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Aterrizaje en Tirana y cata de vinos en Berat | Día 1

Albania resuena a exotismo cercano, a territorio ajeno, desconocido e ignorado. Geográficamente forma parte de los Balcanes, pero no es una exrepública yugoslava; es vecina marítima de Italia y terrestre de Grecia. Pese a oficialmente atea, es mayoritariamente musulmana por herencia otomana. Esas son seguramente sus cuatro grandes influencias y, pese a todo, se parece muy poco a todas ellas. Su historia reciente es controvertida, y por mucho que no venga al caso extenderse demasiado, que para eso no está este Diario de ruta, que solo quiere servir de bitácora de las desventuras viajeras de sus dos autores, uno interpreta que precisamente esa historia, controvertida y aislacionista, ha convertido a Albania en el país que es ahora. En el primer día en el país, entre otras cosas, aterrizamos en Tirana y hacemos una cata de vinos en Berat.

Para indagar más y mejor sobre la interesantísima historia de Albania mejor leed cualquier obra de Ismail Kadaré, su novelista más traducido y reconocido, o simplemente la entrada de la Wikipedia dedicada al país. En cualquier caso, precisamente eso, su historia, era seguramente el motivo principal de que uno de los dos viajeros que aquí testimonian su afición viajera tuviera tantas ganas de conocerlo y recorrerlo. Para convencer a la otra mitad de Cultura Nómada tuvo que edulcorar un poquito el relato: que si playas y también montañas, que si una industria turística en crecimiento todavía no masificada, que si precios accesibles y buena gastronomía… El resto ya es historia: ya estamos en Albania.

Wizz Air, nos caes mal, eres muy impuntual

Sin embargo, llegar a Albania no fue sencillo, o no tanto como Wizz Air nos había prometido. Saldríamos a las 22.20 h de Barcelona y llegaríamos dos horas más tarde a Tirana, al aeropuerto Madre Teresa; sí, la de Calcuta, que resulta que es de aquí. Pero no fue así. Wizz Air es una de esas aerolíneas que son piedras: siempre tropiezas dos veces con ellas. Te prometes no volver a usarla, pero sus precios, que ya no son tan baratos, y sobre todo sus destinos, que casi ninguna otra aerolínea cubre directamente desde Barcelona, no te dejan opción: vuelves a tropezar.

El caso es que el vuelo salió con un retraso de tres horas y aterrizamos casi a las 04.00 h en Albania, cuando el alba despuntaba a lo lejos y el aeropuerto tenía una actividad parecida, aunque mucho más sugerente, a la de un sábado por la tarde en las Ramblas de Barcelona. Muy loco la cantidad de gente yendo y viniendo, trabajando, tomando cafés, esperando, hablando y viviendo a unas horas en las que uno solo piensa en que la alarma tarde todavía en sonar, o en que suene rápido si la noche anterior escogió ayuno para cenar.

Primeras impresiones del país, y de sus carreteras

Por suerte, decidimos de antemano alojarnos en un hotel cercano al aeropuerto, en el que el recepcionista nos recibió despierto y sorprendido por nuestra energía. Allá donde fueres haz lo que vieres, ¿no? Conseguimos bajar rápido las revoluciones y nos despertamos, como a las 09.00 h, con el horizonte siempre prometedor del ‘con desayuno incluido’. Ducha, tarjeta sim albanesa para no desconectarnos del todo, recogida del Renault Clio que tendrá que llevarnos de aquí para allá por todo el país durante los próximos siete días y listos, para la carretera.

Carreteras, por cierto, que las hemos visto de mejores, pero también de mucho peores. BMWs, Mercedes y Audis 4×4 por todos lados. Y esto parece un poco México, queremos pensar, siempre comparando los sitios nuevos con los sitios ya conocidos: vendedores ambulantes apostados a un ladito de la autopista con sandías y melones, puestitos con elotes (mazorcas de maíz) cada dos por tres, gente que en cualquier momento amenaza con cruzarse los cuatro carriles. Espejismos que uno quiere ver para que todo sea menos distinto, o realidades paralelas en dos universos aparentemente lejanísimos.

Camino de Berat

Los paisajes son al principio anodinos, poco interesantes, si acaso algunas montañas bajas a cada rato, y dejamos atrás ciudades —como Durrës o Lushnjë— en las que los edificios de su periferia parece que vivan de espaldas a la modernización. Es el encanto de la decadencia, tan antagónico y distinto al encanto de la opulencia, tan lejanos los dos a la realidad propia. Dicho esto, y pese a que esos edificios de la época comunista agradecerían una pequeña renovación y tres manos de pintura, Albania no se siente pobre de primeras: se siente plena, despierta, forjándose el futuro. Como el estudiante al que le han dado una segunda oportunidad y sabe que en septiembre lo peta. Pues eso es lo que está empezando a hacer Albania: va camino de petarlo.

Como Croacia ya está casi tan caro como el resto de Europa, ahora Albania es el destino del mediterráneo low cost que te asegura un poquito de todo y un poquito para todos. Por suerte, al menos por lo que hemos visto de ella en estas primeras horas, la masificación turística no ha podido robarle todavía el encanto y nada de lo que uno percibe se siente postizo. Esa es la sensación que nos ha dado por ejemplo Berat, nuestra primera parada en la ruta, una ciudad ni muy grande ni muy pequeña pero sí muy bonita, Patrimonio de la Humanidad, en la que las iglesias y las mezquitas conviven unas al lado de la otras y el canto del muecín es discreto, casi inapreciable, como para no agitar de más.

Enoturismo albanés: cata de vinos en Berat, en Çobo Winery

Pero antes de llegar a Berat, a unos veinte minutos, paramos en Çobo Winery, una bodega pequeñita de la región que, según habíamos leído, produce algunos de los mejores vinos del país. Y como ya hemos convertido nuestra afición al vino en una tradición viajera, Albania no ha sido menos. Enoturismo, le llaman, como si hiciese falta un eufemismo para definir que nada mejor que maridar con vino cualquier viaje. Pues que viva el eufemismo, y que viva el vino.

Çobo Winery es una bodega que produce vino desde hace tres generaciones, nos cuenta uno de sus esmerados trabajadores, que nos acompaña en un tour exprés gratuito por las instalaciones con la promesa de que luego haremos una de sus catas de vinos en Berat; esta ya sí de pago, claro. La bodega es de escala familiar, todo muy abarcable, muy recogido, muy cuco. Nos cuentan que durante el comunismo la producción iba a parar toda a manos del estado, que ya luego decidía cómo distribuirlo, porque lo de la propiedad privada no existía. Con la caída del comunismo —que así es como ellos se refieren a ese periodo histórico que tanto ha marcado el país, como si Hoxha fuera Voldemort y no debiera ser nombrado— la bodega se convirtió ya sí en negocio.

La cata de vinos en Berat: blanco, tintos, espumoso y raki

Así, empezaron a producir distintos tipos de blancos, de tintos, de espumosos y de raki, el licor por excelencia de este lado del mundo, que se encuentra en Bulgaria, en Bosnia o en cualquier otro país de la región. Después de la visita exprés gratuita pasamos a la cata de pago. Nos decidimos por la cata cara, la que incluye los mejores vinos, que para algo somos unos sibaritas del buen beber, pero la pedimos a medias, que venimos con el presupuesto bien controlado. Nos traen queso, jamón ahumado y unas aceitunas riquísimas para acompañar los vinos.

Para empezar un blanco seco y muy fresquito de una uva llamada Puls, autóctona de la región. Luego un espumoso alegre y resultón del que nos encanta su nombre, Shendevere, un juego de palabras del albanés intraducible, que evoca salud, vino y esa felicidad única del que está achispado por un buen vino. Después llegan los dos tintos, uno de uva Vlosh, también endémica; y otro, la estrella de la cata, un gran reserva del 2015, su mejor añada, que junta tres uvas: Cabenet Sauvignon, Merlot y Shesh i Zi. La fusión de la denominación de las uvas le da nombre a la variedad: Kashmer. El vino es tabaco y frutos rojos en nariz, y sabe a gloria.

Para acabar nos traen un brandy que no nos podemos acabar. Dejamos un culín para que la cata de vinos en Berat no resulte un desmadre y las carreteras albanesas no tengan curvas que Google Maps no nos marque. La experiencia no sería completa sin comprar una botella de vino, que nos llevamos para nuestra colección de recuerdos enológicos del mundo.

Llegada a Berat, donde hacemos noche

Ya en Berat, nos toca aparcar en la calle principal para subir a pie un par de cuestas empedradas hasta el hotel en el que nos alojamos, en una construcción tradicional de la ciudad: Hani i Xhebaliti, que por unos 40 € la noche nos incluye unas vistas primorosas desde el balcón y, cómo no, el desayuno. Descansamos un poco la cata y nos aventuramos, ya a media tarde, a pasear en dirección a la parte no turística de Berat, donde los extranjeros son una anomalía y la gente local aprovecha que es viernes.

Las terrazas están atestadas, los parques llenos de personas mayores que salen a tomar el fresco. Grupos de adolescentes y jóvenes pasean la rambla principal arriba y abajo dejándose ver y nosotros recorremos todos los cajeros de la ciudad para comprobar que ningún banco nos deja retirar dinero sin comisión.

Verano en Berat, fiesta en las calles

Volvemos al lado de Berat más bonito y tradicional y comprobamos que esta parte de la ciudad todavía pertenece a los beratinos (¿será este su gentilicio?). Son ellos los que pasean a orillas del río, cruzan los puentes entre las dos mitades idénticamente pintorescas de la parte histórica de la ciudad. No quieren que Berat deje de ser suya y los turistas, que somos unos cuantos, simplemente formamos parte pasajera del encuadre del momento. Uno se pregunta cuánto durará esto así, cuándo llegará el momento en el que esas calles empedradas ya no las pasearán los locales, en el que esas casas tradicionales alojarán solo hoteles. Es inevitable que eso pase, que la ciudad se masifique, porque es un reclamo magnífico para el turismo. Pero por suerte todavía no ha pasado, y ojalá permanezca así mucho tiempo.

Ya de noche, una de las dos mitades de Berat se ilumina y luce hermosa, de postal total. La recorremos un rato más de puente a puente y comprobamos que la agitación de la noche anterior del aeropuerto de Tirana parece haberse trasladado aquí. Hasta bien entrada la noche se escucha música, ruido, algarabía. Es verano y Berat lo sabe. Nosotros estamos agotados y nos retiramos a nuestra habitación para intentar que la mañana del día siguiente nos sea productiva, pues la jornada nos volverá a empujar más tarde a la carretera.

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