Shymkent, la ciudad sin adornos | Día 7

Hoy ha tocado volver del futuro, casi viajar al pasado. Astaná ha dejado una huella extraña. Queda atrás con tantos interrogantes sin resolver y con la certeza de que es una ciudad única, a la que recomendaría a todo el mundo conocer. Quién sabe si será el paradigma del mundo que está por venir o su mejor anomalía, pero es sin duda impactante. Por delante viene Shymkent, la ciudad sin adornos, que no tiene nada ver. El bus hasta el aeropuerto ha sido el primero en el que he tenido que lidiar con una revisora, a la que le he explicado que el código no me funcionaba. Le he ofrecido monedas, me las ha aceptado y se las ha dado a otra de las pasajeras, a la que le ha instado —obligado, en realidad— a comprarme el billete, QR mediante. En los buses de Astaná el dinero físico es cosa del pasado y parece que los locales lo tienen del todo naturalizado. Incluso los más mayores apuntan y disparan al código con sus móviles. La gigantesca Gran Mezquita de Astaná El bus de despedida de Astaná ha servido para apreciar por última vez, ahora en movimiento, esos monumentos extravagantes, los edificios infinitos. De camino al aeropuerto he podido ver las dos únicas cosas que me había dejado por tachar, porque eran las más alejadas del centro. Primero, el Astaná Arena, el estadio del equipo de fútbol local. Y después, cuando ya la ciudad se empieza a mezclar con la estepa, en su límite más meridional, la Gran Mezquita de Astaná, completada hace solo un año. El templo es una monstruosidad, es inabarcable. Es la mezquita más grande de toda Asia Central, y una de las mayores del mundo. Según asegura Wikipedia, y para hacerse una idea de su magnitud, la cúpula principal tiene una altura de 83 metros y en su interior tiene un mosaico con veinticinco millones de cristales de diferentes colores y la alfombra hecha a mano más grande del mundo. Desde luego, he visto pueblos mucho más pequeños que la mezquita de marras. Es una pena no haberla visto más de cerca y por dentro. El vuelo de Astaná a Shymkent, una guardería El aeropuerto de Astána tiene un nombre insospechado. Adivina, adivinanza… Efectivamente, se llama Nursultán Nazarbayev, en honor al omnipotente expresidente del país. Es un aeropuerto pequeño pero moderno y funcional, aunque parece que la ciudad prevé construir uno nuevo en el futuro. También se intuye el esqueleto de lo que será un monorraíl o una línea de tren exprés que conecte la ciudad y el aeropuerto. Desde Astaná vuelo a Shymkent (o Chimkent o Shimkent, según dónde se consulte), la tercera ciudad más importante del país, que no tiene nada que ver con las otras dos, donde pasaré dos noches. El vuelo es con Scat Airlines, una de las aerolíneas kazajas, que parece haberse especializado en familias y bebés. Y es que el trayecto Astaná-Shymkent del 17 de agosto de 2023 tiene el dudoso honor de haberse convertido en el vuelo con más bebés de la historia de la aviación: dos a mi lado, otros dos en la fila de delante, dos más en la de detrás, otro en la fila de mi derecha. Por si fuera poco, la madre de mi fila que viaja con los dos bebés me ha usurpado mi asiento en la ventanilla, lo que le perdono solo porque su esfuerzo maternal al menos merecía la recompensa de las vistas. El equipo líder de la segunda división, también presente En el vuelo, además de bebés, viaja también un equipo de algo. Con disimulo trato de observar el escudo de los polos que llevan, y descubro que se trata del equipo de fútbol de la ciudad de Semey, la más cercana a la zona de pruebas nucleares de la antigua URSS en suelo kazajo. El equipo va líder de la segunda división del país y mañana tiene partido contra el Turkestán, la ciudad vecina de Shymkent. Aunque la madre de dos hijos pequeños me ha quitado el lugar de privilegio de la ventanilla, hago escorzos imposibles para poder ver yo también hacia fuera. Ahí abajo no hay nada. Estamos cruzando cientos y miles de kilómetros de nada, de tierra yerma marrón y verde, de planicies infinitas que no parece que se acaben en ninguna dirección. El anodino aeropuerto de Shymkent El vuelo es corto, apenas una hora y media, y el aeropuerto de Shymkent le gana en anodino al paisaje que acabamos de sobrevolar. Y eso tiene mucho mérito. El edificio que acoge la terminal de llegadas domésticas parece el techado del más cutre de los bazares. La cinta del equipaje va a pilas. Un hombre de unos cincuenta me pregunta algo y le digo en ruso que no hablo ruso. Me dice que si soy futbolista porque llevo la camiseta del Madrid, y le cuento que no, que simplemente soy turista. Y que tengo el carnet madridista. Su hijo adolescente chapurrea el inglés y ejerce de traductor cuando mi ruso no alcanza. No entiende qué hago aquí, le digo que conocer el país, y pone cara de que mejor me hubiese quedado en Barcelona reconociendo mi ciudad. La simpatía de los de Shymkent Mi maleta aparece y veo fuera de la terminal un puesto de información turística. Aunque ya me sé la ruta del bus que debo tomar, prefiero cerciorarme. Dentro, un chaval se sorprende de que un turista necesite información turística. Bueno, se sorprende de que aparezca un turista. Me confirma que el bus que debo tomar es el 12 y que puedo pagar los 100 tenge (unos 25 céntimos de euro) al conductor directamente. El chaval me da una botella de agua, tres panfletos informativos y un mapa, y me pide tomarme una foto. “Para enseñársela a mis jefes”, me dice. Si con eso se gana el sueldo de hoy, adelante, me dejo hacer la foto. En el bus casi me caigo con un frenazo del conductor
Astaná, la ciudad planificada con escuadra y cartabón | Día 6

El recorrido de ayer se quedó con un pendiente que ha pasado a ser la primera de las paradas de la ruta de hoy. En el segundo y último día completo en Astaná, después del prescriptivo desayuno que ha servido también de comida, Cultura Nómada ha hecho honor a su nombre y a su apellido visitando el Museo Nacional de Kazajistán. En esta ciudad planificada, el edificio que acoge el museo, como no puede ser de otra manera, es una enorme construcción, de mármol blanco y vidrio azul. Está formado por siete bloques y contiene en su interior hasta once salas. El museo es un revoltijo de cientos de cosas, la mayoría de ellas ciertamente interesantes. Pese a que reina a ratos el desconcierto y uno no acaba de entender la estructura de las exposiciones ni por qué están ordenadas de manera tan aleatoria, la verdad es que está lleno de piezas únicas, tanto de arte como arqueológicas, y describe de una manera muy divulgativa —aunque con un tufo a propaganda indisimulado— la historia del país, especialmente la más reciente. El museo aplica un sesgo habitual cuando Kazajistán habla de ella misma: fijarse sobre todo en lo más reciente, en los años que van desde 1991, cuando se logró la independencia. Astaná sería más tarde la ciudad planificada para convertirse en capital del país. Nursultán, hilo conductor del Museo Nacional Además, el museo resulta a ratos un panegírico de mil colores, con grandes fuegos de artificio, de la figura de Nursultán Nazarbayev, que más que una persona pareciera un semidiós, un escogido, un enviado del cielo. El culto al líder no es algo que sea exclusivo de Kazajistán, es una práctica habitual a lo largo de la historia, especialmente en países con gobiernos tirando a poco democráticos. Pero el museo da a entender muy bien cómo los designios del país, y su desarrollo, han ido ligados al empuje y el espíritu innovador de su ya expresidente. En cualquier caso, es bastante gracioso ver sus fotografías practicando deporte, plantando árboles y planeando proyectos arquitectónicos, como si en él se centralizara todo lo que Kazajistán es y todo lo que Kazajistán debe hacer. Un museo en el que cabe todo En dos horas largas, uno puede apreciar el crecimiento de la actual capital, una ciudad planificada para ser lo que hoy es. Y también la historia de los pueblos túrquicos en general y de Kazajistán en concreto. Se pueden ver piezas que datan de hace miles de años, instrumentos que definen las prácticas culturales del país, vestidos típicos, representaciones de yurtas, trozos de piedra rescatados de ruinas antiguas, los esqueletos de algunos dinosaurios que habitaron la región. Y para acabar de adobar este mejunje aparentemente indigerible, que milagrosamente no se hace bola, en la parte alta del museo, ya en la tercera planta, hay una sala dedicada al arte kazajo. Hay una treintena larga de cuadros de pintores locales, que representan la mayoría escenas de la cotidianidad pasada y presente del país. En un adyacente a esa sala hay una muestra de esculturas y piezas inclasificables, pero muy sugestivas. La parte antigua de Astaná La entrada cuesta el equivalente a unos 3,50 €, una auténtica bicoca, y durante todo el recorrido por las distintas salas solo me ha parecido cruzarme con otro turista occidental. Con las muchas lecciones que imparte el museo más o menos aprendidas, es momento de seguir explorando Astaná, la ciudad planificada por el expresidente Nazarbayev. Cerca tomo un bus para llegar a la parte antigua de la ciudad. La parada está techada y acristalada, para todos esos meses en los que el frío aprieta. La cara B de Astaná es bastante desalentadora, no tiene nada que ver con la loca ostentación de la parte nueva. Aquí, donde Astaná había sido Akmola, los edificios son grises y conservan las estructuras soviéticas. Después de caminar un rato por esta parte de la ciudad, busco el sendero que me lleve hasta el río, que separa Astaná en dos mitades completamente opuestas. Los Beatles, presentes en esta ciudad planificada Antes de cruzar me encuentro con una escultura de homenaje a los Beatles en el paseo Arbat, la zona más animada de la parte vieja, un reguero de puestitos de comida y recuerdos tradicionales que parece que no abrirá hasta la tarde. A esta hora del mediodía el sol pega fuerte porque no hay nubes que lo tapen. Para pasar del pasado al futuro aquí no hace falta un DeLorean como el de Regreso al futuro, simplemente hay que cruzar alguno de los puentes que unen las dos mitades de la ciudad. En este extremo el puente que hay que cruzar se llama Atyrau y es una chulada. Tiene forma de pez —comentan— y juega gracias a su peculiar armazón con las luces y las sombras, resultando muy fotogénico. El bus que no puedo pagar Hasta el hotel hay casi una hora a pie, así que decido que tomaré otro bus. Es la mejor manera de moverse por la ciudad barato (¿quién dijo gratis?) y rápido. No es que uno se esté colando, pero el caso es que hasta dos veces he intentado pagar y los conductores me han instado a hacer como los locales: pasar el código QR que hay en los cristales para que se te debite el trayecto. Lo intento para tratar de entender el funcionamiento, pero no consigo encontrar ni la aplicación que se necesita ni la manera para establecer la conexión. Así que haciendo caso al conductor, simplemente paso, me siento y disfruto del paseo. El encanto de lo dark Eso sí, antes de tomar el bus paso por un par de edificios que quería ver. Primero el hotel Duman, con un aspecto muy dark, que al parecer fue uno de los primeros grandes rascacielos de la ciudad cuando esta empezaba su desarrollo. Al lado hay un parque de atracciones en el que destaca una gran noria. Debe ser uno de los lugares preferidos de los astaneses,
Astaná, un capricho aparatoso, una ciudad impensable | Día 5

Pese a no tener muy claro si el early check-in del hotel Best Western Plus de Astaná incluye el desayuno del día de llegada, he preferido no preguntar, llegar al restaurante, sentarme en una mesa y empezar a hacer acopio de víveres. Varias veces. La camarera me ha dado los buenos días y ni siquiera me ha preguntado el número de habitación, con lo que la operación desayuno clandestino ha sido un éxito rotundo en el primer día en Astaná, la ciudad impensable. La jornada ameritaba alimentarse bien desde pronto. Primero por la larguísima ruta ferroviaria de ayer y segundo por la larguísima jornada turística de hoy. El buffet del hotel de Astaná es más completo, y además está más rico, que el del hotel de Almaty. También la habitación está mejor y la ubicación es perfecta, a tiro de caminata de las principales visitas de la ciudad. Los muchos nombres de Astaná Astaná, que significa ‘capital’ en kazajo, se llamaba Akmola antes de que en 1997 le quitara a Almaty la capitalidad del país. Después, entre el 2019 y el 2022, la ciudad pasó a llamarse Nursultán en honor al presidente Nursultán Nazarbayev, el hombre que lideró el país desde su independencia en 1991 y durante casi 30 años. Ahora, otra vez oficialmente Astaná, la ciudad sigue creciendo a lo ancho y a lo alto con el propósito de comandar el desarrollo del país, de ser su punta de lanza y su mejor escaparate. Astaná es una ciudad inimaginable, impensable, incomparable con cualquier otra, un delirio. Actualmente viven en ella más de 1,3 millones de personas, la mayoría de origen kazajo y de religión musulmana. Si en Almaty era raro ver turistas, aquí todavía más. Y es difícil entenderlo, porque la ciudad merece ser visitada por su carácter de pieza única. Una ciudad impensable con un punto marciano La ciudad viene siempre acompañada de una retahíla de adjetivos que le hacen del todo justicia: es megalómana, futurista, grandilocuente, excesiva. Es ideal para percatarse de cómo la incidencia del hombre puede moldear paisajes difíciles de imaginar. Todo es muy grande aquí. Los edificios de apartamentos son de veinte y treinta pisos. El palacio presidencial, que recuerda a la Casa Blanca, está justo enfrente del bulevar principal, pero en un oasis custodiado por decenas de policías y militares. A su alrededor están la mayoría de ministerios, que compiten entre ellos para que el edificio que los acoge sea el más espectacular. A los dos lados del palacio presidencial hay dos grandes torres doradas a las que los locales se refieren como las jarras de cerveza. Todo esto está justo delante del hotel y es un primer impacto que uno supone que ya no se podrá superar, pero Astaná es un festival abrumador continuo. Las expectativas son tan altas que uno espera que en cualquier momento los coches empiecen a cruzar volando esos edificios altísimos, o que los extraterrestres posen por fin su nave espacial en tierra y expliquen que todo esto es obra de ellos. La ciudad, que a primera vista resulta impensable, tiene un punto ciertamente marciano. Una ciudad construida para combatir el frío Por su ubicación en medio de la estepa, aquí el frío forja el carácter de los astaneses y obliga a que todo esté planificado adecuadamente para combatir temperaturas bajísimas, de hasta -40 grados. De hecho, Astaná es la segunda capital más fría del mundo, solo por detrás de Ulan Bator, en Mongolia. Por eso las calles están pensadas para ser conducidas y no para ser caminadas. Las avenidas son enormes y es a ratos complicado encontrar los senderos habilitados para los peatones. Es mejor moverse en una de las muchas líneas de bus. El frío también moldea los espacios de ocio y de negocio de la ciudad. Astaná está atestada de centros comerciales para que los habitantes puedan salir de sus casas durante el invierno y no tengan que pisar la calle. El más célebre de los edificios de la ciudad es el Khan Shatyr, una construcción con forma de yurta o de tienda de campaña que aloja un centro comercial en el que, además de tiendas y restaurantes, hay parques de atracciones y temáticos. El proyecto es obra de Norman Foster, uno de los arquitectos estrella del nuevo siglo, que también es el autor de otro de los edificios más inauditos de Astaná: el Palacio de la Paz y la Reconciliación. Esta pirámide de más de sesenta metros de altura podría ser un homenaje a las pirámides egipcias o a la del Louvre, y fue construido con el propósito de albergar una reunión periódica de los principales líderes religiosos y políticos del mundo. La última tuvo lugar en septiembre de 2022 y contó con la presencia del Papa. Su simbología, diseño y propósito tienen evidentes reminiscencias illuminati. Mezquitas, museos y muchos más edificios Justo delante de la pirámide está la Plaza de la Independencia, donde hay una enorme columna de mármol decorada con bajorrelieves que describen la historia reciente del país desde su independencia. De hecho, la columna mide 91 metros en honor al año en el que el país empezó a serlo: 1991. Detrás hay otros dos edificios que tienen ahora mismo tapados por renovación y a los dos lados de la plaza se erigen dos de los grandes must turísticos. Primero, el Museo Nacional de Kazajistán, que hoy no he tenido tiempo de visitar pero que espero conocer mañana por dentro. Y segundo, la mezquita Hazrat Sultan, un templo gigantesco —¿qué no es grande en Astaná?— y muy bonito por fuera, con su mármol blanco y sus cúpulas y minaretes con detalles en verde, pero especialmente bonito por dentro. Unas pocas personas estaban dentro de la mezquita en ese momento, rezando a solas. La moqueta era verde y los techos altos, abovedados, decorados de manera sutil y poco ostentosa. Me he sentado en un rincón simplemente a disfrutar de la paz del momento antes de volver a la locura arquitectónica del exterior.
En tren por la estepa kazaja | Día 4

El encanto de los viajes en tren es imbatible. Es seguramente el medio de transporte preferido de los que nos gusta el viaje como experiencia de tránsito y matices, como camino más que como destino. En Kazajistán la variable del romanticismo viajero no está contemplada como una de las razones que les animan a conservar y cuidar uno de los mejores legados que tienen de la época soviética: un sistema ferroviario con el que es posible cruzar el país de punta a punta. Para llegar en tren de Almaty a Astaná hay que cruzar toda la estepa kazaja. Es verdad que ahora la mayoría de las ciudades importantes tienen aeropuertos propios y conexiones aéreas diarias con —al menos— Almaty y Astaná, además de diversas aerolíneas nacionales. Y, de hecho, podré comprobar la conveniencia de los vuelos internos más adelante. Pero para el primer desplazamiento largo en el país —el más largo de hecho, en el que tenemos que cruzar toda la estepa kazaja— en Cultura Nómada lo teníamos claro: hay que pillar el tren. Despedida, hasta pronto, de Almaty Después de tres días muy bien aprovechados en Almaty, la antigua capital del país, toca conocer la cara más moderna de la moneda, la de la nueva capital. Astaná es una de esas capitales contemporáneas en las que los edificios son más largos que su historia, que se han convertido en los centros de poder de sus países por razones geoestratégicas y políticas, aunque con excusas casi siempre de índole práctica y de conveniencia. Un poco como Brasilia en Brasil o Naipyidó en Myanmar, que pudimos conocer en nuestro viaje mochilero por Asia en 2019. Lo más lógico habría sido aterrizar en Astaná, de hecho, porque es el único punto de la ruta que queda al norte, todos los demás están a la altura de Almaty, al sur. Pero Pegasus fue demasiado tentador con la tarifa de ida a Almaty y por eso ahora toca subir mucho en el mapa para en tres días volver a bajar. A bordo de un tren made in Spain en medio de la estepa kazaja Viajar en tren de Almaty a Astaná es relativamente sencillo. Las dos ciudades tienen varias conexiones diarias en tren que cubre la distancia de 1.200 kilómetros que las separa. Los trenes más directos y rápidos tardan en hacerlo unas doce horas y los más lentos, el doble, un día entero. De haber tenido muchos más días de vacaciones, aventurarse en uno de esos trenes lentos de locomotoras rusas que no pasan de cincuenta kilómetros por hora habría sido divertidísimo. Pero como no es el caso y viajar en tren de Almaty a Astaná ya está siendo un capricho que comprime muchísimo la ruta, tocó escoger uno de quince horas. Si los lentos son trenes rusos de toda la vida, los rápidos, como este en el que estoy ahora montado, llevan la marca España de la empresa Talgo. Hace ya algunos años Kazajistán llegó a un acuerdo con Talgo para renovar parte de sus locomotoras y, así, modernizar un poco el sistema ferroviario del país. Quince horas en un asiento, mejor que en una litera El Talgo kazajo es un producto typical Spanish, muy reconocible, ciertamente resultón y de acabados bonitos, el único que permitía cubrir el larguísimo trayecto en tren de Almaty a Astaná, a través de la inacabable estepa kazaja, en asientos y no solo en habitáculos con literas —que también los tiene—. Por eso y por los horarios, la elección ha sido este tren y no cualquier otro. Si Cultura Nómada trajera de viaje a sus dos pasajeros habituales habríamos optado seguramente por los compartimentos de dos de los primeros vagones, muy asequibles (unos 30 €) y con aspecto de ser bastante cómodos. Pero como solo venimos uno de los dos, y ese uno prefiere el asiento —mucho más cómodo que los de Pegasus— que la litera en los compartimentos de cuatro, en los que reina la sensación de claustrofobia por su reducido espacio, el viaje en tren de Almaty a Astaná ha salido muy barato, unos 14 €. Los trenes, el leitmotiv del país El tren es parte del paisaje de Kazajistán, parte de su idiosincrasia de país extensísimo y de tierra yerma, de bajísima densidad de población, de carácter nómada. En las partes del país donde no pasa nada más que el tren las distancias se comenta que se miden con respecto a la vía más cercana, como si esta fuera el ecuador y el meridiano de Greenwich y marcase sus coordenadas. El tren de Kazajistán es el hilo conductor, o al menos el telón de fondo, de algunas de las mejores novelas y relatos escritos sobre y desde el país. Hay una que se puede encontrar traducida al castellano, titulada La historia del prodigioso Yerzhán, una novelita breve en forma de fábula muy disfrutable sobre el carácter kazajo y sobre cómo este carácter está íntimamente conectado con las vías del tren que cruzan el país. El idioma ruso, casi una necesidad Para aventurarse a tomar un tren de Almaty a Astaná, o cualquier otro tren en el país que cruce parte de la estepa kazaja, es muy recomendable tener las nociones básicas de ruso que le permitan a uno leerlo, al menos. El billete se emite enteramente en kazajo y en ruso, no hay rastro del inglés, y en las estaciones hay algunos carteles en inglés que indican dónde está el baño o las tiendas, pero toda la tabla de salidas y llegadas está escrita de nuevo en ruso y en kazajo. Conviene, pues, al menos, reconocer las grafías cirílicas del lugar de destino para poder tomar el tren correcto. Al parecer, con este problema —con no tener ni papa de ruso— se encontraba esta mañana un turista chino, que daba vueltas por la estación hablándole al teléfono para que una aplicación tradujera al ruso sus palabras, y poniéndole luego a sus interlocutores el micrófono en la boca para que pudieran contestarle. Así ha conseguido que
El cañón Charyn y el lago Kolsai, el lado kazajo más salvaje | Día 3

Tenerse que saltar el desayuno buffet del hotel no era la mejor manera de empezar un día en el que tocaba conocer el cañón Charyn y el lago Kolsai, los dos espacios naturales que representan el lado kazajo más salvaje. Tampoco es la mejor manera de empezar el día tener que escuchar el despertador a las 04.30 h cuando el cuerpo todavía piensa que vive en la hora de Barcelona. Ayer fue un día tranquilo conociendo el Bazar Verde de Almaty, pero la jornada de hoy se promete animada. Es domingo y salir de fiesta en sábado no es patrimonio de ningún país ni de ninguna cultura, sino la más global de las rutinas juveniles. Por eso las calles de Almaty estaban llenas de zombis a las 05.00 h. El Über de todos los países de la esfera rusa, Kazajistán incluido, es Yandex, una aplicación multifunción que era la mejor alternativa a tener que caminar más de una hora para llegar al punto de encuentro para la salida de la excursión de hoy, sintiéndose uno Pedro Pascal en un Almaty postapocalítpcio. Un español entre rusos y kazajos A las 05.30 h empezaba la excursión a dos de los principales atractivos naturales del país, que están en la región de Almaty pero a una distancia que obliga al madrugón. Primero, el cañón Charyn; y después, el lago Kolsai. En el minibús vamos diez: el conductor y la guía, ambos kazajos; dos parejas rusas, unos de Novosibirsk y los otros de San Petersburgo; otro ruso, de Kazán; y tres mujeres kazajas en edad de poder ser abuelas, dos de ellas hermanas, de Petropavl, una ciudad que está pegada a la frontera con Rusia, y la otra de Karaganda, cerca de la capital Astaná. Y entre todos ellos, un español, servidor, al que sus nociones desgastadas de ruso apenas le han servido para coger palabras sueltas y repetir los básicos que uno aprende en un tutorial de Youtube. El panorama no podía ser más imprevisible. Sin subtítulos para el ruso El caso es que la lección intensiva de ruso no era el propósito de la excursión, aunque ha acabado siendo un fantástico añadido. El objetivo era pegarse una paliza para de una vez, aprovechando al máximo los días, poder visitar dos de los lugares que todas las guías de viajes ponen en lo alto de la lista de imprescindibles del país. Primero iba a ser el cañón Charyn y otros dos cañones adyacentes, el de la Luna y el Negro, y luego, un par de horas más adelante, el lago Kolsai. Viajamos en dirección a la frontera con China, que no está tan lejos. Las montañas de la cordillera Tien Shan se ven imponentes a lo lejos. Los picos más altos superan los 7.000 metros y se vislumbran ya en territorio chino y kirguís. Este sistema montañoso, en el que la nieve corona perpetuamente las principales cimas, es un apéndice del Himalaya. Laura, la guía que no sabe ser copiloto Esos picos es lo que se ve a lo lejos, pero a lo cerca los kilómetros son una sucesión de estepa yerma, entre verdosa y amarillenta. La guía, Laura, será muy buena guía pero es una pésima copiloto. Se acomoda indisimuladamente y a los pocos minutos de dejar atrás Almaty parece que se le va a dislocar el cuello y su cabeza va a salir rodando. Como ella, la mayoría caen rendidos por la hora, y uno se debate entre seguir apreciando el paisaje o sumarse a la lista de caídos en combate. Pasamos pueblitos y asentamientos, puestos de venta ambulante donde las sandías, los melones y las calabazas gigantes, del tamaño de tres veces las españolas, son el gran reclamo. Al cabo de un par de horas seguimos en medio de la nada y el destino, el primero de los cañones, todavía está media hora más adelante. Paramos en medio de la nada a tomar un café y a ir al baño, que en esta parte del país tiene forma de agujero en el suelo. El cañón Charyn, el hermano pequeño del Gran Cañón del Colorado El conductor despierta a Laura, la guía, con muy poco tacto: “Que ya llegamos”. Ella se sacude el sueño rápido y parece otra: risueña, alegre, animada. La siesta ha sido definitivamente reparadora. Se presenta y nos hace presentarnos, y nos explica cuál es la planificación de visitas de la jornada. Nos cuenta —primero en ruso y luego en un aparte exprés en inglés— que el cañón Charyn recibe este nombre por el río homónimo que cruza esta parte del país y que es el responsable de haber esculpido estos cañones con formas lunáticas y marcianas. Primero visitamos el valle de los castillos, que por lo escarpado del terreno y las formas que dibujan las paredes de roca verticales se ha ganado la acertada comparación con el Gran Cañón del Colorado. La panorámica desde lo alto es sobrecogedora y es la que ayuda a dimensionar la grandeza del lugar. Si el día es claro, muy a lo lejos están las montañas también, completando una postal inigualable. Caminamos por el corazón del cañón Charyn con destino al río. Es un paseo de casi 45 minutos y el ruso de Kazán, que está haciendo la excursión solo, se ofrece a intercambiarnos los papeles de fotógrafo y fotografiado con nuestros respectivos móviles para que no todo sean selfis. Azat el tártaro Azat, que así se llama, es tártaro y por lo tanto musulmán, por eso me cuenta que además de entenderse con los locales en el ruso que comparten también lo hace a medias en kazajo, ya que es un idioma muy parecido al tártaro, casi hermanos. Me explica que es programador informático y que trabaja en Almaty desde diciembre para desarrollar una aplicación sobre viajes y excursiones por el país. Llegamos al río y detrás se han quedado las parejas rusas, en las que ellos les toman fotos a ellas en cada roca, en las que posan de mil
El Bazar Verde de Almaty | Día 2

Con el sueño arrastrado del interminable doble vuelo de Pegasus, el segundo día de viaje ha comenzado, ha seguido y ha acabado tranquilo. La atracción principal del día sería el Bazar Verde de Almaty. El hotel tiene un buffet bien surtido a la antigua usanza, con un mucho de muchas cosas que se reponen sin fin. Todo en este hotel es a la antigua usanza: las moquetas, el ascensor transparente, los uniformes de los trabajadores, la fachada, las bandejas del servicio de habitaciones justo a la entrada de ellas. El Grand Hotel Tien Shan sirve perfectamente para alojarse en el centro y alojarse bien. Aprovechar el buffet y sus continuas reposiciones era por lo tanto obligatorio: queso, embutidos kazajos, zumos, huevos, cafés, más queso. Lástima que los muchos tipos de pan y los muchos tipos de dulces eran todos con gluten. El sin gluten aquí no existe porque la intolerancia al gluten no existe. Pero ya les llegará, como les han llegado los iPhone y los airpods. Las segundas impresiones son las buenas El día era para pasarlo paseando arriba y abajo Almaty, evitando el metro y los buses y los trolebuses, sumándole pasos a la aplicación del móvil. De tanto pasearla Almaty ha conseguido que la impresión primera de ayer se matizase. La ciudad es en realidad muy cómoda para el peatón, las aceras de las calles son amplísimas y los parques se ubican cada pocas manzanas. Hay bancos, parques infantiles, fuentes. Hay árboles para caminar por la sombra y guarecerse de la lluvia. Y la ciudad está muy limpia, muy cuidada, no tanto porque se vea mucha gente empleada en su cuidado, sino por el civismo ciudadano. O eso parece. Y la ciudad es muy ciudad, de esas en las que Cultura Nómada disfruta porque no paran de pasar cosas, de sucederse edificios, de mutar la atmósfera y el entorno. Por eso la cámara ha acabado hoy saturada de nuevas fotos. La diversidad kazaja representada en el Bazar Verde de Almaty Por no ensuciar parece que los locales han dejado el tabaco para pasarse al vapeador. Es la ciudad que uno haya visitado con mayor densidad de población de cigarrillos electrónicos y, por ende, de tiendas de vapeo (¿se llamará así?). Los fuman los rusos, los kazajos y los de todas las otras etnias, que parece que más allá de su origen y sus facciones conviven con total naturalidad. Es muy común encontrarse grupos con personas de rasgos distintos no solo interactuando, sino comiendo, paseando o emparejándose. La mejor muestra posible para constatarlo ha sido el Bazar Verde de Almaty (Zelyony Bazaar en ruso, Green Bazaar en inglés), una amalgama divertidísima y enorme de tiendas, puestecitos, vendedores, compradores, paseantes y curiosos. Un enorme mercado local Si alguien solo tuviera una mañana que invertir en conocer Almaty debería sin duda pasarla en el Bazar Verde. Es un mercado de mercados situado muy en el centro de la ciudad y en el que es rarísimo cruzarse con algún otro turista, con lo que su autenticidad es total. Todo lo que uno puede ver ahí es verosímil y la mejor muestra de cómo son y qué consumen los kazajos. Aquí no hay artificios para engañar al turista ni florituras no voluntarias. Fue construido en los setenta pero puesto bajo techo en 2016 y los que conocen la región dicen que no hay otro igual en toda Asia Central. El Bazar Verde de Almaty no es solo el bazar, sino todo lo que hay en los alrededores, con los muchos comercios legítimos y los menos evidentes, aunque no menos cuantiosos, de legitimidad y legalidad cuando menos dudosa. Los tayikos, los dueños de los frutos secos Que los turistas seamos una anomalía no quiere decir que los comerciantes no nos hayan visto nunca y no sepan cómo tratarnos. Por eso, aquí el regateo es el pan de cada día y si uno se aventura a comprar algo, debe presuponer que los precios serán siempre negociables. El Bazar Verde de Almaty es además la mejor muestra de la Kazajistán multiétnica, pues se pueden encontrar productos no solo kazajos, sino también rusos, ucranianos, georgianos y coreanos, entre muchos otros. Además, cada sección parece estar monopolizada por personas de la misma comunidad. Por ejemplo, los tayikos, que tienen rasgos entre iraníes y turcos, son los que se encargan de la porción de bazar dedicada a los frutos secos. Al parecer, son los más sociables y los que mejor saben jugársela al turista, te llaman y te invitan a que aprecies lo que tienen expuesto, pero se les intuye que son un poco como esos heladeros turcos que te enseñan y te esconden el cono hasta que el chiste deja de tener gracia. La sección de las carnes La herencia nómada del pueblo kazajo se reivindica en las dos secciones más concurridas y animadas: la de los lácteos y la de la carne. La primera está llena de quesos, yogures y bebidas de leche de vaca (como el ayran), de camello (el shubat) y de yegua (el kumis), muy populares todas en todo el país, especialmente esta última. Mucha sed tendrá uno que pasar para acabar probándola. La sección de las carnes es la más grande de todas y está dividida en subsecciones, dedicada cada una de ellas al animal del que procede la carne que se expone: la ternera, el cerdo, las aves, el cordero y el caballo. Encima de cada hilera, justo al principio, un cartelito verde reza en kazajo y en ruso el nombre del animal y un pequeño dibujo sirve de pista para los que el cirílico es solo una sucesión de palitos. El paraíso del carnívoro Los puestos se apiñan en cada una de las hileras uno al lado de otro, exponiendo todo tipo de cortes y partes de los animales. El caballo es la carne favorita de los kazajos a tenor de los puestos que se dedican a su venta. Los carniceros no parecen competir por ganarse la atención del
Almaty, primera parada del destino más insospechado | Día 1

Estambul se ha convertido en punto de tránsito casi obligado para ir a cualquier sitio que quede encima, debajo o a la derecha de Turquía. Por ejemplo, Almaty, el destino más insospechado. Con todo el tema ruso y el cierre de su espacio aéreo a todas las aerolíneas occidentales, y del cierre del espacio aéreo de todos los países occidentales a las aerolíneas rusas, Turquía ha decidido llevarse bien con todos y con ninguno para opositar al monopolio de los viajes a Asia cercana, mediana y lejana. Hacer escala en Estambul –ya sea en el lado europeo, en el Ataturk, si se viaja con Turskish Airlines; o en el lado asiático, en el Sabiha Gokcen, si los ahorros solo dan para Pegasus— es poco menos que innegociable para ir en dirección oriente. En esas está Cultura Nómada. Bueno, una de sus mitades esta vez, porque la otra se ha quedado en casa acompañando el viaje como creadora de contenido por imperativo de su trabajo, dejando un vacío en el asiento de al lado que tratamos de llenar a base de videollamadas. Cuando Cultura Nómada nos dé de comer y de beber y de viajar, entonces Cultura Nómada no dependerá de terceros y vacacionará siempre en pack de dos, como casi siempre acostumbra. Ojalá algún día. En cualquier caso, a lo que íbamos. Para el nuevo viaje que nos ocupa Estambul ha sido el paso previo a llegar al destino. Y como el presupuesto aprieta —pero por suerte solo aprieta y no ahoga— nos toca escoger Pegasus, que casi siempre tiene las tarifas más competitivas de todas las aerolíneas para viajar a Asia Central, a Medio Oriente y a la propia Turquía. Padecimientos aéreos Como siempre también, y por ahí igual se explica lo de la competitividad de sus tarifas, Pegasus además tiene los vuelos más sufridos e incómodos de medio rango, esos que van de tres a cinco horas. Sus Airbus A320 haciendo un Barcelona-Estambul y sobre todo un Estambul-Almaty son como si un Nissan Micra se pusiera a competir en Silverstone o en Spa. Pues sí, claro, con suerte van a llegar a la meta, pero lo hacen con las rodillas de los pasajeros —especialmente las de los altos, ejem— listas para su jubilación viajera. De hecho, en el segundo de los vuelos, dos filas adelante, una de las compañeras de padecimiento se pasa el vuelo dejándonos a todo el pasaje boquiabiertos con sus contorsiones imposibles, subiendo las piernas donde debería estar la cabeza, moviendo los pies como lo haría Nadia Comaneci si se hubiese dedicado a la natación sincronizada. Sin compañero de fila, una pequeña tregua En ese segundo vuelo, por fortuna, el asiento del medio de la fila de tres queda libre y la mujer de la ventana, kazaja seguro, decide dejar su bolso con la cara del grito de Klimt a modo de mensaje del universo del sufrimiento que uno iba a padecer. Después de dormitar a duras penas algunos minutos sueltos de las cinco horas de viaje, en las que Pegasus no te regala ni un vaso de agua, el aplauso más tremendo irrumpe cuando el avión se desliza por fin por la pista del aeropuerto de llegada. Es curiosa esta tradición de aplaudir con fervor el aterrizaje, como reconocimiento involuntario de que se ha vivido un rato en el filo, como agradecimiento a ese piloto al que hemos confiado nuestro destino, tanto viajero como vital. Llegada a Kazajistán con el amanecer del destino más insospechado Son las seis de la mañana y amanece espectacular desde el aeropuerto de Almaty, el sol se deja ver por detrás de las montañas que rodean a la ciudad, la cordillera Tien Shan, el único accidente geográfico del país de las estepas, de Kazajistán. Si uno busca un mapa físico del país verá que la planicie más absoluta cruza de punta a punta todo el territorio de Kazajistán, la novena nación con más extensión del planeta y la más grande sin salida al mar. Ese amanecer es sin duda un nuevo mensaje del universo: el sufrimiento de vuestras piernas merece una buena recompensa. La maleta llega bien, el control de llegada se solventa con un nuevo sello inédito en el pasaporte y es tan temprano que uno se toma con calma los trámites preliminares típicos del viajero moderno: cambiar unos pocos euros por tenges locales, conseguir internet para el teléfono y meterle cafeína al cuerpo. También quitarse de encima mil veces a una docena de taxistas muy insistentes que tratan de sacar buena tajada de la ignorancia del turista recién aterrizado. En bus desde el aeropuerto de Almaty hasta el centro Los seguros 10 € que hubiese costado el trayecto en taxi del aeropuerto al centro de Almaty se convierten en un desplazamiento de treinta céntimos gracias al bus 92. Además de ahorrar, el trayecto es un primer acercamiento al país y a la ciudad. Sorprende el respeto a los mayores, a los que el resto de pasajeros ayudan a subirse y bajarse, y a los que ceden con naturalidad los asientos, tanto los que son preferentes como los que no. También sorprende que se utilice el móvil para abonar el trayecto, y que ninguno decida hacerlo sin pagar por muy sencillo que en realidad sea. Y que los airpods estén en los oídos de todos los que tienen menos de cuarenta y que el iPhone sea aquí también el grillete favorito al que encadenarse, constatando que el fenómeno globalización puede también con Kazajistán pese a que se hable ruso —además de kazajo— y la influencia cultural del vecino del norte se respire en el ambiente. Las primeras sensaciones de Almaty Almaty es la antigua capital del país y para muchas cosas su ciudad más importante. La primera impresión —todavía por contrastar— es que es una ciudad agitada y de grandes avenidas, muy de coches y poco hecha para caminarla, bien conectada eso sí por sus muchos y eficientes medios de transporte público. De primeras resulta gris porque
Un poco del centro de Tirana antes de despedirnos de Albania | Día 8

El último de nuestros desayunos en Albania, en nuestro hotel del centro de Tirana, ha tenido reminiscencias mexicanas. En el Condesa nos han preparado huevos revueltos, un yogur y un poco de fruta, todo muy rico y hecho con mucho gusto. Pero aquí parece que ya han aprendido que no hace falta excederse, que con la cantidad justa el viajero queda satisfecho. Hemos escogido mal la logística del día final. Lo ideal habría sido vencer al sol y al calor despertándonos muy pronto, saliendo a explorar a primera hora. Y volver al hotel, sobre las 10.30 h, para desayunar, ducharnos y dejar todo preparado. Pero llegados a este punto del viaje y después de dos noches durmiendo con la luz encendida y un ojo entreabierto, hemos preferido dormir bien y largo pese a saber que saldríamos a las calles insoladas del centro de Tirana sobre las 11.00 h, cuando menos tocaba caminarlas. En cualquier caso, eran nuestras únicas horas en Tirana y queríamos llevarnos alguna impresión de la ciudad, aunque fuera desdibujada y aproximada. Teníamos que estar en el aeropuerto sobre las 16.00 h y eso nos daba un margen de unas cuatro horas para visitar el centro de Tirana, comer y comprar algunos recuerdos. Muy pocas horas para tantos proyectos. Le hemos copiado los caminos a los locales: los senderos con sombra. De hecho, buscarse una buena sombra parece la ocupación veraniega preferida de los jubilados de Tirana. Ellos, sin saberlo, nos han regalado estampas geniales en los bancos y los parques, escenas de otros tiempos en los que los móviles no existen. Los muchos que se desplazan por la ciudad en bici también se desplazan por las calles donde el sol menos molesta. El centro de Tirana y sus edificios Hemos visto también a algunas mujeres con burka, las primeras en todo el viaje. Al rato de salir del hotel ha sonado la llamada al rezo y los fieles han llegado a una de las principales mezquitas de la ciudad, la que está en la Plaza Skanderbeg, el epicentro de Tirana. Si Albania es mayoritariamente islamista solo se nota en los detalles. En sus formas, el país actual es herencia de la Albania comunista secularizada. La religión está poco presente en la vida pública, vive en la esfera privada. Tirana parece en plena fase de transformación. Por una parte, persiste su perfil desmaquillado, de edificios comunistas empalidecidos por el paso de los años. Pero a la vez, y justo al lado, aparece la Albania que mira al futuro. Aparecen construcciones de semilujo y grandes edificios de apartamentos de inspiración brutalista moderna. La Tirana que hemos conocido es la más céntrica, la que tiene las dos o tres iglesias y mezquitas más emblemáticas, la de los bulevares más transitados por los turistas, la que te entiende cuando le preguntas en inglés. Tirana no es una ciudad bonita al uso, pero es una ciudad de las que cuentan cosas, de las que tienen historia e historias. Por falta de tiempo y por entretenernos comprando libros, no hemos podido visitar algunos de los imprescindibles que nos habíamos marcado en el mapa; ni un museo alojado en un búnker, ni una pirámide inaugurada por Hoxha a la que los comentarios de Google tienen en muy baja estima. Tirana se nos ha hecho corta e incompleta. Seguramente no sea lo más bonito del país, pero sí que es obligado dedicarle algún día para juntarle piezas al interesantísimo puzle que es Albania. Rumbo al aeropuerto El calor nos ha obligado a tomarnos los proyectos con calma, incluso a desestimarlos: ni varias de las visitas ni siquiera una última comida albanesa tradicional. Nos ha tocado buscar con urgencia un café con aire acondicionado en el centro de Tirana para beber algo frío antes de ir a por las maletas, tomar el bus al aeropuerto y llegar a tiempo para dejar a punto nuestro embarque. Como en la ida, el vuelo de vuelta iba a salir con retraso. Por eso nos hemos pasado muchas más horas en el aeropuerto de las que hubiéramos querido, y hemos comprobado que Albania sabe que está a punto de despegar turísticamente, pues las instalaciones del aeropuerto de Tirana están siendo actualmente totalmente renovadas. Y buena falta le hace. Wizz Air y el aeropuerto de Tirana, tan precario comparado con tantos otros aeropuertos que hemos conocido, hacen mala combinación y resultan invariablemente en retrasos. Despedida de Albania Al final, partimos pasadas las 20.00 h, casi una hora y media más tarde de la hora prevista. En el vuelo nos sentamos en filas separadas —por imperativo del check-in online, claro, faltaría más— y a la mitad mexicana de Cultura Nómada le toca al lado una pareja albanesa-paraguaya afincada en Murcia con la que se pasa medio vuelo contrastando y confirmando todo lo que hemos visto y todo lo que nos ha parecido Albania. El albanés, que habla por los codos, es un vendedor de motos excepcional. Parece que esté tratando de convencernos de que visitemos el país, pero le recordamos que justo es lo que hemos hecho durante los últimos días. La paraguaya ha viajado al país de él para arreglarse la boca, porque es mucho barato que en España. Coincide en que Albania es hermoso y tiene cierta obsesión por el lujo y lo ostentoso. Quién sabe, si Turquía es el viaje señalado para los que quieren hacerse crecer la cabellera, Albania igual se convierte en el sueño de los que necesitan una dentadura nueva. Por lo pronto, a nosotros el país nos ha gustado mucho y procuraremos volver aunque los dientes los tengamos bien conservados. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)
Desde Theth hasta el Blue Eye, nuestra dosis viajera de trekking | Día 6

Nos fuimos a dormir tres y hemos despertado dos. No sabemos dónde se fue nuestro invitado indeseado, pero no lo hemos vuelto a ver, y quizás, con suerte, ha decidido buscarse otros turistas a los que asustar. Como habíamos previsto, antes de iniciar nuestro trekking desde Theth hasta el Blue Eye, el dueño de nuestro alojamiento se hizo anoche el loco cuando le enviamos el mensaje de alerta insecto. Se ha disculpado diciendo que no había buen internet, lo que no es del todo mentira, y que no había recibido el mensaje. Se lo perdonamos porque al final la cosa no llegó a mayores. Como también esperábamos, ha hecho de menos el incidente, llamándonos urbanitas y paletos de manera muy educada, con un rodeo de eufemismos. Puede que no le falte razón, pero nuestro sobresalto se justifica desde el momento en que Google dice que algunos de esos escorpiones son incluso mortales. Un par de clases de supervivencia en la naturaleza no nos habrían venido mal. Paletismo ilustrado Además de llamarnos urbanitas y paletos, el dueño nos ha ayudado a planificar un poco la jornada y nuestro paseo desde Theth hasta el Blue Eye. Bueno, no es estrictamente el dueño, sino el hijo de los dueños, la cara visible de la familia porque habla inglés mejor que sus dos hermanas, que solo atienden si el chaval no está. La madre es la que cocina y saluda con la sonrisa más amplia y el padre, tosco y de gestos contundentes, es el que hace las labores más sucias y está trabajando en su lado más servicial; de momento, progresa adecuadamente. El chaval nos ha confirmado que para hacer la excursión que teníamos prevista podíamos saltarnos la mitad de la caminata, lo cual nos ha hecho bastante felices. Reconocemos desde ya que no entramos dentro de ese prototipo de viajero aventurero que siempre busca rutas de montaña allá donde va. Al contrario, tratamos de evitarlas siempre que no sea imprescindible. No somos catalanes al uso, no somos de hacer trekkings Si acaso, somos de hacer algún trekking cortito si el propósito, ya sea el destino o la vivencia, realmente lo amerita. De hecho, aquí en los Alpes Albaneses muchos de los turistas que llegan lo hacen con el objetivo de cubrir el tramo de montaña que lleva de Theth al pueblo de Vallbona, o viceversa, una ruta de unos quince kilómetros que se recorre en unas ocho o diez horas. Hoy nos hemos cruzado con unos catalanes —con otros catalanes, somos muchísimos de vacaciones por aquí, y también españoles— que hicieron ayer el trekking entre los dos pueblos y hoy, por si no habían tenido suficiente, habían hecho una ruta de cuatro horas hasta unas cascadas antes de llegar donde estábamos nosotros, en el Blue Eye, unas pozas muy cercanas a Theth que son realmente bonitas y se forman en dos descansos del río que transita la zona. Los trekkings que nosotros no hacemos Cuando nos han preguntado cómo era de duro, porque nosotros ya habíamos vuelto, les hemos dicho que no era muy duro, que quizás un rato al principio por cómo pegaba el sol y la ausencia de sombras, pero que lo demás era no demasiado exigente. Al explicarnos todo lo que ellos habían hecho en las 24 horas previas, hemos querido rebobinar para afrontar la conversación al revés, para saber de antemano que eran de ese tipo de viajeros que no somos nosotros y asegurarles que no debían preocuparse, que era una ruta muy sencilla. Es como cuando en una entrevista de trabajo te preguntan por las expectativas salariales: cuando uno expone sus cartas, tiene muchos números de llevar la mano perdedora. De hecho, nosotros todavía hemos tenido el descaro de decirles que habíamos bajado en coche hasta que la carretera perdía el asfalto, cuando la mayoría de viajeros inician el trekking desde el mismo pueblo de Theth, con lo que alargan al menos una hora más —en cada sentido— el paseo. Vamos, una locura, cuatro horas de caminata con treinta grados. Una locura para nosotros que no somos el viajero catalán promedio que siempre nos encontramos por el mundo, el amante de la montaña que sale cada fin de semana por el Montseny y que su primera chincheta en cada destino la sitúa en las montañas. Para nosotros, las montañas, como la playa, son imprescindibles en nuestros viajes como panorámica a fotografiar y como sinónimo de pausa, de tranquilidad, de respiro. Las aguas cristalinas del Blue Eye de Theth El Blue Eye de Theth es una de las lagunas homónimas de aguas cristalinas que tiene el país. Albania tiene que trabajar mejor el naming de sus lugares turísticos; primero, para no confundirnos a los turistas; y segundo, para singularizarlos y hacerlos más atractivos. De hecho, el Blue Eye más conocido y visitado del país se encuentra en el sur, entre Gjirokastra y la Riviera Albanesa. El Blue Eye de Theth sirve casi como excusa para alargar la estancia en las montañas, como actividad que complemente el dolce far niente que dicen los italianos: disfrutar con tranquilidad del lugar, del momento, de las vacaciones. El manantial natural es bonito, sí, y seguramente justifique el paseo de una hora de ida y otra de vuelta pese al calor y el sol inclemente, pero desde luego no es el motivo por el que venimos los viajeros a Theth. A Theth se viene para acercarse a los confines civilizados de Albania, aunque sean cada vez más civilizados, para disfrutar su lado más salvaje y natural. Seguramente, la complejidad del trayecto invite a alargar la estancia aquí alguna noche más, para hacer algún otro trekking y pasear el pueblo, ver a los locales afanándose con contentar al turista, escuchar el rumor constante del río y convertirlo en tu nueva banda sonora preferida o levantar de nuevo la vista y asombrarse por la belleza de esos picos altísimos que te rodean. Nosotros hemos incluido Theth en nuestra ruta con calzador, porque pese a
Theth, el pueblo entre montañas que nunca llega | Día 5

Los albaneses —cuando no tienen un volante entre manos— son gente amable, simpática, risueña. Esa es la impresión genérica que nos estamos llevando de ellos. De los que tienen tienditas a las que rara vez llega un turista, de los gasolineros (aquí todavía existen) que nos ayudan a repostar valiéndose de señas, de los viandantes que se cruzan con uno y lo miran con curiosidad educada, pero especialmente de los que nos atienden en sus restaurantes y alojamientos, como el de Theth. Los albaneses que se dedican al turismo saben recibir al viajero sin imposturas, con sonrisas de verdad, con disposición por ayudar que no suena a farsa. Sirva esto de generalización sin ningún tipo de rigor científico. Para muestra, el dueño de nuestro alojamiento en la Riviera Albanesa, al que ayer quisimos adelantarle el pago porque queríamos salir muy pronto camino de las montañas. “¿A qué hora os queréis ir?”, nos preguntó. “Sobre las 07.00 h más o menos”, nos aventuramos optimistas. Sabíamos que el desayuno lo empezaban a servir a las 08.30 h e intuíamos, por tanto, que les resultaría más sencillo dejar todo cerrado la noche anterior. “Ah, no os preocupéis, llegaremos sobre las 06.00 h y os preparemos el desayuno antes de que os vayáis”, nos replicó como si fuera la más normal de las soluciones. Evidentemente, nosotros ya habíamos asumido perder ese último desayuno en Himarë y, por tanto, cerramos el trato sin oponernos. Trescientos kilómetros y más de siete horas de viaje hasta Theth Nos hemos despedido de la Riviera Albanesa después de tres intensos días de insolaciones, de hamacas y sombrillas a 10 €, de mucho calor, de pescadito muy rico. Nos hemos despedido con el aroma a playa impregnado en toda la ropa, con el horizonte de cambiarle totalmente el rumbo a esta parte final de nuestro viaje exprés a Albania. De la playa a la montaña, hasta Theth, solo distan algo más de trescientos kilómetros, pero siete horas según Google Maps y cerca de diez, paradas incluidas, en el contador final de la jornada. Hemos dejado el sur del país, donde Albania se acaba para darle paso a Grecia, para llegar hasta el norte, donde se toca con Montenegro en la parte del Adriático y con Kosovo en la parte central. La cuarta frontera terrestre del país es la de Macedonia del Norte, al este, donde muchos viajeros cruzan para conocer Ohrid y su lago. Lo dejamos para la próxima, como tantas otras cosas, como en tantos otros viajes en los que nos faltan días y abundan las cosas por conocer y por hacer. La conducción al límite de los albaneses El trayecto ha sido un deja vu a la inversa. Hacia atrás para subir y bajar el paso de montaña, que pronto dejará de ser la única vía de acceso directo a la Riviera, pues parece que están construyendo un gran túnel. Después cruzar de nuevo Vlorë y todos los pueblos de sus alrededores, con sus playas improvisadas en cualquier lugar, todas con sus preceptivas sombrillas y hamacas de pago. Más adelante tomar dirección Fier en el único tramo de autopista, llegar más tarde a Durrës, seguir hacia Tirana y pasar por el aeropuerto para, desde ahí, tomar la única carretera principal que sube hacia el norte. Es curioso que todas las carreteras que nos estamos encontrado estén más o menos en buen estado a excepción de las que salen, entran y cruzan la capital, donde más tráfico y más coches hay, donde la gente parece acostumbrada a sortear los boquetes del asfalto. Hoy hemos tenido nuestra enésima dosis de desesperación por la conducción del país. Hemos visto cosas inverosímiles, coches inventando un carril por la calzada en el tramo más transitado de la salida de Tirana, donde otros conductores directamente invadían el carril opuesto y adelantaban tantos coches como podían, coches que estábamos parados sin avanzar. Hemos visto después a la entrada a Shköder, la ciudad principal del norte del país, desde donde se empiezan a explorar los Alpes Albaneses, coches saltándose la mediana y el muro que separa las dos direcciones para ir contradirección un tramo de cien metros y así saltarse parte del embotellamiento. En esas hemos estado cerca de ver un accidente. Parada técnica en Shköder En Shköder hemos hecho una pequeña parada para comer y para comprar algunos básicos esenciales para las montañas y para Theth, donde no existen los supermercados y tienes que venir abastecido de casa, varios litros de agua y unos pocos plátanos, frutos secos y chucherías para afrontar el eventual trekking que hagamos mañana. Hemos comido en un restaurante que se llama Fisi Traditional Food en el que hemos hecho honor a su nombre pidiendo un par de platos tradicionales del país muy ricos: una degustación de platillos locales y otro de patatas y champiñones con queso fundido. En Shköder hemos decidido unirnos al enemigo viendo que seríamos incapaces de poder él: hemos aparcado en medio de una rotonda, en un lugar en el que el coche duraría dos minutos en Badalona antes de que se lo lleve la grúa. Aquí ya había varios antes que nosotros y han llegado varios después, todo muy normal y sin alteración. Hoy hemos cruzado prácticamente todo el país y el trayecto nos ha dejado algunas estampas magníficas, como gasolineras abandonadas que te piden una foto a gritos, ciclistas en sus setenta que no tienen problema en pasearse por la autopista, además de confirmarnos de que lo kitsch y lo hortera es tendencia en Albania, especialmente en lo concerniente a las edificaciones y la decoración. Hemos parado a repostar en una estación de servicio que tenía una cafetería de surrealista decoración en la que estaba reponiendo fuerzas un grupo de españoles de viaje organizado, una cafetería para el recuerdo, con un árbol iluminado en medio, con sillones ajados y demodé por todos lados, como si se tratara del lobby de un motel cutre o un escenario creado por la mente retorcida de David Lynch