Buscar

Cruzando las montañas hasta las playas de la Riviera Albanesa | Día 2

En un arranque de optimismo exagerado, ayer nos fuimos a dormir con el propósito de madrugar mucho para pasear por Berat al amanecer. Evidentemente, no ha sido así, y eso que aquí no existen las persianas y el sol entraba insolente por la ventana. Lo que sí que hemos hecho, y también nos habíamos propuesto la noche anterior y todas las noches anteriores a esa, ha sido desayunar. Pero por una vez, y esperamos que sirva de precedente, la expectativa ha superado la realidad. El hotel Hani i Xheblatit de Berat tiene una terraza genial con cuatro mesas con unas vistas imponentes a la otra mitad de la ciudad. El enclave es de película y el desayuno. de Masterchef. Por lo bueno y por lo abundante. Era la mejor manera de empezar un día en el que acabaríamos cruzando las montañas hasta las playas de la Riviera Albanesa.

El menú ha sido espectacular: una suerte de ensalada con tomates, olivas y pepinos; una tabla enorme con sandía y nectarinas recién cortadas; un plato con queso feta, trozos de berenjenas asadas e higos; pan (con gluten); un cuenco con cerezas acompañado de dos tipos de mermeladas, una de frutos rojos y la otra de melocotón; una fuente con trozos de salchicha y pimientos; un plato para cada uno con dos huevos fritos; y té, zumo y café. Las raciones eran exageradamente abundantes, especialmente para tratarse del desayuno. Lo bueno es que todo era producto fresco y natural, poco pesado, sin bollerías ni platos grasientos. Este desayuno en Barcelona nos habría costado más que lo que hemos pagado por la noche de hotel, y por el desayuno, que han sido 40 euros.

Desde Berat cruzando las montañas hasta la Riviera Albanesa

Hemos dejado la habitación y nos hemos despedido de Berat dejándonos partes por ver, como su castillo o alguno de los miradores, pero así nos prometemos que tenemos que volver. Desde Berat nos encaminamos al tramo central del viaje, en el que vamos a conocer la Riviera Albanesa. La costa del país es el reclamo principal para los turistas que persiguen el sol y las playas del mundo. Nosotros no somos de esos, lo de la playa a uno le molesta y a la otra le gusta un ratito y como postal para recordar. Pero ya que estamos aquí queremos refutar, o confirmar, que las playas de Albania tienen su fama bien merecida. Y ya que estamos, a nadie le amarga una cerveza fresquita (sin gluten, por favor) estirado en una tumbona cómoda y con una sombrilla bien grande que le tape el sol. Y una buena lectura.

Porque de eso va el turismo de costa en Albania, como hemos empezado a comprobar hoy: la mayoría de playas están desnaturalizadas con tumbonas y sombrillas a lo largo y lo ancho de cada una de ellas. Son playas preciosas, enclavadas entre montañas, con un agua limpísima y de tonos azules que habría que comprobar si Pantone los ha sabido incorporar en su paleta. Pero esa foto tan idílica se distorsiona cuando llegan los meses de verano y aterrizan (aterrizamos) los turistas, a los que se contenta estropeando la imagen, pero mejorando la comodidad y los servicios. Si ayer sentíamos que Berat y la parte central del país estaba poco masificada, la Albania que mira al mar parece que ya se ha sacado un par de másters en explotación turística.

Las carreteras de Albania

Para llegar hasta Himarë, el pueblo de la Riviera Albanesa en el que haremos base para recorrer toda la zona, hay que dar una gran vuelta a medio país desde Berat. Primero hay que desandar el camino conducido veinte minutos hacia el norte, pese a que nuestro destino está en el sur, luego irse hacia la costa, en el oeste, y desde ahí recorrer todo tipo de carreteras. Primera una buena autopista, después, pasada la costera ciudad de Vlöre, caminos pavimentados de manera irregular y más adelante, subir un puerto que ya quisiera el Tour de Francia para el final de su etapa reina. Para moverse por el país en cualquiera de los sentidos resulta que hay varias cordilleras que atraviesan Albania a lo ancho y a lo largo. Y las carreteras encargadas de cruzar estas montañas son de las divertidas.

Desestimamos tomar las que nos parecen demasiado arriesgadas para nuestro Clio y tomamos la que sigue la costa. Pero resulta que el Tourmalet albanés se presenta como un muro que hay que trepar tomando cientos de curvas cerradísimas y con pendientes que no bajan del 10 %. El Clio, que se nos antoja que nunca ha salido de su zona de confort urbana, sufre y hay que bajarle a segunda, y a ratos a primera, para que avance a treinta por hora, a veinte por hora, a ritmo de tortuga.

Los conductores de Albania

Pero lo peor no es saberse un desconocido por estas carreteras y tener que transitarlas con un cochecito de los autos de choque. Lo peor son los muchos coches albaneses de muchísima mayor cilindrada que no se apiadan de uno y tratan de superarlo por el interior y por el exterior, como si fueran el bueno de Verstappen remontando con su Red Bull posiciones sin despeinarse.

Los albaneses conducen raro. Y por raro entiéndase distinto. Seguramente podríamos calificarlo como un conducir deficiente, en exceso arriesgado, poco precavido. Pero parece que es la norma y el estándar local, y por lo tanto uno solo está juzgando desde la realidad propia esta realidad que le es ajena. En cualquier caso, y siguiendo con el juicio, no es normal que un coche se pare en medio de un puerto de montaña con las dos puertas abiertas. No es normal ni prudente. Ni hacer adelantamientos imposibles en medio de una curva. No es que conduzcan mal, sino que conducen con un déficit de cautela para alguien acostumbrado a la regularizada y normativa cautela de las carreteras españolas.

Livadi Beach, nuestra base para recorrer la costa de Albania

El conductor de los dos se pone nervioso y la copiloto le anima a no estresarse, a entender que su norma no es la norma de donde estamos, y eso ayuda a sobrellevar el tormento. Con paciencia y sin desesperar llegamos a eso de las 15.00 h a nuestro apartamento playero dúplex en Livadi Beach, en el alojamiento Tonea’s Houses, en el pueblo de Himarë.

Estamos a dos pasos del mar, del que solo nos separa una playa de guijarros y una estrecha carretera que cruza los dos kilómetros de pueblito. Los restaurantes se alternan con los hoteles y apartamentos. Durante la tarde, la playa está atestada y apenas hay manera de encontrar aparcamiento. Livadi Beach es de esas playas de las que hablábamos, de las que están parceladas y cada sección pertenece a uno de los alojamientos, a uno de los restaurantes.

La cena, en el restaurante más local

Por la noche, que salimos a cenar, la cosa mejora. Los coches se han ido en su mayoría y el ambiente es tranquilo, distendido, agradable. Nos sentamos en la terraza del restaurante más local y menos pretencioso que encontramos, que se llama Zotos, y nos pedimos un risotto, un tzatziki y un besugo con patatas. Y una botella de vino blanco de medio litro que nos sirven en una jarra de agua. Nos toma nota el padre y dueño, con el que nos entendemos con signos, y nos sirven los dos hijos, que chapurrean el inglés pero no parecen estar viviendo el verano de sus vidas.

Es un negocio local y habernos sentado aquí es un acierto. Excepto el vino, que hubiera agradecido un poquito de frío, lo demás lo disfrutamos mucho por poco más de 30 €. Esta zona del país es un poco más cara, pero pese a todo, y para los estándares de donde venimos, de Barcelona, bastante asequible. Damos las gracias en albanés —faleminderit y nos retiramos para planear nuestro segundo día de Riviera Albanesa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.