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Vuelta y vuelta en la playa de Ksamil | Día 3

Se confirma: lo de los desayunos incluidos en los alojamientos de Albania es un chollo, y una exageración. Viajeros del mundo y comidistas de toda condición, el momento es ahora, venid a Albania a desayunar antes de que los hoteleros se percaten de que ofreciendo la mitad los turistas seguiremos estando perfectamente satisfechos. Himarë es la población que hemos escogido para hacer base en las tres noches que vamos a pasar en la Riviera Albanesa, y los apartamentos en los que nos estamos alojando se llaman Tonea’s House, desde donde hoy visitaremos la playa de Ksamil. Tienen un rollito juvenil, desenfadado y playero muy molón. Pero si por algo lo recomendaríamos, como ya nos pasó con nuestro alojamiento en Berat, es por su desayuno.

Hemos llegado puntuales a la hora en que se empezaba a servir el desayuno, a las 08.30 h, y uno de los dueños nos ha explicado que a cada uno nos traería huevos al gusto y un segundo plato dulce a escoger: pancakes o loukoumades, una especie de donuts, similares a los pets de monja. Hemos hecho uno y uno. De nuevo, las raciones eran desmesuradas. Una de las dos omelettes nos habría servido para alimentarnos los dos. Y los platos dulces no eran precisamente una degustación: los pancakes eran gigantes, de los que a uno se le antojan cuando los ve en la foto tan perfectos y jugosos; y el segundo plato estaba a rebosar de bolitas de loukoumades, habría fácilmente veinte. Y todo muy bueno, claro, con una mermelada bien sabrosa por encima para acabarlo de adobar; y sendos zumos y cafés.

Conduciendo por los pueblos de la Riviera Albanesa

Una vez alimentados para todo el día, hemos cogido el coche porque hoy nos tocaba bajar toda la Riviera hasta la última de sus poblaciones, la más famosa y visitada, Ksamil. Desde Himarë son unos sesenta kilómetros, es decir, casi dos horas. Sí, aquí las distancias son eternas. Lo son por las carreteras, por los conductores albaneses, por nuestro quejumbroso Clio de alquiler, por tener que superar pueblos en los que uno tiene que sortear coches aparcados en medio de la carretera. El mantra de tomárselo con calma, de disfrutar del trayecto, es obligatorio recordarlo con frecuencia si uno no quiere desesperar. Albania tiene fama de ser uno de los países europeos en los que peor se conduce. Y habíamos leído y escuchado opiniones de viajeros que suavizaban la afirmación. Nosotros no seremos de esos.

En cualquier caso, nada grave, todo bien, y tocamos madera para que lo peor que nos pase sea que un temerario —uno detrás de otro— quiera adelantar a tres coches de golpe en una carretera de montaña de dos carriles en la que nuestro Clio nos pide clemencia avanzando a treinta por hora. De camino a la playa de Ksamil hemos pasado por Sarandë, uno de las diez ciudades más grandes del país y la más grande de la zona, una ciudad hecha para el turismo de pocas pretensiones. El común denominador de la costa albanesa es que por mucho que algunos de sus pueblos y ciudades sean tirando a feos, sus playas son magníficas. El destino playero del país por excelencia es precisamente Ksamil, y sobre todo la playa de Ksamil, donde el azul caribe de sus aguas justifica haber conducido más de medio país para conocerla.

La playa de Ksamil vale la pena

En Ksamil hemos decidido acatar el manual del visitante medio, por mucho que no sea lo que más nos guste ni disfrutemos: hemos llegado a un bareto, hemos aparcado el coche, hemos alquilado dos hamacas y una sombrilla por 10 € bien cerquita del agua y nos hemos tumbado a practicar la nada más absoluta. Y puestos a hacerlo, hemos decidido disfrutarlo. La panorámica era fantástica, con tres pequeñas islas al frente, toda la playa de Ksamil a nuestra derecha y a la izquierda, un poquito a lo lejos, la isla griega de Corfú. Habíamos estudiado la posibilidad de cruzar en barco hasta allí, puesto que desde Sarandë hay barcos que van y vienen en una hora muchas veces al día. Pero la logística era algo complicada y hemos preferido quedarnos en tierra albanesa.

Nuestro bar con nombre pirata, Barbarrosa, tenía un acceso al mar poco natural, pero en contrapartida estaba poco abarrotado y nuestros vecinos eran perfectamente discretos. Algunos de ellos se han pasado las cuatro horas que hemos estado ahí rostizándose vuelta y vuelta, como si su destino fuera acabar en el plato de un antropófago para la hora de la cena. Nosotros nos hemos escondido debajo de la sombrilla cuanto hemos podido, y cuando el sol se desplazaba y nosotros no conseguíamos que el Tetris de nuestras hamacas acabara de encajar en el diámetro de sombra, el resultado ha arrojado una insolación de carácter muy leve en uno de nosotros; en el más descuidado, claro. Nada que no curase el Aperol Spritz que nos hemos pedido para acompañar el momento y nuestras respectivas lecturas.

De vuelta a Himarë con parada en Sarandë

Sobre las 16.00 h hemos decidido que ya habíamos seguido el ritual del buen turista playero en Albania, hemos dado las gracias al chico que nos ha atendido, que muy avispado nos ha sabido españoles por la camiseta de Modric que uno de los dos lucía, y hemos tomado el camino de vuelta. “Yo también soy del Madrid, es mi equipo preferido. Bueno, y el Milan”, se ha despedido el pirata Barbarrosa. El camino de vuelta ha sido un calco del de ida con la salvedad de que hemos parado en Sarandë para conocer nuestro primer supermercado albanés, donde hemos comprado algunas cervezas (con gluten, sin gluten no tienen), un vino de los que solo se pueden beber bien bien frío, tres o cuatro bolsas de patatas y queso, tzatziki y salchichón para cenar en el apartamento.

La visita al supermercado y poder comer patatas durante las siguientes dos horas han hecho que el trayecto de vuelta fuera mucho más memorable que el de ida. El sol, cayendo y reflejándose en el mar, ofrecía una estampa realmente disfrutable. Hemos desandado algunas calas que se ven de los más fotogénicas, y a las que volveremos mañana con más calma, y hemos llegado a Himarë poco antes del atardecer. Cena en la terracita del apartamento, recuperar los resultados deportivos del día y a dormir con la certeza de que Albania es un destinazo vacacional de primer nivel que estamos ansiosos por seguir descubriendo.

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