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Livadi Beach desde su extremo más tranquilo | Día 4

Hoy sí, hoy nos hemos portado como cumplidores buenos viajeros, hoy hemos madrugado para ir a ver dos de las playas más bonitas de la Riviera Albanesa, además de Livadi Beach. Bueno, madrugar, lo que se dice madrugar, pues tampoco, digamos que nos hemos despertado más pronto de lo que lo habíamos hecho en los días precedentes, pero más tarde de lo que marcaba nuestro optimista despertador. No ha sido a las 07.00 h pero sí a las 07.30 h. Una hora perfectamente apreciable para tratarse de un lunes de vacaciones. Un punto positivo para nosotros.

A veinte minutos de Livadi Beach, donde nos hemos alojado estos tres días de Riviera Albanesa en vena, de sobredosis absoluta de sol y mar, se encuentra una tríada de playas que llevan el mismo nombre: Porto Palermo. La principal, que es la primera que hemos visitado, es seguramente la playa más famosa de toda la costa albanesa por su castillo adyacente y porque a vista de dron luce espectacular con su forma de minúscula península. Cuando hemos llegado apenas un par de familias se nos habían adelantado y ya habían plantado su sombrilla. Nada que no nos impidiera hacer unas cuantas buenas fotos y montarnos al coche para poner rumbo a la hermana pequeña de Porto Palermo, de nombre Porto Palermo, un alarde de originalidad para bautizar playas la de estos albaneses.

La playa de Porto Palermo

Hemos sufrido un pequeño percance en forma de saltamontes gigante, del tamaño del tirador de la puerta del copiloto, justo donde ha decidido aposentarse el bicho. El susto no ha pasado a más y la copiloto simplemente ha tenido que cubrir el trayecto en la parte trasera del coche.

Porto Palermo (2) es una calita recogida de apenas cincuenta metros de largo y cinco de ancho, rodeada por dos elevaciones a los lados y por cactus y varias plantas que deben ser las primas lejanas albanesas del agave mexicano. La segunda Porto Palermo nos ha encantado, con su agua calma y azulísima. Le hemos hecho un par de fotos, nos hemos mojado un poco los pies y misión cumplida, ya podíamos volver a Livadi Beach a pasar el día en la beach.

Los búnkeres de la carretera

Antes, eso sí, nos hemos parado en uno de los espacios habilitados de la carretera para ver desde lo alto un gran búnker en el que se guardaban submarinos, un lugar abandonado y dejado de esos que nos habría encantado ver desde dentro. Pero el camino de bajada no era recomendable si queríamos evitarnos que el Clio se llevase un rasguño y nosotros tuviéramos que pagar el no haber aceptado el seguro a todo riesgo. Al parecer Albania está plagada de búnkeres en todo el país, que se construyeron durante el comunismo por temor a una posible invasión enemiga.

En el tramo de vuelta hemos empezado a notar en el ambiente que en Albania era lunes y que los lunes aquí, como en todos sitios, se trabaja. Uno pierde la noción de los días de la semana cuando está de vacaciones y ya no sabe si vive al principio o al final de la semana. El trajín del ir y venir de los albaneses nos ha recordado que la semana acaba de empezar y que nuestro viaje se encamina a su nudo.

El dilema de escoger hamacas y sombrillas en Livadi Beach

De vuelta a nuestro apartamento hemos desayunado —esta vez de manera más prudente, compartiendo los dos el segundo plato— y luego hemos pasado por el siempre complicado dilema de tener que escoger; en este caso, la parcela en la que instalarnos para todo el día. Justo enfrente había un bar con la música a tope a las once de la mañana que tenía las mejores hamacas, grandes y con colchones bien mullidos, y las mejores sombrillas, amplias y que daban sombra a media playa cada una de ellas, por 10 € por todo el día. Hemos estado tentados de quedarnos pero, con acierto, nos hemos recordado que ya tenemos una edad y que escuchar el chumba chumba durante todo el día habría acabado dejándonos tarumbas.

Así, hemos andado toda la playa de Livadi Beach a pleno sol y con un calor insufrible, con apenas tres gotitas de crema solar y sin sombrero que nos cubriera las ideas. Porque nada nos convencía y pensábamos que la siguiente porción de playa parcelada podía ser un poquito mejor que la anterior. Así hemos pasado uno, dos, tres, cinco, diez bares con sus respectivos espacios privados de playa, hasta llegar al extremo último de Livadi Beach. Y ese ha sido el lugar escogido, claro, el último de todos, el que ya sabíamos que no podía ser mejorado.

El rincón más alejado de la playa

Lo cierto es que hemos acertado porque ese rincón de la playa tenía una panorámica de toda la bahía inmejorable y, lo mejor, estaba poco concurrida, con una familia de albaneses compuesta por tres generaciones, que son los únicos que han amenazado con amargarnos la jornada, pero por suerte eran de un ruidoso asumible; y tres o cuatro parejas bien discretas.

Hemos pasado un día de playa en toda regla: con nuestras cervezas y nuestras patatas, con nuestras lecturas, con nuestros baños, moviendo las hamacas cada media hora para que la sombrilla siguiera haciendo la función para la que fue colocada. Parece que Livadi Beach, o al menos hoy lunes de julio, todavía no ha sido colonizada por las hordas de turistas extranjeros.

La mayoría de los bañistas eran locales, si acaso algunos italianos, pero suponemos que agosto debe tener la zona a rebosar. Ya cuando empezaba a caer la tarde y el sol se ha escondido detrás de la montaña, hemos visto que la elección de nuestro espacio de playa quizás no era el mejor para alargar la jornada, porque ha sido el primero en dejar de tener luz. Lo hemos recibido como una señal de que ya habíamos cumplido y que nos podíamos retirar para lavarnos bien la tierra y la sal.

Paseo por Himarë

Como era nuestra última noche en la Riviera Albanesa, hemos decidido acercarnos a la parte central de Himarë, donde las calles sí que están llenas de turistas y también de locales, para buscar un lugar donde cenar. Hemos aparcado a las afueras por no encontrar sitio en el centro y de camino nos hemos topado con varios edificios de la época comunista perfectamente habitados, con su ropa tendida y sus orificios haciendo las veces de ventanas.

Hemos hecho un par de fotos y uno de los vecinos se ha puesto a reír (de nosotros y de nuestra ocurrencia de fotografiar un edificio tan feo) y le ha explicado el chiste a un conocido que pasaba por allí, y este a otro que ha visto al lado. “¿Qué estarán fotografiando estos turistas?”, deben haber pensado. La belleza de lo decrépito es inapreciable a los ojos del que está acostumbrado a ello.

El mejor postre de Albania

Teníamos una serie de opciones para cenar preestudiadas. La primera la hemos descartado porque el lugar estaba vacío, y los dos siguientes por griego uno de ellos —no porque no nos guste la comida griega, sino para desengancharnos un poco del tzatziki— y por caro el otro. Por eliminación hemos acabado en el restaurante Merkur Merkuri, un oasis de buen gusto en medio de esos edificios achacosos que antes habíamos fotografiado.

Hemos comido pescado frito por doquier, verduras, vino blanco albanés y de postre una especie de milhojas de naranja con helado de vainilla que desde ya elevamos a la lista de los mejores postres que hemos probado. Mañana nos toca una ración muy abundante de carretera, pues dejamos atrás el sur del país y sus playas para llegar hasta el norte, hasta la zona fronteriza con Montenegro, donde están los Alpes Albaneses. Esperemos que nuestro Clio se comporte y, con suerte, lleguemos para la hora de la merienda.

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