, caminos y bosques que se conectan y desconectan, que se encuentran y se superponen durante decenas de kilómetros. Es también el muestrario perfecto de todas las gamas del azul, a las que uno no sabe poner nombre pero sí distinguir. Todos los códigos de color de los pantone azules han sido sacados de aquí. Un disfrute universal, para todos y en todos los idiomas Sobrecoge tanta belleza y poderla compartir. En el parque hemos visto maravillarse a niños y mayores en todo tipo de idiomas, incluso a los perros, que son también bienvenidos. Uno lamenta —pero entiende— que esté prohibido el baño en ese agua transparente tan apetecible. Como con las autopistas, y con Modric, el parque habla muy bien de los croatas. Todo está perfectamente cuidado y la vulneración del orden natural es mínima: pasarelas minimalistas que le obligan a uno a vigilar mucho dónde pisa y apenas tres o cuatro puntos civilizados con algún restaurante, algún hotel y unos pocos bancos para descansar. Hay varias rutas por el parque, para verle lo mejor en un par de horas o todo en casi diez. Nosotros hemos escogido la ruta intermedia, la de unas seis horas, que cubre todo el parque con la ayuda de un pequeño bote que navega el lago principal y un bus que acelera por lo ya visto. Ha sido la elección perfecta. Nos ha permitido verlo todo en el momento menos concurrido. Además, hemos disfrutado del parque con poca luz y muchas sombras, a primera hora, y con la luz del sol del mediodía resaltándole todos los colores. A esa hora, cuando nosotros ya acabábamos la visita, las pasarelas parecían las Ramblas de Barcelona. Qué bien haber madrugado. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El almuerzo, fuera del parque Después de los lagos era hora de comer. Hemos vuelto a nuestro alojamiento, hemos cogido el coche y hemos conducido hasta las afueras del parque, a unos diez minutos, donde se encontraba un hotel de cuatro estrellas con su cuidado restaurante. Hemos comido muy rico, aunque un poco caro, pero la trucha y los ñoquis no será lo que recordemos de nuestro almuerzo en Plitvice. Porque hemos tenido la indeseada compañía de unas abejas a las que parecía que nuestro olor a sudor de caminata las enardecía. Después de bailar con ellas —durante muchos minutos— para que no se posaran en nuestra comida y no nos picaran, hemos tenido que cambiarnos de mesa. Tras la comida, un poco de falsa inmersión cultural en la vida croata de verdad. Hemos comprado un par de cosas para cenar en un supermercado hecho a la conveniencia de los turistas que nos hospedamos en apartamentos y guesthouses. Ya habrá tiempo de buscar un supermercado, o mejor un mercado, que nos ayude a imaginar mejor la Croacia rutinaria.
Llegada a Croacia: cuando los peajes se pagan con gusto | Día 1

En nuestro última mañana de escala italiana el fantástico desayuno de nuestro bed and breakfast de Verona nos puso a punto para el largo día que nos esperaba. Estábamos listos para nuestra salida de Italia y nuestra llegada a Croacia. Después, antes de volver a la carretera, llevamos a cabo el mejor ejercicio posible de inmersión cultural en un país ajeno: visitar un supermercado. Los dos —bueno, uno más que la otra— nos reconocemos fanáticos de las visitas al supermercado. ¿Será que tenemos una fijación por la comida? El plan era comprar cena para esa misma noche y desayuno para el día siguiente. Bueno, era el plan y también la excusa para poder ir al supermercado. Es divertido caminar entre los pasillos y descubrir qué se come y se consume en el país que estás visitando, qué compartimos y en qué nos diferenciamos con los locales. Uno de los youtubers más seguidos en habla hispana tiene una serie de vídeos en los que se graba entrando y paseando en supermercados de los países que visita, descubriendo lo que para él son rarezas. A uno siempre le alivia que la locura sea compartida. Eslovenia, paso intermedio entre Italia y la llegada a Croacia Con la cena y el desayuno que podríamos haber comprado en nuestro supermercado de cabecera en Badalona, salimos por fin rumbo al este, camino de Eslovenia. Dejamos atrás Venecia y Trieste y jugamos a contar matrículas extranjeras: muchísimos alemanes y también neerlandeses, austriacos, belgas, franceses. Apenas un par o tres españoles. Ya se empiezan a ver croatas y eslovenos. Algún húngaro, algún checo, varios polacos. De más lejos llegan los nórdicos, escasos: algún coche con matrícula danesa y otro sueco. Muchos rumanos; de hecho, pasamos a un autobús que hace el trayecto Rumanía-España. Los más exóticos: un montenegrino y un albanés. ¿Qué harán todos ellos? Es divertido jugar a imaginar. El último de los peajes del lado italiano pone a prueba la vejiga de uno de nosotros. Cruzamos por fin a Eslovenia después de un adelantamiento imposible a una autocaravana lentísima que parece que nos pide tranquilidad con el lema que pinta en su parte trasera: ‘Hakuna matata’. Hace cuatro años visitamos Eslovenia y el país nos encantó. Además de bonito, es civilizado y tranquilo. Decidimos parar a comer en una taberna de carretera antes de seguir hacia la siguiente frontera, la de uno de los dos países que protagonizarán la parte central de nuestro viaje: Croacia. La frontera entre Eslovenia y Croacia El tramo de carretera eslovena es de apenas treinta kilómetros. En la frontera entre Eslovenia y Croacia sí que hay frontera. Croacia, al contrario que todos los países que hemos cruzado antes, no es a fecha de hoy, en 2022, espacio Schengen pese a ser Unión Europea. Eso acredita al funcionario de turno a importunarnos un poco, cuando le pide a la mitad norteamericana de Cultura Nómada que acredite su procedencia mexicana. El trámite, en cualquier caso, fue rápido. Los mexicanos parece que son bienvenidos a la llegada a Croacia —de momento—. Tomamos dirección Rijeka —Fiume para los italianos, la que en su día ocupara el poeta-militar Gabriele d’Annunzio— para luego seguir camino de Zagreb, que no es nuestro destino primero sino que será la última de nuestras paradas en Croacia. Ante nosotros una autopista fantástica, la mejor que uno haya conducido nunca. Fantásticamente asfaltada, de tres amplios carriles, de límites de velocidad cómodos. Pero, sobre todo, maravillosamente integrada con el verde de los bosques y las montañas, en absoluto intrusiva, construida sobre puentes, y a través de túneles arquitectónicamente perfectos. El paisaje de la llegada a Croacia es inigualable: primero con el Adriático de fondo y poco a poco, conforme nos dirigimos al centro del país, con kilómetros y kilómetros de árboles y pequeñas cumbres. Cada poco, un pueblito, algún lago. Una sonrisa vale más que mil palabras Si Modric ya nos tenía condicionados para bien, esos primeros minutos de carretera confirmaban la previsión: Croacia mola. Por si nos quedaba alguna duda, llegó el peaje en el que la chica joven que lo atendía (¿25? ¿27?) nos daba las buenas tardes en croata, rectificaba al inglés cuando le devolvimos el saludo en otra lengua, nos cobraba el euro y pico y se despedía con la más amplia y sincera de las sonrisas. Ella no lo sabe, pero su sonrisa ha sido la mejor campaña publicitaria con la que Croacia podía convencernos de visitarla largo y tendido. Habrá que aplicarse el cuento y sonreír más a menudo. Por si algún día nos lee: ¡Hvala (gracias) por la lección! El final del trayecto hasta el Parque Nacional de Plitvice, que es nuestro primer destino en Croacia, ha sido por una carretera secundaria tan incómoda como bonita. Entre medias, en la nada, pueblos perdidos que son el reflejo de lo que uno imagina como la antigua Yugoslavia, esa en la que se juntaban Kukoc, Petrovic, Divac, Radja y compañía a jugar juntos a baloncesto. Por fin, a eso de las 20.00 h, llegamos a nuestro alojamiento, la Guest House Lubica, regentado por una pareja de sesentañeros que nos esperan con su nieta, a la que tienen entretenida con los dibujos en el móvil. Parece que esta es una táctica universal. El alojamiento es modesto pero de lo más acogedor y aquí la ola de calor no ha hecho acto de presencia: la sudadera es imperativa cuando el sol se retira. Croacia pinta muy bien.
La leyenda de Verona | Día 2

Después de un despertar tardío y un desayuno mediocre —pero incluido en el precio del hotel, no nos vamos a poner exquisitos—, dejamos atrás Parma hasta nuevo antojo. Nuestro próximo destino, y el último en Italia, es Verona. La elección no obedece a nada en concreto. No es una ciudad que nos interese por nada en especial, pero logísticamente nos pareció una buena parada en nuestra ruta hacia el este. Y ya de paso, conoceremos la leyenda de Verona. Llegamos al mediodía a nuestro hospedaje a las afueras de la ciudad, el B&B Corte Caselle, un alojamiento bueno-bonito-barato, formato hotel boutique. Verona nos quedaba a diez minutos en coche y después de descargar maletas, salimos a explorarla. Una tarde teníamos por delante y una tarde fue más que suficiente. Verona podría ser el perfecto paradigma de la ciudad italiana: calles empedradas, iglesias centenarias, fachadas antiguas coloridas, cafeterías y heladerías en cada esquina, buena gastronomía e ingentes masas de turistas copiándose los pasos. El adoquín y las menorquinas son una mala combinación; aunque, de hecho, el adoquín combina mal con casi cualquier calzado, especialmente si uno es torpe hasta para caminar. El centro de Verona es preciosista y agradecido de ver. Fotito por aquí, fotito por allá, dictadura del selfi en su máxima expresión: una antología de ver a través de la cámara del móvil lo que podrías ver directamente con los ojos. Verona es una ciudad-museo en su fantástico centro histórico. Apenas hay coches —lo cual se agradece— y los oriundos brillan por su ausencia. La casa de Julieta Visitamos las plazas principales, atestadas de cafecitos a los que no nos atrevemos a mirarle la carta, y nos perdemos por las calles menos transitadas para constatar que le debemos nuestro sentido de la orientación a los mapas de Google. Las masas nos llevan hasta una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad: la casa de Julieta, donde la leyenda de Verona asegura que vivió la protagonista de la historia de amor de Shakespeare. Evidentemente, todo es una fantasía perfectamente orquestada para contentar al turista ávido de cuentos y folclore. La casa, un antiguo palacio del siglo XIII, pertenecía a la familia veronesa Dal Capello; que, efectivamente, suena muy parecido a Capuleti. El famoso balcón de la historia es un apéndice posterior: apareció en la casa entrado el siglo XX. Pero qué más da. Después de acercarnos a la figura de bronce de Julieta, a la que parece que hay que tocarle la teta para que la fortuna te acompañe, salimos huyendo en la dirección que nos marcaban los turistas. Sin darnos cuenta, acabamos en la Arena de Verona, el otro gran imperdible de Verona, uno de los anfiteatros romanos mejor conservados. Esa noche había ópera en directo. El plan sonaba de lo más atrayente, pero ya habíamos reservado hora para cenar y a la cena, y menos en Italia, no se le hace un desplante. Además, nuestra indumentaria rozaba lo no permitido por el dress code del evento. Quizás volvamos a Verona en un par de semanas a ver Carmen, depende de la conveniencia de la escala y de la insistencia de la mitad mexicana de Cultura Nómada. Una cena bien italiana para despedirnos de Verona Antes de cenar pedimos un Aperol Spritz asporto (para llevar) en un chino del centro de Verona. Sí, en el centro de Verona también hay bares regentados por la diáspora china, muy parecidos a los que tenemos en Barcelona: cutres, sin pretensiones y baratos. En Italia el aperitivo es la previa de la cena, no de la comida, y el Aperol Spritz con su color naranja nuclear y su glamour es la estrella. A nosotros el glamour nos dio un poco igual, lo que queríamos era un poco de alcohol, daba igual si venía en un vaso de plástico en lugar de en una copa estilizada. Después de nuestro aperitivo para llevar, fuimos a uno de los restaurantes con más fama del centro de Verona: la Taberna di Via Stella. Resultó ser un acierto. Probamos la carne de caballo deshebrada con queso parmesano y uno de los risottos menos fotogénicos y más ricos que hemos comido nunca. Las fotos no hacen justicia a ese mejunje negro bañado en Amareno, un vino dulce típico de la región. Entre el vino del risotto, la botella de vino prosecco con la que acompañamos la cena y el Aperol previo llegamos a nuestro bed and breakfast Corte Caselle con el puntillo perfecto para tocar la cama y caer. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
De paseo por la ciudad de Ho Chi Minh | Día 19

Cambiarle el nombre a una ciudad para ponerle el de un héroe nacional suena a paranoia iconólatra. Ho Chi Minh fue el salvador del Vietnam moderno. Por eso, le pusieron a la ciudad más poblada del país su nombre: Saigón ahora es oficialmente la ciudad de Ho Chi Minh. Y es una pena, porque su antigua denominación es mucho más bonita. Pese a que el cambio se hizo efectivo hace más de cuarenta años, los vietnamitas todavía utilizan la modalidad antigua para referirse a la ciudad. En la práctica, da lo mismo referirse a ella de una manera o la otra. Desde ayer, Saigón, la ciudad de Ho Chi Minh, es nuestra última impresión de Vietnam. La primera fue su hermana capitalina, Hanói, que nos encantó. Saigón es parecida pero en realidad distinta. Mucho más sureña, mucho más desenvuelta, mucho más ajetreada. Quizás por culpa del millón de habitantes de más, y de los muchos miles de motocicletas de más. Pasear Saigón es padecerla, es temer por que tus pies no acaben arrollados en cualquier momento. O peor, que acabes atropellado. Entrenados a las lógicas de Vietnam Aterrizar en Saigón y que sea la puerta de entrada al país debe ser una continua angustia. Para nosotros no lo es tanto. Estamos más o menos acostumbrados a los delirios de Vietnam y a su tráfico perturbado. Ya sabemos cruzar sin miedo utilizando la técnica local. Se trata de caminar con decisión pero sin prisa, mirando a todos los lados, alzando un brazo para hacerse notar. Las motos pasan a tu alrededor, consiguen sortearte con naturalidad. Blasfemas en castellano de mientras, eso sí: “Dios. No. Y una hostia”. Pero todo pasa rápido. En cualquier caso, aquí no nos atrevemos a pasarnos al otro lado. Conducir una moto debe ser un ejercicio de tensión continua por el que hemos decidido no pasar. Por eso, nos toca caminar. Y mucho. Por suerte, y pese a lo enorme que es la ciudad, todo lo que es de interés se concentra en su Distrito 1. Aquí está nuestro hostal, con una habitación que tenía que ser de nueve pero es solo para nosotros, y aquí están todos los lugares que vamos a tratar de visitar en estos dos días. Hoy hemos empezado el día probando nuestro primer café con huevo. Y ha sido una rareza de lo más disfrutada. El café adquiere una textura cremosa de lo más rica. Luego hemos visitado la calle de los libros, la oficina de correos —que tiene un rostro enorme de Ho Chi Minh en su pared principal— y el mercado de Ben Tanh. Aquí hemos comido vietnamita a lo local. También nos hemos visto obligados a ignorar a los insistentes vendedores, que ofrecen souvenirs de lo menos originales. Saigón es fanática de los chaparrones perecederos. Hoy nos han tocado dos. Son muy intensos durante diez minutos, pero luego se desvanecen como si nunca hubiera existido. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
En tren de Da Nang a Ho Chi Minh, una odisea de veintidós horas | Días 17 y 18

Como se acerca el final del viaje, y la vuelta a la estabilidad de planear futuros viajes, queríamos darnos un penúltimo homenaje: veintidós horas de tren de Da Nang a Ho Chi Minh para llegar a nuestra última parada en Vietnam. Después de Hoi An había varias paradas intermedias antes de acabar en el sur, en Ho Chi Minh, donde ya estamos. Pero ninguna nos convencía. Y por eso, aceleramos trámites, cerramos la fecha de vuelta para la próxima semana y decidimos saltar directamente hasta aquí. Pero eso implicaba solucionar una disyuntiva siempre compleja. ¿Ahorro en tiempo o en dinero? Como el presupuesto está casi ahogado, nos decidimos por la opción barata; y también la incómoda. Volar nos habría llevado una hora y media, y 65 € por cabeza. Tomar el tren ha salido por 22 €, pero también veintidós horas. Un euro por cada una de las horas. Como abonar una entrada para un espectáculo de variedades vietnamita que nunca se acaba. Porque el viaje pudo ser largo, y a ratos incómodo, pero nunca aburrido. ‘La línea de la reunificación’, la vía que conecta todo Vietnam La principal línea ferroviaria de Vietnam recorre el país de punta a punta, de Hanói a Ho Chi Minh. O viceversa. Cuando fue inaugurada la bautizaron como ‘La línea de la reunificación’, para conmemorar que Vietnam volvía a unirse después de estar partido en dos: el sur, auspiciado por los Estados Unidos, y el norte, comunista y aliado de la URSS. La enorme vía que recorre todo el largo del país es una eternidad de kilómetros, que transita todos sus paisajes y algunas de sus ciudades más importantes. Si de punta a punta el trayecto no dura menos de 36 horas —y más en función del tipo de tren—, desde el centro que estábamos, en Da Nang, la distancia es de veintidós horas. Para hacer el paseo más entretenido desestimados las literas que ocupan muchos de los vagones —por caras— y reservamos dos asientos en la clase más económica, la que se llena de vietnamitas que empacan media vida para quién sabe qué. Quizás volver a casa, o visitar a un familiar, o irse de vacaciones. Los primeros momentos del trayecto La cosa empezaba con dudas. El número del asiento está detrás del mismo y eso genera confusión. No sabíamos si teníamos que sentarnos delante o detrás del número. Resultó ser delante. Por poco echamos de su asiento a una mujer que tenía a un bebé en brazos. El tren sale puntual a las 17.30 h y traquetea con insistencia. Se agita de lado a lado con desconsideración, como si estuviera dispuesto a descarrilar en cualquier momento. La sensación de velocidad es una mentira: avanzamos cuarenta kilómetros en la primera hora. Hacemos paradas constantes y en cada una de ellas el tren se detiene un rato. Ahora es fácil entender por qué veintidós horas de viaje. El vagón va medio lleno de entrada, y se llenará conforme pasemos las estaciones. Al lado de cada asiento hay un colgador, donde los vietnamitas colocan su casco. La moto la llevan en el compartimento del equipaje. Porque sí, en los trenes de Vietnam se puede llevar la moto. La familia que acampa a nuestro alrededor Cuando llevamos cuatro horas de viaje, se baja la mitad de nuestro vagón, que se llena rápidamente de nuevo. Una familia de dos abuelas, un padre que grita los números de los asientos, un niño regordete y una niña que no se despega de su peluche acampa a nuestro alrededor. Una de las abuelas nos pide ayuda para que tiremos atrás su asiento, que resulta ser el de delante nuestro. Le ayudamos solo un poco, para que no nos invada del todo el espacio vital. El padre mueve a la niña, y al peluche, de un lado a otro. Y vocea a una mujer que parece la suya. Los revisores se pasean ociosos, aburridos, sin nada en lo que ocupar su tiempo. Uno se sienta al lado de los pasajeros y revisa lo que consumen en sus móviles. Se acuerda de repente de que está trabajando y nos reparte unas mantas que no se han lavado en lustros. El aire acondicionado está en modo pingüino y no nos importa lo sucias que estén esas mantas, nos tapamos hasta las orejas. Un upgrade de asientos en el tren de Da Nang a Ho Chi Minh Un poco más tarde se arremolinan tres de los revisores a nuestro lado. Hablan entre ellos, como disputándose el marrón. Dos se van y el otro saca el móvil y escribe en el traductor de Google. La aplicación nos habla por él: “¿Queréis dormir?”. Le contestamos con señas que esos son nuestros asientos, y que en ellos tenemos pensado dormir. Con las manos hace un gesto de comprensión internacional: nos pide dinero a cambio de dos literas libres. Le decimos que no, que gracias. La propuesta lleva implícita una amenaza: no vais a dormir. Pero estamos decididos a ello, aunque uno de nuestros asientos no se reclina. Entonces montamos un número de Óscar. Una hace de Yalitza y se pone a saltar encima de su asiento, empujando el respaldo, tratando de hacerlo ceder. La improvisación resulta. Una de las abuelas mira de ayudarnos, pero no. Llega uno de los revisores y comprueba que el asiento no se mueve. “¿Otros asientos?”, le decimos. Y nos lleva al otro extremo del vagón número tres. Nuestra nueva amiga vietnamita, la pequeña Nou Ahora vamos de frente y nuestros nuevos asientos sí se respaldan. Al lado nuestro va otra familia: padre, madre, dos abuelas, una adolescente y una niña de dos años. Antes de que apaguen las luces y todos nos durmamos, la niña nos simpatiza. Mofletuda y con el pelo cortito, viene, se esconde, se ríe, juega a pellizcarnos los pies. Dormimos bien. O todo lo bien que se pueda dormir en esas circunstancias. Tras varias cabezadas intermitentes, a las 09.00 h ya nos damos por despiertos y volvemos
El Golden Bridge de Da Nang y otras horteradas | Día 16

En el Golden Bridge de Da Nang, las manos de Dios se posaron en lo alto de una montaña y decidieron sostener un puente dorado semicircular. Esa es la deliciosa milonga metafórica que se inventaron un puñado de arquitectos de Saigón. Debieron despertarse un día iluminados, quizás resacosos, para concebir el mundo surrealista, casi ridículo. El Sun World de la ciudad de Da Nang, en las Ba Na Hills, a un ratito de Hoi An, es una magnífica horterada, una máquina de atrapar turistas —sobre todo asiáticos— y de hacer cientos de millones de dongs. El reclamo principal es ese puente, el Golden Bridge de Da nang, que tiene el aval de Instagram. Desde que se construyera hace poco más de un año, circulan por la red social cientos de imágenes que magnifican su espectacularidad y lo elevan a lo más alto de los imprescindibles de Vietnam. El Golden Bridge de Da Nang, fotogénicamente impecable Cuando lo vimos por primera vez en una de esas fotos, nos impresionó. Conceptualmente es sobrecogedor: dos enormes manos de piedra, erosionadas a propósito, sostienen un puente dorado que se eleva por encima de todo. Por encima de las montañas y la ciudad, por encima de las nubes. Estéticamente es un acierto rotundo, y fotogénicamente más. Esas fotos, sin embargo, tenían trampa. Estaban tomadas probablemente con un dron, desde arriba, desde donde la perspectiva es sobrecogedora. A ras de suelo el puente pierde una pizca de espectacularidad, pero sigue resultando espléndido. El problema es llegar hasta ahí, pagar para estar ahí, estar ahí y salir de ahí. Porque el puente no es puente al uso, como creíamos cuando vimos la foto. No es el típico puente que cruzas para sortear un obstáculo. Es un puente que forma parte de un enorme parque temático hecho para entretener a las masas de turistas. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El Sun World y su oda al postureo La entrada al Sun World de las Ba Na Hills cuesta la friolera de 750.000 (dongs), algo menos de 30 € al cambio. Es un abuso en un país como Vietnam, en el que se puede comer por un euro y dormir por cuatro. En cualquier caso, nos dejamos abusar. El parque estaba a rebosar de turistas, especialmente chinos y coreanos, que además de pagar la entrada no se cortan a la hora de consumir bebidas, comidas y regalos una vez dentro. Se les ve tan satisfechos con la visita. Se hacen fotos en todos lados, en el más ridículo de los enclaves, en el más ilógico de los decorados. El parque es una oda al postureo: fotito aquí, ahora fotito allá, ahora fotito con esta pose. Parece el único propósito del parque, como lo es de la vida moderna: que la gente se haga fotos que suba a sus redes sociales. Es el efecto llamada perfecto. La inversión, que seguro fue enorme, debe estar amortizadísima. Resultaba incluso agobiante tratar de pasear, hacerse un lugar entre la gente, plantearse un encuadre fotográfico. Por todos lados había gente. Cinco teleféricos y la mayor colección de conceptos kitsch Además de por el Golden Bridge de Da Nang, el parque Sun World aspira a convertirse en famoso por muchas más cosas. Por ejemplo, por su colección de teleféricos. A falta de uno tiene cinco. Y no son precisamente cortos. Uno de los teleféricos, uno de los tres que conectan la base con la montaña, es el más largo del mundo sin paradas. Seis kilómetros y al menos veinte minutos de paseo que hacen las delicias de los adictos al vértigo. El teleférico sube por etapas y no tiene final, no se le vislumbra horizonte. Arriba sigue el entretenimiento sin medida. El puente dorado aparece pronto a rebosar de gente. Luego hay una bizarra colección de partes del cuerpo humano. Son esculturas a escala exagerada, que resultan tan sugestivas como inquietantes. Más adelante hay un par de laberintos, un jardín, unas hadas, unos romanos, unos cerditos con pinta de dibujos animados, un pavo real de flores, un Buda, una pagoda, una villa francesa, un hotel de lujo con habitaciones por horas, un festival de la cerveza, un sucedáneo de la Oktoberfest, una banda de música que toca canciones de Santana, un grupo de coreanos borrachos sesentones que bailan enfrente de la banda, una catedral de mentira que se asemeja a Notre Dame, un puñado enorme de puestos de comida, un par de toboganes en los que soltar adrenalina, un espacio de videojuegos y atracciones, un castillo… Todo eso cabe en Sun World. A falta de un discurso claro, plantea el todo vale para el turista que todo le vale. Y pese a todo, pese a lo hortera, cutre, surrealista y kitsch que resulta, en realidad es divertido. Y si lo es para nosotros, tan críticos y complejos de satisfacer, cómo no lo será para los turistas más complacientes y menos exigentes. El camino de vuelta en nuestra moto urbana Con la tontería y sin quererlo nos hemos tirado ahí cinco horas largas. Había que amortizar bien la entrada. Hemos vuelto a bajar por el teleférico, que no era el mismo por el que habíamos subido. Este era todavía más vertiginoso. Una vez abajo hemos recogido la moto que nos ha servido de transporte y hemos ido a la ciudad, a Da Nang, para reservar un tren mañana hasta Saigón. Nos esperan dieciocho bonitas horas de viaje. Se prometen, en cualquier caso, menos traumáticas que las carreteras vietnamitas. Conducir la moto en cualquier ciudad es un drama. Hay tal cantidad de motos… Las normas son que no hay normas: todo vale. Te pasan por la derecha y por la izquierda, te cruzas motos en dirección contraria, las rotondas son un aquelarre al que sobrevivir, los coches que vienen de la derecha se incorporan como si tuvieran prioridad —y quién sabe, quizás la tienen—, una chica se para en medio de un puente transitadísimo a hacer una foto, una
Chiringuitos vietnamitas playeros | Día 15

A cinco kilómetros de donde estamos alojados en Hoi An se encuentra una de las playas más concurridas del país, atestada de chiringuitos vietnamitas. Es parte del encanto del destino, de hecho: mezclar su coqueto centro histórico con una playa de primera división. Por eso tantos turistas vienen aquí. Porque les encanta tirarse en la arena por la mañana y pasear por las callecitas por la tarde. Hoi An ha sabido explotar todo su entorno como lo hacen los mejores destinos turísticos. Saben sacarle partido a su encanto natural para inventarse lugares de interés en los alrededores. Hoi An, mucho más que su centro de cuento de hadas Desde Hoi An se puede visitar la ciudad de Da Nang y sus monumentos desmedidos, un pequeño archipiélago cercano, unas ruinas, algún templo y la playa. Con todo, la ciudad resulta no ser tan pequeña como aparenta. Hay que venirse al menos tres días para ver todo lo que quiere venderte. El enésimo producto minuciosamente confeccionado por la industria del turismo. Eso sí, la materia prima es imprescindible para elaborar un producto así. Por eso hay que reconocerle a Hoi An lo que es de Hoi An: una visita cargada de encanto y una parada imprescindible en la ruta por Vietnam. Para nosotros, alejados del tumulto pero siempre visitándolo, está siendo un fantástico impasse largo en esta recta final del viaje. Un día en los chiringuitos vietnamitas Aunque solo fuera por cumplir con el expediente, hoy tocaba visitar la playa de An Bang, la más grande de la zona. Es, también, la mejor acomodada para las necesidades del extranjero. Aquí hay hoteles de calidad, restaurantes, bares y tienditas. Ya en la arena, toda la playa está cubierta de chiringuitos vietnamitas con sus respectivas tumbonas. Con el sol pegando duro no queda otra que buscar cobijo en una de las sombrillas con sus correspondientes tumbonas. No te cobran nada por ellas, pero se espera una consumición. Hemos aceptado el trato y nos hemos pedido una limonada y un coco. Los cocos resultan siempre tan playeros. Desde nuestra tumbona, a dos pasos del agua, veíamos cómo pasaban turistas extranjeros de un lado para otro. Los vietnamitas hoy no estaban; era laborable, y son fáciles de identificar: se cubren con toda la ropa del mundo, o con un paraguas, para que el sol no toque su piel. Dilemas sobre tomar el sol, un poco de comer y un mucho de beber Los vietnamitas son obsesos de la piel blanca hasta un punto desmedido. Resulta aparatoso el atuendo que gastan muchos cuando conducen sus motos: gafas, chubasquero, chaqueta, pantalón largo, mascarilla. Entran sudores fríos de verlo. Además, sus cremas solares son en realidad blanqueadoras, y tienen niveles de protección exagerados. Luego está la típica nórdica que se tuesta vuelta y vuelta al sol sin necesidad de sombrilla. Nuestra mañana playera daba para pocos baños. Si acaso uno rápido, para ver cómo está el agua. Había bandera roja y el mar estaba demasiado agitado. A falta de baño, hemos decidido comer y beber, que para eso no importa el estado del mar. Hemos pedido dos cervezas y dos especialidades locales con marisco, que para eso estábamos en la playa. Nos han sentado de lujo, pero nos hemos ido corriendo. De lejos sonaban truenos que amenazaban con descargar. “Hasta mañana”, nos ha dicho la dueña del chiringuito. “Sí, quizás volvamos mañana. Todo estaba muy rico”, le hemos respondido. Ha sido una mentira a medias: la comida estaba muy rica, pero mañana no será día de playa.
Hoi An, la Venecia de Vietnam | Día 14

Las mañanas de villas siempre son más largas. Con tres días por delante para explorar Hoi An, la Venecia de Vietnam como es conocida, y todo lo que tiene en sus alrededores, no íbamos a apurarnos de más por salir de nuestra comodísima habitación en el Lama Homestay. Su cama enorme es más grande que muchos de los habitáculos en los que hemos dormido durante el viaje. Las almohadas son como algodón de azúcar para la cabeza. El aire acondicionado te obliga a taparte con la manta, te hace olvidar que detrás del umbral de la puerta hay más de cuarenta grados. Uno de los balcones da a la piscina —que todavía no hemos probado— y el otro a los arrozales. En la tele podemos ver el Canal Historia y National Geographic. El wifi funciona sin interrupción. Toda esta retahíla enorme de excusas parecen válidas para tomarnos Hoi An con calma, ¿no? Desayuno a la carta: huevo y pancakes antes que arroz Nos hemos despegado de las sábanas un rato para bajar a desayunar. Da igual lo cansados que estemos o lo vagos que nos sintamos: el desayuno nunca lo perdonamos. Como en la mayoría de alojamientos del Sudeste Asiático que le ponen un poco de cariño al servicio, el desayuno de nuestro homestay es a la carta. Se puede escoger entre un puñado de bebidas —cafés, tés o zumos— y una decena de platos. Con independencia del número de opciones, el reparto siempre es equitativo: la mitad de los platos son continentales y la otra, asiáticos. Nunca escogemos los noodles ni el arroz a no ser que nos obliguen. El uno siempre pide tortilla y pan y la otra pancake. Los partimos por la mitad y nos los repartimos. Un poco de dulce y un poco de salado. Y una vez desayunados, y sin prisas, a disfrutar un rato de la ausencia de obligaciones. Hasta que el hambre ha tocado el timbre de nuestros estómagos. Nos hemos montado en nuestras bicis y hemos tomado el camino hacia la ciudad, hacia Hoi An, la Venecia de Vietnam. El homestay está a las afueras del centro histórico de Hoi An, pero no tanto como para necesitar una moto. Encima, las bicis nos las ceden gratis. El cuarto de hora de pedaleo atraviesa una zona de paz, en las afueras, donde los campos de arroz son cultivados por los locales, ataviados en sus gorros para que el sol no azote en exceso. La Hoi An de los locales está en las afueras La calma pasa rápido. A los cinco minutos se llega a la periferia del centro, un enredo de calles transitadísimas, en las que las motos se hacen hueco a codazos y los ciclistas tenemos que hacernos grandes para que no nos coman. Esa periferia cercana es un hervidero de vida local, de tiendas, restaurantes y bares en los que solo consumen ellos. Ahí Hoi An no es la Venecia de Vietnam, sino una ciudad más del sudeste asiático. Hoi An es pequeña, apenas tiene 150.000 habitantes, pero es tan compacta que parece un enjambre de personas. Los cafés no son en realidad cafés, o solo lo parecen en horario diurno. Cuando el sol se retira se convierten en antros de mala vida, en las que los vietnamitas se juntan a beber cervezas y la música suena altísima. Las mesas y las sillas están encaradas hacia la carretera, donde conviene reparar por si algo interesante ocurre. Pero todos miran en realidad a su regazo, a la pantalla de sus móviles. El teléfono móvil nos hace iguales a todos, dicta y acapara nuestro tiempo de ocio —y de negocio—. Aparcamos la bici para visitar el centro En la ciudad antigua, que solo es peatonal y para bicicletas, nos apeamos de nuestro medio de transporte porque es imposible avanzar. Hoi An es aquí un hervidero de turistas. La ciudad, en ese centro, es un paseo de cuento con final feliz: farolillos de colores que se iluminan por la noche, detallitos en las paredes, fachadas pintadas de todos los colores, edificios históricos, barecitos encarados al río con todo el encanto posible. Todo tan falso, tan bonito, tan simulado, tan encantador. Es una mezcla continua de sensaciones. De quedarse embobado admirando una callejuela a enfadarse con la vendedora que te quiere estafar. Y llegan los barqueros y te preguntan si quieres un paseo en su barco, y como a los veinte anteriores les contestas igual: “No, gracias”. Por suerte, los vendedores de souvenirs vietnamitas no son pesados. Un “no, gracias” les basta para dejar de insistir. Bueno, a los más insistentes quizás dos o tres. Pero sí hemos notado una cierta animosidad en algunos de los vendedores de Hoi An con el turista que no lo pone fácil. Les gustan los que son complacientes, los que compran a la primera sin regatear, los que aceptan cualquier trato sin preguntar. Hemos contado al menos siete personas que nos han puesto mala cara cuando hemos rechazado —de la más educada de las maneras— sus ofertas. La comparación es justa: Hoi An sí que es un poco la Venecia de Vietnam Una de ellas, una viejita malacostumbrada al turista pudiente, nos ha obligado a levantarle la voz. Le ha enfadado que una mirara las postales mientras el otro hacía fotos. Unas fotos que ella creía de su tienda, cuando no lo eran. “Nada de fotos si no compras”, nos ha dicho. “Ni fotos, ni compras”, le hemos dicho, mostrándole cómo la cámara había apuntado hacia otro lado, y no hacia su tienda. Por esas cosas el centro de Hoi An resulta pesado. Por eso, también, Hoi An es la Venecia de Vietnam. Quizás la fórmula es levantarse a las 06.00 h y pasearlo con tranquilidad, sin vendedores que te persigan ni turistas que abarroten las calles. El problema es que levantarse a esa hora implica no desayunar y dejar de dormir, y de disfrutar de nuestra habitación, muchas horas. No somos madrugadores, mal que nos pese. Pero quién