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Theth, el pueblo entre montañas que nunca llega | Día 5

Los albaneses —cuando no tienen un volante entre manos— son gente amable, simpática, risueña. Esa es la impresión genérica que nos estamos llevando de ellos. De los que tienen tienditas a las que rara vez llega un turista, de los gasolineros (aquí todavía existen) que nos ayudan a repostar valiéndose de señas, de los viandantes que se cruzan con uno y lo miran con curiosidad educada, pero especialmente de los que nos atienden en sus restaurantes y alojamientos, como el de Theth. Los albaneses que se dedican al turismo saben recibir al viajero sin imposturas, con sonrisas de verdad, con disposición por ayudar que no suena a farsa. Sirva esto de generalización sin ningún tipo de rigor científico.

Para muestra, el dueño de nuestro alojamiento en la Riviera Albanesa, al que ayer quisimos adelantarle el pago porque queríamos salir muy pronto camino de las montañas. “¿A qué hora os queréis ir?”, nos preguntó. “Sobre las 07.00 h más o menos”, nos aventuramos optimistas. Sabíamos que el desayuno lo empezaban a servir a las 08.30 h e intuíamos, por tanto, que les resultaría más sencillo dejar todo cerrado la noche anterior. “Ah, no os preocupéis, llegaremos sobre las 06.00 h y os preparemos el desayuno antes de que os vayáis”, nos replicó como si fuera la más normal de las soluciones. Evidentemente, nosotros ya habíamos asumido perder ese último desayuno en Himarë y, por tanto, cerramos el trato sin oponernos.

Trescientos kilómetros y más de siete horas de viaje hasta Theth

Nos hemos despedido de la Riviera Albanesa después de tres intensos días de insolaciones, de hamacas y sombrillas a 10 €, de mucho calor, de pescadito muy rico. Nos hemos despedido con el aroma a playa impregnado en toda la ropa, con el horizonte de cambiarle totalmente el rumbo a esta parte final de nuestro viaje exprés a Albania. De la playa a la montaña, hasta Theth, solo distan algo más de trescientos kilómetros, pero siete horas según Google Maps y cerca de diez, paradas incluidas, en el contador final de la jornada.

Hemos dejado el sur del país, donde Albania se acaba para darle paso a Grecia, para llegar hasta el norte, donde se toca con Montenegro en la parte del Adriático y con Kosovo en la parte central. La cuarta frontera terrestre del país es la de Macedonia del Norte, al este, donde muchos viajeros cruzan para conocer Ohrid y su lago. Lo dejamos para la próxima, como tantas otras cosas, como en tantos otros viajes en los que nos faltan días y abundan las cosas por conocer y por hacer.

La conducción al límite de los albaneses

El trayecto ha sido un deja vu a la inversa. Hacia atrás para subir y bajar el paso de montaña, que pronto dejará de ser la única vía de acceso directo a la Riviera, pues parece que están construyendo un gran túnel. Después cruzar de nuevo Vlorë y todos los pueblos de sus alrededores, con sus playas improvisadas en cualquier lugar, todas con sus preceptivas sombrillas y hamacas de pago. Más adelante tomar dirección Fier en el único tramo de autopista, llegar más tarde a Durrës, seguir hacia Tirana y pasar por el aeropuerto para, desde ahí, tomar la única carretera principal que sube hacia el norte.

Es curioso que todas las carreteras que nos estamos encontrado estén más o menos en buen estado a excepción de las que salen, entran y cruzan la capital, donde más tráfico y más coches hay, donde la gente parece acostumbrada a sortear los boquetes del asfalto. Hoy hemos tenido nuestra enésima dosis de desesperación por la conducción del país. Hemos visto cosas inverosímiles, coches inventando un carril por la calzada en el tramo más transitado de la salida de Tirana, donde otros conductores directamente invadían el carril opuesto y adelantaban tantos coches como podían, coches que estábamos parados sin avanzar.

Hemos visto después a la entrada a Shköder, la ciudad principal del norte del país, desde donde se empiezan a explorar los Alpes Albaneses, coches saltándose la mediana y el muro que separa las dos direcciones para ir contradirección un tramo de cien metros y así saltarse parte del embotellamiento. En esas hemos estado cerca de ver un accidente.

Parada técnica en Shköder

En Shköder hemos hecho una pequeña parada para comer y para comprar algunos básicos esenciales para las montañas y para Theth, donde no existen los supermercados y tienes que venir abastecido de casa, varios litros de agua y unos pocos plátanos, frutos secos y chucherías para afrontar el eventual trekking que hagamos mañana. Hemos comido en un restaurante que se llama Fisi Traditional Food en el que hemos hecho honor a su nombre pidiendo un par de platos tradicionales del país muy ricos: una degustación de platillos locales y otro de patatas y champiñones con queso fundido.

En Shköder hemos decidido unirnos al enemigo viendo que seríamos incapaces de poder él: hemos aparcado en medio de una rotonda, en un lugar en el que el coche duraría dos minutos en Badalona antes de que se lo lleve la grúa. Aquí ya había varios antes que nosotros y han llegado varios después, todo muy normal y sin alteración.

Hoy hemos cruzado prácticamente todo el país y el trayecto nos ha dejado algunas estampas magníficas, como gasolineras abandonadas que te piden una foto a gritos, ciclistas en sus setenta que no tienen problema en pasearse por la autopista, además de confirmarnos de que lo kitsch y lo hortera es tendencia en Albania, especialmente en lo concerniente a las edificaciones y la decoración. Hemos parado a repostar en una estación de servicio que tenía una cafetería de surrealista decoración en la que estaba reponiendo fuerzas un grupo de españoles de viaje organizado, una cafetería para el recuerdo, con un árbol iluminado en medio, con sillones ajados y demodé por todos lados, como si se tratara del lobby de un motel cutre o un escenario creado por la mente retorcida de David Lynch para Twin Peaks o Mulholland Drive.

Los curiosos hoteles horteras de carretera

Los motivos de inspiración griega son la estrella: columnas jónicas y dóricas decorando interiores y exteriores, construcciones dedicadas a la celebración de eventos con forma de templos, partenones y acrópolis. El edificio ganador ha sido un hotel que hemos encontrado pasado Shköder y antes de tomar el desvío hacia las montañas, con su portón lleno de columnas, con su edificio principal de indudable inspiración griega clásica y con canales venecianos como decoración exterior de bienvenida. No nos ha sorprendido comprobar que no tenían huéspedes. Lo de los hoteles de carretera temáticos parece que es también una querencia de lo más divertida en el país.

Hemos visto uno, Nirvana, con formas que evocaban a la meditación, que transmitían —o lo intentaban— sensación de paz. Otro que se llamaba Universe con una gran bola del mundo que ocupaba gran parte de la fachada; no sabemos si es un error de interpretación de la palabra o un guiño al desconcierto, pero seguramente el nombre que buscaban era Planet. Y como estos, cuatro o cinco más, alguno de ellos con forma de castillo de Disney, que se aparecían en el medio de la nada, quizás edificados con la optimista esperanza de convertirse en un alojamiento de referencia en la región, o de ser lugar de peregrinación de frikis y curiosos. A tenor de los cero coches que tenían aparcados parece que la cosa no les acaba de funcionar.

La carretera de montaña para llegar a Theth

Así, dejamos Shköder atrás, que es una ciudad desastrada y aparatosa, y también el lago Shköder, una de las grandes atracciones del país, en el que se organizan cruceros para recorrerlo con el fantástico entorno rodeado de montañas. Tomamos la desviación hacia Theth convencidos de que ahora empieza lo bueno: cincuenta kilómetros de camino y dos horas en la previsión de Google Maps. Pronto entendemos por qué. La carretera se estrecha para convertirse en un paso de un solo coche, pero en el que permanecen las dos direcciones. Hay que pegarse bien a la derecha cuando viene alguien de frente, que es bastante a menudo. El primer tramo, cuando las montañas todavía se observan a lo lejos, es bastante plácido, con la salvedad de los tres o cuatro conductores locales que vienen en dirección contraria a toda velocidad. Los que como nosotros son turistas sortean el encuentro con más prudencia.

Después de algo más de media hora, de pasar por un par de pueblitos y por algunos hoteles, estos sí ciertamente bonitos y de inspiración alpina, en los que nos quedaríamos con gusto, comienza el ascenso del paso de montaña. Curvas de 180 grados una detrás de otra, una a izquierda y dos a derechas, cien metros de recta y varias nuevas curvas, estas no tan cerradas, pero con nula visibilidad. Hay que armarse de paciencia y de valor, no pensar en lo que hay más allá del quitamiedos, avanzar mirando al frente.

Theth, el pueblo que nunca llega

La pendiente crece, los cambios de rasante ponen a prueba la resistencia de nuestro Clio. Tomamos las curvas más cerradas, las que parecen una rotonda completa, a quince por hora, muy despacito, asegurando que no viene nadie porque no lo vemos. Detrás un par de coches asumen que nuestra velocidad de tortuga ya les está bien: somos su conejillo de indias. Seguimos avanzando y subiendo, muy poco a poco, el conductor convencido que el destino está cada vez más cerca y la copiloto refutándolo: en Google Maps esto parece que no va a acabar nunca.

Alcanzamos la cima del paso de montaña después de más de media hora de conducción al límite. El asfalto está impecable, la carretera se acabó de construir hará un par de años. Antes, solo podían acceder 4×4 entre los meses de abril y octubre. El resto del año, también ahora, el acceso por carretera es prácticamente una quimera por estar todo cubierto de nieve.

Desde la cima vemos el resto de picos que nos rodean a la misma altura, impresiona pensar que todo esto lo veíamos hace un rato con la cabeza bien girada hacia arriba. Y ahora empieza el descenso. Al principio es casi angustioso, porque solo el quitamiedos nos separa del precipicio más absoluto. Las vistas son imponentes, espectaculares, pero no las queremos ni ver. Demasiado vértigo. Empezamos a descender buscando Theth con la misma prudencia que subíamos, tomando las curvas muy despacio, soltando un poco el coche en las pocas rectas que tienen buena visibilidad.

Llegada a la guesthouse

Llegamos a Theth cuando ya pensábamos que su existencia era una especie de fábula que las guías de viaje y los viajeros se van contando unos a otros, una gran confabulación. Pero no, el pueblo, que no es ni pueblo, sino un conjunto de casas desordenado y sin patrón convertidas en guesthouses para mayor gloria de los viajeros más intrépidos, existe. El lugar es idílico total, con el río que lo cruza, en medio de un valle entre varios picos de casi 3.000 metros de altura, con una iglesia en lo que podríamos llamar centro y con algunos edificios que recuerdan que esto es territorio del Kanun, una serie de normas medievales que merecerán capítulo aparte.

Nuestro alojamiento es el último de todos. Cruzamos Theth por una serie de calles sin asfaltar temiendo que el Clio diga basta en cualquier momento. Nos estaban esperando, nos habían escrito, son más de las 18.00 h y no sabían cuándo íbamos a llegar. Decidimos instalarnos en nuestro penthouse, en el ático de la guesthouse, una habitación que ya quisiera para sí el mejor de los hoteles de cualquier capital del mundo. Es llamativo entrar a la ubicación de Google del alojamiento (Guesthouse Marashi) y ver lo que esto era antes, hace cuatro años, y lo que es ahora.

Theth no está en los Alpes, aunque lo parece

Es, además, muy esclarecedor de cómo una carretera y unas buenas infraestructuras pueden cambiar un territorio para siempre, para bien porque los locales encuentran una fuente de ingresos enorme, pero repercutiendo, para mal, en una pérdida de su autenticidad y del arraigo a las tradiciones y las costumbres. Estas guesthouses de Theth han copiado la fórmula, y las formas, de los alojamientos que se pueden encontrar en cualquier destino montañoso del mundo.

Son copias de esos sitios que saben que contentan a los turistas, que nos contentan, en los que nos sentimos a gusto y de vacaciones. ¿Vamos a Albania para alojarnos en los mismos idénticos alojamientos en los que nos alojaríamos en Suiza? No sé, haremos propósito de enmienda. O simplemente lo reflexionaremos con la almohada, de momento.

Una noche curiosa en las montañas

La noche de Theth nos tenía deparado un final apoteósico, de esos que recuerdas como si la película solo hubiera durado los dos minutos del epílogo por muy bueno que hubiera sido todo lo anterior, como el de El Planeta de los Simios o el de El Sexto Sentido.

Después de disfrutar de nuestra terraza y de sus vistas incomparables, y de disponernos a descansar hasta el día siguiente para afrontar frescos el trekking que tenemos previsto hacer, uno de los dos se quita de encima algo que parece que le cosquillea en el brazo. Es un cortapichas (o tijerilla o tijereta o a saber cómo lo llamará la gente), un insecto del que la leyenda urbana cuenta que se mete en los oídos y que en realidad es el gato del mundo insectívoro: le dimos golpes con una zapatilla, con las bambas, con otra de las zapatillas. Tratamos de tirarlo por la cadena, pero resistía, hasta que finalmente se zambulló en las profundidades de los desagües de Theth.

Habitación para tres en Theth

Cuando todavía estábamos sorprendiéndonos del despliegue de supervivencia del Bear Grylls de los tijerillas, notamos una presencia extraña en una esquina del techo de madera de nuestra habitación, una presencia negra que antes no estaba, que se movía muy lentamente de arriba a abajo. Era un alacrán, un escorpión de quince o veinte centímetros, que parecía haber encontrado su nueva casa en la oscuridad de ese rincón. El pánico se ha apoderado de nosotros, especialmente cuando ha desplegado todo su ser, ha abierto sus patas que parecían alas, y ha empezado a pasearse de un lado a otro de ese rincón del techo. En estas ha aparecido una araña por el suelo, pero a la misma altura de la habitación, que ha empezado a trepar por la pared en dirección al alacrán, como atraída por su influjo o sus feromonas o vete a saber qué.

Nosotros nos hemos convertido en espectadores de algo que no sabíamos en qué iba a acabar. La araña, que no era precisamente pequeña, se ha quedado a menos de diez centímetros del escorpión y entonces han pasado varios segundos, seguramente minutos, en los que los dos insectos parecía que habían desenfundado sus pistolas y estaban batiéndose en un duelo a la oscuridad. La araña, después de mucho rato, se ha marchado perdedora por una de las vigas del techo en dirección a nuestra cama. Nos la hemos cargado, sí, pero todavía estaba el escorpión con vida.

El alacrán compañero de piso

Hemos hecho lo que nunca hay que hacer en estos casos, consultar a San Google, que nos ha explicado que hay varias especies de escorpiones que pueden llegar a causar la muerte con su picadura a los humanos. Nuestro alacrán no se parecía a los de las fotos que Google decía que podían ser mortíferos. Parecía un alacrán mediterráneo o italicus, que simplemente sale por la noche a buscar comida y que solo ataca si se le ataca.

Hemos escrito al dueño del alojamiento pero una de dos, o estaba dormido o nos ha ignorado. No había nadie en recepción. Hemos tenido que decidir qué hacíamos. De entrada, dejar la luz encendida, porque desde nuestra expertise en escorpiones recién adquirida sabíamos que la claridad es su criptonita. Después hemos decidido recortarle a la cama medio metro por la parte que daba a la pared y dormir con las piernas al aire, en diagonal, como si acaso así el escorpión encontrara más complicado el acceso hasta nuestra piel.

Hemos estado tentados de hacer turnos y vigilar que el escorpión no se moviera, que siguiera ahí, pero hemos preferido simplemente mantenernos los dos en duermevela, con medio ojo abierto, hasta que el cansancio nos ha abatido. A las 03.00 h, uno de los dos se ha despertado y se ha percatado que nuestro amigo ya no estaba en su rincón, que había huido. Le hemos dado un voto de confianza al destino: hemos cerrado los ojos, hemos mantenido las luces abiertas y tres horas más tarde hemos despertado vivos y sin picaduras aparentes. No sabemos dónde está el alacrán de Theth y tememos que nos lo volveremos a cruzar. Continuará en Nat Geo Wild.

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