Livadi Beach desde su extremo más tranquilo | Día 4

Hoy sí, hoy nos hemos portado como cumplidores buenos viajeros, hoy hemos madrugado para ir a ver dos de las playas más bonitas de la Riviera Albanesa, además de Livadi Beach. Bueno, madrugar, lo que se dice madrugar, pues tampoco, digamos que nos hemos despertado más pronto de lo que lo habíamos hecho en los días precedentes, pero más tarde de lo que marcaba nuestro optimista despertador. No ha sido a las 07.00 h pero sí a las 07.30 h. Una hora perfectamente apreciable para tratarse de un lunes de vacaciones. Un punto positivo para nosotros. A veinte minutos de Livadi Beach, donde nos hemos alojado estos tres días de Riviera Albanesa en vena, de sobredosis absoluta de sol y mar, se encuentra una tríada de playas que llevan el mismo nombre: Porto Palermo. La principal, que es la primera que hemos visitado, es seguramente la playa más famosa de toda la costa albanesa por su castillo adyacente y porque a vista de dron luce espectacular con su forma de minúscula península. Cuando hemos llegado apenas un par de familias se nos habían adelantado y ya habían plantado su sombrilla. Nada que no nos impidiera hacer unas cuantas buenas fotos y montarnos al coche para poner rumbo a la hermana pequeña de Porto Palermo, de nombre Porto Palermo, un alarde de originalidad para bautizar playas la de estos albaneses. La playa de Porto Palermo Hemos sufrido un pequeño percance en forma de saltamontes gigante, del tamaño del tirador de la puerta del copiloto, justo donde ha decidido aposentarse el bicho. El susto no ha pasado a más y la copiloto simplemente ha tenido que cubrir el trayecto en la parte trasera del coche. Porto Palermo (2) es una calita recogida de apenas cincuenta metros de largo y cinco de ancho, rodeada por dos elevaciones a los lados y por cactus y varias plantas que deben ser las primas lejanas albanesas del agave mexicano. La segunda Porto Palermo nos ha encantado, con su agua calma y azulísima. Le hemos hecho un par de fotos, nos hemos mojado un poco los pies y misión cumplida, ya podíamos volver a Livadi Beach a pasar el día en la beach. Los búnkeres de la carretera Antes, eso sí, nos hemos parado en uno de los espacios habilitados de la carretera para ver desde lo alto un gran búnker en el que se guardaban submarinos, un lugar abandonado y dejado de esos que nos habría encantado ver desde dentro. Pero el camino de bajada no era recomendable si queríamos evitarnos que el Clio se llevase un rasguño y nosotros tuviéramos que pagar el no haber aceptado el seguro a todo riesgo. Al parecer Albania está plagada de búnkeres en todo el país, que se construyeron durante el comunismo por temor a una posible invasión enemiga. En el tramo de vuelta hemos empezado a notar en el ambiente que en Albania era lunes y que los lunes aquí, como en todos sitios, se trabaja. Uno pierde la noción de los días de la semana cuando está de vacaciones y ya no sabe si vive al principio o al final de la semana. El trajín del ir y venir de los albaneses nos ha recordado que la semana acaba de empezar y que nuestro viaje se encamina a su nudo. El dilema de escoger hamacas y sombrillas en Livadi Beach De vuelta a nuestro apartamento hemos desayunado —esta vez de manera más prudente, compartiendo los dos el segundo plato— y luego hemos pasado por el siempre complicado dilema de tener que escoger; en este caso, la parcela en la que instalarnos para todo el día. Justo enfrente había un bar con la música a tope a las once de la mañana que tenía las mejores hamacas, grandes y con colchones bien mullidos, y las mejores sombrillas, amplias y que daban sombra a media playa cada una de ellas, por 10 € por todo el día. Hemos estado tentados de quedarnos pero, con acierto, nos hemos recordado que ya tenemos una edad y que escuchar el chumba chumba durante todo el día habría acabado dejándonos tarumbas. Así, hemos andado toda la playa de Livadi Beach a pleno sol y con un calor insufrible, con apenas tres gotitas de crema solar y sin sombrero que nos cubriera las ideas. Porque nada nos convencía y pensábamos que la siguiente porción de playa parcelada podía ser un poquito mejor que la anterior. Así hemos pasado uno, dos, tres, cinco, diez bares con sus respectivos espacios privados de playa, hasta llegar al extremo último de Livadi Beach. Y ese ha sido el lugar escogido, claro, el último de todos, el que ya sabíamos que no podía ser mejorado. El rincón más alejado de la playa Lo cierto es que hemos acertado porque ese rincón de la playa tenía una panorámica de toda la bahía inmejorable y, lo mejor, estaba poco concurrida, con una familia de albaneses compuesta por tres generaciones, que son los únicos que han amenazado con amargarnos la jornada, pero por suerte eran de un ruidoso asumible; y tres o cuatro parejas bien discretas. Hemos pasado un día de playa en toda regla: con nuestras cervezas y nuestras patatas, con nuestras lecturas, con nuestros baños, moviendo las hamacas cada media hora para que la sombrilla siguiera haciendo la función para la que fue colocada. Parece que Livadi Beach, o al menos hoy lunes de julio, todavía no ha sido colonizada por las hordas de turistas extranjeros. La mayoría de los bañistas eran locales, si acaso algunos italianos, pero suponemos que agosto debe tener la zona a rebosar. Ya cuando empezaba a caer la tarde y el sol se ha escondido detrás de la montaña, hemos visto que la elección de nuestro espacio de playa quizás no era el mejor para alargar la jornada, porque ha sido el primero en dejar de tener luz. Lo hemos recibido como una señal de que ya habíamos cumplido y que nos podíamos retirar
Vuelta y vuelta en la playa de Ksamil | Día 3

Se confirma: lo de los desayunos incluidos en los alojamientos de Albania es un chollo, y una exageración. Viajeros del mundo y comidistas de toda condición, el momento es ahora, venid a Albania a desayunar antes de que los hoteleros se percaten de que ofreciendo la mitad los turistas seguiremos estando perfectamente satisfechos. Himarë es la población que hemos escogido para hacer base en las tres noches que vamos a pasar en la Riviera Albanesa, y los apartamentos en los que nos estamos alojando se llaman Tonea’s House, desde donde hoy visitaremos la playa de Ksamil. Tienen un rollito juvenil, desenfadado y playero muy molón. Pero si por algo lo recomendaríamos, como ya nos pasó con nuestro alojamiento en Berat, es por su desayuno. Hemos llegado puntuales a la hora en que se empezaba a servir el desayuno, a las 08.30 h, y uno de los dueños nos ha explicado que a cada uno nos traería huevos al gusto y un segundo plato dulce a escoger: pancakes o loukoumades, una especie de donuts, similares a los pets de monja. Hemos hecho uno y uno. De nuevo, las raciones eran desmesuradas. Una de las dos omelettes nos habría servido para alimentarnos los dos. Y los platos dulces no eran precisamente una degustación: los pancakes eran gigantes, de los que a uno se le antojan cuando los ve en la foto tan perfectos y jugosos; y el segundo plato estaba a rebosar de bolitas de loukoumades, habría fácilmente veinte. Y todo muy bueno, claro, con una mermelada bien sabrosa por encima para acabarlo de adobar; y sendos zumos y cafés. Conduciendo por los pueblos de la Riviera Albanesa Una vez alimentados para todo el día, hemos cogido el coche porque hoy nos tocaba bajar toda la Riviera hasta la última de sus poblaciones, la más famosa y visitada, Ksamil. Desde Himarë son unos sesenta kilómetros, es decir, casi dos horas. Sí, aquí las distancias son eternas. Lo son por las carreteras, por los conductores albaneses, por nuestro quejumbroso Clio de alquiler, por tener que superar pueblos en los que uno tiene que sortear coches aparcados en medio de la carretera. El mantra de tomárselo con calma, de disfrutar del trayecto, es obligatorio recordarlo con frecuencia si uno no quiere desesperar. Albania tiene fama de ser uno de los países europeos en los que peor se conduce. Y habíamos leído y escuchado opiniones de viajeros que suavizaban la afirmación. Nosotros no seremos de esos. En cualquier caso, nada grave, todo bien, y tocamos madera para que lo peor que nos pase sea que un temerario —uno detrás de otro— quiera adelantar a tres coches de golpe en una carretera de montaña de dos carriles en la que nuestro Clio nos pide clemencia avanzando a treinta por hora. De camino a la playa de Ksamil hemos pasado por Sarandë, uno de las diez ciudades más grandes del país y la más grande de la zona, una ciudad hecha para el turismo de pocas pretensiones. El común denominador de la costa albanesa es que por mucho que algunos de sus pueblos y ciudades sean tirando a feos, sus playas son magníficas. El destino playero del país por excelencia es precisamente Ksamil, y sobre todo la playa de Ksamil, donde el azul caribe de sus aguas justifica haber conducido más de medio país para conocerla. La playa de Ksamil vale la pena En Ksamil hemos decidido acatar el manual del visitante medio, por mucho que no sea lo que más nos guste ni disfrutemos: hemos llegado a un bareto, hemos aparcado el coche, hemos alquilado dos hamacas y una sombrilla por 10 € bien cerquita del agua y nos hemos tumbado a practicar la nada más absoluta. Y puestos a hacerlo, hemos decidido disfrutarlo. La panorámica era fantástica, con tres pequeñas islas al frente, toda la playa de Ksamil a nuestra derecha y a la izquierda, un poquito a lo lejos, la isla griega de Corfú. Habíamos estudiado la posibilidad de cruzar en barco hasta allí, puesto que desde Sarandë hay barcos que van y vienen en una hora muchas veces al día. Pero la logística era algo complicada y hemos preferido quedarnos en tierra albanesa. Nuestro bar con nombre pirata, Barbarrosa, tenía un acceso al mar poco natural, pero en contrapartida estaba poco abarrotado y nuestros vecinos eran perfectamente discretos. Algunos de ellos se han pasado las cuatro horas que hemos estado ahí rostizándose vuelta y vuelta, como si su destino fuera acabar en el plato de un antropófago para la hora de la cena. Nosotros nos hemos escondido debajo de la sombrilla cuanto hemos podido, y cuando el sol se desplazaba y nosotros no conseguíamos que el Tetris de nuestras hamacas acabara de encajar en el diámetro de sombra, el resultado ha arrojado una insolación de carácter muy leve en uno de nosotros; en el más descuidado, claro. Nada que no curase el Aperol Spritz que nos hemos pedido para acompañar el momento y nuestras respectivas lecturas. De vuelta a Himarë con parada en Sarandë Sobre las 16.00 h hemos decidido que ya habíamos seguido el ritual del buen turista playero en Albania, hemos dado las gracias al chico que nos ha atendido, que muy avispado nos ha sabido españoles por la camiseta de Modric que uno de los dos lucía, y hemos tomado el camino de vuelta. “Yo también soy del Madrid, es mi equipo preferido. Bueno, y el Milan”, se ha despedido el pirata Barbarrosa. El camino de vuelta ha sido un calco del de ida con la salvedad de que hemos parado en Sarandë para conocer nuestro primer supermercado albanés, donde hemos comprado algunas cervezas (con gluten, sin gluten no tienen), un vino de los que solo se pueden beber bien bien frío, tres o cuatro bolsas de patatas y queso, tzatziki y salchichón para cenar en el apartamento. La visita al supermercado y poder comer patatas durante las siguientes dos horas han hecho que el trayecto de vuelta fuera
Cruzando las montañas hasta las playas de la Riviera Albanesa | Día 2

En un arranque de optimismo exagerado, ayer nos fuimos a dormir con el propósito de madrugar mucho para pasear por Berat al amanecer. Evidentemente, no ha sido así, y eso que aquí no existen las persianas y el sol entraba insolente por la ventana. Lo que sí que hemos hecho, y también nos habíamos propuesto la noche anterior y todas las noches anteriores a esa, ha sido desayunar. Pero por una vez, y esperamos que sirva de precedente, la expectativa ha superado la realidad. El hotel Hani i Xheblatit de Berat tiene una terraza genial con cuatro mesas con unas vistas imponentes a la otra mitad de la ciudad. El enclave es de película y el desayuno. de Masterchef. Por lo bueno y por lo abundante. Era la mejor manera de empezar un día en el que acabaríamos cruzando las montañas hasta las playas de la Riviera Albanesa. El menú ha sido espectacular: una suerte de ensalada con tomates, olivas y pepinos; una tabla enorme con sandía y nectarinas recién cortadas; un plato con queso feta, trozos de berenjenas asadas e higos; pan (con gluten); un cuenco con cerezas acompañado de dos tipos de mermeladas, una de frutos rojos y la otra de melocotón; una fuente con trozos de salchicha y pimientos; un plato para cada uno con dos huevos fritos; y té, zumo y café. Las raciones eran exageradamente abundantes, especialmente para tratarse del desayuno. Lo bueno es que todo era producto fresco y natural, poco pesado, sin bollerías ni platos grasientos. Este desayuno en Barcelona nos habría costado más que lo que hemos pagado por la noche de hotel, y por el desayuno, que han sido 40 euros. Desde Berat cruzando las montañas hasta la Riviera Albanesa Hemos dejado la habitación y nos hemos despedido de Berat dejándonos partes por ver, como su castillo o alguno de los miradores, pero así nos prometemos que tenemos que volver. Desde Berat nos encaminamos al tramo central del viaje, en el que vamos a conocer la Riviera Albanesa. La costa del país es el reclamo principal para los turistas que persiguen el sol y las playas del mundo. Nosotros no somos de esos, lo de la playa a uno le molesta y a la otra le gusta un ratito y como postal para recordar. Pero ya que estamos aquí queremos refutar, o confirmar, que las playas de Albania tienen su fama bien merecida. Y ya que estamos, a nadie le amarga una cerveza fresquita (sin gluten, por favor) estirado en una tumbona cómoda y con una sombrilla bien grande que le tape el sol. Y una buena lectura. Porque de eso va el turismo de costa en Albania, como hemos empezado a comprobar hoy: la mayoría de playas están desnaturalizadas con tumbonas y sombrillas a lo largo y lo ancho de cada una de ellas. Son playas preciosas, enclavadas entre montañas, con un agua limpísima y de tonos azules que habría que comprobar si Pantone los ha sabido incorporar en su paleta. Pero esa foto tan idílica se distorsiona cuando llegan los meses de verano y aterrizan (aterrizamos) los turistas, a los que se contenta estropeando la imagen, pero mejorando la comodidad y los servicios. Si ayer sentíamos que Berat y la parte central del país estaba poco masificada, la Albania que mira al mar parece que ya se ha sacado un par de másters en explotación turística. Las carreteras de Albania Para llegar hasta Himarë, el pueblo de la Riviera Albanesa en el que haremos base para recorrer toda la zona, hay que dar una gran vuelta a medio país desde Berat. Primero hay que desandar el camino conducido veinte minutos hacia el norte, pese a que nuestro destino está en el sur, luego irse hacia la costa, en el oeste, y desde ahí recorrer todo tipo de carreteras. Primera una buena autopista, después, pasada la costera ciudad de Vlöre, caminos pavimentados de manera irregular y más adelante, subir un puerto que ya quisiera el Tour de Francia para el final de su etapa reina. Para moverse por el país en cualquiera de los sentidos resulta que hay varias cordilleras que atraviesan Albania a lo ancho y a lo largo. Y las carreteras encargadas de cruzar estas montañas son de las divertidas. Desestimamos tomar las que nos parecen demasiado arriesgadas para nuestro Clio y tomamos la que sigue la costa. Pero resulta que el Tourmalet albanés se presenta como un muro que hay que trepar tomando cientos de curvas cerradísimas y con pendientes que no bajan del 10 %. El Clio, que se nos antoja que nunca ha salido de su zona de confort urbana, sufre y hay que bajarle a segunda, y a ratos a primera, para que avance a treinta por hora, a veinte por hora, a ritmo de tortuga. Los conductores de Albania Pero lo peor no es saberse un desconocido por estas carreteras y tener que transitarlas con un cochecito de los autos de choque. Lo peor son los muchos coches albaneses de muchísima mayor cilindrada que no se apiadan de uno y tratan de superarlo por el interior y por el exterior, como si fueran el bueno de Verstappen remontando con su Red Bull posiciones sin despeinarse. Los albaneses conducen raro. Y por raro entiéndase distinto. Seguramente podríamos calificarlo como un conducir deficiente, en exceso arriesgado, poco precavido. Pero parece que es la norma y el estándar local, y por lo tanto uno solo está juzgando desde la realidad propia esta realidad que le es ajena. En cualquier caso, y siguiendo con el juicio, no es normal que un coche se pare en medio de un puerto de montaña con las dos puertas abiertas. No es normal ni prudente. Ni hacer adelantamientos imposibles en medio de una curva. No es que conduzcan mal, sino que conducen con un déficit de cautela para alguien acostumbrado a la regularizada y normativa cautela de las carreteras españolas. Livadi Beach, nuestra base para recorrer la costa de Albania
Zagreb, última parada de nuestra ruta balcánica | Día 9

Nuestra última mañana en Zadar la hemos pasado reorganizando maletas. Era, de nuevo, día de traslado. Esta vez, en dirección a Zagreb, la capital de Croacia, donde termina nuestra ruta por el país y última parada de nuestras vacaciones. La idea era conducir sin detenerse. Pero el depósito del coche nos ha obligado a hacerlo, y una cosa ha llevado a la otra. Hemos repostado en la gasolinera del centro comercial más grande de Zadar, que tiene nombre de sitio en el que perderse: Supernova. Y eso hemos hecho. Nos hemos tomado un café en el McCafé, hemos explorado el supermercado (marca Spar) mejor surtido de lo que llevamos de viaje, hemos comprado algunos básicos para el camino —galletas sin gluten— y hemos vuelto al coche agradeciendo que la cercana vuelta a casa no sea en avión. De lo contrario, nos faltarían varias maletas para facturar todo lo que llevamos. La carretera entre Zadar y Zagreb El camino hasta Zagreb ha sido pesado y mucho más largo de lo esperado. Lo que estaba previsto que hiciéramos en tres horas se ha convertido en casi cinco. Primero, porque varios tramos de la autopista estaban en obras, lo que unido al mucho tráfico causaba congestiones intermitentes. Y segundo, porque ya en el tramo final antes de llegar a Zagreb, un peaje muy mal gestionado nos ha hecho estar detenidos durante más de media hora en la carretera. La proporción de coches que veíamos por la carretera era de tres extranjeros por uno croata. Esta autopista conecta con Eslovenia y Hungría y, desde ahí, con Austria, República Checa, Alemania y Polonia. Por eso tantos coches de todos estos países, y de muchos otros todavía más lejanos: Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, Dinamarca e incluso Suecia y Noruega. El nuestro parece el único coche con matrícula española que ha pasado por aquí en muchos días. Por eso el operario del peaje que nos ha ayudado a que nos pase la tarjeta de crédito se ha sorprendido: «Vaya, desde España». Somos una anomalía. Parece que a los españoles esto de hacer tantos kilómetros en coche es una locura a la que no acostumbramos. Llegada a Zagreb y un poco de exploración Llegados a Zagreb, la entrada a nuestro hotel ha sido una pequeña yinkana que nos servía para rematar el pesadísimo trayecto. Nos alojamos en el Jagerhörn, un hotel muy céntrico de la capital de Croacia que tiene el encanto de lo clásico. Su ubicación es inmejorable y sus instalaciones, que quizás agradecerían alguna renovación, le trasladan a uno a esos hoteles que visitaba con sus padres cuando era niño, con sus sobres, hojas y bolígrafos con el logotipo del hotel, con un teléfono del siglo XVIII para llamar a recepción, con el minibar y sus bebidas y cacahuetes. Más que estar en Croacia, uno se siente en los Alpes austriacos; el nombre del hotel, de hecho, es una clara reminiscencia a ese origen germanófilo. La tarde-noche en la ciudad nos ha dado para comprar un par de entradas para el gran espectáculo que veremos mañana por la noche, y que es el principal motivo de que hayamos dejado para el final la capital, y para pasear un poco las calles del centro antes de sentarnos a cenar. De primeras, Zagreb tiene encanto. Su plaza principal la preside la estatua de Josip Jelačić, el gran héroe nacional croata, del que seguro sabremos más mañana en el tour gratuito que haremos por la mañana. Esa plaza tiene un aire a la Puerta del Sol de Madrid y es semipeatonal, pues solo la cruza dos vías de tranvía. No muy lejos de ahí hemos cenado, en un restaurante que habla muy bien de la condición capitalina de Zagreb, que se nota una ciudad más europea, movida y variada. Tapas alternativas y modernas en la capital croata El restaurante se llama Kai Street Food y hay que estar buscándolo para encontrarlo, pues se encuentra en un callejón con el que hemos acabado dando después de más de diez minutos de no entender las indicaciones de Google. El dueño, un treintañero muy buena onda, nos ha explicado que ha creado un concepto de restaurante desenfadado con productos de calidad para la gente joven. Era la versión croata de Dabiz Muñox, el chef de DiverXO y del StreetXO, su restaurante de comida callejera gourmet. Como en este último, la carta del Kai Street Food era muy corta pero llena de creatividad y platos ricos. Hemos comido unos tacos y un sándwich de pollo que suenan convencionales pero no lo eran en absoluto, y además estaban muy buenos. El helado de después en la heladería más cercana era bastante más mediocre que la cena, pero nos ha valido para cerrarla con un poco de dulce antes de tomarnos un Mojito y un Aviation (el mejor cóctel hecho con ginebra que se pueda probar) en el bar del hotel como unos auténticos señores.
Zadar, el atardecer más espectacular | Día 8

En nuestro dúplex de Zadar, en los apartamentos Villa Ida, nos hemos despertado con antojo de huevos revueltos para desayunar. Anoche, previsores, anticipamos el antojo y compramos una decena de huevos —sí, diez, en Croacia parece que los huevos no vienen por docenas— y algunos básicos más: queso y pan. El día de hoy nos lo íbamos a tomar con calma porque la ciudad no apremiaba. Sabíamos que podíamos ir a recorrerla un rato por la mañana, volver al alojamiento a descansar y, ya por la tarde, volver al centro para disfrutar del atardecer y cenar en algún restaurante rico. Dicho y hecho. Hemos llegado al centro de Zadar caminando, bajo un sol que no abrasaba pero te invitaba a buscarle las sombras. La ciudad parece estar en plena ebullición turística, atestada sobre todo de italianos, que la tienen cerca, y de alemanes, que están siempre en todos lados. En Zadar nació uno de los grandes mitos del madridismo moderno, Luka Modric. Y la ciudad es un poco como su juego: elegante, pausada, refinada. Las referencias a él en las tiendas de souvenirs son constantes, como también lo eran en Dubrovnik y Split. Las camisetas de Croacia lucen todas el 10 y su nombre, y también hay balones con su cara, y llaveros, cuadros y cualquier objeto que uno pueda imaginar. Paseo por el centro de Zadar Las calles angostas de Zadar dan a un par de grandes plazas que (nos) canalizan a los turistas, que paseamos tratando de evitar el mapa de Google porque es complicado perderse y muy sencillo acertar en el camino, porque todos son igual de sugerentes. El centro histórico de Zadar se encuentra en una pequeña península, en el centro de la cual están la catedral y el foro romano. En la parte del sur de la península hay un pequeño parque al lado del cual se encuentra una puerta del siglo XVI, que era la entrada a la antigua ciudad. Una vez dentro, la historia que rezuma la ciudad contrasta con su forzosa adaptación al turista, con decenas de bares, terrazas y restaurantes, todas ofreciendo cócteles a 6 €. Como no somos de piedra y el calor nos pedía algo fresquito, nos hemos dejado convencer. Nos hemos sentado en un pequeño bar de una callecita estrecha y nos hemos pedido dos Aperol Spritz. La dueña, que al principio nos había parecido una borde, al final ha sido generosa en la cantidad de alcohol de nuestros cócteles y además nos ha regalado unas patatas. En la terraza, al rato, ha llegado un local que parece que conocía a la dueña. Él la ha llamado, y ella ha llegado esta vez sí feliz, y le hemos intuido sus palabras: «Hola, no te había reconocido, creía que eras otro turista más». En cualquier caso, el hombre de Zadar sabía dónde iba, iba a dejarse ver. Se ha tomado su expreso con calma y ha empezado a entablar conversación con dos chicas alemanas que se sentaban en la mesa contigua. Al centro en barca para disfrutar del atardecer de Zadar Después de pasar un rato en el alojamiento descansando, y picando algo para cumplir con la rutina de tener que comer algo a mediodía, hemos vuelto a tomar esta tarde la barca para saltar los cuarenta metros que nos separan en línea recta del centro. El barquero era el mismo que ayer, y el mismo que unas cuantas horas más tarde nos devolvería al otro lado de la ciudad. El plan era similar al de ayer a la misma hora: ir a ver el atardecer a los escalones del Órgano de Mar. Pero esta vez, claro, con un par de cervezas. Hoy había menos gente que ayer pero la atmósfera era igual de especial. Los colores del atardecer han variado un poco, como para no quedarnos con la sensación de estar teniendo un déjà vu. La expectación con los últimos momentos del atardecer es sobrecogedora. Se siente en el ambiente que es un momento especial, único, como si el sol se estuviera poniendo para siempre y tuviéramos todos la certeza de que nunca más lo volveremos a ver. Cuando por fin se esconde en el horizonte, la gente decide aplaudir, reconociendo el fantástico espectáculo. La mejor sopa de pescado de Croacia está en Zadar No habíamos sido los únicos con cervezas para disfrutar del atardecer, y tampoco hemos sido los únicos en escoger la Trattoria Mediterraneo para cenar. Tras el atardecer nos hemos topado con una parada de elotes —que no hemos podido rechazar— y eso nos ha demorado lo justo para tener que esperar un rato para tener mesa en el restaurante. La espera, que al final ha sido corta, ha merecido la pena. Hemos comido un plato de quesos y embutidos locales, otro de pescados y conservas de aperitivo y luego hemos compartido una sopa de pescado y marisco, el plato estrella de la casa. La chica que nos ha atendido nos ha mirado con cierta incredulidad cuando le hemos pedido la orden, extrañada de que no incluyéramos pizza o pasta. Lo cierto es que no nos hacía falta tirar de clásicos italianos, porque hemos acertado de pleno con los tres platos. Especialmente con la sopa, un imprescindible de Zadar para todo el que lo visite, casi a la altura de su inigualable atardecer desde el Órgano de Mar.
De Mljet a Zadar pasando por Split | Día 7

La isla de Mljet es lo que es —tranquila, poco concurrida— porque, entre otras cosas, llegan y salen pocos ferris de ella. Se entiende que es una estrategia del gobierno, que la quiere así pero sin embargo la promociona en todos lados. Hoy el objetivo era llegar de Mljet a Zadar. El segundo ferri que zarpa cada día de Mljet para volver a la Croacia continental sale a las 09.00 h y nosotros, que no queríamos quedarnos fuera, hemos llegado pronto para asegurar una plaza para los tres: nosotros y nuestro coche. No éramos los únicos, delante nuestro había una veintena de coches ya esperando a que el barco de la compañía Jadrolinja, la que cubre todos estos trayectos hacia y entre las islas, nos abriera las puertas. Parecía que íbamos a tener éxito en nuestra primera etapa de la ruta de Mljet a Zadar. Tomando el ferri para llegar de Mljet a Zadar Para que un trayecto marítimo sea tranquilo, ahí os va una advertencia: evitad tener resaca. Eso es lo que le pasó a uno de nosotros la última vez que habíamos tomado un barco, a finales de diciembre pasado, entre Ibiza y Formentera. Lección aprendida. Anoche solo bebimos un par de vasos de vino indoloros y la media hora de trayecto ha transcurrido en la más apacible tranquilidad. Bueno, casi. La tranquilidad la rompían un par de niños croatas decididos a secundar el trabajo del café matutino, despertándonos a todos los pasajeros. Ya de vuelta en el puerto de Prapatno, una pequeña ciudad en la península croata de Pelješac, que es la que evita que uno tenga que cruzar una decena de kilómetros de Bosnia y Herzegovina para ir desde Dubrovnik hacia el norte del país, hemos emprendido viaje hacia arriba del país. Es lo que hay que hacer para ir de Mljet a Zadar. Un trozo de Bosnia y Herzegovina en Croacia Hasta hace no mucho, cruzar Bosnia era una maniobra necesaria para los que hacían esta ruta croata por tierra. Pero justo hace un mes se ha inaugurado un espectacular y modernísimo puente de más de dos kilómetros que salva la distancia que separa esta pequeña península en su parte más septentrional con la Croacia continental. En el sur, Pelješac tiene un pequeño brazo que evita que sea una isla y lo une con Croacia en su parte cercana a Dubrovnik. Hemos cruzado el puente, que todavía huele a nuevo, y hemos confirmado que los croatas son buenos construyendo infraestructuras. La carretera con la que seguiríamos camino al norte era nuevamente impecable, muy disfrutable de conducir. Hemos pasado un valle verdísimo salpicado de viñedos y bodegas que hemos lamentado no incluir en nuestra ruta, pero el tiempo apremiaba y la programación del día tenía poca cintura para incluirle planes no previstos. Split, parada intermedia para ir de Mljet a Zadar A eso de las 12.00 h, después de un par de horas de conducción, hemos llegado a Split, la segunda ciudad del país y nuestra parada técnica para almorzar. Split había estado siempre en nuestra ruta de este verano, pero al final hemos tenido que reducir nuestro paso por ella a un puñado de horas. Hemos comido en el restaurante Bokeria, una modernidad llena de encanto, decorado con botellas de Aperol y Campari. Por si fuera poco, tienen una comida riquísima aunque un poco cara. Hemos pedido un risotto negro sublime (aunque nos ha recordado más a nuestro arroz negro español que al risotto italiano, pero qué más da) y una pasta con trufa. La mitad mexicana de Cultura Nómada es una adicta a la trufa, pero casi siempre pierde escogiendo plato: pese a que la pasta estaba rica, el risotto estaba mucho mejor. Después nos hemos tomado un helado en Emiliana. Google aseguraba que los helados de ahí eran de los mejores de la ciudad, y la fila que había para conseguir uno parecía la constatación de ello. Nuestros helados de ricotta y limón han sido de los mejores que hemos comido en mucho tiempo. Un paseo por Split Con el estómago lleno hemos callejeado el centro de Split y su paseo marítimo, atestado de turistas. Split es la principal ciudad portuaria del país, a la que llegan y desde la que salen barcos a todas las islas y también a varios destinos internacionales. Como nosotros, muchos parecían estar de paso, tocando suelo antes de continuar trayecto. La ciudad tiene un casco antiguo muy cuidado y fotogénico, con fachadas castigadas por los años que ojalá nunca se conviertan en modernidades hechas en producción masiva, todas igual de aburridas. Además, Split cuenta con varios vestigios de la época romana, entre los que destaca el Palacio Diocleciano, y una catedral en el mismo recinto arqueológico. Antes de dejar Split atrás hemos comprado un par de trozos de queso locales para nuestra colección. El destino final del día, donde pasaremos las próximas dos noches, es la ciudad de Zadar, dos horas más al norte de Split y unas tres horas antes de llegar a Zagreb, la capital. Último tramo hasta Zadar Logísticamente nos convenía escoger Zadar como penúltima parada en el país, para evitar un trayecto larguísimo de Split hasta Zagreb. Además, como hemos comprobado más tarde, Zadar es justo lo que necesitamos en esta parte final del viaje: una ciudad abarcable, coqueta y sencilla de pasear y conocer. El Sr. Branko nos ha recibido en su edificio de apartamentos Villa Ida y nos ha dado las llaves de un dúplex que ya quisiéramos para nosotros en Badalona. Era ya tarde, casi las 19.00 h, y el día nos ha dado para ver lo mejor de Zadar: su memorable e incomparable puesta de sol. Para ello hemos tomado una barquita minúscula que mueve un barquero, un sistema de transporte centenario que sirve para salvar la zona donde nos alojamos, cerca de la Marina, con el centro histórico. Por siete kunas por persona (unos noventa céntimos de euro) nos hemos ahorrado un cuarto de hora de caminata.
El Parque Nacional de Mljet desde un carrito de golf | Día 6

Una vez explorada ayer la parte sur de la isla de Mljet, hoy, en nuestro segundo y último día en este edén de la calma y el reposo, nos ha tocado recorrer su norte. Es ahí, en el tercio más septentrional de la isla, donde se ubica el Parque Nacional de Mljet. Este espacio es una condensación de todo lo que tiene la isla: naturaleza, paseos, playas, lagos y rincones preciosistas. Hemos amanecido desayunando desde nuestra terraza, viendo al sol tratar de ganarle terreno a las nubes. El mar, enfrente, parecía haber salido del cuadro de un pintor neerlandés del sigo XVII, tan realista y tranquilo. Traemos suministros de tierra firme para abastecernos bien: café, pan, queso, zumos y alcohol, claro. Así, compensamos el precio bastante caro de los restaurantes con una comida, y también con el desayuno, en el apartamento. Es el modo de seguir nuestro presupuesto diario previsto de 60 € en comida al día, que no pretendemos cumplir a rajatabla pero nos sirve como guía para no excedernos. La entrada al Parque Nacional de Mljet Desde donde estamos alojados el trayecto hasta el parque es de unos veinte minutos. Hemos llegado pronto, aunque no tanto como hubiésemos querido. Eran las 10.30 h y hemos podido aparcar el coche a la sombra de un puñado de árboles, un lujo del que no han podido disfrutar los muchos coches que llegarían más tarde. Gracias de nuevo a nuestros imperecederos carnets de estudiante de la UAB, nos hemos ahorrado un buen dinero en la entrada. El ticket estándar cuesta 140 kunas (unos 18 €) y nuestras entradas de sempiternos estudiantes nos han salido por 90 kunas a cada uno (12 € aproximadamente). Uno es estudiante hasta que su carnet universitario le siga siendo válido para este tipo de descuentos. El Parque Nacional de Mljet se puede recorrer a pie —solo para los valientes, especialmente bajo el sol abrasador de pleno agosto— o a bici. Esas eran los dos únicas opciones que creíamos posibles. El alquiler de la bici no era nada barato (50 kunas, unos 7 € por hora, la bici normal; y el doble, 100 kunas, la bici eléctrica) y hemos decidido hacernos los valientes, calzarnos los tenis y confiar en la providencia. La providencia ha decidido apiadarse de nosotros, como si supiera de nuestra nula capacidad para aguantar esfuerzos físicos bajo el sol: nos ha plantado delante, a pocos metros de la entrada, un carrito de golf multiplaza —tren eléctrico, según la incierta nomenclatura oficial que utilizan en el parque— que recorría los puntos más importantes. Le hemos preguntado a una chica en el punto de información, y nos ha confirmado lo que necesitábamos saber: «Está incluido en el precio de la entrada». El Parque Nacional de Mljet en carrito de golf Pues no hacía falta decir nada más. Nos hemos hecho con los dos mejores sitios del carrito de golf, en el que hemos echado en falta a Gareth Bale, y hemos disfrutado de una hora larga de paseo motorizado viendo de muy cerca los principales puntos de interés del Parque Nacional de Mljet. El azul turquesa de las aguas diáfanas, en las que se transparentaban las rocas y las algas del fondo y los pececitos que habitan esos lagos, era una invitación a quitarse la camiseta y remojarse sin reparos. Lo hemos hecho al final del tour del carrito de golf, después de pasar por un canal, de dejar atrás a muchos ciclistas y de envidiar a los que ya estaban bañándose antes que nosotros. El baño ha tenido que esperar a la parte final del recorrido, en la zona mejor habilitada para ello. Allí, la mayoría de visitantes venían perfectamente equipados con escarpines, unas zapatillas hechas para bañarse con ellas en entornos en los que las rocas predominan por encima de la arena. Nosotros, evidentemente, no traemos los escarpines de marras y hemos tenido que meternos en el agua del modo más ridículo, pisando casi de puntillas, sentándonos para no resbalar. En cualquier caso, el método ha sido lo de menos, porque el resultado bien ha merecido ese momento de esperpento imposible de tapar. El monasterio en medio del Parque Nacional de Mljet Después hemos tomado un bote que lleva a una isla artificial que se encuentra en medio de uno de los lagos, donde hay un monasterio benedictino, un bar, un restaurante y unos baños por los que hay que pagar cinco kunas. Una de nosotros ha pagado, y el otro se lo ha saltado. No somos unos insurgentes, simplemente nos hemos sentido un poco engañados porque el cartel rezaba que por 5 kunas podían entrar dos personas, y no había sido así. La Isla de Santa María (Saint Mary’s Island) no tenía mucho más historia, con lo que hemos tomado el bote de vuelta al embarcadero más cercano al parking, hemos tomado el coche y hemos ido a buscar un restaurante en el que almorzar. El almuerzo en Pomena En la parte de la isla en la que está el parque hay un par de asentamientos, ambos bien surtidos de restaurantes a la orilla del mar. Hemos escogido el de Pomena y el Konoba Nine, un restaurante muy bien atendido por un camarero descalzo que se desplazaba siempre tarareando. Hemos comido un fantástico batiburrillo de mar: un plato inicial en el que había ensalada de pulpo, anchoas, gambas y atún; un plato de langostinos enormes tremendamente sabrosos; y una pieza de pescado. Durante el almuerzo, con el que hemos cubierto el presupuesto diario en comidas, hemos estado viendo ir y venir barcos, catamaranes y pequeños ferrys, que llegaban a la bahía de ese pequeño pueblo buscando un amarre en el que aparcarse. Es curioso, y sobre todo enormemente ajeno, al menos para nosotros, el mundo de la navegación. Algunos de los barcos parecían alquilados para el día; otros, como el de nuestros vecinos de mesa en el almuerzo, eran seguro propiedad de esa pareja de más de sesenta a los que el
La isla de Mljet, pura naturaleza inexplorada | Día 5

Croacia se ha vuelto uno de los destinos de moda de los últimos años por muchos motivos. Dubrovnik, por culpa de Juego de Tronos, es seguramente el principal de ellos. Pero en el orden de razones que (nos) lleva a los turistas a venir al país, en lo más alto aparecen también sus islas, como la isla de Mljet. Especialmente en verano, el enorme archipiélago croata es un reclamo difícil de rechazar: buen tiempo, sol, playa, naturaleza, aventura, fiesta, historia, cultura, buenos mariscos y pescado, descanso, deporte. Eso sí, no todos estos ingredientes caben en la misma isla. Las islas croatas son tantas como perfiles de turistas. De las casi setecientas que forman el archipiélago del país, el segundo más grande de Europa tras el griego, unas cincuenta están actualmente habitadas. Y de esas, solo diecisiete superan el millar de habitantes permanentes. La elección más difícil: qué isla escoger Las islas de Hvar, Korčula, Vis, Krk y Brač son algunas de las más famosas y visitadas. Su infraestructura turística es muy buena, con alojamientos de todo tipo y mucha oferta de restauración y actividades. Además, cuentan con conexiones frecuentes vía ferry y catamarán con las principales ciudades costeras del país. La primera es exclusiva y fiestera, la segunda histórica, la tercera aislada, la cuarta familiar y la quinta presume de la playa más famosa de Croacia. Resumirlas con un adjetivo es reduccionista pero ayuda a escoger una, o algunas, porque las apreturas temporales, especialmente cuando se viaja con billete de vuelta, obligan siempre a tener que escoger y a tener que descartar. La isla de Mljet, nuestro retiro croata Nuestra ruta, en la que tratamos de abarcar todo lo posible aunque eso nos impida —lo lamentamos, pero lo sabemos y lo asumimos— ir lentos y profundizar en los lugares, nos permitía pasar unos dos-tres días en alguna de las islas. Después de estudiarlas un poco e ir priorizando por disponibilidad de alojamientos y precios desorbitados, acabamos descartando las cinco anteriores para escoger una mucho menos reseñada en los blogs de viajes: la isla de Mljet. De las diecisiete islas croatas que superan los mil habitantes, Mljet es la última de todas. Pese a no estar muy alejada de la costa, y estar a tiro de una hora en coche (más 45 minutos en ferry) de Dubrovnik, Mljet pasa desapercibida por la mayoría de turistas. La isla de Mljet tiene casi cuarenta kilómetros de largo pero solo tres de ancho. Desde el puerto de Prapatno, donde se toma el ferry para llegar aquí, se la intuye yerma y solitaria, casi virgen, con su perfil montañoso pintado de verde. Dos de las mejores playa de la isla de Mljet Conforme nos acercamos la impresión preliminar se confirma: apenas se le adivinan núcleos de población urbanizados. Y apenas los hay. En Mljet hay varios puñados de casas reunidas, que son más asentamientos que pueblos, que rompen su inalterada normalidad. Una carretera principal la cruza de punta a punta. En los más alto, en el norte, se encuentra el Parque Nacional de Mljet, que visitaremos mañana. Esta tarde hemos decidido conocer el extremo norte de la isla, donde están las dos principales playas de la isla, en Saplunara. Llamarles principales a esas playas es un eufemismo. En realidad, son muy pequeñas, de unos cien metros de largo la primera y de no más de 25 metros la segunda. Son el tipo de playas que sí nos gustan: discretas, pequeñas, recogidas, agradables. Y, sobre todo, poco masificadas. Entre las dos no sumaban más de un par de centenares de personas. Cualquier otra playa así en cualquier isla del Mediterráneo, de nuestras Baleares por ejemplo, no tendría un centímetro de arena disponible en el que estirar la toalla. Y la cola de coches aparcados en la carretera sería de varios cientos de metros. Aquí hemos podido aparcar en el espacio habilitado al lado de la playa, a cuatro pasos del mar. Las dos playas tienen sus respectivos bares en los que se respira un ambiente distendido y tranquilo. Hay cócteles, claro, pero sin música estridente ni borrachos importunando la apacible atmósfera. Nuestro alojamiento en la isla de Mljet Hemos decidido cenar en nuestro hospedaje, en los Apartamentos Frano, que es el alojamiento que nos ha salido más caro del viaje (unos 130 € la noche). Aquí los hoteles escasean y la oferta de alojamiento es en forma de apartamentos y casas que se rentan para la época estival. El nuestro está en medio de la carretera principal, por la que apenas pasan coches, y tiene unas vistas magníficas. Se ve el mar de frente manchado por un pequeño islote rocoso, a nuestra derecha las cinco casas del asentamiento de Maranovići en el que nos encontramos con el perfil montañoso que singulariza a la isla detrás. A nuestra izquierda, más montañas y más verde. Hoy ha sido el primer día que hemos podido frenar un poco y desempolvar nuestros libros. La lectura de Bolaño escuchando el Adriático de fondo y las chicharras cantando es una experiencia que vamos a lamentar no poder alargar.
Dubrovnik exprés, la ciudad bien vale un día de agotamiento | Día 4

El horario del desayuno ha condicionado que no amanezcamos por segundo día consecutivo a las 05.00 h de la mañana. Hoy no podíamos madrugar, volver al hotel a desayunar y volver a la ciudad a seguir turisteando. Estamos a media hora en bus del centro y una vez saliéramos era para no volver hasta la noche. El reto para hoy estaba claro: Dubrovnik exprés, conocer la ciudad durante un día. Por eso, a las 07.25 h estábamos metiendo prisa ya a los trabajadores del hotel Vimbula para que nos sirvieran el desayuno —que empezaba a las 07.30h, pero nosotros habíamos entendido las 07.00 h— para poder cargarnos de cafeína y queso, indispensables para afrontar lo que se presumía, y efectivamente ha sido, un día muy largo. Un free walking tour para empezar nuestro reconocimiento de Dubrovnik exprés Como ya hiciéramos en Sarajevo hace unos días, nos hemos dejado guiar por un experto en la ciudad para entenderla mejor. Después de un par de fotos y paseos, a las 10.00 h Marko ha empezado su tour guiado para una veintena larga de turistas —muchos de ellos españoles— que prefieren dar propina a pagar. Esto de los tours gratuitos es una oportunidad para nosotros, los que viajamos, que agradecemos con dinero la dedicación del guía en función de su acierto y, al mismo tiempo, nos ahorramos los abusivos precios de los tours «profesionales». Pero son una oportunidad sobre todo para los guías, que convierten un trabajo esporádico en un fantástico sueldo diario. Hoy Marko hacía tres tours. Haciendo números rápidos y aproximados, hemos calculado que ha facturado unos 400 € por repetir explicaciones y acompañar a un puñado de turistas interesados en profundizar superficialmente en la historia de la ciudad; es decir, poco exigentes. ¿Cómo lo declarará? En cualquier caso, es de justicia decir que el chaval era bueno. Tenía un inglés impecable, conocimientos evidentes, un discurso fluido y bien estructurado y una notable capacidad comunicativa. Dubrovnik más allá de lo que se ve El tour nos ha ayudado a comprender Dubrovnik más allá de su belleza evidente. Hemos conocido que fue bizantina y luego veneciana, para más tarde convertirse, en el siglo XIV, en un estado soberano. Marko la ha definido con un acertado paralelismo: «Era la Suiza de nuestro tiempo». ¿En qué sentido? En que supo mantenerse neutral en las muchas batallas que se libraban a su alrededor. Dubrovnik fue una región de progreso y cultura, en la que nacieron científicos y literatos notables, donde la paz era la norma pero se construía desde la defensa. Por eso, los ragusanos —Ragusa es el otro nombre con que se conoce a la ciudad— edificaron una enorme muralla doble alrededor de toda la ciudad que todavía hoy en día se conserva. En nuestro tour por Dubrovnik exprés hemos conocido que la ciudad fue napoleónica y austrohúngara, pero apenas hubo conflicto en ello. Mucho más tarde fue yugoslava, ya en el siglo XX. Y cuando el país se desmembró, pasó a formar parte de Croacia, país que le debe el idioma croata y ahora, muchos millones de kunas de los muchos turistas que la visitan cada día. Por su carácter pacífico, y para suerte de los que la visitamos, los edificios históricos de la ciudad permanecen prácticamente intactos y solo parcialmente reconstruidos por el deterioro de los años. Eso es lo que hace tan especial a Dubrovnik. Eso, y su fantástico estado de conservación. Marko nos ha contado que el presupuesto que tiene la ciudad para mantenerse tan impecable es enorme. Es la pescadilla que se muerde la cola: se invierte en conservar la ciudad así y el turista sigue viniendo, lo que reporta grandes beneficios. Los problemas del turismo en Dubrovnik Pero el discurso de Marko era ambivalente en lo que al turismo se refiere. En lo que a las bondades y maldades del turismo se refiere, para ser exactos. «Yo me dedico al turismo, y para mí es fantástico que Dubrovnik reciba tantos turistas», nos decía. Sin embargo, el gobierno ha tenido que marcar un tope: no más de tres cruceros al día. «Antes había cuatro o cinco cada día, y se formaban colas de casi diez minutos para entrar a la ciudad por la puerta de acceso de las murallas», nos ha explicado. Los cruceristas brillaban por su ausencia hoy, por suerte, ya que al parecer los domingos se toman un descanso e invaden otros puertos. Pese a todo, la cantidad de turistas era (éramos) ingente. Por todos lados, de todos los colores y hablando todas las lenguas y acentos. Sí, muchísimos españoles. Pero también latinoamericanos. Le hemos adivinado el acento a chilenos, argentinos, colombianos y mexicanos, claro. Un turismo insostenible para los locales Por mucho que el turismo ayude a Marko y a tantos otros, él mismo ha querido hacernos notar su previsible reverso: «Aquí ya apenas viven locales. Lo que hacen es alquilar sus apartamentos a extranjeros, ganan mucho dinero con ello y se compran una casa a las afueras». Él, nos ha contado, es originario de la ciudad pero se marchó hace siete años. Y sus padres, que habían vivido toda la vida en la ciudad vieja, también se mudaron hace tres años. «Los locales acaban hartos de encontrar sus puertas meadas», reconocía. ¿Es sostenible este tipo de turismo? La repuesta no es tan sencilla, pero la reflexión, tanto de los que viajamos como de los que nos reciben, es necesaria. En cualquier caso, y conscientes de todo esto, hemos aparcado nuestras objeciones sobre la práctica de un turismo insuficientemente responsable y hemos seguido conociendo la ciudad. Después del tour hemos tomado un bus hasta Lapad, a quince minutos del centro, donde se encuentra la principal playa de la ciudad. Ha sido como viajar miles de kilómetros hasta cualquier destino playero que uno pueda imaginar. Hemos comido marisco y pescado muy bueno en un sitio de nombre con reminiscencias patrias —El Pulpo— y con la barriga llena hemos vuelto al centro para continuar con nuestra exploración de
Mostar al amanecer y Dubrovnik al atardecer | Día 4

Como no era en absoluto de esperar, nos hemos despertado a las 06.00 h de la mañana. Ha podido más nuestra inquietud viajera que el sueño acumulado. Y el acierto no podría haber sido más rotundo: hemos tenido Mostar al amanecer para nosotros solos —o casi—. Con unos 23 grados óptimos para el turisteo y muchas ganas de explorar sin aglomeraciones, hemos disfrutado mucho de nuestro paseo matutino por la ciudad más turísticamente masificada de Bosnia y Herzegovina. Mostar tiene un par de kilómetros cuadrados de interés turístico, todo empedrado y preparado para lucir perfecto en cualquier encuadre que se le imagine. Como lo visitable se visita en menos de un par de horas, son muchos los turistas que aterrizan y despegan rápido durante el día en excursiones organizadas desde Sarajevo o algún punto de la cercana frontera con Croacia. Por eso, Mostar al amanecer está desierta. Ganándole el partido a la lógica turística de Mostar Los turistas llegan a eso de las 10.00 h o las 11.00 h, comen, pasean, se agobian con el calor y los muchos que han repetido su estrategia y se marchan de la ciudad con la impresión de que en todas sus fotos hay una cara ajena que las estropea. Lo recomendable, puestos a poder, es hacer una noche en la ciudad y verla cuando cae la noche y, sobre todo, justo cuando empieza el día. Apenas hemos encontrado a una decena de turistas madrugadores, que han salido a la par que el sol para ver cómo la ciudad se desperezaba poco a poco. Los hosteleros y tenderos comenzaban a abrir sus negocios con apatía. El sol empezaba a iluminar las montañas de los alrededores y a sacarle su mejor color al puente viejo de Mostar al amanecer, que es la arteria que conecta las dos partes de la ciudad a la vez que salva el paso del río Neretva. Su actitud es imponente, arqueado con elegancia, icónico por todo lo que representa. Hemos disfrutado mucho paseando Mostar al amanecer, antes que nadie, y nos hemos vuelto al hotel para desayunar, hacer las maletas y largarnos antes de que los (otros) turistas empantanaran su belleza. La Dervish House antes de llegar a Croacia Unos pocos kilómetros después de Mostar, en dirección a Croacia, hemos parado en el pueblo de Blagaj, donde se encuentra la Dervish House, un monumento nacional del siglo XIV impecablemente conservado. El recinto fue usado en su momento para recibir y acoger a derviches, que eran religiosos y mendigos de la fe islámica. El interior de la casa es sobrio pero tremendamente sugerente por la disposición de sus estancias y la energía que se respira. Al valor cultural e histórico de la casa se le suma un emplazamiento tan imposible como hermoso, colgando casi de las rocas, en lo alto de una cueva sobre el río Bruna. Maravilla cómo el edificio se integra naturalmente en la estructura de ese abrupto paisaje. Después de verla por dentro y admirarla desde fuera, hemos dejado atrás la Dervish House y el calor que empezaba a sofocar el pueblo de Blagaj y nos hemos puesto en ruta para volver al país del que veníamos: a Croacia. De vuelta a la Unión Europea, camino de Dubrovnik En el trayecto hemos podido ver cómo las carreteras del territorio de Bosnia y Herzegovina están infinitamente mejor cuidadas que las de la otra gran región del país, la República Srpska. En esta segunda, la bandera nacional desaparece para dar paso con orgullo a la regional, que tiene los mismos colores que la de los hermanos de Serbia. Después de dejar Herzegovina atrás, con sus paisajes cuasi mediterráneos atestados de viñedos, la parte del país que colinda en el sur con Croacia es la República Srpska, con su panorama más seco y rocoso, menos estimulante, más árido. El cruce de fronteras ha sido coser y cantar: nos han despedido con una sonrisa de Bosnia y Herzegovina y no nos han puesto pegas en la entrada a Croacia, de vuelta a la Unión Europea. Eran cerca de las 15.00 h y hemos llegado a nuestro hotel, el Vimbula, a las (muy) afueras de Dubrovnik. Aquí pasaremos las dos próximas noches, a media hora en bus de Dubrovnik porque nos fue imposible encontrar algún alojamiento en condiciones y medianamente asequible más cerca de la ciudad vieja. Del turismo masificado de Mostar al de Dubrovnik Dubrovnik es uno de los destinos de moda, especialmente desde que se convirtió en emplazamiento de muchas de las escenas de la serie Juego de Tronos. Es un poco como Mostar aunque con muchas salvedades. Aquí los turistas no aterrizan y despegan en el mismo día, sino que atracan y zarpan en esos enormes cruceros que recorren el Mediterráneo como si fuera un juego de tachar ciudades. Nosotros la hemos visto por primera vez ya tarde, a eso de las 19.00 h, tras haber descansado un rato en el hotel. ¿La primera impresión que hemos tenido? Muy positiva pese a los muchos pesares: riadas de gente por todas partes. Pero la ciudad es de un atractivo difícilmente comparable. Uno entra a la ciudad vieja a través de la Pile Gate, construida en el siglo XV, y se siente transportado en el tiempo. Las fachadas, los angostos callejones empinados hasta que la vista pierde el horizonte, el Adriático de fondo, las murallas. Todo en Dubrovnik es pura fantasía, un imposible, algo único. Por eso, pese a ver salir gente de todas partes, Dubrovnik nos ha parecido que se tiene la fama merecida y nos ha dejado con ganas de seguir descubriéndola mañana. Después de cenarnos una pizza sin gluten en la Pizzería Castro, y dar un rápido paseo, hemos vuelto a tomar el bus de vuelta al hotel. La voluntad es hacer mañana algo parecido a lo de hoy: madrugar mucho y adelantarnos a las masas de turistas.